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1 Romántico lenguaje político

CAPÍTULO SEGUNDO

PRIMERA ETAPA

I. 1 Romántico lenguaje político

A partir del liberalismo afrancesado conservador, influido por el romanticismo, el lenguaje político de La Época fue soltando ideas referidas a la democracia, la libertad, la opinión pública, la propiedad privada, las costumbres, las mujeres y los indígenas.

Si bien se abogaba por una asociación en un régimen democrático y con opinión pública, sin embargo éstas tenían sus límites. Desde el prospecto se alertaba contra los excesos de la opinión pública en democracia: “(...) serviremos al gobierno reprimiendo el ecseso en las ideas, cuya ecsajeracion al fin llega a constituir en principio el desorden y la revolucion, precursores de la tiranía y el despotismo (...)”. En otro texto dice: “Pero mientras el equilibrio está perdido y gobierna el principio democrático puro, obedezcamos”18; es decir, la “democracia pura” lleva a la anarquía.

En esta su primera etapa, La Época no era proclive a un gobierno del pueblo, lo que entra en contradicción con los principios de la revolución francesa tan exaltados en el mismo diario. Utilizó la palabra “populacho” en un sentido despectivo, el pueblo inculto al cual hay que civilizar, y para cuya tarea el periódico debió cumplir una función importante. Se trataba sobre todo de formar la opinión pública, en un país que acababa de ingresa en una “nueva época”.

Ahora bien, si La Época apoyaba al régimen de Ballivián, entonces ¿qué tipo de opinión pública formaría? ¿El mentado interés general coincidiría con el interés gubernamental? Por supuesto, esta encrucijada tiene que ver con la esencia misma del liberalismo, aunque en este caso aparece en un entorno político muy determinado. Esto se lo debe comprender en la situación del momento, con sectores opositores a Ballivián que nunca dejaron de conspirar en contra del Gobierno ya sea abierta o solapadamente. De esta manera, la posición ideológica del periódico se ajusta a las necesidades discursivas que el entorno exigía, y de ahí también provienen sus contradicciones.

Paralelamente a la formación de opinión pública, La Época también se había empeñado en otro propósito quizá más difícil: El cambio de costumbres o la “moralización de costumbres” en la sociedad, lo que significaba la superación de la colonia y la instauración del régimen civilizado liberal:

El espíritu innovador y rejenerador de la revolucion, que en realidad ha cambiado las superficies de nuestras sociedades, y le ha impreso ese carácter de cultura, elegancia y urbanidad que las asimila á las demas

naciones civilizadas, no ha profundizado aun hasta las masas, á pesar de los 30 años que ha las remueve y procura modificarlas, resistiendo esta con tenaz apego la abdicacion de esos groseros hábitos, arraigados por la ignorancia y superstición, que fomenta la codicia y la barbarie colonial (...).19

Para este fin, era clave la función del medio de comunicación impreso. “La planteacion de un diario en un pueblo que nunca lo tuvo, importa una verdadera revolución en sus habitos de vida, en sus ocupaciones diarias, en sus medios de comunicacion, en sus gustos e ideas. Recuérdese sino lo que era Santiago antes de la creación de El Progreso, y lo que es ahora, cuando ya existen otros diarios. De la fisonomía colonial de una ciudad sin periódicos, pasa visiblemente a tomar el aspecto de una ciudad europea (...)”.20 Sobre este texto es importante mencionar los siguientes aspectos: a) Se utiliza la palabra “hábito” cuyo uso era poco frecuente en el lenguaje político boliviano, b)El periódico trae la “revolución” en los hábitos de vida, y c) El cambio consiste en adquirir hábitos de vida europeos, es el mensaje latente.

