Quizás nunca anteriormente ha estado tan privada de paz la humanidad como ahora. Para darse cuenta de esto basta con observar lo que sucede a nuestro alrededor. Por todas partes hay luchas abiertas o escondidas, repercusiones de diversas guerras y amenazas sobre por el porvenir, lucha entre naciones, razas, clases sociales y partidos políticos; pero también, y con no menos intensidad, luchas, agitaciones y tempestades en lo mas íntimo de las almas, lo cual se manifiesta en crisis afectivas, morales y religiosas; en descontento hada nosotros mismos y hacia los demás; en rebeldía contra la so- ciedad, contra la familia, contra la vida e incluso contra el propio Dios.
En un mundo así intentar mantener la paz no es ningún lujo espiritual, sino una necesidad
cotidiana para todos aquellos que buscan mantener su integridad interna y no desean verse arrastrados por las corrientes colectivas de agitación, de pánico o de violencia. Cultivar la paz es también un deber con respecto a los demás. Aquel que sabe ser un centro viviente de paz, quien sabe irradiarla con fuerza y sin descanso a su alrededor, proporciona a la pobre humanidad el bien del que quizás más privada está y del que más necesidad tiene.
Veamos cómo se puede lograr esto de la forma más eficiente.
En primer lugar, y a modo de advertencia y de estímulo, recordemos que todos los grandes Maestros espirituales han insistido siempre sobre la paz de forma particular. Los textos religiosos hindúes empiezan y terminan con la fórmula: Om -shanti - shanti- shanti (Om - paz - paz - paz); o bien con esta otra: «Paz a todos los seres». Buddha enseñó, a través déla palabra y del ejemplo, la excelsa paz del espíritu. De él se dijo: «El Iluminado está en paz consigo mismo y lleva la paz al mundo entero». En
las descripciones de los diversos grados
de la contemplación budista una de las características más acentuadas es la de la serenidad del ánimo contemplativo.
En el cristianismo originario y en sus posteriores manifestaciones más puras y elevadas a través de los siglos, resuena reiteradamente la nota de la paz. La figura del Cristo está rodeada de una atmósfera de paz: «Paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad». El actuó a menudo como pacificador: aplacó una tempestad; apaciguó incansablemente las almas de los discípulos, que tenían miedo, que disputaban entre si para ser los preferidos o que —como Pedro— eran violentos en sus reacciones. Al final dejó un mensaje de paz espiritual con un profundo significado: «Mi Paz os dejo; mi Paz os doy, mas no la de este mundo» (Juan, XVI,27).
Dentro de la mística cristiana hay un estadio bien definido y elevado en la ascensión del alma hacia Dios, el cual se conoce con el término de 'quietud' o bien 'oración de quietud', que está constituido por una perfecta paz interna. Esa paz, ese silencio interior en el cual callan todos los pensamientos y los sentimientos de la personalidad, está considerada como una condición indispensable para la unión mística en la que existe una plena comunión del alma con Dios.
Recordemos la hermosa descripción que en La Imitación de Cristo se hace de tal estado: «Paz firme, paz imperturbable y segura, paz interior y exterior, paz estable por doquier».
Intentemos comprender cuál es el significado espiritual de la paz.
Con respecto a la paz, existen algunos errores y malentendidos. Hay una paz verdadera y una falsa. Lo que normalmente se entiende por paz suele ser la falsa: una condición pasiva, estática, que rehuye cualquier contrariedad, esquiva cualquier lucha, cualquier fatiga o adversidad; es si- nónimo de pereza (tamas); una paz ilusoria y que precisamente por ello, no llega a realizarse. En cambio, la verdadera paz es positiva y espiritual.
Ya hemos hablado de la indivisible solidaridad existente entre las distintas características espirituales. Cierto es que tomadas por separado presentan carencias, pero deben considerarse como las diversas facetas de un único prisma. Meditando profundamente sobre ellas, encontramos que en un cierto punto se encuentran y se funden unas en otras, y todas en el Espíritu.
