Fernanda Aren [email protected] Patricia Somoza [email protected] Teresita Vernino [email protected] Facultad de Ciencias Sociales Universidad de Buenos Aires
Ciudad Autónoma de Buenos Aires – ARGENTINA
Resumen
Nuestro trabajo se propone reflexionar sobre una secuencia de lectura y escritura llevada a cabo en el Taller de Expresión I, materia de primer año de la carrera de Ciencias de la Comunicación de la Facultad de Ciencias Sociales (Universidad de Buenos Aires).
Como actividad inicial pedimos a los alumnos la escritura de una autobiografía, género trabajado a partir de la lectura y el análisis de autobiografías de escritores argentinos contemporáneos. La actividad busca indagar en las representaciones que los estudiantes tienen sobre los procesos de lectura y escritura, sobre el género y sobre sí mismos.
La teoría que subyace a esta propuesta concibe a la autobiografía como una re-presentación, esto es, un volver a contar, ya que la vida es siempre relato y no depende de los sucesos sino de la articulación de esos sucesos (Molloy, 1996).
No es tarea fácil para nuestros alumnos la rememoración de una “vida” de la que necesariamente deben tomar distancia; muchas veces se impone en sus producciones más preocupación por el carácter referencial que por la conciencia de qué imagen de sí se desea proyectar y por cómo convertir en trama los hechos heterogéneos (cfr. Ricoeur, 1995).En esta oportunidad decidimos poner a prueba otra consigna de escritura que parte de la lectura de pequeños relatos autobiográficos, especies de instantáneas de recuerdos, cuyo rasgo esencial, en contraposición con el de las autobiografías más canónicas, es la fragmentariedad. La nueva actividad pretende acercarse a una modalidad de escritura y lectura vinculada a la web 2.0 que los alumnos frecuentan. Proponemos escribir cinco o siete instantáneas que tracen el recorrido de la propia vida, una sucesión de momentos congelados que obligue al lector a buscar conexiones para armar una narración autobiográfica. ¿Habilita este procedimiento la configuración de un relato? ¿Qué características tendrá? ¿Será posible identificar sentidos, una figura, un recorrido?
Aren, F.; Somoza, P.; Vernino, T. / Relatos del yo: búsqueda de sentidos en la fragmentariedad
Introducción
Desde los primeros años de conformación de la cátedra de Taller de Expresión I de la carrera de Ciencias de la Comunicación (Universidad de Buenos Aires), más de veinticinco años atrás, encomendamos a los alumnos, como primera consigna de escritura, una autobiografía. Partimos para eso de la lectura y el análisis de autobiografías de escritores argentinos contemporáneos. Suerte de diagnóstico, es también una escritura comprometida que pretende poner en juego diversos recursos para organizar y textualizar la propia experiencia, y una conjunción de concepciones sobre los procesos de lectura y escritura. En relación con la escritura, por un lado, al trabajar desde un género acercamos a los alumnos a una práctica sujeta a convenciones socialmente compartidas; por el otro, al pautar la consigna a través de una serie de pasos consecutivos (elaboración de notas, planes, esquemas, borradores, rememoración de lo sabido, identificación del problema retórico a resolver) atendemos al carácter recursivo y epistémico de la escritura. Respecto de la lectura, los confrontamos con distintos “modelos” del género discursivo y con diferentes saberes teóricos sobre él. Por último, esta práctica de escritura-lectura comprende una primera aproximación a la narración referencial-narración ficcional: una re-presentación, al decir de Molloy (1996), un volver a contar, dado que la vida es siempre necesariamente relato y no depende de los sucesos sino de la articulación de esos sucesos.
