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LA ROSA DE VIENTO

In document La Muerte de Dionisos - Marcel Detienne (página 88-108)

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La confrontación entre Atalanta y Adonis no se produce bajo el signo del matrimonio que ella rechazaría y él obtendría, sino bajo el signo dominante y exclusivo del placer amoroso y de Afrodita, hacia los que el hermoso cazador siente una inclinación tan violenta como el odio que le profesa la virgen que venció al monstruo de Calidón. La misma Afrodita nos lo confirma mediante un relato en el que, ocupando el lugar del narrador, introduce la historia de Atalanta tanto para justificar los límites asignados a las hazañas de Adonis como para evocar, por anticipado, el inevitable fracaso del reparto que apenas acaba de trazar. La aparición de una pantera adonisíaca invita a prolongar el análisis de las aventuras de Atalanta hasta el desenlace que nos refiere Ovidio, es decir, hasta la metamorfosis en león de la cazadora131 a la que, mediante la astucia y dentro de su propio terreno, acaba por imponer la tensión del deseo.

A la violencia guerrera que Atalanta hace sufrir a sus preten­ dientes, Afrodita responde con las armas del engaño, con la apaté

femenina: los frutos de oro. El pretendiente al que Afrodita colma con sus favores es tan pronto Hipómenes como Melanión. El prime­ ro, del que nos habla Hesíodo y al que cita de nuevo Ovidio, es un personaje neutro e insípido, al contrario que su rival, inscrito en la versión de Apolodoro132. En efecto, Melanión, el Moreno133, perte­ nece a la misma especie que Atalanta: es un cazador que rehúsa to-

131 Metamorfosis, X, 698-704. 132 III, 9. 2.

1)5 P. Vidal-Naquet, «Le chasseur noir et l’origine de l’éphébie athénienne»,

Annales E.S.C., 23, 1968, 947-964, de la que ha sido publicada una versión nueva

sobre varios puntos en italiano, en el volumen II Mito. Guida storica e critica, ed. M. Detienne (Universale Laterza, 306), Roma-Bari, 1975, 53-72; 245-252.

mar una esposa. En el vaso Francisco, frente al jabalí de Calidón, Melanión se mantiene al lado de Atalanta, detrás de Meleagro y de Peleo154. Pero para los ancianos de Aristófanes que se enardecen con su ejemplo, el Moreno es un muchacho misógino, célibe, que vive en la soledad de las montañas, cazando liebres con las redes que ha trenzado. «Y nunca más volvió a su casa, por odio, de tanto ho­ rror que le causaban las m u j e r e s » Meleagro es sociable y acosa al jabalí con el venablo, mientras que su rival huye del matrimonio y del m undo para entregarse a un tipo de caza solitaria, astuta y sin peligros, cuya sola presa posible es la liebre. Y, evidentemente, es el Melanión misógino el doble que Atalanta encuentra por el lado masculino: un hombre convertido en cazador a causa del odio que siente por el matrimonio.

Para Afrodita es como dar dos golpes con una sola piedra: te­ niendo las frutas de oro en la mano, el cazador negro es la red en la que Atalanta se precipita. Por otra parte, la liebre invita a ello: no solamente porque Melanión la captura con sus engañosas redes, sin arma arrojadiza, sino porque es uno de los animales preferidos de Afrodita y el presente que el amante ofrece a su amada. En las ver­ siones restantes, Hipómenes y Melanión no son más que comparsas. La astucia procede de Afrodita y ella sola lleva el juego. En el Catá­ logo de las mujeres, atribuido a Hesíodo y reconstituido con la ayu­ da de citas y fragmentos de papiro13<s, la historia de Atalanta e H i­ pómenes se desarrolla en torno a un don que, en primer lugar re­ chazado, es, a continuación, impuesto por vías insidiosas. Atalanta desprecia el placer amoroso: «los dones (dora) de la Afrodita de oro» son rechazados137. Pero Atalanta cede ante la persuasiva voz que le insta a aceptar los frutos de oro: «Recibe estos resplandecientes do­ nes (déra) de la Afrodita de oro»158. En el relato de Hesíodo, el gesto sustituye a la palabra y le transmite su eficacia, pero trazando ya su propio camino: las manzanas, lanzadas tres veces, impiden que Atalanta supere la distancia que la separa de su pretendiente. Si pierde la carrera es debido a que recogió las frutas caídas por tie­ rra. En la versión de Apolodoro, las palabras de invitación están

154 Clitias y Ergot imos: crátera de volutas 4209, Florencia, Museo Arqueológico, Cara A, Escenas del col. J. Boardm an, J. DOr ig, W. Fu c hs, M. Hirmer, Vare grec,

París-Munich, 1966, pl. 92. 135 Lisístrata, 785-796.

