Así me decía papá: “Como el miedo es gratis, la gente agarra más de la cuenta”, pero luego añadía, “pero si se comparte, toca menos por cabeza”. Y eso lo he comprobado yo cuando he tenido miedo ante hechos violentos. Recuerdo cuando mataron a Miguel, un alumno de apenas 12 años, en un barrio de San Félix. Había defendido a su padre de un delincuente que lo estaba atracando, y le apuntaba con una pistola. El delincuente lo mató ahí mismo, frente a su papá. Se decía que el culpable vivía en el barrio de enfrente. Salir a protestar, en señal de rechazo a esa muerte anti- cipada, era riesgoso, pero si no se salía, el mensaje que se daba a la comunidad y a los niños y niñas, a los compañeros de la escuela, era que aquello era normal. ¿Normal que los maestros entierren a sus alumnos? No, eso no es normal. ¡Había que salir aunque tu- viéramos miedo! Nos fuimos convenciendo y salimos unos cuantos, todos con mucho miedo, pero al compartirlo, nos tocó “menos por cabeza” y pudimos enfrentarlo. Esa noche en la comunidad se co- mentó, “con Fe y Alegría no se puede meter uno porque no tienen miedo”. No sabían que sí teníamos, pero compartido pesó menos y no se notó.
Yo he pensado que los verdaderos líderes populares, los que realmente están de la mano con el pueblo, que son amenazados por los violentos, no es que no sientan miedo, sino que como tra- bajan en colectivo, el temor se les reduce. Creo que eso le pasa al Padre Acacio, párroco de una zona fronteriza con Colombia en el Alto Apure. Se ha enfrentado a medio mundo, pero su parroquia está llena de gente, esa que él defiende. Seguro que comparte el miedo y por eso uno lo ve siempre seguro, como que si no pasara nada. Cuando cumplió 50 años de vida sacerdotal, la gente no cabía en la capilla. Hubo como dos mil personas en esa fiesta. Yo miraba el gentío y me decía: “Debe tocar muy poquito miedo por cabeza”.
La verdad es que solas no podemos enfrentar la realidad vio- lenta. Ya vimos que la “R” de reunión es necesaria para la paz personal, también para la Paz del patio de la escuela. Eso vale mu- cho más para la Paz de la comunidad, puesto que se necesita más fuerza para incidir en contextos más amplios. En algunas oportu- nidades, incluso necesitamos aliarnos con otros grupos de otras comunidades de la ciudad y hasta con grupos de otras ciudades, pues las causas de la violencia no existen sólo en tu comunidad, tienen lazos en todo el país.
Entonces: desear la paz, compartir con otras madres, vecinas, compañeras de la escuela, gente de la parroquia, por ejemplo; dialogar sobre los problemas comunes y soñar alternativas; utili- zar las “agujas de tejer” no sólo para la orilla de un lindo mantel, sino también para el “tejido social”, el que emplea el hilo que se crea en las reuniones, que al principio puede ser para celebrar cumpleaños, o para la parranda navideña, o para el Vía Crucis en Semana Santa, pero que luego se hace más fuerte y servirá para tejer una gran red para la convivencia - indispensable para cual- quier meta comunitaria- pero más aún si se enfrenta la violencia directa, pues en solitario corremos mucho peligro.
La diferencia entre nuestros deseos de paz, para la comunidad y para el país, y la realidad violenta que estamos viviendo, está en la participación de nosotros como ciudadanos. Dentro de todo el arco iris de derechos humanos, el derecho a vivir en paz, a vivir con dignidad resume al resto y requiere de una ciudadanía vigoro- sa: esa es nuestra responsabilidad.
La organización de los ciudadanos y ciudadanas, además de ser imprescindible para la construcción de la paz y erradicación de la violencia, tiene unas grandes ventajas. Ya sea crear una nueva organización o fortalecer las existentes, tiene de bueno que si alguien se desanima, el otro anima y le ayuda a continuar. Aunque suene un poco cursi, cuando hablo de este punto, me acuerdo de aquella canción que puso de moda José Luis Rodríguez, El Puma, que decía “¡Agárrense de las manos!”
4.5.1. Cultivar las P: paciencia, perseverancia, publicar
lo bueno.
Unos errores muy comunes en las iniciativas de organizaciones populares es creer que las metas se consiguen sólo con escribir una carta, un par de reuniones y ya. Entonces cuando no sucede así, nos desanimamos y abandonamos. Por eso se requiere de pacien- cia y perseverancia. ¿No salió bien algo?, pues se da la vuelta, se cambia la estrategia, se insiste. ¿Vinieron pocas personas a la re- unión? Para la próxima se invita de otra manera. Esto de construir la paz, revertir la cultura de la violencia, no es como hacer una sopa de sobrecito –en 10 minutos– no; es más bien como hacer un buen sancocho: requiere muchos ingredientes y mucha paciencia y perseverancia.
Aparte de tener que enfrentar la desesperanza de una buena parte de la población y de los que te rodean. Hace poco, un ahi- jado que quiero mucho, que fue niño abandonado y que vivió en la calle, me dijo que me iban a terminar matando en uno de esos barrios violentos a los que voy a dar cursos. “Usted habla y habla, y cada vez hay más delincuentes”. Yo sé que, en el fondo, él sabe
que no podemos ser indiferentes y él quiere paz para sus hijos, pero no sabe cómo parar las balas de su comunidad. “Hay que perseverar aunque se rían de nosotros”, me dijo un día el Padre Joseíto. Yo pensé que la risa no le cae mal a nadie.