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La psicología humanista en la era de la tecnología: formas

de entender al sujeto en la era de

un pseudoposmodernismo

La línea de comprensión humanista-existencial que se viene desarro- llando líneas atrás es una marco de comprensión ideal para dar un entronque a nivel teórico entre la noción básica de la ontología funda- mental de Heidegger y las corrientes modernas que están implicadas también en la ontología. Pero tanto una como otra y, en general, la psicología humanista desde su nacimiento, hacen una apuesta por la interpretación hermenéutica-terapéutica del sujeto, de un suje- to que se entiende en su realidad existencial y apuesta por dar valor positivo a su presencia en el mundo; desde su “realidad como arrojado en el mundo” hasta un ser limitado, agotado por la modernidad que amalgama la realidad mediante la cosificación del sujeto, el ser huma- no procura darle un sentido a su identidad. Edgar Morin (2003) enlaza la idea de sujeto con la de identidad:

La definición de sujeto debe ser en primer lugar bio-lógica. Es una lógica de autoafirmación del individuo viviente […]. El sujeto com- porta nuestra individualidad, un Yo que unifica, integra, absorbe y centraliza cerebral, mental y afectivamente las experiencias de una vida. (p. 81)

La idea de Morín (2006) está en armonía con la noción de la ontología fundamental, ya que la identidad como la columna vertebral del ser es el faro mediante el cual se descubren las realidades externas al sujeto, pero el faro se levanta mediante su constitución biológica y su realidad contextual, las cuales en comunicación bidireccional se funden para crear al sujeto. Las teorías sobre la ontología y sobre el sujeto mismo son tan actuales como antiguas, pero cambian en la medida en que hay macroposiciones sobre el mundo, marcos de referencia paradig- máticos que obligan formas de ver el mundo. Hoy día las corrientes posmodernas, muy afincadas sobre el posestructuralismo, han tra- tado de sobreponerse a las antiguas tradiciones, radicales sobre la noción de sujeto.

Para el día presente, la noción de individuo debe observarse a la luz de dos elementos, por un lado, las corrientes poshumanistas y, por el otro, la era de la cibernética. El poshumanismo es un concepto por sí mismo polémico, además de polisémico. Posada (2017) propone varios cami- nos para entenderlo, el más cercano a la posición aquí desarrollada tiene que ver con la noción de un humano de-construido por medio del lenguaje y con-construido partir de lo social. El lenguaje abordado, más allá de la radicalidad del empirismo lógico, es traído a colación gracias a la importancia del sentido inscrito en el lenguaje, tal lenguaje hoy se enlaza con la noción de información. Tanto uno como otro han tomado una tercera realidad ontológica: la cibernética, mediante la cual son posibles vías de comunicación antes impensables.

La percepción de inmediatez de la información y la descentralización de lo humano como el núcleo del mundo abren camino para una nueva ontología, ya que se le da forma, realidad, a la información. Así, lo que antes era lo social, como el reservorio de la consciencia y memoria de la comunidad humana, ahora es la información como la capacidad de alcanzar la descripción de las cosas del mundo. La

hermenéutica aquí ya no tiene tanto sentido, se da el camino a la información ya elaborada, interpretada. Chavarría (2015) describe el poshumanismo de la siguiente manera:

Por un lado, los defensores del posthumanismo, como los repre- sentantes del transhumanismo no creen que exista ninguna esen- cia espiritual o alma en el ser humano y reafirman la idea de una “identidad humana” que queda reducida al órgano de su cerebro y a una visión molecular de su cuerpo, es una identidad concebida como pura materialidad. (p. 103)

El poshumanismo supera la necesidad de una esencia que esté en el núcleo de una ontología del sujeto, la existencia se amarra a la noción de identidad y del cuidado de sí mismo que ya había procurado Fou- cault; quizá la ontología fundamental abrió el camino que selló la era de la cibernética. La cuestión principal del poshumanismo es la supe- ración de lo humano como la noción central, el posmodernismo ha procurado prestar atención al lenguaje en lo humano, pero también a las formas de relación, especialmente a las formas de control y de interacción entre el humano y su medio ecológico. Uno de los princi- pales expositores del poshumanismo es Sloterdijk, quien, citado por Chavarria (2015), opina:

La incubadora para el hombre y la humanidad es producida por tecnologías de hardware y su clima determinado por tecnologías de software […]. Si hay hombre es porque una tecnología lo ha hecho evolucionar a partir de lo pre-humano. Ella es la verdadera productora de seres humanos o el plano sobre el cual puede ha- berlos. (p. 104)

