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Q UÉ E STUDIAR

In document Reseña Querido Timoteo (página 96-99)

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Q UÉ E STUDIAR

Ahora bien, qué estudiar es de vital importancia en un tiempo en el que buena parte de la literatura pregonada en el mercado cristiano son tonterías. Por lo tanto debes proponerte leer sabiamente. La vida es demasiado corta para desperdiciarla con lecturas insustanciales.

Naturalmente, vas a estar leyendo comentarios de la Biblia en preparación para la predicación, pero necesitas planear leer algo más que sólo comentarios. Los siguientes tipos de libros deber formar parte de tu dieta regular. El énfasis aquí está en la piedad bíblica, las doctrinas de la gracia, una perspectiva bíblica de la iglesia y el ministerio, y el desafío a consagrar el corazón completo (no sólo la mente) para el estudio ministerial: Exposición de la Confesión Bautista de Fe de 1689 de Sam Waldron; The Religious Life of Theological Students [La Vida Religiosa de los Estudiantes de Teología] de B. B.

Warfield,3 que continúa siendo relevante para los ministros; Conociendo a Dios, de J. I Packer, un devocional clásico que debe aprovecharse con frecuencia; El Pastor Renovado, de Richard Baxter, fundamental para la consideración del cuidado pastoral; El Progreso del Peregrino, de John Bunyan, ningún ministro protestante inteligente debería pasar sin haber leído este libro; Survey of the Bible [Estudio de la Biblia], de William Hendriksen, una gema que te ayudará grandemente en tu trabajo de bosquejar, resumir, organizar y memorizar; A Quest for Godliness [Una Búsqueda de la Piedad], de J. I. Packer, un brillante conjunto de ensayos sobre la visión puritana de la vida; La Redención Consumada y Aplicada, de John Murray, el tratado clásico popular del ordo salutis; Christianity and Liberalism [El Cristianismo y el Liberalismo], de J. Gresham Machen, un indispensable para todos los evangélicos modernos; Holiness [La Santidad], de J. C. Ryle, uno de los grandes libros devocionales modernos; y No Place for Truth [No Hay Lugar para la Verdad], de David F. Wells, un tomo inquietante pero importante.

En otras palabras, debes estar leyendo libros que engorden el alma – libros que incrementen tu conocimiento, tu amor por el Señor y tu confianza en la Escritura. Por supuesto, de vez en cuando leerás cosas que no servirán para engordar tu alma, pero nunca debes permitir que esta mejor clase de libros esté totalmente ausente de tu plan normal de lecturas. Adicionalmente, querrás escuchar cintas o CD’s (las entrevistas del Centro para la Reforma de la Iglesia de Mark Dever son excelentes, la Biblioteca de Grabaciones Mars Hill de Ken Myers es estimulante y formativa, y nuestras entrevistas “Las Cosas Primeras”, disponibles por medio de LifeAudio.com pueden ser muy útiles. Busca el catálogo “The Teaching Company” y escucha los mejores conferenciantes estudiantes de todo el país sobre asuntos importantes.) Puedes escuchar mientras haces tu ejercicio diario, o mientras vas conduciendo hacia la iglesia o de camino a casa o cuando vas a hacer alguna visita. Ve a conferencias –no a conferencias de auto-ayuda, sino a conferencias que alimenten tu alma o te hagan pensar –las conferencias de Banner of Truth, las conferencias de Founders, las conferencias de la Evangelical Theological Society u otras parecidas. Mantente al día con los asuntos de actualidad (échale un vistazo al New York Times, lee la revista World, y Atlantic Monthly, luego visita la página Web Arts and Letters Daily, o Ars Disputandi, o Access Research Network –todo lo cual se puede encontrar fácilmente con una búsqueda en Google en Internet) y piensa a conciencia sobre la cultura (Phil Ryken traza un curso muy útil en su This is My Father’s World [Este es el Mundo de Mi Padre].

