Conversaciones sobre la violencia y la paz. Una invitación a la convivencia pacífica.
Por Luisa Pernalete Equipo Editorial:
Antonio Pérez Esclarín, Beatriz Borjas, Elda Rondini Cordero, Beatriz García y Luis Barreto.
Correccion de textos:
Antonio Perez Esclarín y Beatriz Borjas. Diseño, diagramación e ilustraciones:
Lucía Borjas y William Estany (Cooperativa Mano a Mano) Edita y Distribuye:
Fe y Alegría
Esquina Luneta, Edificio Centro Valores, 7mo piso Parroquia Altagracia, Caracas 1010A
Telfs. (0212) 5632048 - 5631716 - 6547423
Centro de Formación e Investigación “Padre Joaquín” Edificio Fe y Alegría, 2do piso.
Av. Delicias, calle 97A Nº 15-139, sector El Tránsito Maracaibo, estado Zulia.
Telf. (0261) 7291551
Publicación realizada con el apoyo de ALBOAN Fe y Alegría, 2010
Hecho el depósito de Ley
Depósito Legal lf 603 2010 370 4016 ISBN 978-980-7119-32-0
Presentación
En este nuevo número de nuestra colección “Materiales Edu-cativos”, Luisa Pernalete, veterana en la gestación y dirección de los procesos educativos populares de Fe y Alegría y actualmente miembro del Centro de Formación e Investigación P. Joaquín, in-vita a las madres de adolescentes a colaborar en la construcción de ambientes en los que se pueda convivir de forma pacífica. Si bien las convoca desde el espacio escolar, como una propuesta de “educación para la paz”, la intención es ir más allá de los muros del centro educativo, fuera de los ritmos y rutinas escolares; así las madres tendrán la oportunidad de sentirse “comadres” y agru-parse para leer y reflexionar el contenido del material utilizando una metodología “vivencial-reflexiva” que permita a cada una dar-se tiempo para mirardar-se hacia dentro y descubrir sus historias de violencia; pero también para que descubra sus capacidades para seguir adelante a pesar de las situaciones conflictivas que experi-menta en su familia y en el entorno donde reside.
El Centro de Formación e Investigación Padre Joaquín de Fe y Alegría inició con el proyecto “Alegría de Vivir” una línea de investigación-acción pedagógica dirigida a producir materiales educativos en Educación en Valores para niños y niñas de Educa-ción Primaria acompañados de una propuesta de formaEduca-ción para los docentes. Con la publicación, en coedición con Distribuidora Estudios, de los siete libros desde Educación Inicial hasta sexto grado de primaria y los tres manuales para docentes, cerramos un primer ciclo. Nuevamente nos encontramos iniciando un segundo ciclo en la espiral de la investigación-acción con la producción de materiales educativos para estudiantes de Educación Secundaria. Entramos en el mundo de los adolescentes y nos encontramos con otras realidades y temas de interés; entre ellos, hemos selecciona-do uno que creemos nos urge abordar: ¿Cómo contribuir a detener la espiral de violencia social que cada vez arrastra más a nuestros jóvenes hacia caminos sin salida? El ejercicio de la paz y de la ciu-dadanía es el eje alrededor del cual gira la propuesta de Educación
en Valores que iniciamos en 2010 para estudiantes de Secundaria de los centros educativos de Fe y Alegría.
Pero este camino nos ha llevado a ir más allá de docentes, ni-ños, niñas y jóvenes. Por ello, nos han venido como anillo al dedo los espacios formativos que Luisa Pernalete ha iniciado en Ciudad Guayana y Barquisimeto con madres de adolescentes de algunos centros educativos de la región en los que se les proporciona he-rramientas que favorezcan su crecimiento como persona y mejoren su relación de convivencia. “Lo grande empieza por lo pequeño”, manifiesta la autora: comencemos a prevenir la violencia desde sus orígenes y, desde este enfoque, la formación de los padres y de las madres obtiene su sitio en los procesos formativos de Fe y Alegría.
Con un itinerario de formación que consta de tres “estaciones” (la personal, la familiar y la ciudadana) la autora nos propone un recorrido que va de la paz de la persona a la paz de la comunidad para “tejer una gran red para la convivencia” pacífica. Se impone así “el principio de comunidad” que se sustenta “en la
obliga-ción política horizontal, entre individuos o grupos sociales y en la solidaridad que de ella surge, una solidaridad participativa y concreta, esto es socialmente contextualizada”1. Al politizarse lo personal, lo social y lo cultural, el campo de lo político se am-plía y se redefine: ya no podemos pensarlo solamente en relación al Estado porque también en las prácticas sociales cotidianas se ejercita la ciudadanía. Pero al repolitizarse el gran campo de las prácticas sociales, comenzamos a vislumbrar formas de opresión y dominación que estaban ocultas, como ha sucedido con la violen-cia intrafamiliar y de género.
Agradecemos a nuestros compañeros de ALBOAN por habernos ofrecido la oportunidad de producir y editar este material educa-1 Santos, Bonaventura de Sousa (1994) “Ciudadanía, subjetividad y emancipación” en Revista El otro derecho, No.15, Bogotá. http://ilsa. org.co:81/node/235
tivo que será de gran utilidad en nuestros centros educativos. Es-peramos poder continuar incursionando en propuestas formativas dirigidas a padres y madres con las cuales deseamos enriquecer y afianzar la “dimensión comunitaria” de nuestro modelo educativo de “Escuela Necesaria”, que aspira a promover procesos de cons-trucción de la ciudadanía que apunten a una sociedad más justa y más humana.
Beatriz Borjas Octubre 2010
Introducción
Es difícil olvidar el rostro de una madre que ha perdido a su hija por eso que llaman “balas perdidas”; esas imágenes no quiero que se me borren, porque son un llamado permanente a trabajar por la paz, y como esa no es una tarea que se pueda hacer aislada, en solitario, creo que las madres – que son mis comadres – son buena compañía, porque ellas, estoy segura, segurísima, quieren la paz para sus familias, para su comunidad, para el país. A ellas, principalmente, están dirigidas estas páginas, a las madres y más concretamente, a madres de adolescentes.
Estas reflexiones sobre la violencia y la paz, las he titulado “conversaciones”, porque fueron surgiendo, lentamente, del com-partir, con decenas de madres de sectores populares, sus pre-ocupaciones y anhelos, sus vidas, la vida de sus familias. Conver-saciones, porque no tienen estas páginas pretensiones de “tesis doctoral” sino de continuar un diálogo sobre la violencia – que angustia, que enferma, que mata inocentes – y sobre la urgencia de paz, de convivencia fraterna. Esas mujeres que han resistido heroicamente hasta ahora, y que sueñan con una vida sin insultos, golpes y balas; para ellas y para sus familias; mujeres que han te-nido y tienen pocas oportunidades para formarse y adquirir herra-mientas que les permitan parar los espirales de violencia y liderar la convivencia pacífica.
Tal vez alguien se pregunte por qué privilegiar a madres de adolescentes. Explico: la violencia nos está afectando a todos los venezolanos, pero si la intención es prevenirla, reducirla, erradi-carla, hay que poner la lupa en ciertos sectores de la población, uno de ellos, los adolescentes. La adolescencia es un período de la vida poco comprendido. A los adolescentes se les huye. “¡Son terribles, insoportables!”, solemos decir educadores y padres y madres. Se les atiende poco en su especificidad. Pero, además, la adolescencia es una edad con mucho riesgo, pues los adolescentes
pueden caer con facilidad en la droga y en manos de la violencia delincuencial. Cada día son más los adolescentes involucrados en delitos en este país. Las madres lo saben, el miedo que sienten está justificado. ¡Y se les ayuda tan poco! Estas conversaciones quieren ser una mano extendida para ustedes: madres temerosas, pero a la vez valientes y amorosas, que darían la vida por la felici-dad y la segurifelici-dad de sus hijos e hijas.
Me encantaría que estas conversaciones, se entablaran también con padres. Sé que hay muchos “hombres de buena voluntad” que se preocupan por sus hijos. Para ellos va también la invitación, pues en las familias en donde padre y madre asumen por igual la educación de sus hijos, estos crecen con menos problemas, y cuando aparecen, como son dos, hay más posibilidades para resol-verlos. De manera que si hay padres que quieran conversar sobre estos temas: ¡bienvenidos!; pero, lo confieso, mi experiencia prin-cipal ha sido con madres, con su particular manera de comunicar-se, con esa paciencia infinita cuando el tema tiene que ver con sus hijos e hijas. Ha habido algunos padres y maestros/hombres, que han asistido a los cursos que han servido de ensayo a estos proce-sos que estamos impulsando, y con honestidad, les cuento que se han portado muy bien – sin intimidar a las mujeres asistentes-, de manera que no los excluimos.
