Hay maneras de conseguir la paz personal, nosotros hemos di- señado una, partiendo de nuestra experiencia como educadoras, con herramientas que están al alcance de las escuelas de sectores
populares. Buscamos ayudar a las madres – a ustedes – a romper círculos de violencia.
Decía arriba que, sólo con desearla, no se logra la paz personal. Ayuda conocer algunos saberes que la educación, la sicología, la medicina y otras ciencias han descubierto. Ayuda, y es parte del camino, reflexionar sobre nuestra propia experiencia.
Por esta última sabemos que, simplemente dar una charla sobre la necesidad de paz y sobre la violencia, nos despierta un poco, pero seguimos comportándonos igual. Si eso fuera suficiente, ten- dríamos mucha paz en nuestras escuelas y en los hogares de las fa- milias de los alumnos. Sabemos también que así como la violencia es un problema complejo, con muchas causas, la paz no se consi- gue con una receta, como cuando vamos a hacer una buena torta: unos ingredientes – siempre los mismos y con medidas exactas – y unos pasos bien definidos. Sembrar y cultivar la paz personal, re- quiere de un proceso.
2.1. Descubrir la violencia y la paz que llevamos dentro.
Esto es lo que proponemos, un proceso de recuperación de nues-tra historia de violencia y de paz. Fíjense que digo “descubrir”,
porque está medio escondida. Se trata de recuperar lo que hemos recibido de violencia a través de nuestros sentidos, qué marcas nos ha dejado, cómo la hemos devuelto a los que nos rodean – sin darnos cuenta – y luego recuperar también, es decir, hacer cons- ciente la paz, las bondades que también nos han regalado, y cómo nosotras, a veces sin saberlo, lo hemos regalado a esas personas de nuestro entorno.
Entonces, se trata de una historia que utiliza cuatro canales para escribirla: dos tristes o dolorosos, y dos alegres y bonitos. Es importante saber que no hay dos historias iguales. Cada quien tiene su historia única, irrepetible, incluso entre hermanos de un mismo padre y una misma madre. Incluso si son gemelos. ¡Todas
las historias son distintas! Dios sólo tiene moldes originales, no hay copias ni clonaciones.
¿Es necesario este paso para conseguir paz? Decimos que sí, es imprescindible, aunque pueda doler. Sucede que hemos estado recibiendo violencia, antes y ahora, no la hemos digerido –o sea, no la hemos reflexionado- y cuando uno come algo y no lo digiere bien, le cae mal, lo repite -decimos– y hasta que no sale, no nos sentimos bien. Eso pasa con la violencia también: ha dejado heri- das en las personas, y si estas heridas no se cierran o no se curan adecuadamente, se vuelven a abrir y siguen haciendo daño. Y por eso, muchas veces, sin quererlo, las personas hieren incluso a la gente que más quieren: los hijos, las hijas, o los padres y madres. A veces, también los educadores herimos – sin querer – a nuestros alumnos. O sea, lo hacemos de manera inconsciente. Y lo que se hace de manera inconsciente, no se puede controlar. Por eso lo seguimos haciendo. Cuando una persona no ha trabajado esas heri- das, llega a grande debilitada y con menos fortaleza para abordar la violencia de la adultez.
¿Por qué volver a la primera infancia? Porque de cero a seis años todo se absorbe como una esponja. No tenemos colador men- tal en esa edad. Y además, en esos años, aunque cueste creerlo, un bebé no entenderá una pelea entre sus padres, pero sí percibe el tono de grito, de insulto, y eso se le va quedando. Huele la cer- canía de su papá o su mamá. Es sensible a las caricias y los golpes. Aunque no razone sobre lo que está recibiendo. Hay estudios que reflejan que los niños y niñas que repetidamente reciben nalgadas y correazos a estas edades tempranas, tendrán consecuencias más tarde. Los maltratos a estos años influirán no sólo en la capacidad para aprender, sino también en el comportamiento del futuro ado- lescente y futuro adulto. Recuerden que en la historia de la ma- yoría de los delincuentes y de los seres violentos, hay una infancia llena de maltrato, desamor. Está comprobado que de cero a seis años se hacen heridas que marcan a las personas y pueden expli- car comportamientos futuros. Incluso si no se ha tenido un trato
violento: no te pegaban o insultaban con frecuencia, no pasaste hambre y tuviste padre y madre a tu lado, se abren heridas, algu- nas profundas, otras leves, que conviene ponerlas sobre la mesa de nuestra mente para hacerlas conscientes y poder curarlas. Si quieres profundizar en este punto, te recomiendo algunas lecturas que incluí al final del capítulo.
Esta idea es muy importante que quede clara, porque suele creerse que a esas edades, “los niños no entienden” o “eso se olvida”, y no sabemos que la huella queda. Lo que pasa es que la recubrimos, como las capas de la cebolla, o la maquillamos. Lás- tima que en este país no haya programas permanentes y masivos para la formación de madres y padres, porque se cometen muchos errores que luego se pagan caros.
Por todo lo anterior, es muy necesario recuperar esta historia. Vamos a ir buscando en el baúl de nuestros recuerdos, utilizando para eso, los cinco sentidos, pues es por ellos que la realidad llega a nosotros: a través de lo que vemos, oímos, gustamos, olemos y sentimos. “Ojos que no ven, corazón que no siente”, dice un re- frán popular. Esto es verdad, pues hay relación entre:
• Lo que percibimos: lo que nos llega por los sentidos.
• Lo que pensamos: la idea que nos hacemos de lo que percibimos. • Lo que sentimos: la emoción que nos produce lo que pensamos. • Lo que hacemos: lo que empujados por lo que sentimos, deci-
dimos y hacemos.
Veamos un par de ejemplos:
Comencemos por un olor. Supongamos que usted está lavando la ropa y le llega el olor de café que está haciendo la vecina. Lo percibe, lo huele. Piensa: “están haciendo café”. Siente deseos de tomar café. En base a ese sentimiento, toma una decisión: o va y hace café usted o va y le pide a la vecina.
Pongamos otro ejemplo. Una vez alguien me contó esta historia. “Yo perdí mi oído izquierdo de pequeña. En mi salón no todas las compañeras lo sabían. En el último año de colegio, la alumna que se sentaba a mi izquierda, por alguna razón que nunca investigué, se metía conmigo diciéndome cosas antipáticas, pero como yo no le oía, nunca me molesté ni le respondí. Ella creyó que yo era una santa, buena gente, porque jamás le respondí a sus antipatías”. Me reí del cuento. “Oídos que no escuchan, lengua que no pelea”, podríamos decir. Mi amiga no hacía nada porque no percibía nada. Vale aquí el ejemplo de una persona que le dice a otro una grosería terrible pero en otro idioma. El otro no se pondrá bravo porque en su mente, no se hará la idea de ningún insulto.
Piensa en tus propios ejemplos: hasta que no te enteras de algo, no lo piensas, no lo procesas en tu cerebro, y no sientes nada y no actúas.