Ahora, hablaremos de las relaciones entre el yo consciente v aquello que puede recibir o captar del superconsciente. A esta facultad de recibir «de lo alto» podemos denominarla
telepatía vertical», a fin de diferenciarla de la telepatía horizontal, que es la que proviene horizontalmente de fuera del sujeto, es decir, de la corriente del pensamiento individual y colectivo procedentes del ambiente. También puede llamarse
telepatía interna», porque se desarrolla en el interior del propio individuo. Pero es preciso hacer una advertencia: es muy difícil distinguir entre aquello que viene del superconsciente individual y lo que procede de unas esferas todavía mucho mas elevadas o de niveles superconscientes exteriores al pro- pio individuo. Cuanto más se eleva el individuo, más tienden a desaparecer los límites de la individualidad; cuanto más se eleva, más tiende el individuo a unirse con el Todo. Por ello, toda descripción, toda terminología, es sólo indicativa y relativa. El lenguaje es siempre simbólico, alusivo, y tanto más en el campo espiritual.
La palabra telepatía significa influencia a distancia, y en nuestro caso indica que existe una distancia psicológica, una distancia de niveles entre el yo consciente y el superconsciente. Esta telepatía, al igual que la horizontal, también puede dividirse en telepatía espontánea y telepatía provocada o experimental.
En el caso de la telepatía horizontal, la modalidad espontanea consiste en recibir, sin haberlo deseado o pretendido, una serie de impresiones sobre algo lejano que después resulta acorde con la realidad. En la modalidad experimental, una persona proyecta un pensamiento o una imagen que otra persona intenta recibir. Lo mismo sucede con la telepatía vertical. Hay una telepatía vertical que podría llamarse espontánea, en la cual participan todos los fenómenos inspirativos: la inspiración artística, literaria, musical; las intuiciones, los distintos tipos de premonición de carácter superior, el impulso de realizar actos heroicos y la iluminación mística. En ella, los contenidos superconscientes irrumpen o se encienden espontáneamente en la conciencia de vigilia y son percibidos por el yo consciente. Pero también en este caso puede favorecerse el proceso, o incluso provocarse, mediante ejercicios psico-espirituales que atraen y facilitan el descenso de los mensajes e influjos
superconscientes en la conciencia.
La importancia científica y humana de la telepatía vertical es enorme: científicamente, porque confirma la existencia de esta región superior de nuestro ser; y humanamente, porque es la mejor parte de nosotros mismos la que resulta atraída y permanece consciente, y por ello puede ser utilizada benéfica y creativamente. Pero esta importancia no es reconocida, pues de otro modo, ¡viviríamos de una forma bien distinta!
Una analogía nos ayudará a darnos cuenta de ello. Si supiéramos de la existencia de un gran Sabio dotado de elevados poderes espirituales, un Sabio amoroso y desinteresado, ciertamente surgiría en nosotros un vivo deseo de hablarle, de pedirle consejo y ayuda. Y si éste viviera en una ermita, en lo alto de la montaña, ¿acaso no estaríamos dispuestos a acometer la ascensión para llegar hasta él? ¿Acaso no estaríamos dispuestos a recibir sus valiosas enseñanzas y a ser vivificados por la energía y el amor irradiados por él, y a someternos a la disciplina de una determinada preparación psicoespiritual? Rápidamente nos daríamos cuenta de que su ayuda nos evitaría errores, sufrimientos y penalidades, transformando verdaderamente nuestra vida.
Pues bien: existe un Sabio así, un Maestro de este tipo; está muy cerca y siempre presente en cada uno de nosotros. Es el Yo Superior, el Sí Mismo espiritual. Para llegar hasta él es preciso, hacer un viaje, sí; pero un viaje por los mundos internos. Para alcanzar su morada es necesario escalar, ascender hacia las alturas del superconsciente. También es necesaria una adecuada preparación psicoespiritual a fin de poder resistir la afluencia de su fuerza, así como para captar sus sutiles mensajes distinguiéndolos de todas las demás voces interiores, y también para comprender e interpretar correctamente su sim- bolismo. Es preciso, en fin , estar dispuesto a realizar con firme y constante voluntad todo aquello que nos indique.
Ciertamente, esta preparación no es nada fácil. El Sí Mismo espiritual considera las cosas, los acontecimientos y los seres de una forma muy distinta a la del Yo Personal. Su sentido de los valores y de las proporciones es muy diferente del de la conciencia ordinaria, cuya visión no alcanza para ver más allá de sus narices. Las indicaciones del Sí Mismo corresponden al bien verdadero, pero pueden contradecirse con nuestros deseos o nuestras preferencias personales.
El Sí Mismo no requiere sacrificios, en el sentido usual y erróneo de renuncia forzada y dura, pero sí en el sentido de una consagración que implica la eliminación gradual de muchas cosas, costumbres y actividades que resultan nocivas e inútiles, o menos importantes, para hacer espacio y dedicar nuestro tiempo a aquello que realmente vale la pena.