A muchos aprendizajes y conclusiones he llegado más por la vía de la experiencia que por la vía académica, de los libros, aunque luego haya consultado autores que tienen más tiempo que yo es-tudiando estos temas. Por eso, he incluido datos y algunas citas de esos autores. Pero como se trata de “conversaciones”, en las que he permitido expresarse libremente a mi cerebro “femenino”, también hay anécdotas y chistes, y comentarios de las “comadres aliadas” con las que he compartido los últimos tiempos.
El texto lo conforman 4 capítulos. El primero, “Comprender la violencia”, porque la violencia es un fenómeno complejo, y comprendiendo a qué nos enfrentamos, podremos buscar
reme-dios más acertados. El segundo, “La paz empieza con la “P” de Persona”, porque saber qué se tiene dentro, en nuestra mente y en nuestro corazón, es paso imprescindible para reducir y erradi-car la violencia y promover la paz, y porque los procesos de paz serán impulsados por “personas” concretas. El tercer capítulo, se titula “Ahora somos comadres”, porque soy educadora, y ello me convierte en “madrina” – segunda mamá – y los alumnos, hijos de esas madres, son mis ahijados, o sea que estamos en el mismo lado de la cancha, siempre a favor de los niños, niñas y adolescentes. El cuarto capítulo, “La paz es un derecho: la paz en la comuni-dad”, porque no basta con ser mujer y madre de paz. El nivel de participación ciudadana – que va mas allá de los problemas intra-familiares y personales – es necesario en esta ruta para lograr la convivencia pacífica, y, además, porque hay que hacer público el rechazo a la violencia y la adhesión a la paz. De ahí la necesidad de trascender y conversar con todo el que podamos involucrar en este camino de la paz.
El texto se pasea entonces por tres dimensiones: la personal, la familiar y la ciudadana. Me convencí que no basta con hacer actos aislados por la paz, no son malos, pero resultan insuficientes ante tanta violencia. Por eso, este itinerario, con tres estaciones, es importante cubrirlo todo. No es que trabajar lo personal úni-camente no tenga valor – en este asunto de construir la paz to-dos los esfuerzos son valiosos -, pero si no abordamos el triángulo completo, el espiral de la violencia renace. Los tres aspectos se relacionan y cada uno alimenta al otro. Si usted, como persona, controla sus emociones y resuelve problemas pacíficamente, su familia se beneficiará y usted tendrá menos angustia. Si usted se une o promueve iniciativas que tiendan a reducir la violencia en su comunidad, su familia estará menos afectada, tal vez consiga que haya menos balas en su barrio… el espiral de la violencia baja su velocidad, se mueve al revés y ofrecerá vida en vez de muerte. Mientras más se da –a favor de la paz– más se recibe.
El material está hecho para que cualquier lector pueda formar-se de manera individual. Por eso las preguntas, los ejercicios pro-puestos, las sugerencias para actividades en la comunidad… Pero será mucho mejor si las reflexiones se hacen en grupo. Les aseguro que contar a otros lo que hemos sufrido, compartir las pequeñas o grandes experiencias exitosas, juntar los miedos, hace menos di-fícil el camino. ¡Qué bueno sería si unas cuantas madres invitaran a algunos educadores de la escuela, o a algunas catequistas de la parroquia, o a miembros de los Consejos Comunales a formar una comunidad de aprendizaje, un Grupo de Apoyo Mutuo, como los que hay en otros países para enfrentar problemas comunes! ¡Se-guro que más de una llevaría café a la reunión, o compartiría la última receta inventada y hasta celebrarían algún cumpleaños!
Es posible que alguna lectora o lector quiera profundizar alguno de los temas. Para ello, al final de cada capítulo, tendrán una pe-queña lista de textos citados y recomendados para esas personas.
Por supuesto que estas conversaciones no agotan el tema, pero espero que sean útiles para hacer realidad el Derecho a vivir en paz.
No puedo terminar esta introducción sin agradecer a las mu-jeres guatemaltecas con las que compartí el Curso del Centro de Espiritualidad en agosto del 2009, cuyos testimonios de sufrimien-to y de fe me siguen alimentando; a Marlene, coordinadora de ese curso; a María Auxiliadora, psicóloga, voluntaria en un Centro de Capacitación de Fe y Alegría en Barquisimeto desde hace diez años que respondió todas mis llamadas de consulta; a la gente del Ins-tituto Universitario “Jesús Obrero” de Fe y Alegría – Barquisimeto, quienes acompañaron el primer ensayo del “Curso Básico”; a las mujeres, y muy especialmente a las “comadres” de la Carucieña de Barquisimeto, verdaderas embajadoras de la paz; a las “coma-dres” de Las Amazonas, Buen Retiro y Brisas del Orinoco, comuni-dades populares de Ciudad Guayana que tuvieron la generosidad de leer borradores de este texto, y de cuyos encuentros han salido
muchas de estas reflexiones; mujeres todas con las que he llorado y reído, y con las cuales quiero seguir de la mano. No sería justa si no mencionara también a las compañeras y compañeros del Centro de Formación e Investigación Padre Joaquín que me asignan tareas que son un placer.
Estas conversaciones, pues, son principalmente para ellas, ma-dres amorosas, que viven en sectores populares, representadas por las que he conocido y de las que he aprendido mucho. No ol-viden pasar la invitación a los padres que conozcan – tal vez no lo confesarán abiertamente – pero ellos también quieren paz.
Hasta el próximo café, Luisa Cecilia
Eso dijo una señora en un curso para promotoras de paz: “Me siento como una mesa”. Impotente. Y otra añadió: “Me siento en-jaulada. Veo lo que está pasando, como si estuviera enrejada. Con rabia, a veces, otras con miedo”. Y no es para menos: Venezuela es un país violento. Muy violento. Todos nos vamos a morir, pero en nuestro país se muere antes de tiempo. Cualquier actividad es riesgosa: ir a la escuela, ir a la bodega a comprar una chuchería, venir del trabajo, estar en el mercado, ir de paseo, rezar un ro-sario por un muerto… La muerte violenta se puede encontrar en cualquier lugar, incluso en aquellos que se consideraban seguros.
Este capítulo pretende que comprendamos ese fenómeno que llamamos “violencia”. Que lo entendamos en su complejidad. Que podamos detectar que nos está rodeando. Hacerlo visible, ir más allá de lo que aparece en los periódicos, rasguñar sus causas, iden-tificar los signos, comprender el problema. Eso es necesario para construir la paz que deseamos.
Capítulo 1
Comprender la violencia
“Me siento como una mesa de madera: en medio de todo sin poder hacer nada”
Es como cuando tenemos un dolor. El dolor es un aviso de que algo anda mal en nuestro cuerpo. Hay que ir al médico para que haga el diagnóstico porque si éste no es acertado, el remedio no servirá. Si despachamos el tema del maltrato, o de los insultos, las amenazas, los gritos, diciendo que “así es ahora como la gente se trata”, o si, ante una muerte por arma de fuego en la comunidad, creemos que es algo aislado, o concluimos que “violencia ha ha-bido siempre y eso pasa en todas partes”, no nos extrañe que las balas entren a nuestras casas.
Es verdad que esto que hemos escrito no es un tratado sobre la violencia, pero sí es bueno clarificar algunos puntos.
1.1. La violencia no es buena.
Cuando pregunto a jóvenes adolescentes con qué relacionan la pa-labra “violencia”, dicen cosas como “gritos, golpes, maldad, pro-blemas, llanto, rabia, odio, muerte”. Como vemos, nada bonito. La violencia, que supone el uso del poder –fuerza física, autoridad– con la intención de dañar a otro, física o psicológicamente, no es buena, nunca es buena, ninguna es buena, trae consecuencias inmediatamente o más tarde. Las personas que viven en medio de ambientes violentos, en una guerra, o en casas, escuelas o co-munidades donde abundan los golpes, gritos, amenazas, insultos, descalificaciones, no sólo se llenan de miedo, sino que terminan enfermando y, lo más grave, creyendo que esa es la única for-ma posible de convivencia, y que no hay nada que hacer frente a ella.
1.2. Hay varios tipos de violencia.
Podemos hablar de la violencia visible: la que vemos aunque no la busquemos, la física, la que se siente: los golpes, los empujo-nes, y la muerte, que es la extrema.
Hay otra violencia: la invisible, no la vemos pero también exis-te y hace daño y mata. Como la injusticia, que causa el hambre, el desempleo. La injusticia está en la raíz de mucha de la violencia social.