Pero por encima de todo, determina leer y dominar los grandes libros de tu legado de la Reforma. Bondage of the Will [La Esclavitud de la Voluntad] de Lutero, La Institución de la Religión Cristiana, de Calvino, Institutes of Elenctic Theology [Instituciones de Teología Refutatoria] de Turrentin, Marrow of Theology [La Médula de la Teología] de Ames, Reformed Dogmatics [La Dogmática Reformada] de Heppe, tanto como obras de John Bunyan, John Owen, John Gill, John Dagg, C. H. Spurgeon y Carl Henry. Lee los clásicos y lee las fuentes primarias. Tal vez hayas oído hablar de los famosos comentarios de C. S. Lewis sobre esto en su “On the Reading of Old Books” [“Sobre la Lectura de Libros Antiguos”] (que fue compuesto originalmente como una introducción a On the Incartation [Sobre la Encarnación] de Atanasio. Su consejo es sabio. Lewis dice:

Existe una extraña idea en el extranjero de que en cada asunto los libros antiguos deben ser leídos sólo por los profesionales, y que el amateur debería contentarse

con los libros modernos. De esta manera he encontrado como tutor en Literatura Inglesa que si el estudiante medio quiere encontrar algo sobre el Platonismo, la última cosa en la que piensa hacer es tomar una traducción de Platón del estante de la biblioteca y leer el Simposio. Más bien preferirá leer algún aburrido libro moderno diez veces más extenso, todo sobre “ismos” e influencias y sólo una vez en doce páginas alguna referencia a lo que Platón realmente dijo. El error es más bien afable, porque surge de la humildad. El estudiante está medio temeroso de encontrarse cara a cara con uno de los grandes filósofos. Se siente inadecuado y piensa que no lo entenderá. Si sólo supiera que el gran hombre, precisamente por su grandeza, es mucho más inteligible que su comentarista moderno. El estudiante más simple será capaz de entender, si no todo, al menos una buena parte de lo que Platón dijo; pero difícilmente alguien podrá entender algunos libros modernos sobre el Platonismo. Por lo tanto siempre ha sido uno de mis principales empeños como profesor persuadir a los jóvenes de que no sólo es más digno adquirir el conocimiento de primera mano que el conocimiento de segunda mano, sino que generalmente adquirirlo es más fácil y más deleitoso.

Esta preferencia equivocada por los libros modernos y esta timidez por los antiguos es más rampante en la teología que en cualquier otra área. Dondequiera que te encuentres un pequeño círculo de laicos cristianos puedes estar casi seguro de que no están estudiando a San Lucas o San Pablo o San Agustín o a Tomás de Aquino o a Hooker, o a Butler, sino al Sr. Berdyaev o al Sr. Maritain o al Sr. Niebhur o a la Srta. Sayers o incluso a mí mismo.

Ahora bien esto me parece confuso. Naturalmente, puesto que yo mismo soy escritor, no deseo que el lector corriente no lea libros modernos. Pero si ha de leer sólo lo nuevo o sólo lo antiguo, le aconsejaría que leyera lo antiguo. Y le daría este consejo precisamente porque es un amateur y por lo tanto está mucho menos protegido que el experto contra los peligros de una dieta exclusivamente contemporánea. Un libro nuevo está todavía a prueba y el amateur no está en disposición de juzgarlo. Ha de ser contrastado frente a todo un gran conjunto de pensamiento cristiano a lo largo de los siglos, y todas sus implicaciones ocultas (con frecuencia insospechadas por el propio autor) han de ser traídas a la luz. Con frecuencia no puede entenderse plenamente sin el conocimiento de un buen número de otros libros modernos. Si tú te incorporas a las once en punto a una conversación que comenzó a las ocho con frecuencia no podrás ver la verdadera relevancia de lo que se está diciendo. Afirmaciones que te parecen muy corrientes te producirán risa o irritación y no verás la razón por qué –la razón, por supuesto, es que los estados previos de la conversación le han dado un punto especial. De la misma manera frases que aparecen en un libro moderno que pueden parecer muy ordinarias pueden estar dirigidas a algún otro libro; de esta manera puedes ser llevado a aceptar lo que habrías rechazado de manera indignada si conocieras su verdadero significado. La única seguridad es tener un patrón de cristianismo simple, central (“mero cristianismo” como lo llamaba Baxter) que pone las controversias del momento en su perspectiva adecuada. Ese patrón sólo se puede adquirir de los libros antiguos. Es una buena regla, después de leer un libro nuevo, no permitirte otro nuevo hasta que hayas leído uno antiguo entre ellos. Si esto es

