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Qué está en crisis?

In document economia para cambiarlo todo (página 58-61)

El historial reciente de crisis del sistema económico, particularmente relevante para América Latina y Ecuador en los eventos entre 1998-2002 y 2008-2010 ha sido interpretado a partir de sus manifestaciones financieras y sus consecuencias en la desaceleración o decrecimiento de la economía, el desempleo, la pobreza y desigualdad. El colapso financiero y el capitalismo especulativo han sido vistos como detonantes, pero también como las manifestaciones más evidentes —y pre- ocupantes— de las últimas crisis del sistema. Esta mirada refleja no solamente el gigantesco crecimiento del capitalismo financiero y de la economía digital, sino también la orientación de la economía global hacia el intercambio y la acumula- ción por sobre la producción y la reproducción.

Críticas a esta visión han sido debatidas desde varios enfoques. Se ha planteado en ellas que a la crisis financiera subyace una de las creencias y de los paradig- mas: el de la automaticidad del mercado, el de la economía de la abundancia, el de la seguridad y poder de la información; una crisis del modelo de “bienestar”, de las estrategias de combate a la pobreza y de la protección social. Esto mues- tra la incapacidad del sistema económico de reducir la pobreza y la desigualdad o, más aún, la funcionalidad de la desigualdad y la exclusión para el manteni- miento del sistema. En América Latina, más de 30 años de aplicación de estrate- gias multilaterales contra la pobreza consiguen apenas igualar los niveles de la década de 1980, antes de la crisis de la deuda.

Por un lado, aspectos de la crítica ponen de manifiesto la fragilidad de las estruc- turas económicas para enfrentar las crisis en la región; particularmente, la aper- tura, la debilidad de mecanismos regionales de integración, la orientación hacia la oferta, la “reprimarización” de las economías y, en esencia, la forma en la que las sociedades han enfrentado el sostenimiento y reproducción material de la vida. Varios autores y autoras (Girón, 2010; León, 2009; Pérez, 2010; Espino, 2011) han identificado un conjunto de dimensiones que muestran la insostenibilidad del régimen económico basado en el consumo y degradación ambiental, así como en la exclusión y utilización del trabajo no remunerado constituido, en su mayo- ría, por el de cuidados.

Por otro lado, una proporción importante de los movimientos financieros globales han migrado hacia la especulación en alimentos que, sumada a la degradación

ambiental, ha ubicado a muchas poblaciones en una situación de carencia de alimentos y nutrientes básicos, así como en imposibilidad de producirlos. Como trasfondo, la concentración de la economía y del poder generan una lógica eco- nómica perversa, en donde la reproducción está en función del intercambio, y las necesidades, en función de la ganancia. Consecuentemente, además de su cara financiera, la crisis se manifiesta entonces en, al menos, 4 dimensiones: social, ambiental, alimentaria, y de cuidados; estas son las dimensiones fundamentales para el sostenimiento de la vida.

No es fortuito que las actoras principales de este sostenimiento, presentes en cada una de estas dimensiones, sean las mujeres. Y, por ello, estas múltiples crisis han impactado en ellas en forma desigual. No obstante, su aporte ha sido funda- mental para que las economías vuelvan a su cauce.

Esto se evidencia y profundiza en la crisis actual. Los impactos socioeconómicos sobre las mujeres se relacionan con su trabajo no remunerado, la persistencia de condiciones inestables y pérdida de empleo en sectores orientados hacia el consumo interno o no regulados. Al no tener comando sobre recursos y activos, y ser las encargadas de la producción para el autoconsumo y la producción ali- mentaria, las mujeres sufren en forma desproporcionada las consecuencias del cambio climático y la especulación financiera en alimentos.

Igualmente, la profundización de las brechas sociales y los procesos migratorios de muchas mujeres latinoamericanas hacia Europa son muestra de una reorgani- zación de los cuidados en los países de origen con impactos sobre ellas y sus fami- lias, además de una situación incierta en los países de destino. Adicionalmente, el potencial retiro del Estado como proveedor de servicios de cuidado frente a posibles recortes presupuestarios por las crisis también afecta la carga de trabajo de las mujeres, al sustituir estos servicios en los hogares; esto ya ha sido verifi- cado en recesiones de años anteriores. La falta de acceso a servicios de cuidado en las naciones muestra a este como uno de los sectores más vulnerables a epi- sodios de recesión económica.