También se puede considerar violencia invisible, la cultural: la que acepta como normal que alguien sea maltratado o discrimi-nado por ser pobre, o indígena, o negro, o niño o niña, o por ser mujer –el machismo es parte de esa cultura-. También la discrimi-nación por pensar distinto o tener creencias religiosas diferentes. Todo eso forma parte de lo que entendemos por violencia cultu-ral. No se ve, pero impulsa a actuar de un modo especial. Muchas de las guerras han tenido en su origen culturas discriminatorias, excluyentes. Aunque resulte difícil de creer, hay culturas que con-sideran normal que unos mueran para que otros vivan. Hay ele-mentos culturales que promueven medios violentos para resolver problemas.
La violencia visible utiliza armas de fuego –legales o ilegales, caseras o industriales– o armas blancas (no sé por qué la llaman así si todas sacan sangre roja) o botellas, piedras, bates, puños.
La violencia invisible usa armas más sofisticadas: propaganda, canciones, chistes, modas… Podríamos decir que esta segunda daña “el cerebro”, la manera de pensar, que orientará la manera de actuar.
La violencia verbal, la que se puede oír. Muchos creen que no es violencia. A más de un hombre le he escuchado decir que él no es violento con su mujer porque no le pega, y más de un niño me ha dicho que sus padres no son violentos porque no le golpean.
Pero pensemos un poco: ¿Cómo nos sentimos después que alguien nos insulta o grita? ¿Cómo se siente un niño? Una vez, cuando tra-bajaba con niños de esos que llaman “huelepegas”, uno dijo lo siguiente: “Mire, maestra, a uno le pueden dar un golpe y se pone el brazo morado. Eso se quita. Pero cuando a uno le dicen cosas feas, como desgraciado, eso se mete en el corazón. No se borra”.
La violencia sicológica, no se ve pero hace mucho daño, a ve-ces también se mezcla con la verbal, porque es una violencia que también se oye: cuando a una la amenazan – aunque no cumplan con la amenaza–, cuando una es despreciada. También hay gestos que pueden ser muy violentos. Una persona que vive con amenazas permanentes se enferma.
Hay actos que pueden tener varios tipos de violencia a la vez, y dejan huellas mayores. En agosto del 2010, todos los medios de comunicación, nacionales y regionales, reseñaron el asalto del que fueron víctimas 69 niños y niñas que iban de paseo a la playa, como última actividad de un plan vacacional. Los delincuentes, lamen-tablemente algunos adolescentes, les amenazaron con incendiar el autobús con ellos dentro; algunos adultos que les acompañaban fueron maltratados frente a los niños y niñas. ¡Imaginen al terror sentido por los pequeños! ¿Creen que se les olvidará con facilidad? En ese hecho hubo violencia verbal, sicológica y física.
Cuando hay casos de abuso sexual, también hay violencia física y sicológica.
¿Qué tipos de violencia ves a tu alrededor?
¿Crees que los insultos y los gritos son violencia?
¿Por qué?
La violencia de género. No es que sea distinta de la física, la verbal o la sicológica. La ponemos aparte para resaltarla porque tiene que ver con todas ustedes y porque suele quedar escondi-da. Se trata de la violencia contra la mujer, que por siglos se ha aceptado como “normal”, y hoy todavía hay países en donde se acepta y se defiende que a la mujer se le maltrate, se le excluya y hasta se le mate legalmente. No se pretende aquí subrayar esos planteamientos que proponen una especie de “guerra entre los sexos”. Nosotras creemos que todos y todas tenemos derecho a la convivencia pacífica, pero hay que poner énfasis en la necesidad de proteger, sobre todo, a la mujer contra todo tipo de violencia, ya que tradicionalmente ha sido la más afectada. Afortunadamen-te, hoy hay leyes que la amparan, como la Ley Orgánica sobre el Derecho de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia, y aunque sabemos que las leyes no bastan, ayudan. Es importante que des-de el hogar se hable des-de estos temas y se siembre el respeto, la igualdad de trato.
La violencia contra la mujer no puede verse como un proble-ma “privado” –de cada quien–; es un probleproble-ma social. Una mujer a quien permanentemente se le descalifica, se le insulta – “¡no sirves para nada!”-, una mujer a quien se le ordena como si fuera una esclava, no puede actuar luego pacíficamente con sus hijos; además se puede enfermar -insisto en esto – y hasta puede perder el deseo de vivir. La violencia, lo repetimos, no es buena para nadie. Lo deseable es que los cambios de actitud – favorables a la
paz – los hagamos todos, pero el más equivocado tiene una tarea más larga por delante. Hay que prevenir esta violencia porque son muchas las mujeres que han muerto por no pararla a tiempo. Te-nemos muchos casos que evidencian que esta no es una afirmación gratuita.
1.3. Venezuela: País violento.
Hoy la violencia que más preocupa a la mayoría de los venezo-lanos es la generada por las armas en manos de los delincuentes, esa que produce heridos y muertos antes de tiempo. Veamos sólo unos datos que han sido recogidos por el Observatorio Venezolano de Violencia (OVV), una gente de varias universidades del país que lleva años estudiando el problema.
La violencia se mide por el número de homicidios –o sea, gente que se muere porque otra persona la mata – por cada cien mil ha-bitantes. Según la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, el promedio de homicidios en Europa es de 8.9, el de América del Sur es de 26, y, otra vez, según datos del OVV, la tasa en Venezuela es de 54. O sea que estamos por encima de la mayoría de los países que se parecen a nosotros. Estamos mucho peor, pues. La tasa de
¡Más que los muertos en países donde hay
guerra! ¡Son muchos muertos! ¿No creen?
homicidios de Caracas es más elevada todavía, es 130. ¡La segunda ciudad más violenta de toda América Latina!
¿Conocías estas cifras? ¿Te parecen
exagera-das? Y en tu comunidad ¿cuántos homicidios ha
habido este año?
¿Conoces algún caso?
En el Centro de Formación e Investigación Padre Joaquín de Fe y Alegría, tenemos nuestros propios datos, recogidos en reuniones con madres, maestros y maestras y alumnos de escuelas de zonas populares en Ciudad Guayana y Barquisimeto. Son números con nombres, rostros e historias. Veamos algunos.
En una comunidad popular de Puerto Ordaz, en reunión con 15 niños y adolescentes, todos dijeron escuchar frecuentemente tiroteos en su sector; igual dijeron los de otra comunidad en San Félix, y el mismo resultado se obtuvo en una comunidad del oeste de Barquisimeto: ¡los niños y niñas no se arrullan con el Himno Nacional sino con los silbidos de las balas! Más de la mitad de los niños asistentes a esas reuniones ha visto muertos por la violen-cia. ¡A su edad! ¿Cómo les parece? Un pequeño, de 5to grado, nos dijo haber visto 3 cadáveres con tiros en un solo año. Todos dicen haber sido testigos de insultos y amenazas. Incluso una pequeña de 6to grado dijo haber sido amenazada de muerte. Casi todos los niños consultados en la comunidad de San Félix han visto armas de fuego, por haber sido atracados, y todos, en la comunidad de Puerto Ordaz consultada, dicen ver armas con frecuencia porque “los malandros andan por la calle y no les importa que se les note que están armados”, comentaron.
Preguntas para reflexionar
¿En tu familia han sido víctimas de algún tipo de
violencia? ¿Has sido tú testigo de algún hecho
violento en los últimos meses? ¿Te quedas
tran-quila cuando tus hijos salen a la escuela?
Comenta con tus vecinos: ¿Hay tiroteos
frecuen-tes en tu comunidad? ¿Por qué crees que hay
tantas armas de fuego sin control? ¿Siempre ha
sido así?
1.4. ¡Todos somos víctimas y… victimarios!
Cuando hay un hecho violento, hay tres actores o tres perso-najes: uno, el que la sufre, lo llamamos “víctima”, otro, el que la ejerce, se le dice “victimario”, y otro, el que lo presencia, le llamamos “testigo”. Nosotros pensamos que hoy, en Venezuela, todos estamos siendo testigos, porque los hechos de violencia es-tán por todos lados. Piensa en ti misma. Las madres que ven a los padres golpear a los hijos, los adolescentes que ven a compañeros atracar a otros… Y también pensamos que todos y todas estamos siendo víctimas, pues el testigo sufre cuando ve lo que pasa y a veces no puede hacer nada; la víctima porque es afectada direc-tamente, y el victimario, porque es víctima de su propio violencia. Los victimarios no son felices, aunque no siempre lo confiesen.
