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CAPÍTULO V EL DISCURSO SHAKESPERIANO EN TITO ANDRÓNICO , NOCHE DE REYES , HAMLET Y MACBETH

V.2 Noche de Reyes

V.4.3 El rol de la autoridad patriarcal

La distinción humana básica en el orden social ha girado tradicionalmente en torno del género. El sexo de nacimiento determina el papel que un ser humano tiene en la sociedad, en su contexto cultural e incluso en la estructura de la vida cotidiana. La realidad biológica de que sólo las mujeres pueden dar a luz y no los hombres propicia la conciencia habitual de dos clases de sexo. Sin embargo, el patriarcado, la supremacía del hombre, se fue construyendo forzosamente mientras el rol femenino se rotuló como impotente, marginal y sometido a la voluntad masculina. Además, el mito de la creación en Occidente no sólo celebra la dominación masculina sobre el mundo natural sino que también justifica el abuso de las mujeres. Cuando desde el discurso

religioso se declara que Dios hizo a las mujeres subordinadas a los hombres al dotarlos a éstos de razón, lógica e intelecto, se está jerarquizando un género en desmedro del otro.

En este contexto, la corporeidad identitaria femenina subvierte el orden y la racionalidad con su emocionalidad, pasión y debilidad. Estos principios de género están respaldados no sólo por la religión, sino también por el estado y han provocado una dicotomía entre los sexos, una batalla entre las dos esferas que se posicionan como opuestas, cuando en realidad debió bregarse por la armonización de lo masculino y lo femenino como un todo orgánico.

Aunque la dicotomía masculino/femenino es evidente en todas las categorías de la existencia social, el canon shakesperiano manifiesta una conciencia excepcional de esta división y sus implicancias. Para la crítica feminista Juliet Dusinberre (1975) las obras de Shakespeare son particularmente ejemplificadoras, porque él presenta la dualidad femenino/masculino como equiparada en un mundo que ya las ha establecido como un sistema inequitativo (Dusinberre 308). Aunque, al decir de esta autora, algunas feministas no acuerdan con la forma en que Shakespeare explora el patriarcado, no se pueden ignorar los planteos surgidos de la reflexión acerca de sus obras, que refieren a las cualidades morales inherentes a cada sexo en una época en que lo masculino/femenino adquirió una vasta discrepancia social y política. Los cuestionamientos son resueltos en broma en las comedias o expuestos brutalmente en las tragedias.

Todas las obras de Shakespeare exploran simbólicamente los conflictos entre hombre y mujer, control y emoción, sociedad y ser individual (Novy 3). Sin embargo, en Macbeth el autor no sólo refleja la necesidad de la mujer de trascender las limitaciones sociales, sino que explora profundamente los peligros inherentes a una visión del mundo que prescribe la devaluación extrema y la expulsión de lo femenino para mantener el poder masculino y su dominación.

Macbeth se centra en un mundo masculino que metafórica y literalmente refleja la miserable alienación de hombres y mujeres cuando el miedo a lo femenino conduce al desorden caótico y a la muerte del alma (Rogers 1).

Para entender el mundo sobre el que Shakespeare escribió, discutiré brevemente la dicotomía hombre/mujer en el Renacimiento. Las distinciones de género se pueden rastrear a lo largo de la historia de Occidente, pero fue con la nueva concepción de la familia durante el siglo XVI que el patriarcado cobró una fuerza y un impulso especiales. La separación cada vez más

acentuada entre lo femenino y lo masculino se institucionalizó a través de la Iglesia y el Estado. Lawrence Stone (1977) describe cómo se efectiviza el cambio de una ―Open Lineage Family‖ a una ―Restricted Patriarcal Nuclear Family‖. La familia patriarcal como núcleo surge alrededor de 1530 y sufre un proceso de cambio. Esta transición conceptual subvierte la primigenia lealtad hacia los familiares, el linaje y la comunidad local y se trastoca así el concepto con una acepción más amplia que involucra a la Iglesia y al Estado (Williams 151-173). A medida que se afianza esta última acepción de lealtad y familia, sus límites se vuelven más definidos. La unidad familiar se convierte en una institución y es la metáfora central para el concepto renacentista de orden del Estado, porque la desvalorización de las lealtades basadas en el parentesco trae aparejadas obligaciones patrióticas y obediencia al soberano. Para la Iglesia, los valores cristianos se cultivan dentro del hogar y son santificados por el matrimonio (Williams 123). El microcosmos de una unidad social más endogámica, con una cabeza de familia masculina, es similar a la idea protestante que impulsa la cristianización de la sociedad y la expansión política del estado-nación burocrático. La noción de familia patriarcal como núcleo se convirtió así en el principal instrumento para la centralización de la autoridad dentro de estos grupos de poder (Williams 132). Un hombre, su esposa y sus hijos se convirtieron en el fundamento básico de la sociedad y aseguraron el orden correcto y moral que esta unidad trajo aparejado. Esta transformación condujo al fin de launidad de Iglesia y Estado en momentos de intensos cambios y sensibilidades solapadas.

