RECOMENDACIONES EN HIGIENE ÍNTIMA
2.2.5.5 Higiene del cabello y piel corporal
2.2.5.5.2 Recomendaciones para la correcta higiene del cabello y piel corporal En la actualidad la práctica más común de higiene corporal es la ducha, frente al baño y
el uso de agua y jabón más ampliamente usados hace algunas décadas (López Luengo, 2009, p. 56). Sánchez (2008, p. 43) también afirma que “es aconsejable ducharse (mejor que bañarse)”. Algunos autores justifican el uso de la ducha respecto al baño por su efecto de arrastre de la suciedad, la cual en el baño queda disuelta en el agua (Consejería de Sanidad, 1992a, pp. 16). Fonseca (1996, pp. 49) señala que en niños mayores el baño puede sustituirse por la ducha al ser mejor tolerada por determinados tipos de piel y por el ahorro de agua y energía que conlleva. Azcona (2005, p. 64) desaconseja fundamentalmente en las mujeres los baños prolongados, decantándose por la ducha para la higiene corporal, ya que pueden favorecer la vulvovaginitis.
El hábito de la ducha ha promovido el avance y desarrollo de detergentes sintéticos “como solución a los inconvenientes que presentaba el jabón: alcalinidad y la formación de precipitaciones cálcicas en presencia de aguas duras” (López Luengo, 2009, p. 56). Los preparados empleados en la higiene del cabello actualmente son los champús. “Se denomina champú a un producto apto para la limpieza del cabello y cuero cabelludo. En determinadas ocasiones presentan una acción simultánea farmacodinámica, estimulante o normalizadora de las funciones fisiológicas del bulbo capilar o de las glándulas sebáceas” (Lemmel, 2001).
El champú tiene que adaptarse a la calidad del cabello, la edad, los hábitos de cuidado del cabello y problemas específicos relacionados con el cabello y cuero cabelludo. Los efectos más importantes del champú en el cabello son: hidratación, adsorción y/o penetración del cabello, y la limpieza, eliminación de aceites y regeneración de lípidos. En el cuero cabelludo, el champú influye en la sequedad, seborrea, restauración de la neutralización alcalina, microorganismos del cuero cabelludo (Malassezia spp,
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Propionibacteium spp.), actividad enzimática y circulación del cuero cabelludo (Trüeb, 2007, pp. 356-357).
Los productos químicos destinados a la limpieza de la piel corporal son los geles, los cuales “además de poder detergente, han de tener la capacidad de no alterar significativamente el pH cutáneo, mantener parte de los microorganismos de la piel y respetar la barrera hidrolipídica” (López Luengo, 2009, p.56).
Sánchez (2008, p.43) en relación a los geles, señala que “se deben utilizar jabones de acidez similar a la de la piel (pH=6) y que no irriten”.
En cuanto a la forma de enjabonarse el cuerpo, Sánchez (2008, p.43) señala que “es mejor utilizar las propias manos. Si se emplean manoplas o esponjas, deben ser de uso individual”. La Guía de la Higiene publicada por la CARM aconseja “enjabonar el cuerpo con la ayuda de un cepillo o esponja de uso individual, siguiendo este orden: cara, cuerpo, manos y brazos, axilas, piernas y pies, terminando por los órganos genitales”. El champú en el cuero cabelludo se aplicará mediante un masaje con la yema de los dedos (Consejería de Sanidad, 1992a, pp. 16,20).
En cuanto al secado del cuerpo tras su lavado, mientras unos autores aconsejan “secar con una toalla friccionando con energía las distintas partes del cuerpo” (Consejería de Sanidad, 1992a, pp. 16), otros recomiendan que “el secado ha de ser por contacto (no dar “restregones”)” (Consejería de Sanidad, 2008, pp. 5). En el caso del pelo es preferible su secado al sol. De no ser posible usar un secador de aire a una temperatura que no sea excesivamente caliente. No se debe frotar el cabello con una toalla para secarlo al ser traumatizante (Consejería de Sanidad, 1992a).
Entre las recomendaciones sobre la periodicidad del baño o ducha, están los que lo recomiendan a diario (Consejería de Sanidad, 1992a; Fonseca, 1996, pp. 49; Gómez Carrizo, 2001, p.101). No obstante algunos autores que aconsejan el lavado diario del cuerpo reconocen que la piel posee mecanismos defensivos y de autorregulación que, en condiciones normales, no hacen que el lavado de piel corporal sea absolutamente necesario, aunque señala que debido a la conveniencia de establecer patrones de higiene adecuados que perduren en la vida adulta, inclinan a que su recomendación sea diaria (Fonseca, 1996, pp. 49). Otros autores apuntan igualmente que su frecuencia puede variar en función del tipo de actividad (Consejería de Sanidad, 1992a). Sánchez (2008, p.43) aconseja ducharse “diariamente o al menos tres veces en semana”, mientras que Díaz de la Peña (1990, en Cuñat, Maestro, Martínez & Monge, 2000, p.289) sin señalar la indicación diaria, lo aconseja al menos tres veces por semana.
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En el caso del lavado del cabello, la frecuencia señalada es inferior a la del lavado corporal. Las recomendaciones oscilan entre: dos o tres veces a la semana (Consejería de Sanidad y Consumo, 1996), al menos dos veces en semana (Díaz de la Peña, 1990, en Cuñat et al., 2000, p.289; Gómez Carrizo, 2001, p. 101), y una vez a la semana pudiendo variar su frecuencia en función del tipo de cabello (Consejería de Sanidad, 1992a). Gómez carrizo (2001, p. 101) matiza que en el caso de realizar el lavado diario del cabello, usar sólo un poco de champú en una sola aplicación y realizar posteriormente un enjuague perfecto.