Por todo lo anterior, consideramos que tuvo razón la Organiza-ción Mundial de la Salud –la OMS, esa que declaró la emergencia por la gripe AH1N1– al haber declarado, en el 2002, que la “Violen-cia es un problema de salud pública”. Y por lo tanto, debiera ser objeto de políticas públicas, es decir, que se deben aplicar planes sistemáticos, acciones organizadas, recursos para abordar el pro-blema. Tenemos una sociedad enferma por la violencia, además de los muertos que ya se han producido por esta causa.
Ejercicio
Y añadimos, que todos y todas, sin darnos cuenta, estamos siendo victimarios porque estamos generando violencia a nues-tro alrededor. Claro que no hablamos de tener todos y todas el mismo grado de responsabilidad. Por supuesto que no podemos equiparar el daño que causa una madre porque grite a un niño que el que causa un delincuente que dispara contra otra persona. La afirmación que hemos puesto en letra negrita no significa que justifiquemos a los violentos. El delincuente debe ser tratado para que no siga repitiendo su conducta violenta, pero sí me parece importante alertar sobre la cultura de la violencia que se ha ido implantando en Venezuela.
Quiero que pensemos en otro aspecto más: no sólo los delin-cuentes habituales son capaces de cometer un homicidio. Creo que por el fácil acceso a las armas de fuego, la falta de control y la cultura de la violencia, -esa que ve como buena y aplaude a los violentos-, hoy en Venezuela, una persona que no viva del delito es capaz de matar a otra para resolver así algún problema.
Haz el siguiente ejercicio, para recapitular lo
tra-tado en este apartra-tado.
Recuerda algún caso de violencia en el que tú
ha-yas sido víctima. ¿Qué sentiste?
Recuerda otro en el que hayas sido testigo. ¿Qué
sentiste al presenciarlo?
Recuerda otro en que hayas sido victimario.
¿Cómo te sentiste después?
1.5. La violencia es como un pulpo: tiene muchos
brazos.
La violencia es un fenómeno complejo. Tiene muchas causas, por eso es difícil enfrentarla. Mencionaremos algunas de esas cau-sas que influyen en el comportamiento violento de las personas:
Individuales
1. Enfermedades neurológicas.2. No saber resolver los proble-mas por vía pacífica. 3. Pensamiento rígido.
1. No pueden controlar sus emocio-nes, necesitan tratamiento médi-co.
2. A veces las personas actúan violen-tamente porque no saben hacerlo de otra manera.
3. El pensamiento rígido no permite encontrar salidas alternativas.
Familiares
1. Abandono de la madre.2. Falta de amor, real o inter-pretado así.
3. Maltrato familiar. 4. Embarazos no deseados. 5. Cansancio, estrés de los
pa-dres y mapa-dres.
1. La madre es el ser más importan-te en una persona. Su ausencia deja heridas profundas en los hijos abandonados.
2. Se dice que todo maltratador fue maltratado.
3. El hijo de un embarazo no deseado es muy probable que no sea bien tratado.
4. El manejo inadecuado de las emo-ciones puede generar violencia.
Sociales
1. La pobreza extrema. Lasin-justicias sociales. 2. Desempleo.
3. Alcohol y otras drogas. 4. Acceso a armas. 5. Falta de escuelas.
6. Promoción de la cultura de la violencia por los medios de comunicación, internet, dis-cursos de líderes.
7. Impunidad. Esto es “delito sin culpable, culpable sin castigo”.
8. Falta de espacios y progra-mas para la recreación de niños, niñas y adolescentes.
1. Las carencias excesivas pueden en-gendrar rabia y odio.
2. El desempleo angustia a los adul-tos.
3 y 4. Drogas con armas son una mez-cla explosiva.
5. La gente con más estudio tiene más herramientas para controlarse. 6. Lo que sale por los medios se suele
ver como “bueno”.
7. Si hay delitos y no hay sanciones, se vuelve a cometer el delito con facilidad. Las autoridades, las ins-tituciones, tienen que cumplir con su deber.
8. Muy importante. Al no haber estos espacios y programas, esta población infantil y juvenil está en riesgo.
Como podrán darse cuenta, el fenómeno es complejo y, normal-mente, en las historias de las personas violentas, en las historias de los delincuentes, se mezcla más de una causa. Hay más causas, pero creo que las apuntadas son suficientes para entender que, para detener la violencia, no basta con un par de acciones efectis-tas, o un operativo de vez en cuando. No todas las causas tienen el mismo peso. Por ejemplo, un pleito entre vecinos, si no hay un arma cerca, no tiene por qué terminar con un muerto. Si al que comete un homicidio se le castiga como debe ser, no queda suelto para cometer otro.
Por supuesto, no cualquier comportamiento lo vamos a calificar de violento. Algunos son sólo problemas de convivencia que no llegan a ser violencia. Por ejemplo, disgustarse porque el hijo dejó los libros regados y expresar nuestro disgusto de manera adecua-da, no es violencia y más bien ayuda a la relación y es necesario; pero darle un correazo al hijo por eso, es violencia, y hay que evitarlo. No descansar un fin de semana, puede que no influya en nuestro comportamiento, pero acumular cansancio semana tras semana, puede alterar nuestro estado de ánimo y llevarnos a exa-gerar nuestros disgustos y a perder el control.
¿Cuántos de estos factores ves en tu casa? ¿Y
en tu comunidad? Piensa en las personas que
repetidamente actúan de manera violenta ¿Qué
infancia tuvieron? ¿Cuántas causas de las
apun-tadas detectas en sus vidas?
1.6. ¿Nos estamos acostumbrando?
Cuando algo forma parte de nuestra cultura, lo vemos como nor-mal, no lo rechazamos y nos amoldamos a eso. Sucede para las cosas buenas y para las malas. Un buen ejemplo, de la cultura po-pular venezolana, es “pedir la bendición”. Es bonito ver a los niños
y niñas –y muchos adultos también-, pedir la bendición a padres, madres, tíos, abuelos, madrinas… Eso es muy venezolano. Y es algo bueno. Nadie se sorprende por eso porque forma parte de nuestra cultura.
Me parece terrible decirlo, pero creo que tienen razón los es-tudiosos del tema de la violencia cuando afirman que la violencia se está volviendo cultura: ya no nos asombra que alguien insulte a otro en la calle; resolver los problemas a golpes se va haciendo “normal”. Si una persona saluda al entrar en el autobús o da las gracias al comprar el pan, hay gente que mira con sorpresa. ¡Lo que antes era lo común ahora es extraordinario! ¿Será que nos hemos acostumbrado a la sequedad en las relaciones interpersona-les? ¿Será que las muertes violentas también se nos están haciendo normales? El otro día, una maestra me decía con preocupación, que cuando en su ciudad hay menos de 10 muertes violentas en una semana, a ella le parece que han sido pocas, porque otras veces llegan a 15 y 16, ¡dos diarias! Un muerto más o un muerto menos parece que da lo mismo. En las cárceles venezolanas, cus-todiadas por autoridades, se matan reclusos entre sí a cada rato. ¡No importa! Se nos ha hecho tan familiar lo de las armas que si alguien fallece por enfermedad, la familia da gracias a Dios que fue así y no por un tiro. ¡A eso hemos llegado!
¿Ves con frecuencia a la gente insultarse,
maltratarse verbalmente? ¿Te parece normal
que la gente muera violentamente?
Una oración, “Sólo le pido a Dios, que la muerte no me sea indife-rente”, decía una canción conocida de otra década. Te propongo una cosa: haz una oración por los 16.047 muertos por la violencia del año pasado. Reza también por los familiares, por los niños y niñas que quedaron sin padre o sin madre, por los padres y madres que perdieron a sus hijos de esta manera. Si sabes de algún caso, haz mención especial.
1.7. Finalmente, una buena noticia: la violencia no es
natural del ser humano.
Pensemos en algún bebé recién nacido: llora, como los polli-tos, cuando tiene hambre y cuando tiene frío. Llora porque es su manera de expresar la necesidad de comer y de abrigo, o de aten-ción, pero de resto, duerme y se ríe con facilidad. Así nacemos. Y los niños y niñas que crecen rodeados de cariño, música suave, imágenes de buen trato en su familia, aprenderán esas maneras de relacionarse.
Hemos podido visitar escuelas de comunidades indígenas con poco contacto con las grandes ciudades, y los alumnos pueden quedarse tranquilos sin sus maestros y maestras mientras dura una reunión. Nadie se cae a golpes.
Es que la violencia no nace con nosotros: ¡es aprendida! La aprendemos de lo que vemos, oímos, sentimos. Los seres humanos somos como los monitos: imitamos lo que vemos. Pero no somos monitos, podemos reflexionar y tomar decisiones. Podemos pensar antes de actuar. Podemos desaprender lo aprendido si nos conven-cemos de la posibilidad de actuar de otra manera. Podemos apren-der a pensar de tal manera que veamos diversos caminos antes de tomar decisiones.
