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Símbolos de las experiencias transpersonales

Antes de hablar del superconsciente, es oportuno aclarar ¡o que entendemos por «normal». Por regla general, se considera «normal» al hombre medio que se muestra respetuoso con las reglas sociales del ambiente en el que vive o, dicho en otras palabras, al «conformista»; pero la normalidad, entendida de esta forma, es un concepto muy poco satisfactorio: es algo estático y exclusivo. Esta normalidad es una «mediocridad», que no admite o incluso condena todo aquello que se aparta de la norma y que es por ello considerado como anormal», sin tener en cuenta el hecho de que muchas de las denominadas «anormalidades» son en realidad inicios o tentativas de superar la mediocridad.

No obstante, actualmente ya han empezado a producirse reacciones en contra de este mezquino culto a la «normalidad». Grandes pensadores y científicos de nuestros tiempos se han opuesto a ella con gran decisión. Entre los más competentes, podemos citar a Jung, quien no dudó en afirmar que: El hombre normal es la meta ideal para los que han fracasado en la vida, para todos aquellos que todavía están por debajo del nivel general de adaptación; pero para aquellos que disponen de posibilidades mucho mayores que las del hombre medio, la idea o la obligación de ser sólo «normales» constituye una auténtica tortura, un aburrimiento insoportable, un infierno sin esperanza» (Modern Man in Search of a Soul).

Otro estudioso, el profesor Gattegno de la Universidad de Londres, ha añadido que considera al hombre medio ordinario como a un ser prehumano y reserva la palabra «Hombre,» con la H mayúscula, sólo para aquellos que han trascendido el nivel o estadio común y que son, con respecto a aquél, supernorma les.

Antiguamente, el culto hacia los seres superiores era bastante difuso: los genios, los sabios, los santos, los héroes, o los iniciados eran considerados como la vanguardia de la humanidad, como la gran promesa de aquello en lo que todo hombre podría llegar a convertirse. Esto mismo implican las palabras incitadoras del Cristo: «Sed perfectos, como lo es vuestro Padre que está en los cielos», o también: «Cosas más grandes que las que yo he hecho podréis hacer vosotros». Estos Seres superiores, sin despreciar a la humanidad común, han intentado suscitar en ella el impulso, el anhelo de trascender

la «normalidad» y mediocridad en la que se encuentra, y a desarrollar las posibilidades latentes en todo ser humano.

Al hablar del superconsciente, nos encontramos frente a una grave dificultad: lo inadecuado del lenguaje humano, por ser excesivamente concreto; sobre todo el moderno lenguaje, que es tan objetivo. Todas las palabras que designan condiciones o realidades psicológicas o espirituales son predominan- temente metáforas o símbolos basados en cosas concretas. Por ejemplo, alma se deriva de anemos, viento; espíritu de sof-fio, respiración; pensar, de «pesar» materialmente; etc. Sin embargo, esta dificultad no es insuperable si reconocemos y tenemos siempre presente la naturaleza simbólica de toda expresión, ya sea verbal como de cualquier otro género. Los símbolos, correctamente reconocidos y comprendidos, poseen un enorme valor: son evocadores y facilitan la comprensión intuitiva directa. Es más: el hecho de que las palabras que indican realidades superiores tengan su raíz en la experiencia de los sentidos, permite poner de manifiesto las correspondencias esenciales y análogas entre el mundo exterior y el mundo interior, entre el macro y el microcosmos.

No obstante, los símbolos tienen también sus peligros: de hecho, el hombre que se los toma literalmente y que no llega a la realidad pasando a través del símbolo sino que se encierra en él, nunca alcanzará la verdad. Además, los símbolos poseen una limitación en su unilateralidad: de hecho, cada símbolo no puede expresar más que un aspecto, una modalidad, un concepto parcial de una realidad dada. Esto se puede obviar mediante la utilización de diferentes símbolos para indicar una misma verdad. De este modo, tomados en conjunto v a través de su convergencia y de la síntesis de todos esos puntos de vista, es posible una comprensión mayor e integral de la realidad que simbolizan.