156 F. 76 West-Merkelbach. Cfr.J. Schw artz, Pseudo-Hesiodeia, 361-366.

>57 F. 76, 5-6. 158 F. 76, 8-10.

^ausentes; no hay nada más que gestos y, como si la manzana fuera una irresistible trampa.159, Atalanta se ve constreñida a seguir la ca­ rrera de fruto en fruto. Pero en otros relatos, como la versión de Ovidio o la de Teócrito, la eficacia se concentra en la manzana: en lugar de provocar la derrota de Atalanta, desde ese momento obli­ gada a tomar por esposo al vencedor de la prueba, la fruta de oro actúa directamente a la manera de una droga o de un hechizo. La alteración es completa: Atalanta es desposeída de su superioridad en la carrera, y si la prueba tiene lugar, es para restablecer aquel su pri­ mer sentido, según él cual el pretendiente más rápido se lleva consi­ go a la esposa así conquistada. Para Ovidio, incluso antes de que la carrera comience, Atalanta ha sido vencida140. Apenas ha visto a Hi- pómeres «ama sin dudar de que am a»141. A pesar de eso, se lanzará en pos de cada una de las manzanas de Afrodita. Ovidio añade en­ tonces un aum ento de suspenso: cuando la tercera manzana rueda apartada de la pista, Atalanta se pregunta si debe ir a recogerla, pe­ ro Afrodita está allí: «Yo la induje»142. Para Teócrito, que resume la acción en dos líneas, Afrodita ya no tiene ni incluso necesidad de intervenir: «Hipómenes, que quería tomar por esposa a la virgen, cogió las manzanas y acabó la carrera. Pero Atalanta, viéndolas, en qué locura (emané), a qué abismo de amor (es bathyn eróla) se arrojó143. Aún no hemos llegado a la palabra persuasiva: tan sólo una mirada, y por el punto más vulnerable del ser, por los ojos que el resplandor de los frutos alcanza, Atalanta es poseída por la locura de Eros.

El simbolismo afrodisíaco de las manzanas de oro se desarrolla entre dos términos extremos: por un lado, la violencia apremiante de un don al que es imposible resistirse y, por el otro, el ofrecimien­ to, hecho por un cortés pretendiente, de un presente que la mujer deseada parece poder aceptar libremente o rehusar. Entre Atalanta y

159 III, 9. 2.

' 4° Metam., X. 609-680. 141 637.

142 676-678,

145 IU, 40-42. Un cabrero desolado por la frialdad de su dama enuncia, a la ma­ nera de encantaciones amorosas, una serie de aventuras en las que el amor triunfa de forma milagrosa. El tercer ejemplo es la locura amorosa (lyssa) de Afrodita por Ado­ nis: incluso cuando no es más que un cadáver no logra alejarlo de su seno. La erudi­ ción se ha volcado sobre este seno: ¿maternal o erótico? Si no se está seriamente con­ vencido desde el principio de la generosidad de la Gran Diosa que acoge en su seno a hijo y amante, cabrán dudas a la hora de seguir la lectura «maternal» de Ch. Segal,

«Adonis und Aphrodite», V Antiquité classique, 38, 1969, 82-88.

Afrodita, la relación de engaño que se teje en la interferencia de esos dos procesos, el de la caza y el del matrimonio, impone hacer un reconocimiento de la serie de contextos simbólicos que las frutas de oro evocan N4. Dos tradiciones se enfrentan a propósito de su ori­ gen. Para una, la que sigue el relato de Ovidio, la misma Afrodita las ha recogido del centro de la isla de Chipre, de su dominio de Támasos, en medio del cual refulgen las frondas de oro de un árbol resplandeciente14i. Según la otra, los frutos provienen del jardín de las Hespérides,·'6. Pero la identidad de los frutos anula la diferencia geográfica. Ya que, en Chipre, el único árbol que Afrodita ha deja­ do crecer es un granado (Púnica Granatum) M7, el árbol frutal al que toda una tradición asocia al vergel de Hera y, por mediación de és­ te, al Jardín que habitan las hijas de Atlas. En su santuario de Ar­ gos, Hera, como majestad, tiene en una mano el cetro y en la otra un fruto de granado148, el árbol que —según se dice— sólo brota para ella, soberana de las bodas legítimas M,J. Es, en efecto, con oca­ sión del matrimonio de Zeus que hace de ella la inflexible guardiana del lecho conyugal, cuando Hera recibe de la Tierra, llegada con los otros dioses para ofrecer a la nueva esposa los regalos del m atrimo­ nio, los frutos de oro que, desde ese momento, van a resplandecer en el jardín de los dioses, bajo la mirada de las Hespérides, las Vír­ genes de los extremos del m undo ,5°. Mas precisémoslo aquí: los fru­ tos del granado que tanto Afrodita como Hera adoran no son sino una manera de nombrar las «manzanas* de la fábula, ya que la p a­ labra griega «manzana» (melon) designa toda especie de fruto re­ dondo que se asemeje a una manzana y, en consecuencia, se aplica no solamente al fruto del manzano, sino a la granada y al fruto del