Hay gente que dice que el comportamiento violento es natural y no se puede evitar, pero no es así. Es natural el instinto de sobrevi-vencia: hay una dosis de agresividad que se usa para defendernos, nosotros los humanos y los animales. Si usted patea un perro, o si este se siente amenazado ante un desconocido, él se defenderá y mostrará sus dientes, pero no es su comportamiento habitual.
Esta buena noticia nos anima a emprender este camino de la paz. Sabemos que es posible revertir la cultura de la violencia, otros países lo han hecho, ¿por qué no podemos hacerlo nosotros en Venezuela? Conocemos casos de personas violentas que han
mo-dificado sus conductas violentas. Sabemos de espirales de violen-cia que se han detenido.
¿Piensas que la única manera de vivir es
pelean-do? ¿Conoces casos de familias que han podido
cambiar relaciones de violencia por relaciones de
convivencia fraterna?
Hemos querido colocar este capítulo sobre la violencia para que sepamos que no es un reto fácil de enfrentar, pero el conocer se-millas de paz, nos llena de esperanza, y en este país hay sese-millas que alimentan la esperanza.
Esperamos que este trozo de un poema de Benjamín González Buelta te ayude a la reflexión:
Apostar por lo germinal Apostaremos por lo germinal con toda la verdad
de un amor que se derrama
como el agua, que no pregunta cómo crecerá la planta.
Ni exige
una altura a tiempo fijo. (La utopía ya está en lo germinal)
Bibliografía citada y recomendada
para profundizar este capítulo
Briceño León, R. y Avila Fuenmayor, O.(2007): Violencia
en Venezuela, Informe 2007 del Observatorio venezo-lano de Violencia, LACSO. Universidad Católica del
Tá-chira, Universidad de Oriente, Universidad del Zulia. Briceño León, R, Avila Fuenmayor, O. y Camardiel, A. (2009): Inseguridad y Violencia en Venezuela. Informe
2008 del Observatorio Venezolano de Violencia,
Edito-rial Alfa, Caracas.
Comisión Interamericana de Derechos Humanos:
Infor-me sobre inseguridad, 2006.
Galtun, J. (1998): Tras la violencia, 3R:
reconstruc-ción, reconciliareconstruc-ción, resolución. Afrontando los efec-tos visibles de la guerra y la violencia. Bakeaz, Gernika
Gogaratuz, Bilbao.
Lederech, J. P.(1998): Construyendo la paz:
Recon-ciliación sostenible en sociedades divididas. Bakeaz,
Gernika Gogoratuz, Bilbao.
Moreno, A., Pérez, M. y otros (2006): La violencia en el
Mundo de vida popular Venezolano. Revista
Heteroto-pia. Enero–agosto 2006, Año XI, Nº 32-22, Centro de Investigaciones Populares. Caracas.
Capítulo 2
La Paz comienza con la P de Persona
¡Qué bonito saludo ese!: “la paz esté con ustedes”, nos dicen, y respondemos: “y contigo”. Me encanta ese momento de la misa, es festivo, los niños y niñas se alborotan – y les gusta eso de andar saludando por todo el templo – las parejas se abrazan, y uno hasta sonríe al de al lado aunque no lo conozca.
Podríamos decir cada día en nuestras casas: “la paz esté con nosotros”. Tal vez alguna de las madres que lee estas líneas piense, “¡Bien bonito! Primero nos dice que estamos rodeadas de violen-cia y ahora viene con que la paz esté con nosotras”. ¿Y por dónde comenzamos? ¿Es posible tener paz en medio de esta sociedad in-mersa en una cultura de muerte? Pues, yo digo sí, y si no está muy convencida, atrévase, aunque se tambalee un poco en los pasos, porque, como suele decir una gran amiga, “la peor diligencia es la que no se hace”.
Claro que no se logra la paz sólo con desearla –“los deseos no preñan”, reza un dicho popular– pero si no se desea, jamás la bus-caremos. Y yo sé, estoy segura, que todas las madres quieren la paz. En este capítulo reflexionaremos sobre cómo se puede sem-brar y cultivar la paz de uno como persona.
No me voy a enredar aquí preguntando qué entendemos por “paz”, mencionemos las palabras que madres y adolescentes dicen cuando les pregunto con qué la relacionan. Las que más se repiten son: tranquilidad, felicidad, bondad, amistad, armonía, serenidad, y a veces, alguien ha dicho silencio. Debo apuntar que, cuando van respondiendo, en los rostros se dibuja una sonrisa – seguro que es-tán recordando algún momento de paz en sus vidas-. “Paz es estar en un paisaje bonito”, leí en un dibujo hecho por un niño de la comunidad de Catuche. “Ver a los niños y niñas sonriendo me trae paz”, me dijo una vez la portera de una escuela de San Félix. “Ver a mi bebé durmiendo me da paz”, me dijo una joven madre. “Ver a mi mamá de 90 años tejiendo algo para su bisnieta me ilumina el rostro y pienso en paz”, digo yo. Contemplar el paisaje de la Gran Sabana con los hilos de agua que transitan plácidamente por ella, me genera una gran paz. O sea, que la paz existe, está con nosotros. Lo que pasa es que es muy discreta. Pasa también que está opacada con tanto grito, golpes, disparos. La violencia hace más bulla. La paz, hay que encontrarla y hacerla crecer para que le gane terreno a la violencia, que también existe, como ya lo indicamos.
Haz un alto en la lectura, cierra los ojos, y piensa
en alguna imagen que te genere paz, serenidad.
Mejor si estás en medio del silencio o con
músi-ca suave. Respira profundo varias veces. Cuando
vayas trayendo a tu mente, sonríe al construir
la imagen. Ponle color al cuadro. Verás cómo te
ayuda a serenar tu espíritu. No propongo que
hu-yas de tu realidad, sino que aprendas a detectar
signos de la paz posible en medio de tu vida.
Hay maneras de conseguir la paz personal, nosotros hemos di-señado una, partiendo de nuestra experiencia como educadoras, con herramientas que están al alcance de las escuelas de sectores
populares. Buscamos ayudar a las madres – a ustedes – a romper círculos de violencia.
Decía arriba que, sólo con desearla, no se logra la paz personal. Ayuda conocer algunos saberes que la educación, la sicología, la medicina y otras ciencias han descubierto. Ayuda, y es parte del camino, reflexionar sobre nuestra propia experiencia.
Por esta última sabemos que, simplemente dar una charla sobre la necesidad de paz y sobre la violencia, nos despierta un poco, pero seguimos comportándonos igual. Si eso fuera suficiente, ten-dríamos mucha paz en nuestras escuelas y en los hogares de las fa-milias de los alumnos. Sabemos también que así como la violencia es un problema complejo, con muchas causas, la paz no se consi-gue con una receta, como cuando vamos a hacer una buena torta: unos ingredientes – siempre los mismos y con medidas exactas – y unos pasos bien definidos. Sembrar y cultivar la paz personal, re-quiere de un proceso.
2.1. Descubrir la violencia y la paz que llevamos dentro.
Esto es lo que proponemos, un proceso de recuperación denues-tra historia de violencia y de paz. Fíjense que digo “descubrir”,
porque está medio escondida. Se trata de recuperar lo que hemos recibido de violencia a través de nuestros sentidos, qué marcas nos ha dejado, cómo la hemos devuelto a los que nos rodean – sin darnos cuenta – y luego recuperar también, es decir, hacer cons-ciente la paz, las bondades que también nos han regalado, y cómo nosotras, a veces sin saberlo, lo hemos regalado a esas personas de nuestro entorno.
Entonces, se trata de una historia que utiliza cuatro canales para escribirla: dos tristes o dolorosos, y dos alegres y bonitos. Es importante saber que no hay dos historias iguales. Cada quien tiene su historia única, irrepetible, incluso entre hermanos de un mismo padre y una misma madre. Incluso si son gemelos. ¡Todas
las historias son distintas! Dios sólo tiene moldes originales, no hay copias ni clonaciones.