No es tarea fácil para nuestros alumnos la rememoración de una “vida” de la que necesariamente deben tomar distancia; muchas veces se impone en su producción una mayor preocupación por el carácter referencial que por la conciencia de qué imagen se desea proyectar al destinatario y por cómo se convierten en trama los hechos heterogéneos (Ricoeur, 1995). Configurar narrativamente los hechos de la propia vida es una dificultad recurrente. Como señalan Lotito y Pampillo (2002), en muchas de las autobiografías predomina la enumeración y esta, a su vez, responde a un “criterio cronológico bastante estricto: los hechos se ordenan uno después de otro, rara vez a causa de otro”, es decir, el orden temporal homogeiniza los hechos narrados; no se aprovecha la aparición de sucesos imprevistos, acontecimientos que puedan producir cambios y, en consecuencia, no se advierte una consideración del lector. Muchos otros alumnos, en cambio, sí consiguen configurar una trama narrativa, donde se puede reconocer a la vez “lasucesión temporal de los hechos y la conciencia del tiempo de un sujeto que narra, en la que presente, memoria del pasado y espera del futuro hacen síntesis”(Lotito y Pampillo, 2002). Entre las formas a las que estos estudiantes recurren para contar sus vidas reparamos, en particular, en la inversión y alteración cronológica de los acontecimientos elegidos, en una marcada exageración en la arbitrariedad al seleccionar los hechos y en el empleo de la elipsis. De alguna manera el “experimento” con las “instantáneas”, a las que nos referiremos a continuación, tiene en cuenta estos recursos en tanto procura alentar su uso.
Un género ad hoc: las instantáneas
En el trabajo con la autobiografía, en consonancia con los modelos elegidos, siempre habíamos tendido hacia la construcción de un relato, una suerte de reconstrucción de la historia personal que construyera una trama, que sedimentara en un pasado que de algún modo explicara el presente.
Pero la lectura de La intimidad como espectáculo, de Paula Sibilia, nos abrió nuevas perspectivas sobre los relatos autobiográficos. Sibilia registra cambios en las narrativas de sí vinculados a los cambios en la construcción de la subjetividad, que de interiorizada ha pasado a exteriorizarse, y en los que las nuevas tecnologías juegan un papel importante. El cultivo de la interioridad psicológica ha perdido peso a la hora de definirse; el pasado ha relegado su poder explicativo; la duración cede lugar al instante. Las narrativas de sí están ahora inspiradas en los códigos audiovisuales e informáticos. Los géneros confesionales de Internet, que las modulan, son prolijas colecciones de presentes ordenados cronológicamente, muy alejadas de los diarios íntimos del siglo XIX y la primera mitad del XX, en los que la propia mirada se volvía hacia adentro y hacia atrás buscando (re)construir una ambiciosa totalidad a partir de los infinitos escombros del tiempo perdido. “Sigmund Freud […] recurrió a dos bellas metáforas para ejemplificar las diversas maneras de practicar esa búsqueda arqueológica en los laberintos de la mente: Roma Pompeya”, dice Sibilia (2012: 135). Estamos en la temporalidad de Pompeya, señala, entonces, la autora, retomando la metáfora de las dos ciudades para dar cuenta de uno de los modos de inscripción de los recuerdos en el aparato psíquico. En oposición a la temporalidad de Roma, que representa una infinidad de ruinas y una multiplicidad de capas, Pompeya se manifiesta como ciudad petrificada, instantánea eternizada, preservación intacta de una imagen, bloque de espacio-tiempo congelado, totalidad preservada en un momento singular.
Aren, F.; Somoza, P.; Vernino, T. / Relatos del yo: búsqueda de sentidos en la fragmentariedad
La lectura de Sibilia nos llevó a considerar las prácticas de lectura y escritura que los alumnos frecuentan. Nos preguntamos entonces por qué no proponer un texto autobiográfico compuesto por una sucesión de instantáneas, una sucesión de Pompeyas, de posts como momentos congelados de una vida. ¿Podría, en esa sucesión, componerse un recorrido, alguna coherencia? Nos interesaba indagar en el posible poder epistémico de estos textos, en la posibilidad de reflexionar y construir un conocimiento sobre sí mismos. ¿Operaría de algún modo la selección de esos instantes –en lugar de la pura sucesión de un blog confesional- en la construcción de sentidos, figuras, tramas? Estos interrogantes eran los que estaban en la base de nuestraindagación. El análisis de las producciones de los alumnos nos llevaría a plantearnos nuevas preguntas.