Ciertamente, esta posición es radical en la medida en que explica que lo poshumano es hecho por la tecnología, cayendo en una falacia acerca de las causas de lo humano y la tecnología, pues la tecnología que “supuestamente” creó lo humano es ella creada por lo humano, responsable de ella, ya que el humano genera las condiciones y lími- tes en las que ella puede operar sobre la persona; su aparente “des- mesuramiento”, en cuanto a la información se refiere, es parte de ese establecimiento de límites. La posición de Sloterdijk en cierta medida recuperaría la propuesta de Watson de observar al sujeto como una

“caja negra” sobre la que se pueden observar respuestas a partir de es- tímulos, empero, aún es posible observar en la teoría del poshumanis- mo un poco de humanismo-existencialismo. La tesis central del huma- nismo expuesta previamente podría llevar a pensar que el sujeto debe definirse en una época que no le ofrece sino acomodarse a la realidad informática que lo contiene, pero también queda la vía de deconstruir la realidad informática para llevar a cabo una ontología más novedosa en cuanto puede hacerse de información y establecer allí su identidad. Sin embargo, la tarea de la psicología en este punto es establecer has- ta qué punto la transición del yo a la identidad no elimina la esencia fundamental de lo que es netamente humano.

Sin con Nietzsche (1996) se dio la muerte de Dios, fue con Foucault que se dio la muerte del hombre; ahora otros elementos reemplazan lo fundamental, quizá es la información. Así pues, la cibernética es la herramienta que genera y es hecha también por medio de la informa- ción, en palabras de Hayles (citado por Chavarría, 2015): “De aquí en adelante, los seres humanos iban a ser vistos primordialmente como entidades procesadoras de información quienes son esencialmente similares a máquinas inteligentes” (p. 99). Sin embargo, fue el mismo Foucault quien advertía la necesidad de hacer un estudio genealógico del discurso para deconstruir lo humano y observar las relaciones de poder inmersas en los conceptos. El ser que es fundamental proveedor de información es un ser interpretado, pues los sentidos de su realidad fueron ya descubiertos y puestos en su sí mismo mediante la iden- tidad, las redes sociales ofrecen la idea de identidad en perfiles que ubican elementos someros de la realidad esencial del sujeto, sin em- bargo, expuestos en la red parecen guardar lo insalvable de lo único del sujeto.

Una psicología humanista en el tiempo de la cibernética procuraría abrazar al sujeto nuevamente desde su yo, desde su esencia vital, em- poderándolo nuevamente de su realidad ontológica. Es una apuesta por retomar las prácticas hermenéuticas previas al “mundo en red” que opera sobre y con los sujetos individuales; las redes no ofrecen un pa- norama positivo para el ser, mucho menos para la educación como podría ser su vana justificación:

Los dispositivos tecnológicos desplazan el factor humano, como es evidente, y en el contexto concreto de las redes sociales es difícil que, en el campo de las humanidades, logren establecerse algún día como verdaderos agentes de la enseñanza y no como meras herramientas didácticas secundarias. (Posada, 2017, p. 73)

La justificación pedagógica de las redes sociales y, en general, de la cibernética está fundamentada en su consecuencia de contener la ma- yor cantidad de información para que luego sea usada útilmente, en la medida en que ayude al sujeto al proveerle seguridad acerca de las cuestiones básicas de su identidad, por ejemplo, la seguridad de sa- ber qué es un sujeto limitado, un sujeto finito, un sujeto que necesita de propiedad, un sujeto social, en últimas un sujeto que está sujeto a otras realidades. El ser un sujeto-sujeto, o sea, un sujeto de la ciber- nética, pero con la posibilidad de armar una identidad, constituye el campo de acción propio de la psicología humanista, dado que aquí está el enlace propicio para retomar a Ricoeur.

Las sociedades antiguas, descritas por Ricoeur, vivían bajo un núcleo ético-mítico, es decir, con la idea de que su ethos correspondía a su cosmovisión. Con la entrada en el panorama de la Iglesia católica y la mal llamada “Edad Oscura”, se vivía en un núcleo ético-teológico; posterior a la Ilustración se vivía en la sociedad un núcleo ético-antro- pológico, y se podría citar a la modernidad como el nacimiento de un núcleo ético-lingüístico (Gonzáles, 2003); hoy, gracias a la cibernética y la era de la información, se vive en un núcleo ético-poshumanista; ¿cómo opera allí la psicología humanista?