¿Es necesario este paso para conseguir paz? Decimos que sí, es imprescindible, aunque pueda doler. Sucede que hemos estado recibiendo violencia, antes y ahora, no la hemos digerido –o sea, no la hemos reflexionado- y cuando uno come algo y no lo digiere bien, le cae mal, lo repite -decimos– y hasta que no sale, no nos sentimos bien. Eso pasa con la violencia también: ha dejado heri-das en las personas, y si estas heriheri-das no se cierran o no se curan adecuadamente, se vuelven a abrir y siguen haciendo daño. Y por eso, muchas veces, sin quererlo, las personas hieren incluso a la gente que más quieren: los hijos, las hijas, o los padres y madres. A veces, también los educadores herimos – sin querer – a nuestros alumnos. O sea, lo hacemos de manera inconsciente. Y lo que se hace de manera inconsciente, no se puede controlar. Por eso lo seguimos haciendo. Cuando una persona no ha trabajado esas heri-das, llega a grande debilitada y con menos fortaleza para abordar la violencia de la adultez.
¿Por qué volver a la primera infancia? Porque de cero a seis años todo se absorbe como una esponja. No tenemos colador men-tal en esa edad. Y además, en esos años, aunque cueste creerlo, un bebé no entenderá una pelea entre sus padres, pero sí percibe el tono de grito, de insulto, y eso se le va quedando. Huele la cer-canía de su papá o su mamá. Es sensible a las caricias y los golpes. Aunque no razone sobre lo que está recibiendo. Hay estudios que reflejan que los niños y niñas que repetidamente reciben nalgadas y correazos a estas edades tempranas, tendrán consecuencias más tarde. Los maltratos a estos años influirán no sólo en la capacidad para aprender, sino también en el comportamiento del futuro ado-lescente y futuro adulto. Recuerden que en la historia de la ma-yoría de los delincuentes y de los seres violentos, hay una infancia llena de maltrato, desamor. Está comprobado que de cero a seis años se hacen heridas que marcan a las personas y pueden expli-car comportamientos futuros. Incluso si no se ha tenido un trato
violento: no te pegaban o insultaban con frecuencia, no pasaste hambre y tuviste padre y madre a tu lado, se abren heridas, algu-nas profundas, otras leves, que conviene ponerlas sobre la mesa de nuestra mente para hacerlas conscientes y poder curarlas. Si quieres profundizar en este punto, te recomiendo algunas lecturas que incluí al final del capítulo.
Esta idea es muy importante que quede clara, porque suele creerse que a esas edades, “los niños no entienden” o “eso se olvida”, y no sabemos que la huella queda. Lo que pasa es que la recubrimos, como las capas de la cebolla, o la maquillamos. Lás-tima que en este país no haya programas permanentes y masivos para la formación de madres y padres, porque se cometen muchos errores que luego se pagan caros.
Por todo lo anterior, es muy necesario recuperar esta historia. Vamos a ir buscando en el baúl de nuestros recuerdos, utilizando para eso, los cinco sentidos, pues es por ellos que la realidad llega a nosotros: a través de lo que vemos, oímos, gustamos, olemos y sentimos. “Ojos que no ven, corazón que no siente”, dice un re-frán popular. Esto es verdad, pues hay relación entre:
• Lo que percibimos: lo que nos llega por los sentidos.
• Lo que pensamos: la idea que nos hacemos de lo que percibimos. • Lo que sentimos: la emoción que nos produce lo que pensamos. • Lo que hacemos: lo que empujados por lo que sentimos,
deci-dimos y hacemos.
Veamos un par de ejemplos:
Comencemos por un olor. Supongamos que usted está lavando la ropa y le llega el olor de café que está haciendo la vecina. Lo percibe, lo huele. Piensa: “están haciendo café”. Siente deseos de tomar café. En base a ese sentimiento, toma una decisión: o va y hace café usted o va y le pide a la vecina.
Pongamos otro ejemplo. Una vez alguien me contó esta historia. “Yo perdí mi oído izquierdo de pequeña. En mi salón no todas las compañeras lo sabían. En el último año de colegio, la alumna que se sentaba a mi izquierda, por alguna razón que nunca investigué, se metía conmigo diciéndome cosas antipáticas, pero como yo no le oía, nunca me molesté ni le respondí. Ella creyó que yo era una santa, buena gente, porque jamás le respondí a sus antipatías”. Me reí del cuento. “Oídos que no escuchan, lengua que no pelea”, podríamos decir. Mi amiga no hacía nada porque no percibía nada. Vale aquí el ejemplo de una persona que le dice a otro una grosería terrible pero en otro idioma. El otro no se pondrá bravo porque en su mente, no se hará la idea de ningún insulto.
Piensa en tus propios ejemplos: hasta que no te enteras de algo, no lo piensas, no lo procesas en tu cerebro, y no sientes nada y no actúas.
Al borde de la calle
Mírame, Señor al borde de la calle mientras corre la vida. Estás pasando sin cesar en la piel mulata de la gente,
pero no te veo. Eres la última consistencia de cada espalda que se dobla,
pero no te abrazo. Es nuestro y tuyo el olor de la pobreza,
pero no te huelo. Eres una gota de ternura en cada paladar enamorado,
pero no te saboreo. Alientas el giro de las ruedas
y el grito de la dignidad, pero no te oigo.
(Benjamín González Buelta)
Esta oración o poema de González Buelta, sacerdote jesuita que ha vivido en comunidades populares de República Dominicana, nos ayuda a hacer entender esta otra idea: vivimos en una sociedad que nos atonta los sentidos. Andamos como aturdidos, ataranta-dos. No vemos, no abrazamos, no escuchamos, no saboreamos, no olemos, nos vamos volviendo insensibles o lo percibimos mal. Hay disfraces por todos lados. La moda se disfraza de “originalidad” y no se es original por andar a la moda; los insultos se disfrazan de “bromas”, e hieren y eso no es broma; la droga se disfraza de “experiencia placentera” y engendra muerte; la tecnología se disfraza de “comunicación” y nos aleja del que tenemos al lado… Sin llegar a estos extremos, pasan desapercibidos para nuestros
sentidos signos de violencia y también se nos escapan los signos de paz. Y, repetimos, si no percibimos o percibimos mal, no actuamos o actuamos inadecuadamente.
No hay que deprimirse, hay una buena noticia: ¡es posible edu-car los sentidos! Podemos recuperar la sensibilidad. Podemos, también, comprender nuestros pensamientos y podemos educar nuestra manera de pensar.
2.2. ¿Qué historia tenemos?
Volvamos a los sentidos y a la recuperación de esas historias. No a todo el mundo le funcionan los sentidos de la misma ma-nera. Hay gente con oídos más agudos, hay otros con olfato muy fino, hay gente que no fija en su memoria sabores. Los intereses hacen variar las percepciones. Por otra parte, cada quien tiene su manera de transformar sus percepciones en pensamiento. Hay pensamientos rígidos –como si fueran un riel de ferrocarril– y hay pensamientos flexibles. Eso también varía –y también se aprende-. Por esa serie de diferencias particulares, y porque cuesta recupe-rar esos recuerdos, es que proponemos la reflexión utilizando los cinco sentidos. Algunas conseguirán sus recuerdos violentos más fácil recordando lo que vieron, por ejemplo; otras se detendrán más en lo que escucharon… y así. Vamos uno por uno.
• Historia triste o dolorosa de nuestros sabores. ¿Qué sabores de tu infancia te traen recuerdos tristes o dolorosos? Tal vez alguna medicina, de esas horribles que daban las madres o las abuelas, o quienes nos cuidaban. Piensa en ello. Luego pregúntate con quién o con qué lo asocias. Si seguimos con el ejemplo de la medicina, tal vez lo asociamos con una enfermedad concreta –los parásitos, parece que todos y todas en Venezuela tienen un capítulo sobre “medicinas espantosas” relacionadas con pará-sitos-. Luego, pregúntate, qué piensas y qué sientes cuando lo has recordado. Hay gente que ya sólo se ríe al evocar aquel mal sabor, o comprende que su madre se lo daba por su bien, pero
hay otras que recuerdan que si no lo tomaban recibían correazos y cosas así, y entonces sigue molestando ese sabor. He escu-chado casos de sabores que para algunos son dolorosos y para otros, alegres. La verdad es que el recuerdo de dolor no tiene tanto que ver con el sabor en sí sino con lo que rodeaba al sabor. Normalmente, tiene que ver con la imposición o la amenaza, y muchas veces la amenaza venía seguida de la acción: “me pegaban fuerte si no me comía la comida”. Hay gente que con este ejercicio ha comprendido el rechazo que hoy de adultos le tienen a ciertos sabores.
