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CAPÍTULO 3. Garantía de la calidad

4.4 Riesgos del proceso de acreditación

Cabe destacar que hay algunos riesgos dentro de los procesos de acreditación. Por ello es muy importante que estos no se reduzcan a controlar simplemente, ni supongan la supresión de la autonomía y de la libertad intelectual, sino que sean un

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instrumento para elevar la conciencia de los problemas, para potenciar los sentidos de los fenómenos y para proyectar nuevas posibilidades de construcción colectiva (Días Sobrinho, 2002).

No es una tarea sencilla encontrar los indicadores correctos para la medición y evaluación de la calidad. Muchas características de la calidad no son susceptibles de ser medidas y deben calcularse por medio de variables sustitutivas. Generalmente no se pueden conseguir datos sobre los resultados de aprendizaje del alumno. Las estadísticas de inserción laboral y la información sobre la utilidad social son difíciles de obtener y comparar con los resultados de aprendizaje establecidos. Surgen problemas similares con la investigación, otras actividades académicas y la participación en la comunidad.

La parte de autoevaluación del proceso de acreditación podría estar sesgada y ser poco crítica en un mundo competitivo. En estas circunstancias, puede resultar injusto vincular la acreditación al otorgamiento de recursos financieros.

Cualquier proceso de acreditación requiere de recursos humanos y financieros adecuados. Estos recursos también se deberían dedicar a promover la formación de evaluadores para que las prácticas de evaluación externa sean ética y técnicamente adecuadas y coherentes con los proyectos estratégicos, misiones y objetivos de las instituciones evaluadas. La selección de expertos externos para la evaluación podría ser manipulada por las instituciones para conseguir la acreditación. Esto daría pie a prácticas fraudulentas. En algunos países, sale más rentable “comprar” una decisión sobre la acreditación que someterse a un proceso considerado tedioso y a veces burocrático.

4.5 Conclusiones

Hay muchos académicos que alertan sobre las posibles agendas ocultas que puede haber detrás de la acreditación. En este sentido Lee Harvey (2004) señalaba que la acreditación no es ni neutral ni benévola; no es apolítica. Más bien al contrario, el camino hacia la acreditación es marcadamente político y se trata sobre todo de un cambio de poder, pero un cambio oculto detrás de una nueva ideología de gestión pública bajo el mandato de la demanda consumista y la conformidad europea. A esta teoría contribuye el comprobar que la mayoría de sistemas y procesos de

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acreditación los ponen en marcha los gobiernos y grupos de interés tal como lo ilustra el caso de estudio presentado en este capítulo.

Nunca se debería perder de vista que uno de los motivos principales para promocionar la acreditación es garantizar que las instituciones de educación superior promueven, mejoran y salvaguardan los propios estándares, de acuerdo con el estado del conocimiento y los valores del compromiso social, es decir que contribuye a la emancipación de los individuos y de las sociedades. Uno de los grandes retos de la acreditación es superar el estigma de un proceso que está al servicio del mercado, de ser así no puede garantizar la confianza pública en la calidad de las instituciones y los programas, y se convierte en un ejercicio inútil.

Por ello es importante que los sistemas acreditación se construyan sobre criterios básicos de buena práctica. En su creación se deberían cuestionar todas las dimensiones institucionales y contar con una amplia participación en el diseño de los procesos. Deben ser valorados los procesos formativos y los enfoques cualitativos, la comprensión de las causalidades, de las condiciones de producción y de los contextos, los impactos y efectos económicos, sociales, culturales, políticos, no solamente los productos y resultados cuantificables. Se debe valorar la solidaridad y la cooperación intra e interinstitucional más que la competitividad y se debe poner en cuestión la responsabilidad social y los compromisos públicos de las instituciones educativas.

Los procesos de evaluación externa y acreditación deben ser factores de integración y cooperación técnica y académica entre instituciones, organismos y gobiernos. Bajo ninguna circunstancia la acreditación puede desplazar la autonomía desde las universidades hacia los organismos acreditadores. Por ello, los gobiernos deberían compartir la responsabilidad de la acreditación con entidades voluntarias y privadas, sin interferir en los temas académicos y, al mismo tiempo, debería supervisar los aspectos reguladores.

El caso de estudio documentado en este capítulo es un ejemplo de que, como en muchas otras áreas de la educación superior, en el terreno de la acreditación tenemos que pensar de manera global pero actuar en ámbitos locales. Una concepción global debería fundamentar y conferir cohesión a los distintos instrumentos y procesos, proporcionando una articulación y una ampliación de

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ámbitos, objetivos, procedimientos, instrumentos y actores. Esto permitiría considerar adecuadamente las características particulares institucionales, nacionales y regionales a la hora de diseñar el tipo de acreditación y los criterios.

Finalmente, no hay que olvidar que la evaluación debe ser permanentemente evaluada, para cumplir con la finalidad de la mejora continua. Pero este precepto no sólo se debe aplicar a las instituciones de educación superior. En la acreditación es vital supervisar el funcionamiento de las agencias de acreditación. La rendición de cuentas de las agencias de acreditación no es una asunto menor, ya hay voces que alertan sobre que así como hay “universidades falsas” también algunas organizaciones que dicen acreditar resultan ser falsas. Algunos expertos se preguntan al respecto y con razón ¿quién vigilará a los guardianes? Por eso la insistencia en el diseño de un código de buena práctica para las agencias de acreditación.

En la realidad no garantizar la transparencia y la rendición de cuentas de las agencias de acreditación puede hacer más daño a la acreditación que el que algunos la consideren producto de la ideología dominante. La acreditación, correctamente utilizada, es un mecanismo válido y efectivo para garantizar la calidad y la pertinencia de la educación superior.

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CAPÍTULO 5. Sistema universitario del Estado