Por ello, para indicar las experiencias y las conquistas superiores abiertas al hombre, utilizaremos quince clases o grupos de símbolos:

1. Introversión. 2. Profundización o descenso. 3. Elevación o ascenso. 4. Ampliación o expansión. 5. Despertar. 6. Luz o iluminación. 7. Fuego. 8. Desarrollo. 9. Potenciación. 10. Amor. 11. Vía, sendero, peregrinaje. 12. Transmutación o sublimación. 13. Nuevo nacimiento o regeneración. 14. Liberación. 15. Resurrección o retorno.

Estos símbolos no son solamente sugestivos y evocadores, sino que además pueden ser utilizados como temas de meditación o incluso como auténticos y propios ejercicios psicoespirituales. Esto ya se ha intentado con finalidades análogas y psicoterapéuticas, y tales meditaciones y ejercicios han resultado extraordinariamente eficaces, llegando a producir a veces transformaciones sorprendentes. (Un ejemplo de tal uso es el Ejercicio de la Rosa, cuya descripción se encuentra al final de este capítulo).

1. Al primer grupo pertenecen los símbolos de la introversión o interiorización. La introversión es una necesidad urgente para el hombre moderno. Nuestra actual civilización es tan exageradamente extrovertida que el hombre es presa de una actividad frenética, y ese torbellino puede acabar con él. Actualmente se puede decir que el hombre «normal» vive psicológica y espiritualmente «fuera de sí mismo». Esta expresión, antaño utilizada para los enfermos mentales, ¡actualmente resulta de lo más adecuada para definir al hombre moderno! El hombre vive ahora en cualquier sitio excepto dentro de sí mismo. En realidad es un excéntrico, es decir: vive alejado de su propio centro interno. (En francés existe otra expresión igualmente adecuada: désaxé, fuera del propio eje). Por ello resulta necesario equilibrar la vida externa con una adecuada vida interna. Debemos «reentrar en nosotros mismos». Es imprescindible que el individuo renuncie a sus múltiples evasiones y que se dedique en cambio a descubrir aquello que recientemente ha sido denominado como «espacio interno». Es preciso reconocer que no vivimos sólo en un mundo exterior, sino que también existen muchos mundos in- teriores, y que es posible —incluso es un deber— llegar a conocerlos, explorarlos y conquistarlos. Esto es una necesidad, tanto para nuestro equilibrio como para nuestra salud.

El hombre moderno, que ha dominado la naturaleza y explota sus energías, no se da cuenta de que, en realidad, todo lo que hace en el exterior tiene su origen en él, en su propio estado de ánimo, y es el producto de sus deseos, instintos, impulsos, planes o programas. Estas actividades tienen un origen psicológico, o sea, interno: cada acción externa es el resultado de unos móviles internos. Por ello y ante todo, deben conocerse, examinarse y regularse estos móviles. Un hombre realmente excepcional, Goethe, que supo representar muy bien el papel de «hombre normal» cuando así lo quiso, dijo en una ocasión: «Cuando ponemos de nuestra parte interiormente, todo lo exterior se desarrolla automáticamente por sí mismo».

Además, la interiorización puede llegar a mejorar tanto la salud como el equilibrio nervioso y psíquico, y puede producir efectos que pueden calificarse de supernorma les. Penetrando en nuestro

interior, descubrimos nuestro Centro, nuestro verdadero ser, nuestra parte más íntima; es una revelación y, al mismo tiempo, una potenciación. Es lo que Cristo llamó «la perla más preciosa»; quien la encuentra y reconoce su valor, se queda con ella y vende todo lo demás.