144 J . Trumpf, «Kydonische Apfel», Hermes, 88, 1960, 14-22; D. R. Lrrra·

w o o d, «The Symbolism of th e Apple in Greek and Roman Literature», Harvard Stu­

dies in Classical Philology, 1967, 148-168; M. Lugauer, Untersuchungen zur Sym- bolik des Apfels in der Antike, Erlangen, 1967; 1. Chirassi, Elementi di culturepre- cereali nei m iti e ritigreet, Roma, 1968, 73-90.

l4’ X, 644-648.

144 Schol. Theocr. Ill, 38 b; Se r v io, en Verg, Aen., III. 13; Be/., VI, 61. Una tercera versión dice que los frutos provienen de la corona de Dionisos a la que deben su virtud de encanto erótico; Filetas, F. 18 Powell.

147 Atenea, III, 84 c. 148 Paus., II, 17, 4.

149 FttOSTRATO, Vida de Apolonio, IV, 28.

IW Ferécides, ap. F. Gr. Hist. 3 F 16 Jacoby. Cfr. Eurípides, Hipólito, 742-750:

la cámara nupcial de Zeus y Hera se alza sobre la tierra fértil en la que crecen los ár­ boles de oro de las Hespérides.

■. membrillo, conocido también con el nombre de «manzana cido- ’ niana».

Es en el campo del matrimonio, dentro del cual la potencia de Afrodita se doblega al poder de Hera, en donde los brillantes frutos redondos, membrillos, granadas y manzanas, intervienen de varias maneras mediante gestos y prácticas rituales. En uno de sus poemas, Ibico de Regio evoca los amores dichosos y el jardín intacto de las vírgenes donde maduran las granadas y las manzanas de C idó n151. La recogida se realiza con ocasión de las bodas, como lo muestran las tablillas de Locris en las que dos muchachas llenan unas cestas colocadas al pie de un árbol cuyas ramas están repletas de redondos frutos: un examen atento de los diferentes ejemplares de la misma escena ha permitido reconocer en ella, alternándose con las grana­ das, membrillos y simples m anzanas152. Son los frutos que se ofre­ cen a los jóvenes esposos y que se lanzan a veces al cortejo nupcial: el carro que lleva a Helena y a Menelao está cubierto de ramas de mirto y manzanas de C id ó n 15i. Otras maneras también son familia­ res: el producto de la recogida es vertido sobre el vestido de la casa­ da, o bien una joven que acompaña a los esposos presenta un fruto sostenido entre dos dedos. En el m undo ateniense, el gesto ritual se halla sancionado por la legislación soloniana que prescribe a la joven casada masticar, haciéndola crujir, una manzana de Cidón antes de franquear el umbral de la cámara nupcialM. Puede que la exégesis de Plutarco adjudique a la sabiduría de Solón esa precaución de ve­ lar porque la joven esposa tenga así la boca fresca y el aliento perfu­ mado 1M, pero la aventura de Perséfone en el Hades es, sin duda, más reveladora del simbolismo del fruto comido por la casada. Los dioses han decidido devolver a Deméter su hija. Hades debe doblegarse, si bien, antes de dejar que Perséfone se reúna con su afligida madre, el Soberano le da a comer un fruto: mastica un grano de granadaΙ5ύ. Desde ese momento, Perséfone deberá pasar una parte del año en la

151 Poetae melicigraeci, 286 Page. «Las granadas para los jóvenes esposos*, es un proverbio dicho a propósito de las mis bellas ofrendas que son entregadas a los seres más bellos: Paroemiographi graeci, II, 770 Leutsch-Schneidewin.

152 P. Zancani-Mo n tu o r o, «Note sui soggetti e sulla técnica delle tabelle di Lo­ cri», A tti e Memonc delta Societá Magna Grecia, I, 1954, 71-106 (part. 98-99).

1,3 Poetae melici graeci, 187 Page. F. 127 a, b, c Ruschenbusch. 155 Preceptos conyugales, 138 D.

156 Los granos que caen al suelo son los que tienen prohibido comer en las Tes- moforias: Clementede Alejandría, II, 19. 3 Stahlin, 15, 9· Cfr. L. Deubner, A n u ­ che Peste, Berlín, 1932 (Reimpr. 1956), 58.

morada de los muertos; se ha convertido en la esposa de Hades, Perséfone contará a Deméter que le hizo violencia obligándola a co­ mer un alimento dulce y azucarado, mientras que la única coacción efectivamente infligida es la del don que, sin saberlo, ha recibido de la mano de H ades,57. Cierto es que media el engaño en la m ane­ ra de ofrecer a la joven el fruto nupcial: Hades lanza una mirada cir­ cular, actúa a escondidas. La coyuntura le insta a ello. Pero en este caso, el punto esencial es que, en la ceremonia del matrimonio, la ofrenda de un fruto redondo, se trate de un membrillo o de una granada, consagra ritualmente la unión de los esposos. La desventu­ ra de Perséfone nos ofrece la prueba de la eficacia del gesto.