Hacia la escritura de la serie autobiográfica
La implementación de la consigna supuso varios pasos. Comenzamos por presentar un conjunto de propuestas de escritura acompañadas de lecturas que funcionan como modelos o repertorios de estrategias y procedimientos productivos a la hora de componer un escrito. Así, al tiempo que los alumnos registraban sus recuerdos y escribían un breve texto a partir de una palabra dada (por ejemplo, pileta, patio, hamaca, terraza), leímos a autoras como Silvia Molloy y Alicia Steimberg, que trabajan con el recuerdo, con escenas de infancia recordadas por el adulto en la escritura. Los textos de Molloy resultaron fructíferos para decidir qué contar, qué situación elegir a fin de condensar una serie de sentidos asociados. En la misma línea, se analizaron también ciertos recursos (inclusión de voces, dubitación, elección de qué dejar elidido, etc.) que luego se pusieron en juego en el texto propio. Otra propuesta de escritura consistió en la descripción de una foto (real o imaginaria) de algún momento de la infancia que sirviera para darse a conocer a los demás. Más que una descripción objetiva de la foto, nos interesaba una ejercitación de la mirada atenta al detalle que puede condensar sentidos, una mirada también atenta a aquello que quedó fuera de los límites de la fotografía, es decir, una mirada que puede hipotetizar. Para cerrar esta secuencia, finalmente, a partir de la lectura teórica de un capítulo de Paula Sibilia (2012), “Yo actual y la subjetividad instantánea”, ofrecimos a los alumnos un repertorio de metáforas del cine y de la fotografía. Por ejemplo, hacer un rápido travelling de un acontecimiento o de un paisaje, aplicar zoom sobre un detalle, realizar un flashback, un close up sobre un rostro o un objeto, los cortes abruptos en ciertas secuencias, entre otros. En forma simultánea, leímos y analizamos modelos de este “género” que nosotros “leemos” como instantáneas: Silvia Molloy (en Varia imaginación, 2003), Alicia Steimberg (en Músicos y relojeros, 2008), Laura Meradi (en Tu mano izquierda, 2009), Edgardo Cozarinsky (en Buenos Aires. La ciudad como un plano, 2010), Inés Acevedo (en Una idea genial, 2010), entre otros. Cabe aclarar que las instantáneas no constituyen un género en sí mismo; es nuestra lectura la que lo postula.
Tanto en las lecturas como en las producciones atendimos especialmente a los siguientes aspectos: qué se elige contar, cómo eso que se cuenta posibilita singularizar al narrador/autor; cómo avanza la información en cada texto, por ejemplo, por asociaciones (o links, para emplear un término caro a las nuevas tecnologías), por analogías o paralelismos. Otros aspectos en los que pusimos especial atención fueron los inicios y finales, la descripción de un espacio “amueblado”. Tal como señala Eco (1987), “lo primero que hace falta es construirse un mundo lo más amueblado posible, hasta los últimos detalles” (27). También enfatizamos la necesidad de que el personaje fuera construido a través de sus acciones y el rescate del detalle como catalizador de sentidos varios. Reflexionamos, además, acerca del empleo del lenguaje, ese intento por buscar expresiones que resulten novedosas para el lector, que promuevan en él nuevos sentidos, que lo lleven a establecer nuevas asociaciones. Los textos modélicos elegidos tienen cada uno un punto de partida diferente; recortan, a veces, una escena infantil habitual, recordada por el adulto; una sensación o estado de ánimo; un recuerdo que se densifica por medio de asociaciones; una serie de recuerdos que el lector puede relacionar entre sí a partir de ciertos indicios; una escena congelada, como una foto, recuerdos incompletos de una situación. En la lectura de estos modelos no resignamos la búsqueda de un sentido que trascienda la anécdota que se narra en cada uno de ellos. Este sentido no está explicitado ni explicado en el texto. Justamente es el lector el que, a partir de indicios, lo construirá con su lectura e interpretación.