2. El segundo grupo de símbolos lo constituyen los de la profundización o descenso al «fondo» de nuestro ser.

Simbólicamente, la exploración del inconsciente se considera como un descenso a los abismos del ser humano, como la exploración de los «bajos-fondos de la psique». Tal símbolo está particularmente en uso desde que comenzó a desarrollarse el psicoanálisis, aunque no fue descubierto por él. Sus orígenes son bastante más remotos y antiguamente poseía un sentido mucho más profundo. Basta con recordar el descenso de Eneas a los infiernos, en la Eneida de Virgilio, o la descripción dantesca del Infierno. Además, varios místicos hablan de los «abismos del alma». Aparte del psicoanálisis, en sentido estricto, existe una corriente psicológica denominada «psicología de las profundidades», representada por Jung y otros. Su principio fundamental afirma que el hombre debe ser tuerte y tomar conciencia de todos los aspectos inferiores y oscuros de su propio ser —los cuales constituyen su «sombra »— para incluirlos después en su personalidad consciente. Este reconocimiento y esta inclusión es al mismo tiempo un acto de humildad y de poder: aquel que dispone del poder necesario para tomar conciencia de los aspectos más bajos y sórdidos de su personalidad sin dejarse arrollar por ellos, lleva a cabo una verdadera conquista espiritual. Pero esto puede presentar algunos peligros. Me refiero a la apología del aprendiz de brujo con su admonición: es relativamente fácil conseguir que irrumpan las «aguas», pero después ¡es mucho más difícil llegar a ponerles freno y ordenar que se retiren!

A este respecto, es oportuno recordar lo que hace un valiente psicoterapeuta, Robert Desoille, creador del método del «réve éveillé». El se sirve también del «descenso», pero sobre todo de la «subida». Respecto del descenso Desoille afirma que hay que realizarlo con prudencia, «fraccionada- mente», es decir: comenzando por actualizar las realizaciones superiores y después, a medida que el sujeto se va reforzando, proceder a explorar cautamente la zona del inconsciente. Su objetivo es eliminar la disociación entre la conciencia y el inconsciente inferior, producto éste de la represión, de la condena por parte del consciente, del no querer admitir, por miedo o presunción, que en nosotros exista ese aspecto de muestra personalidad. Reprimirlo no sirve para nada: no sólo no lo elimina, sino que lo exaspera. Lo que debemos hacer es redimir esta parte inferior. «Reconocer» esta parte de nosotros no significa dejarse arrastrar por ella, sino disponerse a transformarla. El descenso de Cristo a los infiernos para redimir a sus habitantes posee este profundo significado.

3. El tercer grupo de símbolos, muy difuso, alude a la elevación, a la ascensión, a la conquista del «espacio interno» en sentido ascendente. Existen una serie de mundos internos cada uno de los cuales posee un carácter específico, y dentro de cada uno hay niveles superiores y niveles inferiores. Así pues, en el primero, el mundo de las pasiones y de los sentimientos, existe una gran distancia, un fuerte «desnivel», entre las pasiones ciegas y los sentimientos más elevados. Viene después el mundo de la inteligencia y de la mente, e incluso aquí existen también diferentes niveles: los de la mente con- creta y analítica y los de la razón superior y filosófica (nous). Están, además, el mundo de la imaginación, con su tipo inferior y su tipo superior; el mundo de la intuición; el mundo de la voluntad; y, todavía más «elevados», los mundos inefables que tan sólo pueden ser designados con el término de «mundos de la trascendencia».

El simbolismo de la elevación ha sido utilizado a lo largo de todos los tiempos. Todas las religiones han construido templos en lugares elevados, sobre las cimas de las montañas. En la antigüedad, muchos montes eran considerados sagrados. Además existen diversas leyendas, como la de Titurel que sube a la cima de la montaña y construye allí el Castillo del Santo Grial. El símbolo del cielo como zona superior, morada de los dioses y meta de las aspiraciones humanas, es universal.