Como institución que configura el orden renacentista, la familia y las distinciones de género que en su interior se gestan cobran importancia en la exploración que realiza Shakespeare de las ironías y paradojas inherentes a un sistema que declara valorar al marido y a la mujer como una unidad cooperativa, pero que fomenta el sometimiento de la mujer al hombre, aunque aparentemente se planteara una relación más orgánica entre ellos. Las mujeres eran cada vez más importantes en el Renacimiento como miembros activos de la organización familiar; sin embargo, las presiones externas, relacionadas con un ordenamiento moral familiar adecuado, crearon paradojas complejas en términos de distinciones de género. Mientras que la mayor atención a la familia durante el Renacimiento gestó el concepto del matrimonio ideal basado en el compañerismo, las apreciaciones de género siguieron reforzando el patriarcado dentro de la estructura familiar. Más aún, se fortaleció el poder masculino sobre toda la familia hasta el punto

de que el hombre se convirtió en un ―pequeño tirano legalizado dentro de la casa‖ (Perkins 151- 153).

En el mundo ficticio de Macbeth, Shakespeare toma las características de la división de género, de acuerdo con los ideales hipócritas de su sociedad, y los compara con un orden social de ficción, basado en la violenta dominación masculina y la erradicación de lo femenino. En esta obra el cosmos está dominado por lo masculino: dentro de él no pueden existir los elementos compasivos y vivificantes de lo femenino. De hecho, ser ―nacido de mujer‖ es ser mortal en un mundo donde los héroes, cansados de la guerra, no pueden darse el lujo de ser conscientes de su mortalidad (Gohlke 157-8). La obra comienza con la descripción de una batalla tras otra, en las que había espadas ―smoked with bloody executions‖ (I. ii. 17) y los hombres eran ―unseamed... from the nave to th‘ chops‖ (I. ii. 22): en suma, una existencia infernal que se mantiene hasta la escena final de la obra.

Me pregunto a qué precio, en este mundo ficticio, opresivo y oscuro, hombres y mujeres deben negar cualquier conexión con la esfera femenina con el sólo propósito de sobrevivir. El punto crucial de la ironía que Shakespeare desarrolla en Macbeth es la eliminación de los principios femeninos, traducida luego en la pérdida de las características tradicionalmente masculinas del honor y la confianza. Al igual que el fin paradójico de la familia del Renacimiento entre la reciprocidad y el patriarcado, en el microcosmos de Macbeth, el orden se apoya en una base precaria, compuesta de honor y lealtad heroica, que exige una conexión emocional con el rey y el país, y una sedienta frialdad y auto-negación de lo femenino. Pero esta institución se derrumba cuando Macbeth asesina a su rey.

Por otra parte, Duncan es un líder benévolo que promete: ―I have begun to plant thee, and will labor / To make thee full of growing […]‖ (I. iv. 28-29) por su papel en la protección de los invasores fuera de Escocia, y el propio Macbeth se refiere a él como un líder ejemplar:

[… ] Besides, this Duncan

Hath borne his faculties so meek, hath been So clear in his great office, that his virtues Will plead like angels, trumpet-tongu´d, against The deep damnation of his taking-off. (I.vii.15-20)

Duncan representa simbólicamente la fusión exitosa de los principios de los géneros masculino y femenino, pero esta reciprocidad no puede existir dentro del patriarcado. En un mundo en el que la supremacía masculina está protegida por la fuerza bruta, no pueden sobrevivir ni el honor, ni la compasión y la confianza.

Finalmente, se genera una definición de la masculinidad a partir de la oposición a lo esencialmente femenino, constructo binario que conduce al vacío y a la alienación. Macbeth asesina a Duncan para definirse a sí mismo como hombre; sin embargo al hacerlo niega también una parte vital de sí y, en consecuencia, debe sufrir los efectos de ese acto. Sin sus compañeros de vida, sus amigos y colegas, Macbeth enfrenta trágicamente su muerte, solo y despojado. En un mundo sostenido únicamente por el patriarcado, cualquier idea de mutualidad debe dejarse de lado para que el sistema sobreviva (Francés 243). Por lo tanto, el orden ideal de los principios de género en la Inglaterra de Shakespeare está destinado a fracasar. Independientemente de si él era consciente o no de los peligros del patriarcado, Macbeth anticipa el caos y el desorden que finalmente emergen y que se evidencian en las tensiones entre la reciprocidad y el aumento de la subyugación femenina llevada al extremo. La mutualidad es la respuesta a la familia y a la crisis de identidad de la sociedad; pero mientras las nociones de género masculino y femenino no fueron consideradas beneficiosas para la sociedad renacentista, una auténtica subjetividad, sea femenina o masculina, nunca llegó a ser una realidad en la época isabelina.

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