Por consiguiente, se puede decir que:
Paz es voluntad - paz es fuerza - paz es sabiduría - paz es libertad - paz es regocijo - paz es armonía - paz es verdad -paz es comprensión - paz es luz...
Resulta muy útil meditar sobre la solidaridad de las cualidades espirituales, tomando cada vez una distinta como punto de partida. Es éste un método para pasar de la multiplicidad a la unidad, a la síntesis.
Ya hemos visto cómo Cristo ratificó claramente la distinción entre la verdadera y la falsa paz con las palabras: «Mi Paz os doy, mas no la de este mundo».
Así pues, ¿dónde está la verdadera paz y cómo se consigue?
En una bella invocación, encontramos una frase que nos ilumina: «Existe una paz que trasciende toda comprensión. Ella reside en los corazones de aquellos que viven en lo eterno».
Esto nos dice que la paz es una experiencia espiritual que no puede ser comprendida por la mente personal; que pertenece a otro plano, a otra esfera de realidad: a la de lo eterno.
Es, por ello, inútil buscarla en el mundo ordinario, en nuestra vida personal, donde no hay estabilidad ni seguridad; es una vana ilusión buscarla allí afanosamente. La paz existe tan sólo en el mundo espiritual y la alcanzamos sólo cuando nos elevamos hasta él y en él permanecemos
establemente.
Tal paz, lejos de conducirnos a la inercia, a una tranquilidad estática o a una resignación pacífica, nos proporciona nuevas energías. Se trata de una paz dinámica y creativa. Desde este lugar interno de paz podemos dirigir todas nuestras actividades personales, potenciándolas y haciéndolas más eficientes constructivas, porque estamos libres de ambiciones, de miedos y de ataduras. En resumen: vivimos como amos y no como esclavos.
El campo de pruebas de la esta paz es nuestra vida cotidiana y nuestra forma de reaccionar frente a las continuas luchas y adversidades, frente a las pequeñas contrariedades y a los continuos roces y enfrentamientos que nos depara la vida diaria. La paz espiritual resiste y permanece aun en medio del cotidiano tumulto externo.
Su paz, la verdadera paz, permanece firme ante los conflictos, el dolor físico y ante cualquier tipo de
ataque, coexistiendo con el trabajo interno, puesto que no llegará a alcanzarse un estado de pleno regocijo y alegría hasta que hayamos regenerado completamente nuestra personalidad, de forma
que la paz interior se haya 'encarnado' y todo nuestro ser esté compenetrado de paz y haya devenido en paz.
Esta es la meta a alcanzar, pero el comienzo es establecer en nosotros un inatacable 'centro' de paz que* resista a toda costa cualquier prueba, que constituya una verdadera fortaleza interna desde la cual dirigir toda nuestra vida.
Esta es la paz que posee nuestro Testigo interno. Un instructor decía: «Aprende a observarte a ti mismo con la tranquilidad de un extraño».
En un primer estadio, aquel que precede a la regeneración de la personalidad, el centro interior de paz nos permite permanecer firmes mientras afrontamos los furiosos embates de la personalidad, mientras arden las llamas purificadoras, mientras el dolor lleva a cabo su obra de purificación y de redención; desde él somos conscientes del valor y el significado de todas las pruebas. En nosotros hay amarguras conscientes e inconscientes, resentimientos, rebeliones y estancamientos que impiden la alegría y la serenidad. Pero en la paz del alma todo ello se apacigua, se armoniza y se ilumina; se revela el significado y el valor de la vida manifiesta e inmanifiesta; e incluso el propio dolor se transfigura entonces y se rodea de regocijo. Entonces, la 'cruz deviene luminosa'; entonces, y según expresó Tagore en una de sus poesías, es cuando «Tu luz centellea en mis lágrimas».
Veamos de qué modo podemos meditar para alcanzar la paz.
Es útil comenzar ampliando lo más posible nuestro horizonte interno, dirigiendo los pensamientos hacia la consideración y la contemplación de lo infinito y lo eterno. Recordemos y concienciémonos de que somos seres espirituales y que nuestra esencia espiritual es indestructible.