Es de suponerse que los emigrados argentinos no conocían los hábitos en Charcas, y seguramente se encontraron con costumbres aceptables y otras reprochables. De inicio, hallaban un “populacho” nomás moralizado: “Bolivia, por fortuna, á la notable circunstancia de tener una plebe numerosa, reúne también, la de que ésta sea humilde y distinguida por una rara mancedumbre. La policía, pues, no encuentra en ella su principal escollo: muy fácil le es prevenir el delito. Vamos a ver, si su misión es tan sencilla por lo que hace á la reforma de costumbres (...)”.21 Adviértase la utilización de las palabras “plebe numerosa” ligadas a la predicación “rara mansedumbre”; sólo los enunciadores sabían a qué se referían.

Sin embargo, más adelante sentencia que en La Paz “hay costumbres ridículas e inmorales”. En contraposición a las costumbres ridículas del populacho, se enaltecía los cultos hábitos franceses. En su visión de algún día alcanzar a la “culta” Europa, menciona lindas carrosas, elegantes tilbury; “el buen gusto y moda tendrá su teatro entonces, y la reforma ha de ser jeneral”.22 En este discurso, la palabra “civilización” adquiere un sentido nuevo: ahora se refiere a lo “culto”, a sociedades europeas cuyos hábitos son superiores a los pueblos sudamericanos en proceso de civilizarse.

La predilección por lo francés llegaba incluso a los anuncios publicitarios de la página 4: Sastrería francesa “según la última moda de Francia”; viajes a Burdeos; joyero francés; peluquería francesa; operador francés de callos; relojero francés; dentista francés; dentista de París; vino de Burdeos.

La moralización de costumbres abarcaba a varios hábitos en la vida cotidiana, desde los coyunturales a los más estructurales. Entre los primeros se mencionan aspectos que hacían al “buen vivir” de una

19 sic. “BOLETÍN AMERICANO. ESPÌRITU DE LA PRENSA NACIONAL. Fiestas religiosas”, en La Época, No. 82, La Paz, 6 de agosto de 1845, pp. 2 y 3; texto extractado del periódico Restaurador.

20 sic. “BOLETÍN AMERICANO. Espíritu de la prensa chilena. Bolivia”, en La Época, No. 69, La Paz, 21 de julio de 1845, p 1; texto extractado del periódico chileno La Gaceta del Comercio.

21 sic. “Policía”, en La Época, No. 2, La Paz, 2 de mayo de 1845, p 1. 22 Ibíd.

comunidad social. Recomendaba el aseo de las casas.23 Reclamaba por ejemplo, “por centésima vez”, el abuso de los dueños de casa que dejaban montones de tierra en las calles inmediatamente adyacentes a las puertas de sus domicilios; denunciaban este abuso ante las autoridades, al intendente, a la policía, “(...) son materia inanimada que obedece ciega á la ley que le impuso la naturaleza de perenne inmovilidad (...)”.24 Anecdótico apuntar el desconsuelo de este texto, donde las autoridades o no hacen nada o no pueden hacerlo, y la “perenne inmovilidad”, una característica prácticamente “nacional” que también se presenta en el siglo XXI. Entonces el texto recurrió al honor de estas personas y los colocó implícitamente ante el juicio de la opinión pública publicando sus nombres:“(...) y haga decaer en el concepto público el interés que sabemos se nos atribuye por toda mejora (...)”. En otro texto se predicó positivamente sobre el pueblo “ilustrado” de La Paz, cuyos ciudadanos particulares colocaban las veredas cumpliendo con disposiciones de la autoridad25, pero pregunta qué esperan los curas y rectores de conventos, los jefes de oficinas públicas, las madres abadesas de los claustros, los directores de colegios, pues, el ejemplo debería darse en los edificios públicos; entre éstos coloca a las iglesias y claustros.

Este tipo de textos, frecuentes en los primeros dos años de La Época, contribuyen a “imaginar” la Nación no sólo a partir del Gobierno, o del Estado, sino a partir de la misma sociedad civil. Incluyen costumbres ilustradas que abogan por la higiene. El objetivo es también sentar precedente de la existencia de la “autoridad”, en este caso la Intendencia o la Policía. Por otro lado, “despolitizan” a la opinión pública, desviando su atención a temas que podrían ser incómodos para el Gobierno.