En el telón de fondo que provee el poshumanismo, recuperar la her- menéutica de las identidades narrativas podría dar una ilación funda- mental a una epistemología de la psicología humanista, pues es allí, en la idea de una identidad construida a partir de la historicidad y el len- guaje, en la que el sujeto puede recuperarse desde la ontología bajo la que se fundó la tercera fuerza de la psicología a un sujeto renovado, psicológicamente abierto a la posibilidad de su existencia, con cons- ciencia de su finitud, pero abierto a comprometerse a la tarea de tomar decisiones que estén en consonancia con su yo real. Ricoeur (1999) presenta el problema de las identidades narrativas de la siguiente manera:

Nos encontramos con un problema, en la medida en que ‘idéntico’ tiene dos sentidos, que corresponden respectivamente a los térmi- nos latinos idem e ipse. Según el primer sentido (idem) ‘idéntico’ quiere decir sumamente parecido […] y, por tanto, inmutable, que no cambia a lo largo del tiempo. Según el segundo sentido (ipse) ‘idéntico’ quiere decir propio y su opuesto no es ‘diferente’, sino otro, extraño. (p. 216)

Entre lo que es parecido y lo que es idéntico, la coherencia con la que la persona hila su propia identidad atiende a la historia y también a la comprensión que nace de su mismo ser sobre el sí mismo; responde a la pregunta fundamental ¿quién soy yo?, y su respuesta se encamina a construir a la persona totalmente. La analogía de la vela, aquella que se enciende y en la medida en que adquiere más luz observa lo que está a su alrededor, sirve de arquetipo para entender cómo funciona la cuestión fundamental de la ontología, pero en la era del poshuma- nismo la luz se podría entender como el lenguaje, es solo a través de él que el ser humano le da forma a su realidad y compone para su sí mismo la respuesta a la duda fundamental por el ser.

“Somos lenguaje” resumiría en pocas palabras lo aquí construido; sin embargo, hay algo más que lenguaje para el sujeto del poshumanis- mo, ya que, si en el poshumanismo el sujeto no es el centro de la re- flexión, ¿qué lo es?, y, si no es el sujeto el centro de la reflexión, ¿de qué depende la ética?. Más allá de los postulados de los más acérrimos defensores del poshumanismo, la ética que deriva de una visión que supera el antropocentrismo invoca la ética la construcción histórica del sujeto. La identidad narrativa como una estética de lo histórico es comprender los hechos significativos del sujeto y unirlos a través de “tramas”, las que unidas forman lo real para el sujeto: su sí mismo, que posteriormente hecho narración está expuesto a ser interpretado por los demás. En palabras de Gonzáles (2009):

La identidad dinámica de la obra es mostrada en la relación entre elementos históricos y sus conexiones. Dado que la conexiones son puestas y originadas por la interpretación narrativa y no per- tenecen a la estructura de la obra, siempre son móviles, por ende, dinámicas y sujetas a reconfiguraciones y distintas inserciones en tramas. (p. 184)

Ricoeur (1986) publica en 1950 un libro titulado Lo voluntario e invo- luntario, siendo una de sus más eminentes tesis, el cual es permea- do por la filosofía existencial y por la fenomenología, extrayendo las tesis fundamentales de la Gestalt y de la fenomenología tanto de Husserl como de Heidegger. Estructura una hermenéutica con múlti- ples posibilidades en torno a la idea de su sujeto; lo involuntario (cogito) se hace por su relación con lo voluntario (la intención), lo voluntario es el hacedor de la narración que forma la identidad narrativa. Las condi- ciones actuales de la era cibernética instan al ser humano a no verse en el núcleo de la comprensión de la realidad, además a ver parte de la realidad como creada, la cual está hecha para comprenderse, y hacerse de ella para generar sentido a la existencia. El yo como la parte esencial del sujeto es reemplazado por la identidad narrada, hecha por la parte voluntaria del sujeto. Visto desde esta óptica teórica, es imposible mi- rar “las acciones como hechos” (Morales, 2017, p. 17), por tanto, lo úni- co con ontología es el sujeto en sí mismo, que con su intención toma la información, explica su realidad. En este sentido, se señala que, “sin hacer referencia a una teoría de la sustancia, Ricoeur argumenta que el Yo o la identidad no es ni absoluta ni inexistente, sino que es real en la medida que se hace a sí misma a partir de determinaciones”. (p. 13) Por medio de las identidades narrativas, el sujeto estructura su sí mis- mo, lo que enlaza muy bien la ontología aquí presentada con la psico- logía humanista, ya que desde sus bases fenomenológicas y existen- cialistas procura por el análisis de aquellas condiciones en las que se genera una incongruencia al sí mismo cuando no concuerda esa cons- trucción narrativa con lo que se espera de los demás. En síntesis, el análisis noológico que proviene de la teoría de la psicología humanista advierte las condiciones por medio de las cuales el sujeto puede abrir- se a sus posibilidades, atendiendo además a los límites naturales12.

El humanismo como movimiento.

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