Esta ampliación de perspectiva nos ayudará a restablecer las verdaderas proporciones, a comprender la relativa insignificancia de tantas contingencias por las que a menudo nos dejamos abrumar o incluso enfurecer. Así, poco a poco, empezaremos a sentir verdaderamente la paz del eterno, la paz del espíritu, la paz que Cristo llamó 'mi paz'.
A quien le resulte difícil este tipo de meditación podemos sugerirle otro método, basado en la utilización de imágenes. Aunque los dos métodos se pueden asociar oportunamente y constituir dos fases de una misma meditación. Para este propósito se pueden utilizar diversas imágenes, algunas de las cuales serán más sugestivas que otras según los distintos temperamentos y los diferentes tipos psicológicos.
Podemos imaginarnos un cielo azul y una gran extensión de agua, sobre cuya tranquila superficie miríadas de flores de loto se abren bajo los rayos de un sol resplandeciente.
Otra imagen, igualmente sugestiva, es la escena evangélica en la que San Marcos describe cómo Jesús aplaca una tormenta:
«Ese mismo día, al anochecer, Jesús les dijo: 'Pasemos a la otra orilla'. Tras haber despedido a la muchedumbre, los llevó en la barca en la que se encontraba él, y les acompañaban otras barcas.
«Entonces se levantó un gran remolino y las olas empezaron a caer con fuerza sobre la barca hasta que casi se hubo llenado de agua. Jesús dormía en la popa, con la cabeza apoyada en la almohada. Ellos lo despertaron y le dijeron: 'Maestro, ¿no te preocupa que nosotros perezcamos?'. Des- pertándose, él exclamó al viento y le gritó al mar: '¡Silencio!'. Entonces el viento amainó y hubo una gran calma.»
Una tercera imagen, también muy adecuada, puede ser la de nuestro globo terráqueo con su infinita extensión de espacios celestes, magníficamente evocada en los versos de Amiel que, con su ritmo sosegado y solemne, constituyen un excelente medio para evocar la Paz:
»Del eterno azul del insondable espacio / nuestro agitado globo se envuelve de Paz. / Hombre, envuelve así tus días, efímeros sueños, I del calmo firmamento de tu eternidad.»
Con la ayuda de estas imágenes se eleva el alma hacia la radiante y suprema Realidad, llegando a sentir y a alcanzar la paz.
Aprendamos a vivir en paz y por consiguiente, a dar y a irradiar esta paz a nuestro alrededor adonde fuere que vayamos. Todos queremos dar paz, pero para poder realmente hacerlo primero tenemos que estar en paz con nosotros mismos, vivir en la gran paz, convertirnos en paz.
Es lícito buscar la ayuda de aquellos que nos han precedido en esta búsqueda y han hallado la paz.
Una paz así produce transformaciones; y no sólo en nosotros, sino también en todas las relaciones humanas y sociales. Y sólo así, de arriba a abajo y desde el interior hacia el exterior, será posible operar profundas transformaciones, eliminar las guerras y evitar los peligros y amenazas que oscurecen
actualmente la vida de la humanidad. Recordemos siempre que estos problemas no pueden ser resueltos con tratados, ni con ingeniosas combinaciones o con violentas luchas en su mismo nivel, sino elevándose hacia lo alto donde se resolverán por sí mismos; se 'liquidarán', por así decirlo, hasta desaparecer.
Apéndice primero
Elementos espirituales de la personalidad: el sentido moral
(Apuntes sin elaborar) Es la conciencia de lo recto, de lo justo y de lo bueno, que se manifiesta como: voz de la conciencia, sentido de responsabilidad, sentimiento de justicia (este último ya en los niños y en los seres
primitivos).
Desarrollo gradual desde abajo. Se revela en la acción externa; relaciones con los demás, autoridad; normas externas, códigos morales, reconocimiento del derecho de los demás, justicia, solidaridad, transgresión y sanción, culpa y pena; punición, aceptación, reconocimiento de lo que es justo. Interior- mente: asunción interna de la ley, autonomía, refinamiento y desarrollo de la conciencia moral.