Entre las costumbres de carácter estructural a ser cambiadas, es especial el énfasis a las prácticas religiosas, para las cuales utiliza predicaciones muy negativas:

Entre los varios asuntos de este jénero que ha tocado la “Época” nos ha llamado la atención el de costumbres, relativo a fiestas relijiosas, torpe y fragante abuso que hiere tan desgraciadamente la vista del observador extranjero, y que choca de una manera tan monstruosa el sentimiento piadoso de su institución. ¡Qué cosa mas repugnante é inmoral que ver servir el ejercicio solemne del culto público de manto ó disfraz á la más desvergonzada crápula y a otros vicios no menos abominables, que con tal motivo se solemnizan y aun en cierto modo se consagran. Rasgo es este, entre otros muchos, de las costumbres de la masa de nuestro pueblo, que ha mucho tiempo ha debido exitar la animadversion de la jente civilizada y requerir a su nombre una depuracion, que la demandan imperiosamente las tendencias de una sociedad culta y moralizada.26

¿A qué se refiere con el “culto público de manto o disfraz”? No lo sabemos con exactitud, posiblemente la alusión sea a las fiestas religiosas patronales en épocas de carnaval. De todos modos, adviértase el sentido que adquiere la frase “la masa de nuestro pueblo” en contraposición a la “gente civilizada”.

23 Véase: “Aseo de la ciudad”, en La Época, No. 71, La Paz, 23 de julio de 1845, p 1. 24 sic. “¡Montones de tierra!”, en La Época, No. 28, La Paz, 2 de junio de 1845, p 1. 25 Véase: “La Veredas”, en La Época, No. 28, La Paz, 2 de junio de 1845, p 1.

A nivel latente del discurso, se expresa la necesidad de cambiar las costumbres del sector indígena. En la serie textos que versan acerca de los curas, indios y párrocos27, implícitamente se muestra a los curas como agentes continuadores de costumbres coloniales: “(...) los ministros del culto que en nuestra patria llevan dignamente tan majestuosa investidura están incorporados en altos rangos de la sociedad y se pierden de vista como elementos de progreso en la muchedumbre de elementos de abyección que determinaran nuestra condición colonial, y que harto hacen nuestro gobierno, UU. hoy, en proponer extirpar algunos, neutralizar la fuerza reproductiva de otros y ofrecerlos todos a la malquerencia publica (...)”.28

El cura era un importante agente de cambio, y era lógico, pues la Iglesia se encontraba presente en la mayor parte del país, al igual que en cualquier otro en Sudamérica. Seguramente sin poder escapar a esta realidad, se enfatiza la absoluta libertad de culto que es la “suprema ley de nuestro Estado social”29, y que el cura debe mantenerse neutral en la relación de autoridad entre Gobierno y sociedad civil. Los curas deberían llevar el liberalismo a los indígenas superando las supersticiones y cultos erróneos. Pero se presenta una contrariedad: habla de la “libertad de culto”, pero da a entender implícitamente que los indígenas siguen costumbres supersticiosas. No es para sorprenderse, en el utillaje mental de la época no se concebía que el indígena fuese un ser diferente al cristiano, por consiguiente sentado estaba que el cristianismo era su religión como la de cualquier otro sujeto en el país, salvando las diferencias sociales y de casta.