Además, el Sí Mismo, con su sabiduría y amor comprensivo, no exige hacer esto de forma inmediata ni perfecta. Es paciente y puede esperar, sabiendo bien que con seguridad, y más o menos lentamente, alcanzaremos la elevada meta que nos ha destinado y que él tiene presente desde el inicio mismo de nuestro peregrinaje evolutivo. En otras palabras: el Sí Mismo posee el sentido de lo eterno; o, mejor dicho, vive en el eterno. Pero en el eterno presente, no en una eternidad sólo transcendente escindida del devenir evolutivo.
El «eterno presente» es una expresión paradójica que es intuida, pero que nos da la llave de una verdad fundamental: la relación entre lo trascendente y lo inmanente, entre el ser y el devenir. Es la vida plena, que es precisamente la síntesis del ser y del devenir. En nosotros, ambas están o deberían estar presentes, conscientes y operantes. Deberíamos vivir atentos y conscientes cada instante, pero desde la profundidad de lo eterno. Entonces sobreviene la síntesis del instante, lo eterno y su ciclo. La vida se desarrolla en ciclos, ciclos que son instantes orgánicamente vinculados, precisamente, a cualquier cosa que los trasciende: a lo Eterno. Ello se expresa sintéticamente en la frase »El glorioso y
eterno presente».
Para ponerse en relación consciente con el Sí Mismo, es preciso «sintonizarse» con él. La analogía de la radio puede ayudarnos a comprenderlo. En un principio se pensó en aumentar la potencia de los aparatos receptores a base de multiplicar las válvulas, pero pronto se vio que la potencia perjudicaba la calidad y la pureza de los sonidos. Así, poco a poco, se dio más importancia a la finura y a la claridad de la recepción que a la potencia necesaria para captar la emisora.
Lo mismo sucede en nosotros. El problema no es tanto el de «recibir» (en cierto sentido, siempre se recibe aunque demasiado y de todas partes a la vez), sino que se trata de desarrollar una sintonía cada vez más refinada y sutil. Para esta necesaria preparación, resulta imprescindible superar las reticencias, la rebelión de nuestro egoísmo y de nuestra propia pereza moral (todos somos moralmente perezosos, aunque lo disfracemos con la actividad externa que, a menudo, suele ser una evasión, una pasividad
disfrazada precisamente de actividad); pero podríamos conseguirlo si nos diéramos cuenta y recordáramos continuamente que realmente vale la pena. El Maestro interior, el Yo espiritual y omnisciente, ve el futuro, posee admirables poderes de los cuales no podemos fijar los límites; su guía, su inspiración y sus múltiples ayudas pueden proporcionarnos paz, seguridad y suscitar en nosotros el gozo y el amor, convirtiéndonos en eficaces instrumentos de ayuda para los demás.
Los símbolos del Sí Mismo son múltiples, y cada uno indica y sugiere un aspecto. Entre los de uso más generalizado están: la estrella; la esfera de fuego irradiante; la figura de un ángel, que los orientales llaman «Ángel Solar»; el Maestro interior; el anciano Sabio; el Héroe; el Guerrero interior.
Pero somos nosotros quienes debemos invocarlo; somos nosotros quienes debemos dar el primer paso, abrir la puerta, crear el canal de comunicación; sólo así intervendrá el Sí Mismo, porque él no obliga, no coacciona. Tenemos el don de la libre voluntad, del que a menudo hacemos mal uso, pero que es el don más precioso porque nos conduce a través de Lis experiencias, los errores y los sufrimientos, hasta el despertar. El Sí Mismo no obliga a nada, pero si le llamamos, nos responde.
Continuamente nos encontramos con la paradoja de la dualidad y de la unidad de la Divinidad. De la estrella, del Yo espiritual, desciende el yo personal, su reflejo; podríamos encontrar en ello uno de los significados de la parábola del hijo pródigo. El yo personal es el hijo pródigo que ha bajado al mundo de la materia y ha olvidado su origen, hasta que, después de haber cometido libremente todas las tonterías de las que era capaz, todos los errores (de «errar», con el doble sentido de equivocarse y de ir errando), siente nostalgia por la casa paterna, la busca y, finalmente, la reencuentra.
Pero no basta con admitir o reconocer intelectualmente esta dualidad en la unidad; aunque esto también haya que hacerlo, es sólo un paso previo. Se trata de realizarla, de vivirla. Y antes de llegar a la reunificación hay que pasar por todo el proceso del dramático «coloquio interno», de la invocación, de la demanda, de la respuesta; después, poco a poco, llega el acercamiento, la chispa cada vez más frecuente y más viva entre los dos polos que se aproximan y que en uno u otro instante se «tocan», para después separarse de nuevo... hasta que llega el momento de la gran paz, cuando los dos devienen Uno.