Oh digna y límpida conciencia
cuan amarga brida te resulta el menor fallo.
Elementos ya innatos a la personalidad (hereditarios, auto hereditarios, ambientales) y rayos que descienden sobre ella.
Aspectos más elevados: solidaridad de grupo cada vez más amplia, unidad de la vida (horizontal); una
concepción cada vez más espiritual, interna, dinámica. Unión con la perfección, con el Yo Espiritual (vertical).
PATOLOGÍA DE LAMORAL
Perduración de estadios primitivos: estancamiento, degeneración, caricatura, exageración, perversión,
represión.
Miedo excesivo al mal: moralismo estrecho y moralidades negativas, constrictivas, represivas y estáticas. Fariseísmo: orgullo de la propia moralidad.
Fingimiento, hipocresía, formalismo.
Inmoralismo. Amoralismo. (Más allá del bien y del mal). Pasar de una concepción moral estrecha, fosilizada,
muerta, a otra más amplia; de una estrecha ley de justicia a la ley del amor. Espíritus prometéicos,
aparentemente inmorales.
Cristo y los fariseos. Spinoza, etc.: Destruir para reconstruir.
Crisis de pasaje, peligroso; posibilidad de desviaciones, de reincidir en la inmoralidad. Pseudo prometéicos. Nietzsche y nietzscheanos. Ver la poesía de Luigi Valli: Pitecántropo (caricatura del superhombre).
Sin embargo estas crisis son necesarias para el desarrollo. Comprender que es así, tanto para uno mismo
como para los demás, permite dirigirlas oportunamente.
Remordimiento. Incapacidad de superar la culpa. Lady Macbeth: "Ni con todos los perfumes de
Arabia sería posible dulcificar (purificar) esta pequeña mano".
"La enfermedad suele ser, en manos del Superyo, el medio de castigar al Yo, al sí mismo, haciéndolo sufrir. El enfermo se ve entonces constreñido a comportarse como un condenado que precisa de la enfermedad para expiar su delito" (Freud).
Síndromes de autopunición aparente y de autopunición disimulada.
Manifestaciones diversas: miedo a ser arrestado y acusado. Impulso obsesivo a lavarse. Enfermos que se
lavan durante horas y horas.
Condenación de un órgano considerado culpable. Antiguo precepto: si tus ojos ven pecado, arráncatelos; si tu mano ha pecado, córtatela. Parálisis. Autopunición extrema: el suicidio.
No todos los suicidios se deben a esta causa, pero sí algunos, sin que la persona sea consciente. confirmación: la enfermedad se alivia tras el «ritual expiatorio» (p. e. ser lavados).
... los síntomas más constantes y tenaces pueden cesar de un día para otro, cuando el enfermo deviene accidentalmente víctima de algún gran sufrimiento físico, orgánico (fiebre, dolores, intervención quirúrgica) o incluso moral (pérdida del puesto de trabajo o de dinero; luto). Ver el libro de R. Allendy: La justice intérieure, basado en todo esto.
Cura de la autopunición: substituir la autopunición que es la condena y venganza del Principio concebido
como juicio severo, inflexible y punitivo por la expiación (que el pecador se convierta y viva), la catarsis, la purificación. La absolución liberadora, la redención. Substituir el remordimiento estéril por el arrepentimiento liberador, la punición por la compensación. El sentido de culpa, de ser imperfecto, pasa a ser el estímulo para trabajar activamente hacia la elevación; da fuerzas para la renunciación y el sacrificio que requiere alcanzar una vida moral y espiritual más amplia, pura y noble.
En el cristianismo esto se encuentra simbolizado y actualizado en el rito de la confesión, que puede y debe llegar a ser un procedimiento individual e interior.