El estudio descriptivo sobre hábitos de higiene personal llevado a cabo por Martín et al. (1996) en estudiantes de 8º de EGB y 3º de BUP o curso equivalente en ESO y FP, obtiene que, en ambos grupos, el número de varones que se ducha una vez a la semana o menos es significativamente (p<0,05) más elevado que el de las mujeres. En cuanto al lavado del cabello, la periodicidad habitual es cada tres días: 72,63% (EGB) y 65% (BUP/ESO/FP).
La temperatura del agua para el baño o ducha también presenta diversas indicaciones. Algunos autores indican que el agua debe estar a la temperatura corporal (Fonseca, 1996, p. 49), otros que debe oscilar entre 34ºC y 36ºC (Consejería de Sanidad, 2008, p. 5), mientras que algunos autores señalan que la temperatura del agua para los niños debe estar entre los 38-40ºC (Pérez Ruiz et al., 2002, p. 129).
En cuanto al mejor momento para proceder al lavado corporal, la mayoría de los autores se decantan por recomendarlo a última hora de la tarde-noche, ya que el cuerpo se relaja, teniendo un efecto facilitador del sueño (Fonseca, 1996, pp. 49; Sánchez, 2008, p.43). Aunque Gómez Carrizo (2001, p. 101) puntualiza el baño por la noche, antes de cenar, para los niños pequeños, mientras que en el caso de niños mayores señala como más recomendable la ducha matutina actuando como estimulante para la jornada.
Sánchez Moreno et al. (1992) llevaron a cabo en Murcia un estudio transversal, mediante encuesta, de los hábitos higiénicos en escolares de 2º y 7º de EGB en la zona rural de La Ñora, y 2º y 5º de EGB, 2º BUP y 2º FP en la zona urbana de Santa María de Gracia. Entre los resultados obtenidos, encuentran que el hábito de ducha o baño practicado con una frecuencia superior a la semanal es de un 32,6% en estudiantes de 2º de EGB de la zona rural, siendo en la zona urbana para este mismo curso de un 47% (p<0,01). Este hábito, también aumenta en frecuencia con la edad, llegando al 96,1% en FP. Resultados paralelos, y también significativos estadísticamente, son obtenidos con la costumbre de lavarse el pelo más de una vez por semana, pasando en la zona
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urbana de un 26,4% en 2º de EGB a un 91,3% en 2º de FP. En cuanto a la variable sexo no se encuentran diferencias significativas tanto en el hábito de ducha como en el de lavado de pelo.
El uso de desodorantes en la infancia no suele ser necesario. Los desodorantes son productos cosméticos destinados a impedir o atenuar el mal olor corporal resultante de la descomposición bacteriana del sudor. Actúan inhibiendo la producción de sudor de las glándulas sudoríparas, ralentizando o impidiendo el desarrollo de la flora bacteriana y sus enzimas responsables de la degradación de los componentes volátiles del sudor, adsorbiendo dichos compuestos volátiles y enmascarando el olor corporal con agentes aromáticos (Garrote & Bonet, 2010, p. 92). El mal olor corporal o bromhidrosis (osmidrosis) es causado por la acción bacteriana con el sudor generado por las glándulas apocrinas generalmente en las axilas, cuero cabelludo, genitales y conductos auditivos externos. La literatura médica suele coincidir en que los niños prepúberes que se lavan el cuerpo con regularidad no es posible la bromhidrosis (salvo problemas metabólicos) porque carecen de glándulas apocrinas en axilas e ingles. No obstante existen estudios de caso clínico que reportan bromhidrosis en niños prepúberes a pesar de tener unos adecuados hábitos de higiene corporal, y habiendo descartado problemas metabólicos y otros factores que pueden ocasionar mal olor corporal como: la ingesta de ciertos alimentos predisponentes como la cebolla, ajo, espárragos…; insuficiencia renal o hepática; otras enfermedades que pueden causar mal olor (fenilcetonuria, trimetilaminuria, hipermetionemia o academia isovalérica) (Hasfa & Schwartz, 2007). En estos casos, Hasfa y Schwartz (2007) recomiendan el uso de jabón antibacteriano, si se tolera, además de indicar el uso de un desodorante comercial de una a dos veces al día.
El uso de un desodorante por parte de los niños debería supervisarse por un adulto al haberse detectado casos que suponen un riesgo para su salud, especialmente con los aerosoles. Los desodorantes en aerosol, independientemente de su contenido químico, al ser usados a poca distancia de la piel, pueden inducir daño criotérmico con reacciones ampollosas graves (Jacobi, Bender, Hertl & König, 2010). Si lo aplican en el cuero cabelludo puede dar lugar a una confusión etiológica con liendres (pseudos- liendres) (Ena, Mozzarello & Chiarolini, 2005). Además, se han documentado muertes de niños por depresión del sistema nervioso central y arritmias cardiacas por el uso de desodorantes en aerosol, por lo que no deben estar al alcance de los niños y ser usados siempre bajo supervisión de un adulto (Jefferson, 1978).
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En las tablas 2.6 y 2.7 se muestran de forma sintetizada las recomendaciones halladas en la literatura sobre higiene de piel corporal y del cabello, y el grado de recomendación utilizado por el Scottish Intercollegiate Guidelines Network (SIGN) (Harbour & Miller, 2001).
Tabla 2.6 Recomendaciones en higiene de piel corporal basadas en la evidencia científica y grados de recomendación SIGN