III. POBREZA EN CHILE: BREVE HISTORIA DESDE LAS
3.3 Segundo periodo: de la “Cuestión Social” a la “Política Social”
3.3.1 Para el pueblo pero sin el pueblo: Acerca de la mentalidad de las Élites
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Algunos historiadores sugieren que el proletariado se incorpora desde la “cuestión social” como actor activo dentro de la sociedad (Arellano, 1985), sin embargo, otros dicen que élite política nunca incorporó directamente los problemas del proletariado en su agenda política.
El Estado de 1925 fue instrumento de dominación de la clase política civil, el que excluyo y subordinó a todos los movimiento sociales, desde el trueque de la participación por la petición (Salazar y Pinto, 1999: 65)
Illanes, propone que con Alessandri Palma, “la huelga se refugió en el rostro y la palabra de un candidato que pareció convincente cuando nombró al pueblo” (Illanes, 1991:33); Miguel Salazar y Julio Pinto, proponen que este “... no lideró el proyecto institucional levantado por los movimientos sociales, sino más bien rescató el sistema político evitando la ruptura revolucionaria y con ello a la oligarquía política y a los partidos que se disputaban el poder electoral” (Salazar y Pinto, 1999: 44).
Desde esta mirada, los historiadores si bien reconocen en Alessandri Palma al primer candidato a presidente que estableció una campaña electoral dirigida a atraer al pueblo, dentro de la política del Estado nunca se incorporó la participación popular, y posteriormente la inestabilidad política da cuenta de la fuerte resistencia a promulgación de las leyes sociales.
Torres (2010), realiza un estudio histórico acerca del imaginario de las elites y los sectores populares a principio de siglo desde la indagación en la prensa escrita de la época. En él propone que el interés de las elites política por la cuestión social, encubre el miedo de la misma hacia el socialismo, ideas que parecía provenientes del extranjero y que constituían un peligro para la gobernabilidad.
Si bien la izquierda chilena, emergente del proletariado generó una propuesta política en una perspectiva histórica de mediano a largo plazo, centrándose en una propuesta de “transición Chilena hacia el Socialismo”, el modo en que el Estado hizo suyas las propuestas, respondió no sólo a acallar las demandas sociales, sino más bien a proteger el círculo de poder de la elite política, del peligro que significaba la entrada de las fuerzas socialistas (Salazar y Pinto, 1999).
El socialismo desde las elites políticas del 1919, era visto como amenazante, en tanto que no sólo era una teoría sino que una fuerza política “extranjera” que había puesto en peligro la estabilidad de muchos países europeos (Torres, 2010), y que era altamente seductora. La prensa de la época trataba al socialismo, y a los cambios que este proponía, como una engaño, un fraude, porque aunque sus propagandistas
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afirmaran que su lucha era por una sociedad donde la clase desposeída tendría el poder, en realidad su objetivo era crear el caos y la anarquía (Torres, 2010:70; Mellafe, Rebolledo y Cárdenas, 2001).
A nivel de acción social, no era la primera vez que los obreros se revelaban como lo hicieron en las protestas del 1919, en Chile algo similar y más violento tal vez, ya se había vivido con las 200 huelgas estimadas entre el 1902 y el 1908 (Ulloa, 2003), las que tuvieron gran impacto en el movimiento social, especialmente las vividas el año 1905 por la huelga de la carne, generada por el alza del precio de este producto, y por ende, de las condiciones de vida; y del 1907 con lo acontecido en la Escuela Santa María de Iquique, una protesta de obreros del salitre que terminó en matanza, por la eliminación del pago de fichas en las pulperías salitreras y las malas condiciones de vida. Sin embargo, en el contexto del 1919 confluía esta fuerza, con mayor organización, con la sensación de crisis nacional, y la de cambio del escenario mundial (Cruz y Whipple, 1996; Torres, 2010; FOSUPO y UDP, 2011).
Todo indica que la necesidad de un cambio implicó tomar medidas pero no conllevo, necesariamente la modificación de la mentalidad de las elites políticas acerca de los sectores populares. Prueba de ello es que los partidos políticos incluyeron en sus programas “la cuestión social”, pero no así su relación con la soberanía ciudadana, dado que no se pensaba posible el que la sociedad civil pudiera hacer política por sí misma. (Salazar y Pinto, 1999; Torres, 2010).
El diario El Mercurio18, deja ver en sus múltiples artículos de la época, que la violencia de las protestas de la clase obrera, eran vistas como producto de aquello que separa la barbarie del intelectual, donde se declara como escasa la presencia de dirigentes “capaces y cultos del movimiento”. Las huelgas aparecían impresas como un acto injustificable que había que perdonar, como quien perdona las acciones de un niño que aún no razona plenamente (El Mercurio, 1919:23 en Torres, 2010).
La armonía para los grupos políticos conservadores que dirigían la línea editorial de este importante diario nacional, vendría de la mano con un apaciguamiento de las masas dado desde el perdón al otro por no tener los medios de expresión que brinda la educación (mentalidad iluminista), y a su vez fijando las posibilidades del cambio social en una línea evolucionista que obviamente la elite tendría que guiar (Torres, 2010).
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En esta línea la pobreza de los sectores populares y sus malas condiciones de vida, son atribuidas por sectores más conservadores a “leyes naturales” (FPSP y UDP, 2011), o como resultado de la “crisis moral”, y en esta línea, la muerte de los niños a su irresponsabilidad y falta de cultura esbozando cierto continuismo por parte de las clases dirigentes, de las mentalidades de gobierno del periodo anterior a la hora de abordar los temas vinculados al bienestar social de la población (Salazar y Pinto, 1999; Illanes, 2006; Torres, 2010).