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Este libro tiene un destinatario: el pueblo. No es ésta una frase convencional ni un halago demagógico. Es la expresión sincera de una verdad auténtica. Es mi verdad. Esa verdad que aflora con fuerza imperativa, después de ha- ber agotado innumerables esfuerzos llamando a las puertas de quienes tie- nen la responsabilidad de la cosa pública. El tema de la deuda es tabú y una suerte de sordera colectiva parece haber atacado a quienes se instalaron en las más importantes oficinas del Estado. Así fue ayer, durante el gobierno de Alfonsín, y así parece serlo hoy, bajo la presidencia de Menem.

He aquí, pues, la razón de este libro. Cuando legisladores, ministros y funcionarios vuelven la espalda a cuestiones fundamentales de la Repúbli- ca, sólo queda apelar al pueblo, para no cargar en soledad la tremenda an- gustia de la frustración y las decepciones, mientras se enseñorean en posi- ciones clave quienes medran con el interés de los cómplices o quienes negocian los dividendos de la cobardía.

Con esta apelación no persigo el propósito de que la opinión pública con- dene a quienes "fabricaron" la deuda o repudie a quienes siguen tolerando la impunidad del delito mientras sostienen el principio de que el país debe ha- cer honor al compromiso de pagarla. Es el doble discurso de la moderna mo- ral política que no hace diferencia entre la honestidad y los ladrones.

Los juicios de la opinión pública no escapan, tampoco, a la manipulación de la información y la propaganda. Responden, también, a la mezquindad in- dividual de los intereses y a la parcialidad ideológica de los sectores. Pero na- die, a partir de esta apelación, podrá decir mañana que ignora lo que aquí se dice, o negar la verdad de las pruebas que aquí se muestran.

Si, por añadidura, los espíritus honrados reaccionan levantando su voz contra la conspiración de la obsecuencia y del silencio, este libro habrá col-

eado la mayor de las esperanzas. Porque la respuesta de esa reacción sig- i icaria que no "todo está podrido en Dinamarca" y que aún quedan reser-

3 m o ra l e s para oponer -como barreras- a ese mercado donde se trafican

conciencias e instituciones.

arte fundamental de este libro es el juicio de la deuda externa, práctica- 'e desconocido por el pueblo. Mientras el país entero vive agobiado por el

corresponde al texto de la primera edición (1990).

peso de la deuda, y mientras hablan de ella los gobernantes, los políticos, los empresarios y los trabajadores, allí-en los estrados mismos de la justicia- una causa penal es el dedo acusador de una delincuencia pública que, aun hoy, si- gue dominando las estructuras del poder económico y arbitrando recursos pa- ra decidir sobre el poder político.

Esa causa penal, en trámite ante el Juzgado Federal del Dr. del Castillo, ha acumulado las más contundentes pruebas del manejo fraudulento que co- locó al país en gravísima falencia y a merced de los centros financieros inter- nacionales. A través de testimonios, documentos y pericias, el designio de una política elaborada al servicio de los grupos económicos queda al descubierto. No es el chisme, ni el rumor, ni la conjetura del debate callejero o partidario. Cuanto aquí se muestra, se da ¡nada menos! que en el ámbito sacralizado de la justicia. Con la garantía del "debido proceso" pero, también, con

muros de silencio protegiendo a los culpables.

Debo confesar que resultaron vanos mis esfuerzos para remover las va- llas de la impunidad y la burocracia. No tuvieron, tampoco, mejores resulta- dos quienes apoyaron mi gestión, ni las publicaciones periodísticas que re- cogieron declaraciones mías.

Lamentablemente el poder de decisión no lo tienen, en muchos casos, los argentinos con vocación nacional y de servicio. En esta "democracia" que nos dimos prevalecen los que prefirieron los beneficios de la complicidad, antes que el honor de la Justicia.

La Comisión Investigadora de los "Ilícitos Económicos" que creó el Sena- do a principios de 1983, fue disuelta casi dos años después sin que hubiera lle- gado a funcionar. El tremendo aparato de los intereses se impuso al juramen- to de los legisladores de la alta cámara. Los mismos que votaron la creación de esa Comisión, votaron su clausura. Porque así convenía a la política del radi- calismo gobernante, en función de la estrategia resuelta por Alfonsín.

De nada sirvieron las invocaciones a los compromisos contraídos con el pueblo por todas las agrupaciones partidarias; ni el reclamo del Juez Fede- ral pidiendo -en el juicio de la deuda- la intervención del Congreso; ni las cajas de pruebas documentales secuestradas por el Senado en el Estudio de un hombre prominente del "proceso". La fuerza del poder económico de las transnacionales superaba, sin duda, el poder violento de las armas; de allí que fuera más fácil encarcelar a Videla y a Massera que perturbar la liber- tad de Martínez de Hoz o de Klein.

Pero si el Congreso echó llave a la posibilidad de las investigaciones, el tri- bunal que entiende en el proceso penal de la deuda no clausuró el sumario. El juicio siguió, acumulando foja sobre foja. Y sumando prueba sobre prueba.

Lamentablemente esta sumatoria de fojas y de pruebas no logró, hasta ahora, constituirse en herramienta del poder político al servicio del país. No la quisieron quienes gobernaron hasta el 8 de julio después de su derrota del 14 de mayo. Y parecen ignorarla aún quienes vinieron después.

Una comunidad de intereses y objetivos define a quienes ejercen el po- der real más allá de la formalidad del gobierno. Es la comunidad que vincu- la a los socios del poder económico, mientras las estructuras transnaciona- les se cierran sobre el destino de los pueblos.

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El juicio de la deuda afecta -y soy consciente de ello— a los intereses de esas estructuras y a las posiciones de los argentinos que están al servicio de ellas. Pero el Estado debe resolver el conflicto privilegiando el interés nacio- nal por encima del poder privado, de las fuerzas económicas.

