• No se han encontrado resultados

3. Resul tad os

3.1. Iren e entre el vací o y las demandas

3.1.8. Mi rada anal ítica final al caso de Irene

Irene, siempre estaba en los extremos, muchas veces no lograba integrar, se hallaba en una escisión permanente y aunque lograba salir de allí, en breves momentos regresaba a la escisión y la segregación en los extremos que se presenta en los casos fronterizos. Green (1977/1999) expone el concepto de fronterizo, como aquel estado en el cual el paciente entra en una escisión radical que lo conduce a representaciones pulsionales destructivas y a ejercer la misma segregación en algunas de las funciones del yo. Nuestros encuentros parecían darse en un “espacio blanco” donde no había objeto, no había diferenciación, no había mas que un inmenso vacío, en un silencio intolerable. En medio de lo que parecía un estado fusional, lo único que se daba era el extremo de la

“pérdida” o de la “intrusión”, en el que el objeto desaparece o invade generando acción motora defensiva. Paso al acto como descarga impidiendo llegar a significados claros sobre las experiencias. El psiquismo es lo que no se da, lo que se presenta es el cuerpo o la acción. Las palabras no son usadas como comunicación sino como aqcciones que movilizan al terapeuta que empieza a contactar la destructividad que se instaura hacia el sujeto y hacia el entorno.

De acuerdo a Green (1977/1999) la escisión en los fronterizos puede ser entre lo psíquico y no psíquico que depende de un contenedor yoico que funcione como límite

para hacer frente a la angustia de perdida, intrusión o ambas, formando así “archipiélagos del yo” sin conexión y también una constante contradicción del principio de placer, del

principio de realidad o ambas; por eso ante una Irene volátil, quizás me aterraba tanto.

Así pues, aparecían esas “sensaciones de frialdad y falta de vitalidad” y las islas de su yo,

no llegaban a conformar un ser individual; el entorno en ella, era principalmente vacío. Irene solía moverse entre lo somático y lo psíquico de manera contradictoria, ciertas veces se quedaba allí, en lo no psíquico, en la búsqueda de satisfacer las urgencias de su mundo externo, una satisfacción donde no cabían elementos de la realidad, dominada por un principio de placer, imperaba el ello, escindía el superyó, y lo que había quedado del yo, entonces ese ello solamente podía significar un vacío psíquico, o una destructividad inmensa Green (1977/1999).

Es por eso que, en esos vacíos, Irene parecía no reconocer a la terapeuta no percatarse de su presencia y el contacto llegaba a ser limitado, pero otras vecesejaba inundada de terror sobre lo que ella podría hacer. Green (1977/1999) dice que el discurso de los fronterizos se parece a un collar de perlas que no tuviera cueda, parece precioso , pero inútil; sesiones adornadas con palabras, representaciones y afectos carentes de sentido, por lo que la terapeuta sentía que debía encontrar aquello que faltaba, o bien darse cuenta de que muchas de esas palabras eran también amenazas indescifrables con las que la dejaba en medio del terror de sus acciones posibles.

También dice Green (1977/1999) que en los terapeutas ocurren procesos transferenciales intensos y en los pacientes transferencias extrañas con fases de persecución e idealización, originando repeticiones inesperadas relacionadas con traumas que provocan en ellos la acentuación de la transferencia. No fue en vano la renuncia de

continuar el proceso por parte de Irene, no fue aleatorio su abandono. Esas tempestades, como las llama Green, en las sesiones, solo pudieron comprenderse mucho tiempo después, muy lejos ya desde ese nuestro último encuentro. Como terapeuta Johanna asumió el silencio y la rabia, tratando de comprender lo que ella no podía expresar, su aparato psíquico estuvo a su servicio, pues Irene carecía de uno, sin embargo, otras veces juntas participaban y es entonces cuando aparecía el esbozo de un tercero: una historia, un poema, un dibujo, una creación que era más una copia hecha de pedazos.

En las supervisiones, lejos de lo ocurrido y ya aliviada de las ansiedades y perturbaciones que me dejaban las sesiones con Irene, fue posible reflexionar acerca de lo que había sucedido, las recreaciones imaginativas de la realidad venían menos de las palabras de la paciente que del sentido de sinceridad vivido por la terapeuta, tal como lo afirma Green (1977/1999).

Irene, con una vida entre la unidimensionalidad con reacciones violentas o evasivas impulsivas, no va en busca de continente, y en su vivencia bidimensional simplemente se adhiere al otro para sobrevivir. No ha encontrado un continente en el cual poder depositar sus angustias y sus miedos, porque en su mente no existe esta noción, no hubo un objeto primario, una madre que contribuyera a desarrollarlo. Ella se deshacía de sus molestias, pero su madre no tenía ninguna receptividad, ni capacidad de transformarlas. Sumergida en el consumo de sustancias psicoactivas que la llevaron a la indigencia, hizo que la vida de la niña transcurriera entre diferentes instituciones en las cuales se encuentra con objetos fugaces, intrusos y efímeros, lo cual no favoreció el desarrollo psíquico, no le permitió salir de estados predominantemente

esquizoparanoides, ni lograr la integración del yo imposibilitándole su capacidad de amar y confiar en el objeto (Klein,1952).

Muñoz (2014) señala que los encuentros plácidos, amorosos e interesados que se defienden de quienes los atacan, se convierten en continentes que evolucionan para dar lugar a existencias y mentalidades diferentes. Sin embargo, la permanencia en estos lugares donde ha ocurrido la vida de Irene no le ha permitido vivenciar estos encuentros, por el contrario, ella ha vivido en situaciones de ataques permanentes o ha caído en el vacío.

Su experiencia bien se asemeja a lo que señala Muñoz (2014), ha sido poseer un

contenido que se “mueve sin destino”. Muchas veces en las instituciones no se cuenta con

la suerte de encontrar un continente amable, fuerte, que abrigue y acoja; por lo contrario si lo encuentra, simplemente se adhiere a ellos de manera superficial, tal y como sucedió con una posible familia que iba adoptarla, y que ella solamente pudo vivirlos como dadores de viajes, regalos, dulces, ropa. Ellos desistieron y de nuevo Irene se sumió en el abandono, la agresión, y el vacío mental.

La tristeza de Irene no ha sido significada, pues cuando se carece de una familia o de un cuidador solo se puede reaccionar volátilmente ante los sentimientos, aparece la huida y el escape como defensa, y el único mundo que existe es el sensorial. Cuando Irene se siente rechazada por las niñas que ha idealizado prefiere agredirlas, golpear la pared, planear una fuga para no volver a encontrarlas y apaciguar su ira. Cuando Irene recuerda la muerte del abuelo, este simplemente desaparece de la realidad externa, ella se queda en el silencio del objeto externo ausente y no logra recuperar su imagen perdida. No hay espacio, no hay lugar, no hay donde poner todos estos objetos, lo que no le

permite vivir sentimientos, sino sensaciones, y esta condición impide encontrar significados a las perdidas, la frustración y los miedos.