A este respecto, resulta oportuno hacer una observación semántica: la diferencia entre la palabra «ascensión» y «aseesis». Se trata de dos palabras fonéticamente parecidas, pero con raíces distintas: «ascesis» proviene de aiskesis, que en griego quiere decir «ejercicio», «disciplina». En cambio, «ascensión» se deriva del latín ad scandere, que significa subir un peldaño después de otro. Pero estas dos palabras, además de ser afines fonéticamente, también lo son espiritualmente por cuanto que la ascensión es fruto y premio por la ascesis, entendiendo ésta no en el sentido de «ascetismo», sino en el sentido griego y psicagógico de «disciplina psicoespiritual».

4. El cuarto grupo de símbolos comprende todos aquellos que se refieren a la expansión o ampliación de la conciencia. Debemos tener en cuenta que, aunque algunos de estos símbolos puedan parecemos contradictorios, en realidad no lo son, sino que se complementan. Como, por ejemplo, el descenso a los infiernos, que no excluye la salida; y además es bueno —como ya hemos dicho— «salir» primero, para ser después capaces de descender sin peligro; además, para expandir la conciencia sin perderse en su vastedad, es necesario primero haber tomado una sólida posición en el centro del propio ser. Se podría decir que la posibilidad de expansión consciente se encuentra en relación directa con la potenciación del centro. Estas dos realizaciones no se excluyen entre sí, sino que se complementan.

El psiquiatra Urban habla del «espectro de la conciencia», v dice que tan sólo somos conscientes de una parte limitada —de forma similar al espectro visual, del cual percibimos sólo la zona que va del rojo al violeta— pero que, análogamente, hay zonas psicoespirituales correspondientes al infrarrojo y al ultravioleta. Nuestra conciencia puede expandirse y ampliarse, incluyendo zonas cada vez más vastas de impresiones v contenidos psicoespirituales. Esta expansión se produce esféricamente», en todas direcciones, tanto vertical como horizontalmente, y tanto del individuo, como del grupo, la sociedad, y toda la humanidad. Pero se trata de reconocerse en el todo, no de dispersarse en él. Leopardi y Carducci han simbolizado respectivamente estas dos posibilidades: en el «Infinito», Leopardi habla de «dispersarse en el todo», mientras que en su «Canto del amor», Carducci dice: «¿Soy yo quien abraza al cielo o es el universo el que dentro de sí me reabsorbe? «

Otra serie de símbolos de agrandamiento y de ampliación nacen de la raíz sánscrita mah, que significa «grande». De ella derivan magister (maestro), mago y mahatma. Se habla, generalmente, de «grandes» hombres, frente a los pequeños hombres «normales».

La expansión o la inclusión de otros seres en uno mismo está relacionada con el simbolismo del amor (Véase el décimo grupo de símbolos).

Otra dirección que puede tomar la expansión es la que tiene lugar en el tiempo. Por regla general, el hombre normal suele vivir en el presente, dominado y apresado por los intereses momentáneos. Pero es posible ampliar la conciencia hasta llegar a incluir ciclos cada vez más amplios, una «conti- nuum» temporal de múltiples dimensiones. Así es cómo puede llegarse a comprender que el significado y el valor de una vida humana no radica en algún momento específico y aislado, sino en un proceso que se desarrolla cuando menos entre el nacimiento y la muerte física.

Esta expansión en el tiempo, esta inclusión de unos ciclos cada vez más amplios, prepara el pasaje —también podríamos decir el «salto»— de lo temporal a lo eterno, entendido éste no como algo de duración ilimitada, sino como una dimensión extratemporal y trascendente, en la que nuestro Centro espiritual existe y permanece por sobre el fluir de la corriente temporal.

6. Llegamos ahora al quinto grupo de símbolos, entre los que se encuentran los más sugestivos y eficaces: los símbolos del despertar. El estado de conciencia del hombre normal puede ser calificado de estado de «ensoñación» en un mundo de ilusión: la ilusión de un mundo externo real tal y como lo perciben nuestros sentidos, mientras que no es sino un conjunto de ilusiones producidas por la imaginación, las emociones y los conceptos mentales. Respecto al mundo externo, la química y la física modernas han demostrado que todo aquello que ante nuestros sentidos parece concreto, estable e inerte es, por el contrario, un vertiginoso torbellino de elementos infinitesimales y de cargas energéticas dotadas de un potente dinamismo. Por ello la materia, tal como aparece ante nuestros sentidos y como era concebida por la filosofía materialista, no existe. De esta forma, la ciencia actual se va aproximando cada vez más al concepto fundamental de la India, a esa antiquísima visión espiritual según la cual todo lo que percibimos es maya, es decir: pura ilusión.