• Historia triste o dolorosa de tus olores. Repetimos los mismos pasos. ¿Qué olores de tu infancia te traen recuerdos tristes o do-lorosos? Hay gente que recuerda olores de hospital: alguna en-fermedad grave de ella o de su familia. Hay gente que recuerda el olor a la basura, asociado a la pobreza extrema. Nuevamente, preguntamos con qué o con quién se asocia el olor doloroso, y luego qué se piensa y qué se siente al recordarlo hoy. Siempre las historias son particulares y originales. No me olvido de la señora que mencionó como olor triste a la hallaca y todos los platos navideños. Nos sorprendió a todas las del grupo. Pero lo entendimos después: había tenido una infancia rodeada de pobreza extrema y olía las hallacas de los vecinos, pero, ella no las podía comer. Una vez una señora mencionó el olor a ciertas flores como algo triste: lo asociaba a la muerte de su madre: “llevaron muchas flores”… Cada historia es única y los recuerdos dolorosos tienen explicaciones.
Hagamos un alto en la lectura y
realiza el siguiente ejercicio.
Ejercicio
Piensa en algunos de esos olores o sabores que
te han traído recuerdos tristes o desagradables
y recuerda qué rodeaba a esas sensaciones.
Lue-go, mírate en el espejo, ¿qué rostro pones?
• Historia triste o dolorosa de los sonidos, palabras, tonos que tus oídos han recibido. Esta suele ser para muchos, la historia más dolorosa. Parece que es cierto lo que me dijo aquel niño de la calle, mencionado en el capítulo anterior. No sólo dejan huella los gritos, los tonos, las ironías, sino también las desca-lificaciones, tales como: “¡Tú no sirves!, ¡todo lo haces mal!, ¡qué bruta eres!”. Las comparaciones: “¿por qué no haces las
Ejercicio
cosas como tu prima?”. Esas expresiones dejan huellas en las personas. Los niños y niñas se lo creen: “Yo soy bruta. Yo no sir-vo para nada. Yo soy mala”… Las etiquetas marcan a la gente. A veces, hay que hacer “cirugía profunda”, “historias auditivas”, pues quedan pegadas en el “disco duro” y no las detectamos como heridas. Antes apunté que hay gente que cree que sólo los golpes son violencia y le da poca importancia al maltrato verbal. A veces, no se trata sólo de lo que nos han dicho, sino también de lo que han dicho a otros en presencia nuestra. “Recuerdo a mi papá gritando a mi mamá”, por ejemplo. Es bueno hacer notar también que las ausencias también duelen. También nos puede herir lo que no escuchamos. ¡Cuántas veces he escu-chado decir, con gruesas lágrimas, que jamás recibieron una pa-labra amable en su infancia! Sobre lo que escuchamos y, luego, sobre lo que decimos y cómo lo decimos, nos detendremos en el capítulo tres. Pero quisiera insistir en las huellas profundas que las palabras suelen dejar. No recibir esas palabras de afecto nos puede llevar a pensar que no fuimos queridas y eso es terrible-mente doloroso.
Haz una lista de esas palabras que te dijeron de
pequeña. Piensa también en esas que no te dijeron
que te hubiese gustado escuchar. SI quieres llorar:
llora. Recuerda que las lágrimas limpian la mirada.
• Historia triste o dolorosa de las imágenes que hemos visto. Podíamos también decir “escenas o episodios”. ¿Qué viste en tu infancia que te trae recuerdos tristes o dolorosos? Lo siguiente vale para los otros sentidos también. No todo lo triste viene producto de la violencia. Una muerte de un familiar querido, por ejemplo, puede ser algo triste, pero no es violencia recibi-da, aunque deje huella. No genera odio, ni resentimiento con
la persona que murió, a menos que haya muerto violentamente; entonces generará rabia hacia el culpable. En cuanto a las es-cenas o episodios presenciados violentos, a veces han sido tan fuertes que la gente tiende a borrarlos sin procesarlos, y si eso pasa, la herida no se curará. De nuevo, repetimos las preguntas, ¿con qué o con quién asocias la imagen violenta? ¿Qué piensas y qué sientes hoy al recordarlos? La vista es un sentido que fija mucho, por eso la televisión atrae más que la radio. Por eso, como decía un sacerdote amigo, “hay que ser bueno y parecer-lo”, porque el otro recibe lo que ve.
• Historia triste o dolorosa de la piel. Llegamos al final del reco-rrido sensorial: la piel. ¿Qué recuerdos tristes o dolorosos de la infancia tiene tu piel? ¿Fuiste criada a punta de golpes, correa-zos? ¿Las manos de los adultos que te rodeaban se usaban para pegarte o para acariciarte? ¿Te tocaron por donde no querías? He escuchado muchas historias que creí que sólo existían en los cuentos de siglos pasados. Hoy, todavía se usa con frecuencia el maltrato para “corregir a los hijos”, aunque se ha comprobado que el maltrato no corrige. De hecho, está prohibido por las leyes de muchos países, sin embargo se sigue utilizando. Hay adultos que lo justifican y lo ven bien, pero hay muchas inves-tigaciones que nos dicen que en la infancia de los delincuentes hay correas y golpes frecuentes. También en la historia de niños que prefieren ir a vivir a la calle que permanecer en sus casas llevando malos tratos. La policía también usa esos procedimien-tos violenprocedimien-tos e ilegales. En la televisión nos han enseñado que hay “héroes” que hacen su nombre golpeando. Pero hay otros recuerdos que tienen que ver con la piel: los abusos sexuales, las violaciones. Más frecuentes de lo que creemos, puesto que avergüenza contarlo y mucho más denunciarlo. También es un delito abusar de niños y niñas sexualmente, pero muchos de estos delitos quedan escondidos. “No me van a creer”, dicen y prefieren callar. ¡Si la piel hablara, contara muchas cosas! ¿Qué te dice la tuya?
Busca alguna foto tuya de cuando eras pequeña,
y completa tus recuerdos con la foto en frente.
¿Qué sientes al recordar? ¿Rabia? ¿Dolor?
¿Des-cubriste algo?
Este recorrido no se puede hacer de cualquier manera. Se necesita un ambiente adecuado y acompañamiento, pues pueden salir recuerdos muy dolorosos. Tal vez descubras que tus heridas son muy grandes y que requieres de ayuda profesional. Pero lo que sí es importante repetir es que si no hacemos consciente toda la violencia que hemos recibido, la trabajamos, la reflexionamos, lo más seguro es que la repitamos, pues se ha sembrado y se ali-menta de la que recibimos actualmente – como víctimas o como testigos – y eso nos convierte en victimarios. Devolvemos “mal por mal”, manteniendo el espiral de la violencia.
Por lo anterior, al final de cada reflexión, también se propo-ne recuperar nuestras acciopropo-nes con los que nos rodean. Es decir: ¿cómo nos perciben los otros? ¿Qué generamos en los otros? Senti-do por sentiSenti-do.
Veamos algunos ejemplos, el oído: se recupera lo que se ha escuchado y que ha hecho daño, y preguntamos: ¿de tu boca han salido palabras que hayan abierto heridas en otros? Muchas veces se reconoce que se ha repetido con los hijos lo que recibieron en la infancia. “Le he dicho a mi hija mayor lo mismo que me decían a mí y que me hizo tanto daño”, contó un día una señora. Y así nos vamos preguntando: ¿has sido protagonista de imágenes violentas para otros?, ¿cómo te ven?, ¿tus manos se han alzado para golpear o amenazar? En resumen: ¿repito lo que recibí de pequeña?
No es obligado que eso suceda: alguien violado de pequeño no tiene que ser violador, pero lo que sí se sabe es que los
dores fueron maltratados, los violentos fueron violentados. ¿Puede evitarse la repetición de historias violentas? ¡Sí! Podemos parar la violencia que recibimos y la que generamos. Cada caso es cada caso: si hay enfermedades neurológicas, hay que tratarlas; si hay heridas profundas, hay que curarlas; si hay desconocimiento de todo esto que has leído, conocerlo ayuda a que no lo hagamos. Los niños y niñas aprenden por imitación. Así aprendieron ustedes de sus padres y madres o de quienes las cuidaron de pequeñas. Para desaprender esos comportamientos violentos, se requiere vernos en un espejo, como si nos metiéramos en el “Túnel del tiempo”. Se requiere comprender al que nos hizo daño. ¿Por qué lo hizo? A veces podemos entenderlo: lo hizo porque no sabía hacer otra cosa, así lo criaron a él o a ella, también fue maltratado en su infancia… No siempre tenemos respuestas, pero ayuda verlo desde lejos.
Cuando las experiencias de violencia son de la etapa actual de la persona, no es que no generen heridas, pero de adulto se supo-ne que se tiesupo-ne la capacidad de razonar, explicarse por qué pasan las cosas, y, además, el adulto se puede defender. El niño y la niña no, por eso la marca es mayor.