Luego de estas actividades propusimos la consigna final: escribir una serie de instantáneas que armaran un relato autobiográfico; el texto debía conformarse a partir de cinco a siete fragmentos de recuerdos, escenas o descripciones de imágenes significativas. En algunas comisiones el disparador podía ser una palabra, una foto, o también una frase, una canción, una lectura. Uno de los textos tenía que remitir a un momento más actual, no de la infancia. Cada texto no podía superar las 15 líneas. En otras la consigna
Aren, F.; Somoza, P.; Vernino, T. / Relatos del yo: búsqueda de sentidos en la fragmentariedad
requería que los alumnos partieran de hechos nucleares, llamativos, significativos de su vida, y que no necesariamente fueran dispuestos de forma cronológica. Se recomendó que no respondieran a un tema o acontecimiento reiterado, sino que se diferenciaran entre sí. Finalmente debían tenerse en cuenta los recursos indagados en los modelos y procedimientos de la narratología en relación con el tiempo, el narrador y la focalización.
Análisis de las series autobiográficas El uso de la segunda persona
Varios fueron los recursos identificados en los modelos de lectura tomados por los alumnos. Se destaca, en especial, el uso de la segunda persona, predominante en la narración de Meradi. No obstante, su empleo asumió diversas modalidades en el corpus analizado. En algunos de los textos su sostenimiento abarca todos los fragmentos de instantáneas; en otros, en cambio, se lo incluye solo en alguno de los fragmentos. Obviamente, en el primer caso su uso es un recurso que integra y homogeiniza las distintas instantáneas. Pero más allá de este aprovechamiento que algunos alumnos lograron hacer se destacan dos funciones diferenciadas. En algunos textos la segunda persona refiere a un destinatario distinto del yo que narra, mientras que en otros el destinatario es el yo que se desdobla.
En la siguiente instantánea la segunda persona refiere a la primera función:
Ella te pedía ayuda y vos te preparabas para salir a trabajar […] Estaba nerviosa porque siempre pasaba lo mismo. Hasta que estalló todo, tu hijo corrió sin cesar hasta la habitación y se tapó los oídos para no escuchar los gritos […] pensó que era el fin del mundo hasta que abrió la puerta y la calma cesó. Vos ya no estabas más.
La segunda persona en consecuencia está destinada a un padre, protagonista de una pelea familiar, de tal modo que el yo que escribe se refiere a sí mismo a través de una tercera persona.Otra alumna destina la segunda persona a una madre pero el yo que escribe se constituye a sí mismo en primera persona:
No eran buenos los resultados que fuiste a buscar. Me lo explicaste como pudiste. Mi abuelo se despediría en poco tiempo. Yo te abracé como quien abraza a una niña desconsolada. Los roles se invirtieron y por un rato tú fuiste niña de nuevo y yo fui adulta.
La otra función que se le hace desempeñar a la segunda persona en muchos de los textos revisados es la de permitir el desdoblamiento entre un yo que narra, que desde el presente de enunciación marca la angustia, ingenuidad o inocencia, y un yo narrado, que se hace cargo de mostrar, en términos generales, el desvalimiento de la infancia, más cercano a lo identificado en uno de los textos modelo.
Todos los martes y jueves después de la escuela te bañabas, te vestías con polleras largas e ibas a la congregación […] Vos solo debías rezar, predicar la verdad y seguir las reglas para salvar tu alma del fin del mundo […] Tenías mucho miedo de hacer algo malo, de Dios, del diablo, […] y principalmente de fallarle a tu papá.
