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Reflexión intermedia: ¿qué es la verdad?

de la teología católica

II. Reflexión intermedia: ¿qué es la verdad?

¿Qué es eso de la verdad? En la vida diaria, la pregunta por la verdad en ningún caso es un interrogante solo teórico, sino sumamente práctico. Tenemos que saber, por ejemplo, si llueve, nieva o hace sol, para vestirnos adecuadamente. Solo la verdad nos ayuda a comportarnos de manera ajustada a la realidad y a orientarnos en la realidad de nuestra vida. Así entendida, la verdad es la luz sin la cual tanteamos en la oscuridad, tropezamos por doquier y nos perdemos desorientados. Es comprensible, pues, que la pregunta por la verdad moviera desde el principio el pensamiento occidental. La distinción entre ser verdadero y mera apariencia se encuentra al comienzo de la filosofía occidental. Pero ya

en el siglo V a.C. la pregunta por la realidad verdadera sufrió una sacudida. Era la época pericleana de la floreciente cultura urbana. En la nueva vida, más compleja y diferenciada, la validez de las antiguas opiniones y costumbres se convirtió en problema. Los eruditos, los sofistas, no se entendían ya como sabios, sino como oradores deseosos de convencer a otros de su visión de las cosas, de persuadirlos para que la adoptaran. Según ellos, la verdad objetiva no es posible; y si no hay verdad objetiva, los seres humanos no pueden conocerla. Pero aun en el caso de que llegaran a conocerla, no podrían comunicarla. Según los sofistas, el criterio no es la verdad «objetiva» de la realidad, sino el hombre. A tenor de la famosa frase de Protágoras, él es la medida de todas las cosas. Pero los seres humanos son muy diversos. Cada cual tiene su perspectiva. Por eso, lo que cuenta es la imposición del más fuerte, la lucha de intereses y la voluntad de poder.

Con ello se hace patente que, cuando el pensamiento pierde su referencia a la realidad y su objetividad, lo que importa ya no es captar la verdad de las cosas, sino solo el aplauso público, la propaganda, la publicidad, el entretenimiento. De este modo, la verdad resultó instrumentalizada al servicio de fines que le eran extraños y, en último término, destruida. Con ello quedó destruida también, ciertamente, la comunicación racional entre las personas. Su lugar lo ocuparon el derecho del más fuerte y la lucha de intereses.

Sócrates, Platón y Aristóteles se percataron del peligro. Josef Pieper ha puesto de relieve cómo estos pensadores, frente al pensamiento desarraigado y emancipado de los sofistas, insistieron de nuevo en la objetividad del pensamiento y en su referencia a la realidad[167]. El pensamiento únicamente puede tener validez universal si se orienta a la

realidad; y solo así es realmente posible la comunicación en el seno de una comunidad de personas libres. En cambio, si está ausente esa orientación hacia la verdad de lo real, prevalecen el derecho del más fuerte, la violencia y la tiranía. De ahí que la verdad sea, según Platón, el interés común y más elevado del hombre. Es el bien supremo. Esta idea hondamente humana pertenece desde entonces al núcleo de la tradición occidental; se ha convertido en uno de los pilares del humanismo occidental.

Solo mucho más tarde, ya en el siglo XIII, Tomás de Aquino formuló de manera sintética la concepción de la verdad tendida por los griegos y considerablemente ahondada luego por la revelación cristiana. También esto lo ha explicado de manera

definitiva Josef Pieper[168]. Según Tomás, la verdad consiste en esencia en el carácter

verdadero de la realidad misma. Podemos conocer intelectualmente la realidad solo porque es verdadera. Podemos percibir regularidades en la realidad solo porque manifiesta estructuras de sentido. Para Tomás, esta verdad de la realidad se basa en última instancia en la concepción cristiana de la creación. Porque Dios ha creado todo según sus ideas eternas, todo cuanto existe es profundamente verdadero, y eso significa: cognoscible por nosotros. Así defiende la teología, sirviéndose de las ideas cristianas de Dios y de la creación, la racionalidad de la realidad. Para los cristianos, el mundo no es un cúmulo de casualidades. Antes bien, está iluminado y es iluminable por la razón. Pero esta luz, que resplandece en la realidad y fundamenta la verdad de lo real, solo llega a sí misma en el pensamiento humano. A juicio de Tomás, la verdad consiste formalmente, por eso, en la creativa comprensión de la realidad en el conocimiento humano. Así, ya en Tomás se abre camino de modo indirecto, como han mostrado Karl Rahner y otros, el giro antropológico de la Modernidad. El ser humano no es solo la más noble criatura dentro de la realidad visible; es el eje y quicio de esta. Así, según Tomás, la verdad consiste en el fondo en la automostración de la realidad misma. Este último punto de vista lo ha hecho valer en el siglo XX sobre todo Martin Heidegger, quien define la verdad como desocultamiento [Unverborgenheit] y manifestación [Offenbarkeit] del ser[169].

Detrás de esta grandiosa concepción de Tomás de Aquino se halla muy probablemente la conciencia de la singular dignidad del ser humano. Pero el hombre no es sin más la medida de todas las cosas. Antes al contrario, él debe tomar como medida la realidad que le viene dada y, en ese sentido, debe también atenerse a la medida. Accede a la existencia y la vida verdaderas integrándose en el orden dispuesto por Dios, comportándose en consonancia con la realidad. Detrás de esta concepción de la realidad y la verdad late la humildad creatural. Con ello se hace patente la profunda diferencia, más aún, el abismo que separa esta concepción de la realidad y la verdad del primado moderno de la praxis. En la Modernidad, a diferencia de lo que ocurría en Tomás, ya no vale que todo lo real, en cuanto real, es también verdadero. Lo verdadero es más bien lo proyectado y realizado por el ser humano: Verum quia factum, «[Es] verdadero porque se ha realizado» (Vico). Aquí el hombre ya no se sabe inserto en el conjunto y en el orden global de la realidad. Más bien se hace a sí mismo señor y creador de la realidad.

La praxis humana ya no toma su medida de la verdad; antes al contrario, la verdad es expresión y resultado de la praxis humana. Es un proyecto, un constructo, una perspectiva del hombre; en el caso extremo, la verdad no es más que una mera supraestructura, un reflejo ideológico de las circunstancias del momento. La concepción antigua y medieval del primado de la verdad se basa en el fondo en la convicción de que Dios es la realidad y la verdad absolutas, que el ser humano debe reconocer con respeto, humildad y obediencia. La concepción moderna del primado de la praxis se basa, por el contrario, en la idea de que el hombre es señor absoluto de sí mismo y de la realidad. Allí donde prevalece esta convicción, desaparece el respeto a lo que es, la responsabilidad ante Dios y, en última instancia, también el respeto a –y la responsabilidad ante– los demás. Las consecuencias de tan desmedida, en el sentido literal del término, acentuación de la praxis vuelven a hacérsenos manifiestas solamente en la actualidad, cuando cobramos conciencia de las repercusiones de tan irrespetuosas y desmesuradas intervenciones en la realidad. La respuesta a la crisis que ello ha desencadenado no puede ser, sin embargo, la huida romántica de vuelta a una naturaleza en apariencia intacta. La reacción adecuada no es la huida de la realidad, sino un nuevo reconocimiento responsable de la verdad de esta. La supervivencia de la humanidad con un espíritu humanitarista en un entorno digno del hombre depende de una renovada conciencia del carácter normativo de la verdad de lo real. Así pues, tenemos razones más que suficientes para reflexionar de nuevo sobre la pregunta por la verdad de la realidad.