Pero antes había que cambiar la mentalidad del mismo cura. Se representa entonces una imagen de un cura “ideal”, atosigado de romanticismo. Para este fin, cita textos como Los deberes de un cura de Lamartine o Párroco Americano del Chileno Justo Donoso Vivanco, Obispo de Ancud, de ideología liberal. Sobre la base del pensamiento de estos autores, se hace una conexión entre la moral cristiana y el liberalismo:

No hay verdad moral y politica que no germine en un versiculo del Evangelio; todas las filosofías modernas han comentado algo y luego se han olvidado; la filantropía esta fundada en su primero y unico precepto, la caridad. La Libertad ha marchado en el mundo por las huellas de la relijion y ninguna esclavitud envilecedora ha podido subsistir a la presencia de este brillante astro. La igualdad política ha nacido del reconocimiento que el Evangelio nos ha obligado a hacer de nuestra igualdad, de nuestra fraternidad ante Dios. Las leyes se han suavizado, los usos y practicas bárbaras se han abolido, las cadenas se han roto, y la mujer ha reconquistado el reposo en el corazón del hombre.30

La conexión se enfatiza con verdades universales como: El mundo actual es el “verbo evangélico mas o menos encarnado en la civilización moderna” y la “ley del progreso es también el alma del Evangelio”.

En los Deberes de un cura se idealiza al cura que está en todas partes sin pertenecer a ningún rango social31. Se encuentra entre las clases inferiores y superiores. “Es el Ministro de la República de Jesucristo”.

27 Véanse textos: “Indios – y curas párrocos”, en La Época, en los diarios Nos. 27 al 32 de 1845. 28 sic. “Indios - y curas párrocos” en La Época, No. 28, La Paz, 2 de junio de 1845, p. 3. 29 Véase: “Indios - y curas párrocos” en La Época, No. 30, La Paz, 4 de junio de 1845, pp. 2 y 3. 30 sic. “Indios - y curas párrocos” en La Época, No. 29, La Paz, 3 de junio de 1845, pp. 2 y 3.

Sus funciones son de sacerdote, moralista y administrador espiritual del cristianismo. Establece conexión entre la razón no supersticiosa y la religión:

A partir de las recomendaciones de Lamartine y Vivanco, se plantearon otras actitudes morales que los curas deberían asumir. Él no debía cobrar al pobre por oraciones, matrimonios ni bautizos, sí debía cobrar al rico. No debía ser ostentoso en su vida, sino simple y pobre. Debía compartir del pan en la mesa del pobre.32

Con similares objetivos se apelaba a la juventud. El diario tenía una estrategia para persuadir a los posibles “buenos” y provocar el rechazo a los “malos”: Las predicaciones al Gobierno y al caudillo estuvieron en conexión con la apelación a la juventud, pues ésta podía visualizar el presente sin las impurezas de antiguas afiliaciones políticas. Utiliza para ello verdades universales con la intención de seducir a los jóvenes. “Su corazón no tiene más afectos que la gloria y la patria”33. “Ella puede juzgar con menos ciencia pero con más nobleza e imparcialidad los hombres y caudillos que han cubierto de sangre el suelo de Bolivia”. Con la crítica a los “anteriores caudillos”, implícitamente entre ellos se refiere a Santa Cruz. Y continúa intentando persuadir que una juventud apolítica salvaría al país: “la juventud en fin, es el elemento de moralización que Bolivia posee, y el que ha de lavar su suelo de las depravaciones del espíritu de partido, del miserable caudillaje, y de los impotentes esfuerzos de un despotismo caducante y raquítico”.

La mujer, el romanticismo y la política

Un aspecto remarcable del Prospecto de La Época es que una buena parte de éste se dirige exclusivamente a la mujer, con el texto ¡¡Vaya un reverso de la medalla!!!, publicado en la segunda mitad inferior de las dos hojas. Este formato, colocando la segunda mitad de la primera hoja destinada exclusivamente a la mujer, regiría por varios años. Acertaron los creadores del diario en apelar directamente a la mujer, pues ningún medio impreso lo había hecho antes, y obviamente existía una demanda femenina a considerar. El propio gobierno de Ballivián había asumido una política que impulsaba la educación e ilustración femenina, así que este detalle no queda tampoco fuera de las intenciones gubernamentales. Ahora bien, la pregunta es cómo se apeló a la mujer.

