¿Qué previene la deserción escolar?
• Hacerles ver a los hijos que tú te interesas por sus estudios. Pregúntales cada día cómo les fue, qué aprendieron.
• Ve a las reuniones de padres y madres. Habla con los profesores guías sobre tu representado.
• Si es posible, ten un lugar para los libros –aunque sea un estan- te–, y un lugar para hacer las tareas. Que se vea, en la práctica, que estudiar es importante.
• Invita a tu casa a los compañeros y compañeras de clase.
• Proyecto de vida. Anima a tus hijos e hijas a que tengan metas a largo plazo.
• Evita decirle a cada rato que “vas a quedarte de bruto sin estu- dios”.
• Compra libros recreativos y juegos instructivos. Hoy los hay va- riados y realmente entretenidos.
• Lucha para que en tu comunidad haya buenos colegios. Coopera con la escuela.
“Un niño sin escuela es un problema de todos”. Este fue el lema de Fe y Alegría por varios años. No sé si veíamos en esos tiempos, en los que la violencia no nos preocupaba como ahora, la relación existente entre exclusión y deserción escolar y la delincuencia, pero la verdad es que sí existe.
3.5. El diálogo: base de las relaciones de convivencia.
Este aspecto lo hemos dejado de último porque esta es la base de la convivencia y de la prevención de todos los riesgos de la violencia. Habrás notado que en todos los puntos ha salido, como ayuda, conversar, y, aunque no lo creas, la mayoría de los seres humanos no sabemos dialogar.Detengámonos en algunos aspectos de la comunicación:
A. Para dialogar con ellos tenemos que callarnos aunque
sea de vez en cuando, porque se trata de “dialogar”, no de
“sermonear”, eso no sirve, y con los adolescentes, menos. Eso ya lo saben ustedes. ¿Cuántas veces no se han sentido como hablando con una pared? “Sí, mami”, te dicen, pero luego hacen todo lo contrario.Solemos decir que una herramienta efectiva para el diálogo es “ponerse un tirro”. ¡Sí! Un pedacito de tirro, para callar y escu- char. Una recomendación, comadre: coloca un trozo de tirro en la nevera de tu cocina, y cuando aparezca tu hijo o su hija a plan- tearte algún asunto, mira la nevera, ponte mentalmente la cinta adhesiva, y escucha.
Para dialogar es imprescindible hacer silencio de nuestra parte.
B. Palabras y gestos.
Con los gestos también se “habla”. Ima-gina la escena: tu hijo o tu hija, vienen del liceo. Hay una ac- tividad especial en el colegio y necesitan permiso de los padres. Usted, sin saber de qué se trata, sólo al oír “Mami, ¿me puedes dar permiso…”, de una vez cruzas tus brazos, te inclinas hacia atrás y pestañeas. Ya has dado tu respuesta con tus gestos. Y además, dices algo así como “¿otra vez?”, o comienzas con un “Pero tu papá..”. No importa lo que digas después, el “pero” es una pal- abra bloqueadora. Ya tu hijo sabe que la respuesta es no, y que no hay discusión. Así no vamos a ninguna parte. ¿Qué tal si en vez de “pero”, primero le escuchas completo y le das una esperanza sincera? Comienza diciendo algo así como: “Lo voy a pensar”, o tal vez, negocia: “Primero haz tus tareas, o arregla tu ropa”. Es decir: hay que cuidar lo que se dice y cómo se dice.
Revisa las palabras que más usas con tus hijos, así como los ges- tos. Cierra los ojos y recupera del archivo de tu cerebro las esce- nas de encuentros verbales con ellos. ¿Qué dices y cómo lo dices? ¿Tus expresiones favoritas son algunas de las siguientes: “¿Pero, hasta cuándo? ¿Otra vez? ¡Ni preguntes!”, o son estas: “Vamos a ver”, “sería excelente”, “¡estoy de acuerdo!”, “¡veamos pros y contras!”.
Los gestos son muy importantes: mírate en el espejo. ¿Qué ex- presión se dibuja en tu rostro? ¿Cómo pones los brazos, los cruzas o los abres? ¿Y el tono? ¿Cómo te gusta que te hablen a ti? ¿Te gusta ese tonito de grito?
C. Hay preguntas que sirven de puente. Como se trata de
aprender a dialogar, acto que necesita dos actores, requerimos puentes para saltar los abismos, las distancias. Hay preguntas que ayudan a comenzar un diálogo o a profundizarlo. No se trata de un interrogatorio, de esos que usa la policía para “encontrar a un culpable”. Se trata de preguntas bien intencionadas, para facilitar que el otro - que en este caso es un hijo o una hija-, se exprese. Está bien preguntar “¿cómo te fue en la escuela?”, pero después de la respuesta, seguramente corta, de tu hijo –bien, mal, regular- o tal vez solo una expresión como “umj” o un levantar de hom- bros, precisa algún detalle, como por ejemplo: “¿Fueron todos los profesores? ¿Te pusieron tarea?”. En fin, demuéstrale que tienes interés.Una conversación como la propuesta, cuando tus hijos llegan de la escuela, además de ir sembrando confianza, ayudará al rendi- miento escolar, pues se pone de manifiesto que hay interés de tu parte. El interés sincero, contribuye al diálogo.
D. Además del tirro, invierte tiempo. Mírale cuando habla.
No es lo mismo escucharle mientras sigues haciendo el almuerzo, que voltear y ver su cara cuando te habla. Si estás muy ocupada, dile que espere unos minutos, pero dale el tiempo que requiere. Pregúntate si te gusta hablar con una pared o si te gusta cuando le hablas a tu pareja y este sigue con sus ojos fijos en el televisor.En Argentina hay un movimiento para crear “casas de escucha” en donde se entrenan padres, madres e hijos (Berra, 2006). ¿No podemos tener, al menos, rincones de escucha en nuestros patios?