Vienen después las ilusiones emocionales y mentales, las cuales nos atañen más de cerca y condicionan nuestra vida, provocando continuos errores de valoración y de conducta, y sufrimientos de todo género. También en este campo la ciencia psicológica moderna se aproxima a las mismas conclusiones de la antigua sabiduría, que afirma que el hombre es presa de los «fantasmas» interiores, de los apegos y de los complejos. El hombre vive viendo toda cosa y todo ser a traes de un tupido velo coloreado y deformado por sus reacciones emotivas, por el efecto de traumas psíquicos del pasado, por las influencias exteriores, por las corrientes psíquicas de ¡as masas, etc. Todo ello ocasiona la deformación de su mente le modo que lo que él cree que es un pensar objetivo, está, por el contrario, influenciado por lo que Bacón llamaba «ídolos», por los preconceptos y por las sugestiones.

hacerlo, es preciso ante todo efectuar un acto de coraje y mirar cara a cara a la realidad; es preciso reconocer la multiplicidad psicológica que hay en todos nosotros, las diversas sub-personalidades que coexisten en nuestro ser a tal punto podría decirse que cada ser humano es un personaje pirandeliano. El primer paso para ello consiste en aceptar todo aquello que existe y se agita en nosotros. El segundo paso reside en descubrir lo que realmente somos: el Sí Mismo, el Yo espiritual, el Testigo de la tragicomedia humana.

La doctrina y la praxis del «despertar» tienen un origen muy remoto. En sus enseñanzas, Buddha insistió tanto en ello que incluso fue llamado el «Perfecto Despierto». Para favorecer este «despertar» se puede llevar a cabo un ejercicio espiritual sumamente eficaz: por la mañana, después de haber des- pertado normalmente de nuestro sueño al estado de vigilia habitual, debemos pasar de éste a un auténtico y verdadero despertar al mundo de la realidad espiritual. Esto se podría expresar en forma de ecuación: el sueño es a la vigilia ordinaria lo que ésta es a la vigilia espiritual.

6. El sexto grupo de símbolos se refiere a la luz, a la iluminación. Dado que en el despertar ordinario se pasa de las tinieblas de la noche a la luz del sol, el despertar de la conciencia espiritual recibe el nombre de «iluminación», puesto que consiste en el paso desde las tinieblas de la ilusión a la luz de la Realidad. El primer paso, que se corresponde con el primer grado del despertar, consiste en un simple (pero, no por ello fácil) ver claro en nosotros mismos. El segundo paso, que es otro efecto de la iluminación, es la posibilidad de solucionar problemas que parecían irresolubles, y ello mediante el instrumento específico de la visión espiritual: la intuición. (Intuir, tal y como ya he dicho antes, etimológicamente, significa «ver dentro», en profundidad, es decir: ver la realidad de las cosas). El conocimiento intuitivo viene así a substituir al conocimiento sensible, intelectual, lógico y racional o, en todo caso, lo complementa y trasciende. De hecho, la intuición conduce a desidentificarse de todo aquello que se ve y se contempla, así como al reconocimiento de la unidad intrínseca entre el objeto y el sujeto.

Pero la iluminación espiritual todavía es algo más: es una «fulguración», la percepción de la Luz inmanente al alma humana y a toda la creación. Existen numerosos testimonios, como por ejemplo, el de San Pablo en el camino de Damasco. En el Budismo, y en particular en el Zen, se intenta provocar mediante toda una serie de disciplinas específicas esta «iluminación» repentina, como revelación de la