El título del texto es insinuante: “reverso de la medalla”. ¿Cuál será ese reverso? El texto del Prospecto es claro al respecto, pues afirma que siempre tendrá páginas para las personas amantes de la poesía, “alimento para los espíritus ociosos [obviamente, ‘ocioso’ no se usa con sentido negativo], que odian la política. En consecuencia, la publicación “consagrará un lugar preferente, para ofrecer algunas flores, algunos

32 Véase: “Indios - y curas párrocos” en La Época, No. 31, La Paz, 5 de junio de 1845, p. 3.

folletines románticos á esa porción hermosa, delicada y sensible, que aborrece las guerras, detesta la política, y sabe comprender perfectamente el lenguaje sublime de la imaginación y del alma”.

Se hace aquí una tipificación concreta: la mujer no se mete en política. Una “madre sensible e ilustrada” es aquella cuyo interés está centrado en el hogar, la moda y la literatura. El primer folletín de La Época, publicado en el No. 1, habla de El Delantal, describiendo a una laboriosa mujer dedicada a la cocina y la crianza de los niños, en un ambiente de mucho amor.

Haciendo exégesis de los textos, para la mujer la Nación moderna se restringe a cuestiones del hogar y la literatura, ambos siguiendo la corriente del liberalismo. En consecuencia, se colocará en La Época, anuncia el Prospecto, información especial femenina, como la moda de París: bucles, bolados, vestidos; a decir verdad, no se cumplió con esta promesa, pues estos contenidos no hubo en el diario. Pero la principal manera cómo La Época quiso apelar a la mujer fue a través de la literatura. Y para esto recurrió a escritores románticos en su mayoría franceses. Ya se mencionó cómo Mitre tradujo varias novelas francesas, publicadas a manera de “folletines”.

¿A qué tipo de mujer se refería el texto? A nivel latente, la destinataria era una mujer citadina de clase acomodada. Por supuesto, esta conclusión puede ser objeto de polémica. ¿Quién impedía que el texto fuese leído y “apropiado” por indígenas? En los escritos no se colocaban limitantes explícitas respecto a las destinatarias. Quizá las limitantes estaban en otros aspectos como en los suscriptores (que eran mayoritariamente hombres), el precio del periódico, los lugares urbanos donde se lo vendía, y sobre todo la imperiosa necesidad de público alfabetizado, y las mujeres indígenas estaban muy lejos de poseer tales condiciones.

Tomando en cuenta el tipo de público, la intención apolítica se traiciona a sí misma. Aunque la moda femenina fuese apolítica, tiene también una función social. Unida ésta al explícito propósito de La Época de cambiar las costumbres de una sociedad colonial (“la reforma en el vestido, ha de traernos después reforma en las costumbres”) para que asuma hábitos “liberales”, entonces adquiere también una función política.

También hubo polémica con la intención de La Época de llegar a público femenino. No faltó algún lector que recomendase la supresión de esos extensos poemas y novelas sentimentaloides. La reacción de las mujeres fue contundente:

(...) son parte del sentimiento de la Época, que hablan al corazón, dirijen sus pasiones jenerosas y lo hace latir de amor y ternura, de dolor ó de espanto. Nada sirven los mejores pensamientos sin el sentimiento. Quede la austera filosofía para los fríos filósofos, y la política atormentadora para los fuertes varones. El sentimiento constituye nuestra existencia: no nos quiteis la vida suprimiendo graciosos folletines, que consuelan las penas de nuestro corazón. ¡Que dulce es la historia del ajeno infortunio cuando ella concurre a evitar el nuestro y exitar nuestra compasion!!! Escuchad, apoyad el ruego de las almas sensibles (...)34

Este texto es un alegato al romanticismo por su elevada carga sentimental, que había ingresado con fuerza, sobre todo en las mujeres, y que, como se verá más adelante, tendría un efecto tal vez “no programado” en los mismos textos políticos del diario.