Este es el objetivo de la curación psicológica (psicoanálisis, psicosíntesis): conciliación, eliminación del conflicto estático y desgastante; unificación de lo inferior con lo superior, y su utilización y
sublimación. Pasaje por sucesivos estadios hacia la luz, la perfección, el sol interno; unificación de la personalidad con la individualidad.
(Alineamiento, coordinación entre personalidad y Ego a través del yo superior o el supraconsciente).
Aapéndice segundo
Elementos espirituales de la personalidad: deseo de saber y capacidad de conocer
(Apuntes sin elaborar) La sed de conocer constituye una de las diferencias más claras entre el hombre y los animales. Estos no muestran deseos de conocer sino aquello que atañe directamente a sus necesidades e instintos:
búsqueda de alimento, defensa, etc. Únicamente el hombre posee el anhelo de conocer por conocer. Esta
tendencia se revela en él ya desde niño: esos famosos 'por qués' de los niños que deben ser
sabiamente utilizados por los educadores. Los niños no deben ser nunca reprimidos o desanimados, jamás ridiculizados; no debe dárseles un 'nada, nada' por respuesta, porque deducen e intuyen mucho más de lo que creemos. Su mente es concreta, por lo que no se les debe hablar en términos abstractos; carecen de preconceptos, están libres de obstáculos. Es adecuado responder a los niños mediante analogías, parábolas, símbolos.
DESEO DE CONOCER
1. Superficialmente.
a) Conocimiento del mundo externo. Es el primer peldaño (los 'Ulises'); adolescentes, jóvenes; exploradores de la superficie terrestre, de la profundidad de los mares, del aire, de la estratosfera.
b) Conocimiento íntimo de la naturaleza, de los fenómenos naturales, leyes, ciencias; nobles pasiones; ascetas y héroes de la ciencia (Pasteur).
2. En profundidad.
Deseo de conocer el sentido oculto de la vida. ¿Por qué? ¿Qué es lo que somos? ¿De dónde venimos? ¿Por qué estamos aquí? ¿A dónde nos dirigimos? El problema del dolor. El problema del mal (también en aquél). El problema de la creación. La búsqueda filosófica (filosofía significa amor por la Verdad).
Deseo de saber, de conocer: primero el mundo externo, después las leyes que lo regulan, y después su origen. A continuación se intenta encontrar la causa primera, la Realidad invisible que se encuentra detrás de todo; el poder que ha creado todo; el Espíritu; Dios.
Todo persona, ya sea un administrador, un operario o una mujer humilde, tiene una concepción de la vida aunque sea inconsciente, informulada o rudimentaria.
La importancia de tal concepción; la importancia de reconocerla claramente en nosotros mismos: determina
nuestras acciones y nuestras decisiones más importantes; da fe y fuerza, o tal vez escepticismo y desánimo. Ciertas concepciones pesimistas han sido causa de suicidio.
PSICOLOGÍA DE LACONCIENCIA
Curiosidad vana, personal y superficial sobre los hechos de los demás. Negación. Duda
excesiva; esquivar la búsqueda. Una estéril metafísica rumiante. Fanatismo, intolerancia, persecución; exceso de confianza.
Dogmatismo teológico, filosófico y científico: Esto nos lleva a hablar de la crítica del conocimiento (gnoseología). Órganos estáticos y planos: de conocimiento. Su campo y limitaciones.
I. LA CONCIENCIA SENSIBLE:SU NATURALEZA Y SUS
LIMITACIONES
Las cinco ventanas al mundo (los cinco sentidos). Estímulos (vibraciones); sensaciones, percepciones, apercepciones, reconstrucciones mentales de los datos sensibles.
Limitación y relatividad de los datos sensibles:
1. Percibimos únicamente una pequeña parte de las vibraciones existentes (de 1620 por segundo el sonido hasta trillones de vibraciones por segundo).
2. Relatividad cualificada de las percepciones sensibles. Nuestros sentidos están especializados de un cierto modo, pero ese es uno de nuestros modos sensibles. Se podría ver el sonido u oír la luz. Instrumentos para transformar la luz en sonido.