El uso del zoom como metáfora
Como se señaló más arriba, ofrecimos a los alumnos un conjunto de metáforas provenientes del cine y de la fotografía. Una de esas metáforas es la del zoom, esto es, la posibilidad de concentrarse en un detalle que condense sentidos. Así, por ejemplo, un alumno se detiene en los detalles de distintos fragmentos de su serie, que está organizada en torno a la familia:
Era hermoso. Todo de madera, con un cajoncito y una franja roja arriba. Y ahora teníamos dos: uno para mí y otro para Ignacio. Aunque el mío no parecía nuevo. En la parte donde se dibujaba tenía pegadas unas pegatinas, o la pegatina de esas pegatinas porque antes era de mi primo, y cuando me lo dieron a mí intentaron sacárselas, y quedaron esas manchitas negras.
La descripción sensible de la cajita de dibujo, a la vez que demora el relato de un pasatiempo de dos hermanos a la espera del nacimiento de un tercero, también es la mirada del narrador sobre su mundo, lo que a su vez lo singulariza.
Aren, F.; Somoza, P.; Vernino, T. / Relatos del yo: búsqueda de sentidos en la fragmentariedad
Este frasco de mermelada sigue siendo como el que vaciaba mamá todas las semanas para hacernos las tostadas cuando íbamos a la primaria. Igualito, todo recto y liso en el centro y la base y la boca un poco más ancho.
Ubicado también en el comienzo del fragmento, este zoom aplicado al frasco permite que se convierta en una suerte de sinécdoque de la rutina de los desayunos en familia.
Más adelante, en la narración de un partido de fútbol, el relato se detiene, no, como podría esperarse, en alguna jugada decisiva sino en un detalle singular: una piedrita:
Era una piedrita rara, no era gris como todas las demás; era marrón. Y cuando la pelota le pegó, salió volando en la dirección contraria. Ganamos el partido. Empezaron los insultos […] Uno de ellos agarró la piedrita y me la tiró. Yo me quedé quieto. Si tengo que ser específico, tardó más de dos minutos en el aire antes de que llegara a pegarme en la cara. La veía viniendo hacia mí, girando lentamente sobre su eje, y no sabía qué hacer, estaba como paralizado.
Esa piedrita voladora detenida en el aire, cuyo desplazamiento es descripto en cámara lenta, condensa el momento de quiebre del relato, la bisagra; a partir de ahí, se desencadena el final del juego (y del fragmento): “¡Corré que nos matan!”.
Otros textos también ostentan esta fruición por el detalle, tal como sucede en el último fragmento de una serie que da unidad a sus partes porque hay un relato con conflicto y tensión. Después de narrar la enfermedad de su abuelo, la autora/narradora cierra la serie con la despedida: “Había compañeros del abuelo. Todos de azul. Se sacaban la gorrita cuando entraban. Me es imposible aún hoy ver a un trabajador del Correo sin pensar en él”. La gorrita, parte fundamental del uniforme de los trabajadores del Correo, contribuye a conformar el sentido de pertenencia a un colectivo y, además, a reconocer en ella al abuelo perdido, como si esa gorrita fueran todos y uno al mismo tiempo.
Muy ligada a la concentración en el detalle, la descripción detenida de lugares o personas permite, en términos de Flannery O’Connor, darle cuerpo y espacialidad a los personajes. Señala la escritora estadounidense (1989, citado en Brizuela, 1993: 205), “… para el escritor de ficciones, el acto de juzgar comienza en los detalles que ve, y en el modo en que los ve”. En el comienzo de otra serie, leemos:
Yo veía un castillo, mi primo veía un palacio. Recuerdo bien los oscuros pasillos, llenos de retratos, pinturas y una que otra insignia, las paredes eran blancas aunque mis ojos insistían en verlas grises […] El jardín de atrás no era más amigable, le hicieron paredes de roca para retener la tierra roja que bajaba