El interés de este escrito es reflexionar alrededor de un conj- unto de prácticas emergentes en el campo de la producción edito- rial y cultural contemporánea. La generalización del uso de tecnologías digitales cuestiona las formas de distribución de los bienes culturales en esta etapa del capitalismo cognitivo, en don- de se valoriza la producción de conocimiento, el pensamiento y la circulación de ideas. Es así que aquellas prácticas y obras que se originaron como creaciones colectivas, ingresan en una lógica económica que las trata de la misma manera que a los bienes ma- teriales, es decir, a partir del principio de la escasez y la propie- dad privada entendida sólo materialmente[1].
En este sentido, intentaremos dar cuenta de diversas estrate- gias utilizadas por las editoriales y los autores autogestivos[2] a la hora de decidir bajo qué términos de licencia distribuir sus pro- ducciones. Esta herramienta se denomina copyleft y debe enten- derse en tensión con el monopolio legal del copyright[3] dentro del mercado editorial. De esta manera, en lugar de prohibir la co- pia, se la fomenta (ya sea digital o materialmente), al igual que la realización de obras derivadas, la utilización del material con o sin fines comerciales, siempre con respeto de la autoría. Con este mismo enfoque, encontramos otras formas de licenciamiento, donde son los autores o editores quienes, sin atenerse a licencias específicas[4], manifiestan sus deseos en relación a la autoría y la distribución de las obras con fundamentos propios. Desde otro lugar, encontramos a quienes a partir de un proyecto acuden a autores contemporáneos y les solicitan la autorización de dere- chos de reproducción en pos del fomento del trabajo editorial de carácter social, cultural y popular.
Si bien este fenómeno es relativamente novedoso[5], no está exento del contexto histórico político, social, cultural y económico del cual emerge.
Tres experiencias políticas históricas en tensión nutren simbólicamente el momento actual en la producción editorial au- togestionada: la afinidad político ideológica con la tradición de iz-
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quierda que representa la lucha en los '70; la activa oposición al modelo neoliberal de los años '90; y finalmente, lo ocurrido alrededor del 19 y 20 de diciembre de 2001, donde se modifica el paradigma político vigen- te, se alinea la lucha global contra el neoliberalismo y se fomenta un ti- po de lazo social anticapitalista en la producción de los movimientos culturales y sociales en general.
En los '70 la acción represiva en la dictadura en términos culturales fue explícita: listas negras, escritores desaparecidos, torturados y asesi- nados, como Rodolfo Walsh y Haroldo Conti, exiliados y perseguidos. La censura y quema de libros dieron el tono a la época. Y, paradójicamente, en 1975 fue inaugurada la Feria Internacional del Libro de Buenos Ai- res, como la cara pública de una realidad que se niega a sí misma.
En los '90 las empresas multinacionales continuaron y profundiza- ron el proceso concentrador iniciado en la dictadura. En lo que respecta al mundo editorial, diversas trasnacionales compraron el 75% de las editoriales nacionales[6], y generaron con ello una reconversión estruc- tural en el plano de la producción editorial. A partir de la lógica “libro- producto”, la producción se orientó a la obtención de alta rentabilidad, antes que a fomentar, desde el libro, cualquier sentido cultural o social. De manera casi instintiva, pequeñas editoriales contrarrestaron el avan- ce hacia la destrucción editorial al plantear políticas culturales que mos- traban notorias diferencias ideológicas con los grandes grupos. Las editoriales independientes de la época generaron una identidad cultural a través de sus catálogos, promovieron la bibliodiversidad[7], y distribu- yeron sus libros en pequeñas librerías de autor, como parte de algunas de las estrategias implementadas para responder a los grandes grupos editoriales.
A fines de 2001 ocurre en Argentina un estallido social que sintetiza procesos sociales y económicos mucho más complejos, y a través de él, la política recobra un significado, no desde la lógica de la representa- ción, sino desde la posibilidad de la organización asamblearia, horizon- tal, consensual, autónoma y autogestionada. En ese marco se gestaron diversos proyectos culturales que, a través de la incorporación de las tecnologías digitales, desarrollaron el trabajo colaborativo y en red.
La estética política del “hazlo tú mismo” invadió la esfera de la pro- ducción cultural, y en el caso editorial muchos escritores comenzaron a fabricar sus libros y a generar proyectos editoriales propios. En ese mis- mo sentido, la proliferación de blogs, listas de mails y foros, como espa- cios de expresión y difusión, generaron una multiplicación de estrategias de encuentro y dieron fácilmente a conocer producciones y sentidos.
A esto se sumaron los nuevos formatos en la organización política y cultural devenidas de la “generación post 2001”, donde se recrearon otras maneras de trabajar y poner en juego subjetividades no mercanti- listas, afectivas y resistentes apoyadas en redes de trabajo. También de- bemos considerar el abaratamiento e incorporación de la tecnología a la producción cultural y la problematización en torno a la ideología que las tecnologías conllevan.
En el escenario actual, y gracias a todo esto, hay producción de sen- tidos, hay espacio público en tensión, hay proyectos organizados que ge-
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neran crítica cultural en red, y la Feria del Libro Independiente y A[8] -FLIA- es parte de ese devenir situacional, surge de ese espíritu de traba- jo, de la fusión entre la metodología de las redes con la necesidad terri- torial del encuentro.