Nada de esto se hace para que nos carguemos de rencor por lo que pudo haber pasado y me dañó, ni de culpas por lo que pude haber hecho y dañé . Una cosa es asumir nuestros actos y recono-cer las consecuencias de ellos y otra cosa es pasar la vida cargando con el pasado como un gran peso en la espalda, que no me dejará volar para conseguir los sueños. De ahí la importancia del perdón, palabra mágica e indispensable para sanar esas heridas, las pe-queñas y las grandes. Más adelante se tratará este aspecto, pero me pareció importante mencionarlo después de este recorrido. Entonces, en resumen: comprender y perdonar.
2.3. Recuperar la historia de paz y bondad.
Pero toda nuestra vida no ha sido tristeza y dolor. ¡Sería terri-ble! Con el perdón de quien hizo una oración que rezaba cuando
estaba en la primaria, no creo que hayamos venido a este mundo a “llorar a un valle de lágrimas”. Creo que Dios nos hizo para vivir plenamente. Creo, además, que todo el mundo ha recibido bonda-des y paz, y muchas veces no lo ha notado. Acuérdense del poema de los sentidos. La paz personal, pues, pasa también por recuperar esas historias alegres de nuestra existencia.
Hacemos el mismo recorrido, pero, ahora en las otras dos vías, las positivas, las sanas. Un autor que me gusta mucho y que ha hecho mucho bien, el sacerdote guatemalteco Carlos Cabarrús, habla de las dos partes del ser humano: la parte herida y el pozo de posibilidades (Cabarrús, 2002). Yo hablo de las vías que nos ofrecen los sentidos. Ya vimos las dos dolorosas, ahora nos vamos por las alegres. Es posible que hayas dedicado poco tiempo a pen-sar en las cosas buenas que has recibido y que también has dado a otros. He conocido personas tan golpeadas y humilladas, que creen que no tienen nada bueno y les cuesta ver los amaneceres de sus vidas. Y también he visto cómo esas personas pueden reha-cerse, partiendo de lo bueno que tienen dentro.
Es un recorrido bonito:
• Sabores de tu infancia que te traen recuerdos agradables. ¿Con quién o quiénes los relacionas? ¿Qué piensas y sientes hoy al recordarlos? Salen a danzar mangos en patios de abuelos, tortas en algún cumpleaños, las sopas de la mamá, los caramelos que alguna vez trajo papá…
• Olores de tu infancia que traen recuerdos agradables, ¿con quién los relacionas?, ¿qué piensas y qué sientes hoy al evocar-los? Seguro que alguien pone el olor del café, relacionado con la familia, el compartir, símbolo de la cordialidad venezolana. Un café siempre es para tomarlo con la gente que se quiere, por eso su olor es el olor de la amistad, la cordialidad. Tal vez no lo tomamos de pequeñas, pero el olor nos puede recordar a papá y a mamá, sin pelear, hablando en la cocina mientras tomaban el café. Y así vamos recogiendo olores de vida.
• Palabras escuchadas en tu infancia que te traen recuerdos bo-nitos. ¿Quién te las decía? ¿Cómo te ponías? ¿Qué piensas y qué sientes hoy al recordarlas? A veces, la gente recuerda una can-ción, “me la cantaba mi mamá para dormir”, por ejemplo. Una vez una señora dijo que recordaba con felicidad la “marchanti-ta” del heladero, pues siempre su abuelo le compraba un hela-do. A veces, son sonidos: “Recuerdo cómo sonaban los árboles del patio de mi abuela. Ahí jugaba con mis hermanos”, dijo una señora en Barquisimeto y sonreía al contarlo. Hay personas que les cuesta mucho conseguir algo amable en esas historias y re-quieren de más tiempo para encontrarlas. Como cada historia es única, ayuda preguntar qué no escuchamos de pequeñas que nos hubiese gustado oír. Suelen repetirse estas dos frases: “Te quiero”, y “te acepto como eres”.
• Imágenes de tu infancia que te traen recuerdos de paz. “Los re-galos cuando venía mi madrina. Cuando me picaron una torta”… “Yo jugando con mi hermanita”. Alguna travesura que nos hace reír y que suponía “complicidad” con hermanos y hermanas. Suelen aparecer los patios de abuelos, a veces permisivos, que dejaban no sólo jugar sino agarrar los mangos en tiempos de cosecha …
• Sensaciones agradables grabadas en tu piel infantil. Salen los abrazos de la abue-lita, los besos de mamá cuando me iba a la escuela, aunque no dijera nada … “Cuan-do me enfermaba, mi papá me pasaba la mano por la cabeza”…
Es hermoso escuchar a las compañeras ha-blar de este recorrido, después de tomarse su tiempo individual para recuperarlo. Los rostros cambian, la sonrisa se va instalando no sólo en la que habla, también en la que escucha. Todas y todos tenemos recuerdos de paz, pero no solemos traerlos a la
conciencia. Ese proceso de recuperar, reflexionar, contar, gustar, es curativo y siembra esperanza. Veremos, posiblemente, que in-cluso personas que nos hicieron daño en el pasado, también en algún momento nos sonrieron o nos ayudaron. A veces, escuchan-do a otras personas, recordamos episodios nuestros que se habían olvidado.
Veamos algunos ejemplos de la historia: ¿he proporcionado yo olores agradables a los que quiero?, ¿sabores? Salen entonces re-velaciones insospechadas: “¡Sí! ¡El olor a limpio de la ropa es un olor agradable y da paz!” ¡Por supuesto salen las tortas, los san-cochos! Con sus olores y sus sabores… En fin, ¡son tantas las cosas que las madres han hecho por los que le rodean!, pero como bien dijo una vez la Sra. Erika: “Hacemos mucho, pero no lo decimos, con tanto trabajo siempre, ni cuenta nos damos de eso bueno que sembramos”. Por eso, la importancia de agradecer a los demás los “regalos” que nos dan a diario. Por eso, todos y todas debiéramos ser miembros de la Asociación de la Alabanza Mutua, así nos da-ríamos cuenta de que podemos ser buenas gentes, más de lo que comúnmente creemos.
En este recorrido, cuando se comparte en grupo, se recupera mucha esperanza también. ¡Tantas cosas que generan alegría y paz y todas gratis! Se puede ver que hay posibilidad de curación de las malas experiencias, generando experiencias positivas. Se subraya que las dos grandes necesidades de todo ser humano al nacer, son
Igualmente, y este es el otro
canal positivo, se siembra paz
en nuestro corazón, cuando se
recupera lo bueno que hemos dado
sentirse y saberse querido y ser aceptado. Cuando eso no lo perci-be el perci-bebé, el niño, la niña, se abre una herida. Y ya saperci-ben: herida que no se cura, se abre en cualquier momento y puede provocar comportamientos violentos.
Cierra los ojos, respira profundo, vuelve a tomar
la foto de cuando eras pequeña en tus manos,
completa los recuerdos de tu infancia. Ponle
colo-res a esos recuerdos. Escribe en una hoja algunas
palabras de esas lindas que te dijeron y coloca
la lista en la nevera… ¡Adivino que sonreíste con
este ejercicio! Tal vez lloraste también, pero
es-tas lágrimas te hicieron brillar los ojos,
Si este ejercicio se hace en grupo, se
multiplica-rán las sonrisas y la reunión parecerá una fiesta
de cumpleaños, con las miradas brillantes como
velitas de la torta.
Dado que hemos subrayado la importancia del “buen trato ver-bal”, quiero cerrar ésta parte con un trozo de otro poema de Gon-zález Buelta, titulado así, simplemente:
Una palabra Una palabra en la mano puede ser pan y amistad
ofrecidos al que anda sin nadie. Una palabra en el agua
puede ser un apoyo para saltar la corriente.
Una palabra en el aire puede ser un puente para salvar los abismos.
Una palabra en la piel puede ser un rubor en la mejilla del que se ama.
¿Qué otras cosas pueden ser las palabras? ¿Tendemos puentes, apoyamos, damos la mano con nuestras palabras?
2.4. Las
“erres” de la Educación para la Paz.
Cuando menciono la palabra “Educación”, no pretendo que to-das las madres dejen su casa y se vayan a la escuela, aun cuan-do ayuda mucho que lo hagan con frecuencia. Educar no es algo sólo escolar. La familia también educa y lo que quiero expresar es que la educación brinda la posibilidad de desaprender los compor-tamientos violentos, corregir errores cometidos por los que nos cuidaron –o descuidaron- en la infancia, corregir nuestros propios errores. La educación sirve también para prevenir. Educar es sacar lo mejor del otro. Entonces, “educar para la paz” es potenciar las posibilidades de generación de paz que tiene el otro, en este caso, las madres con ellas mismas y con los que les rodean, así como ad-quirir herramientas que permitan reducir y erradicar la violencia.