demasiado para ti, deberías leer al menos uno antiguo por cada tres nuevos.

Cada época tiene su propia perspectiva. Es especialmente buena para ver ciertas verdades y especialmente propensa a cometer ciertos errores. Todos nosotros, por lo tanto, necesitamos los libros que corrijan los errores característicos de nuestro propio período. Y estos son los libros antiguos. Todos los escritores contemporáneos comparten en cierta medida la perspectiva contemporánea – incluso aquellos, como yo mismo, que parecen más opuestos a ella. No hay nada que me impresione más cuando leo las controversias de épocas pasadas que el hecho de que ambos lados normalmente estaban asumiendo sin cuestionarlo un montón de cosas que nosotros ahora negaríamos absolutamente. Ellos pensaban que estaban tan opuestos como lo pueden estar dos lados, pero de hecho estaban todo el tiempo unidos secretamente –unidos los unos a los otros y contra períodos anteriores y posteriores –por una gran cantidad de presuposiciones comunes. Podemos estar seguros de que la ceguera característica del siglo veinte –la ceguera sobre la cual la posteridad preguntará: “¿Pero cómo podían pensar eso?” –está donde nosotros nunca lo hemos sospechado, y tiene que ver con algo sobre lo cual hay un acuerdo sereno entre Hitler y el Presidente Roosevelt o entre el Sr. H. G. Wells y Karl Barth. Ninguno de nosotros puede escapar completamente a esta ceguera, pero sin duda todos la aumentaremos, y debilitaremos nuestra guardia contra ella, si sólo leemos libros modernos. Donde están acertados nos darán verdades que nosotros ya medio sabíamos. Donde son falsos agravarán el error con el cual ya estamos peligrosamente enfermos. El único paliativo es mantener la limpia brisa marina de los siglos soplando en nuestras mentes, y esto sólo puede hacerse leyendo libros antiguos. No, por supuesto, que haya nada mágico sobre el pasado. Las personas no eran más listas de lo que son ahora; ellos cometieron tantos errores como nosotros. Pero no los mismos errores. Ellos no nos halagarán en los errores que ya estamos cometiendo; y sus propios errores, al estar ahora visibles y palpables, no nos pondrán en peligro a nosotros. Dos cabezas son mejores que una, no porque ninguna de las dos sea infalible, sino porque es improbable que se equivoquen en la misma dirección. Sin duda, los libros del futuro serán un correctivo tan bueno como los libros del pasado, pero lamentablemente no podemos tenerlos.

Así que una manera en que puedes evitar ser atrapado por las banalidades, las trivialidades y las modas del “conocimiento” actual es interactuando con los mejores pensadores del pasado. Sin embargo, desde la perspectiva de mi llamamiento a leer, recuerda el sabio consejo de Thomas Brooks: “Cristo, la Escritura, vuestros propios corazones y las acechanzas de Satanás, son las cuatro cosas principales que deberían estudiarse e investigarse primero y principalmente. Si alguno desecha el estudio de estas cosas, no podrá estar seguro aquí ni feliz en el futuro. Es mi trabajo como cristiano, pero mucho más ya que soy un Atalaya, hacer todo lo posible por descubrir la plenitud de Cristo, la vaciedad de la criatura, y las trampas del gran engañador.”

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