De este modo, la lógica de acumulación en crisis y la función económica de las mujeres se discuten a raíz de los eventos sucesivos de recaídas del sistema eco- nómico y se visibilizan modos diferenciados de respuesta y sobrevivencia. La naturaleza de la crisis actual ha demostrado, además, que el trabajo es un factor producido en un proceso; no es exógeno al sistema económico, cuya fuente no es infinita.

Vivimos una crisis simultánea de reproducción del trabajo y del capital que ha permitido visibilizar que hay formas y fuentes diversas para sobrevivir y apro- visionarnos. Estas han operado como amortiguadoras de las crisis mercantiles y siguen haciendo funcionar la economía en otros ámbitos. Todo gracias a otros trabajos que no se ven o, incluso, no se consideran “económicos”.

Desde la Economía Feminista, por una parte, se define la reproducción del trabajo como un proceso productivo que opera en el ámbito doméstico extra mercantil, sobre la base de una actividad cuyo valor se transfiere al sistema económico mercantil sin considerar su costo. Este proceso da lugar a la oferta de trabajo. La demanda, por otra parte, está basada en las condiciones tecnológicas de la producción y en los comportamientos mercantiles respecto a esta producción. El juego de oferta y demanda laboral, es decir, el “mercado”, es, pues, resultado de un sistema de conflictos. Así, la distribución entre salario y ganancia está basada en las tensiones entre las condiciones de vida y la acumulación (Picchio, 2001). En períodos de crisis, se amplía el desfase entre oferta y demanda: el sistema demanda trabajo más barato y, en el ámbito doméstico, el correlato puede ser de dos vías: el incremento de oferta laboral de las mujeres y el aumento del trabajo de cuidados no remunerado para responder a la restricción de ingresos y la fami- liarización del bienestar. Si se da solamente el primero, se reduciría el trabajo de cuidados y se producirá lo que se ha denominado “crisis de los cuidados”2, ya que estas actividades socialmente asumidas como femeninas y gratuitas no pueden ser extendidas al infinito. Si se da el segundo, se incrementa la carga de trabajo doméstico y se pueden reducir las oportunidades de ingreso de las mujeres al mercado laboral y sus vinculaciones con la protección social formal. Si se dan ambos, la carga laboral global se incrementa en detrimento de la calidad de vida de las mujeres.

No obstante, las crisis consecutivas del sistema económico muestran claramente que, además de que el trabajo no remunerado no es infinito, el sostenimiento básico de la vida tampoco puede permanecer privatizado; la privatización del cuidado pone de manifiesto una de las principales y definitorias dimensiones

2 La crisis de los cuidados se vuelve un fenómeno más estructural cuando la demanda de cuidado se incrementa dados los cambios demográficos que muestran en muchos países el incremento de la pro- porción de población adulta mayor, en especial aquella que se encuentra en pobreza ya que el cuidado que estas personas requieren es más intenso y costoso que el de las demás poblaciones con necesidad de cuidados.

estructurales del capitalismo: la desigualdad persistente, alimentada por sistemas de captura de rentas acumuladas en base al trabajo (mal pagado o no pagado), a los recursos naturales y a los recursos públicos.

De modo que un elemento clave para entender la crisis desde el punto de vista del régimen económico es que las tensiones entre los ámbitos de mercado y la base de sostenimiento de la vida —que se encuentra fuera de los flujos mone- tarios y mercantiles— se incrementan, la presión sobre esta base se hace mayor; con lo cual, la reproducción social se pone en riesgo impactando en forma des- proporcionada en los trabajos y los recursos utilizados para mantenerla. Es decir, la crisis nos muestra lo que es esencial para sostener la vida y cómo lo que es esencial es afectado por un sistema económico depredador.

Entre crisis: los impactos que se mantienen y los que se profundizan

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