El juicio de la deuda constituye un arma importante en la negociación de soluciones. Y poniendo sobra la mesa la responsabilidad de deudores y acreedores; enfatizando, incluso, la de estos últimos, que —en la práctica-

forzaron el proceso de endeudamiento.

El conocimiento de la realidad me ha hecho reflexionar hondamente sobre la suerte del juicio y sobre las acciones que debía cumplir para que el mismo sirviera a un objetivo nacional más allá del interés circunscripto a la autoridad de los magistrados y a la responsabilidad de los culpables. Ello sin menoscabo de la justicia, pero entendiendo que, en el juicio de la deuda externa, se j u e g a el pan y el destino de los argentinos. Nada más cier- to aquello de que la deuda externa "la contraen los capitalistas y la pagan los asalariados". Entendía, por eso, que la solución del problema de la deu- da era más importante que la cárcel para Martínez de Hoz, Klein, Diz, Sol- dati y para cuantos aportaron su cuota de responsabilidad en la hipoteca de la infamia.

Pero, como dijera en el inicio de este prólogo, una sordera colectiva ha afectado a muchos de los que manejan la cosa pública. El poder político sue- le alimentar, en algunos, el pecado de la soberbia y, en otros, la codicia del poder económico.

La solidaridad buscada en los niveles nacionales de la dirigencia no era para conmigo en mi condición de denunciante en el juicio de la deuda, sino para una causa en beneficio del país. Más que solidaridad, buscaba la res- puesta del deber para el esclarecimiento de la verdad, y para ayudar a la in- vestigación de la Justicia. Con el propósito de alcanzar la reparación del da- ño y de aliviar la carga de hambre y sacrificio echada sobre las espaldas del pueblo.

Ante este pueblo presento hoy esta apelación desoída por quienes, te- niendo la obligación de escucharme y de obrar en consecuencia, prefirieron la quietud de la indiferencia. Asegurando, así, la impunidad de la delin- cuencia pública y, tal vez, ¿por qué no decirlo?, la ventaja personal de las pre- bendas.

Este libro no es una instancia más. En la medida que el juicio de la deu- da se haga conciencia en el pueblo, no será esa impunidad la palabra final de una sentencia. Para contribuir a la formación de esa conciencia y para im- pedir que la impunidad gane una batalla más en la historia de nuestras de- rrotas, pongo este libro en las manos del pueblo.

Lo hago por las circunstancias trascendentales que vive la República y re- velando los más crudos testimonios del fraude de la deuda. Para que sirva al interés del país y para que despierte a los argentinos de la anestesia moral de

u n a resignación impuesta por el engaño, las frustraciones y los fracasos.

Aspiro también a que este libro sea testimonio de una lucha permanen-

e contra quienes hicieron del país una lonja de mercado. En la ruta de Jo-

! Luis Torres, Scalabrini Ortiz y Jauretche, el esfuerzo de estas pági-

ñas no será un intento inútil contra quienes pretenden constituirse en em- presarios del destino nacional, mientras manejan el discurso dialéctico de la traición y la injusticia.

Para romper las viejas estructuras de la burocracia y del atraso, su- mando la Argentina al mando de la tecnología y el desarrollo, no es necesa- rio pactar contra quienes acorralaron al país entre la quiebra de su econo- mía y el hambre de su pueblo. El progreso y el crecimiento no puede estar reservado al protagonismo de los mercaderes ni a los empresarios de la deu- da. Transformar el Estado no es achicarlo por la vía del vaciamiento, sino perfeccionarlo para que asuma el rol social y representativo de la comunidad organizada. Al servicio del desarrollo, pero con participación del pueblo y pa- ra el pueblo. Y no al servicio del poder privado en el imperio de los "cartels" y monopolios.

No hay en este libro prejuicios ideológicos ni sectarismos partidarios. Sólo una pasión argentina abrazada a la fuerza de la verdad y a la esperan- za de un destino diferente a la servidumbre de las factorías. Las pruebas incuestionables que integran el juicio de la deuda están ahí. Inconmovibles en su rotunda acusación contra quienes negociaron el patrimonio de los ar- gentinos y siguen, aún, usufructuando sus dividendos al amparo de los po- deres públicos.

Este libro no cierra, desde luego, la cuestión de la deuda externa ni es el "punto final" de la causa penal que sustancia un tribunal argentino. Es, lo reitero, la revelación pública del juicio de la deuda para que el pueblo juzgue y dicte una sentencia moral, porque la otra está reservada a la Justicia que

aún sigue investigando.

De tantos miles de fojas, declaraciones, pericias y diligencias, he procu- rado separar una mínima parte, pero demostrativa y elocuente, para su di- fusión al conocimiento popular. Las limitaciones de este libro impiden un mayor abundamiento en la transcripción de textos e información No he que- rido hacer un libro académico reservado a una "minoría ilustrada", ni una versión policial de los ilícitos configurados por las maniobras de endeuda- miento. He querido poner en manos del pueblo, y de quienes ejercen la au- toridad del Estado, los elementos básicos del juicio de la deuda para abrir, así, una instancia que sirva al interés del país.

Frente a la elocuencia de las pruebas judiciales no puedo refugiarme en la complicidad del silencio. Asumo el riesgo de un nuevo desafío en esta lar- ga mílitancia de mi vida, entregando, pues, al juicio público el testimonio de un proceso penal que ensombrece a la República. Conozco los riesgos que es- ta actitud supone y agradezco las advertencias de quienes conocen el peligro de la acechanza. Pero no podría callar lo que sé, ni soportar la vergüenza de una claudicación por interés o cobardía.

A. O.

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