No es solamente en el plano del contrato matrimonial, asumido por Hera, donde el gesto parece eficaz; no lo es menos en el orden del deseo, donde Afrodita interviene a su modo, que es diferente. La tradición medieval lo llama «requerimiento de amor»158: lanzar la manzana; en griego, méloboletn. Se trata de una expresión prover­ bial que, para los exégetas antiguos, denuncia el modo de actuar de Afrodita: volver enamorados, poner fuera de sí, seducir mediante el cebo de los placeres amorosos (eis aphrodísia deleázein) l59. La m an­ zana de amor es un juego frívolo cuando una ramera la lanza a un rapaz boquiabierto160; pero cuando en el santuario de Artemisa, la bella Ctcsila se agacha para recoger el fruto arrojado por Hermoka- res, no puede evitar ceder ante el deseo del hombre que la ama des­ de el día en que la vio danzar en torno al altar de Apolo. La trampa es tanto más tosca cuanto que sobre la manzana, el amante ha tra­ zado para su amiga el juramento: «Juro por Artemisa casarme con Hermokares de Atenas»161. Leer para los griegos es también pronun­ ciar, y el vínculo del juramento que se enuncia vuelve aún más apremiante el requerimiento de la manzana. En la versión de Teó­ crito, la violencia erótica hace inútil la astucia: la sola visión de las manzanas trastorna a Atalanta. Veneno o filtro, es Afrodita al des­ nudo, pero en otro lugar, distinto del espacio matrimonial en don­

157 Himno homérico a- Demeter, 372-374; 411-413, ed. N. ].■ Richardson (Ox­ ford, 1974), con los comentarios: 276-277; 286-287.

158 H. Ga id o z, «La réquisition d 'amour et le symbolisme de la pomme». An-

nuaire de l'tcole pratique des Hautes Études, Sciences historiques et phiiologiques,

1902,5-33.

159 Schol. in Aristophan. Nubes, 996-997.

160 Te ó c r it o, V , 8 8 .

161 Antoninus Liberalis, Metamorfosis, I, ed. M. Papathomopoulos. Así como

los amores de Kudippf y Akontios: CALIMACO, f. 67-75 Pfeiffer.

de el deseo escoge la apariencia del contrato. Ya que si hay dolo y astucia es para hacer caer a Atalanta en la trampa de los esponsales. El relato de Hesíodo traza con cuidado el círculo del matrimonio a través de la fórmula jurídica, por así decir, que. Hipómenes dirige a Atalanta: «Recibe los resplandecientes dones de la Afrodita de oro.» ,· Pero tras el gesto, que toma de la Hera del matrimonio su serena

gravedad de contrato regular, se oculta la repentina locura del deseo amoroso. Bajo la engañosa forma de una relación que se ofrece co­ mo el acuerdo y el don recíproco de dos partes. Afrodita libera su violencia natural, la que a su paso embarga a «los lobos grises, los leones de fulvo pelaje, los osos, las veloces panteras» y les hace aco­ plarse a todos juntos, de dos en dos, en los pequeños valles llenos de som bra162.

De alguna manera, el odio de Atalanta hacia el matrimonio apunta demasiado exclusivamente a Afrodita como para no entra­ ñar, a cambio, la locura erótica que hace caer a la cazadora en el matrimonio y, más particularmente, por el lado del placer amoroso. Las bodas de Atalanta e Hipómenes son un fracaso. Una negligencia turba el desarrollo de la ceremonia. Varios sacrificios son requeridos normalmente para el ritual nupcial: en honor a Zeus y a Hera, Arte­ misa, las Cárites, Afrodita y Persuasión163. El esposo comete un lap­ sus; omite agradecer a su protectora. Afrodita es excluida del ritual, siendo olvidada en unas bodas que ella misma ha preparado,M. Su venganza es inmediata. Sigue, por otra parte, los mismos caminos que en el engaño de Atalanta: un deseo inmoderado. Pero esta vez el aguijón se dirige a Hipómenes. Las versiones a propósito del nombre del santuario vacilan: ¿es el de Cibeles, la Madre de los dio­ ses,6}, o tal vez el templo de Zeus Vencedor en el Parnaso?1**. Aho­ ra bien, en todo caso, es un lugar santo, cercado por la selvas de las que surgen Atalanta y su esposo. Una de las versiones precisa que Afrodita los castiga durante una cacería, como si Atalanta hubiera

162 Himno Homérico a Afrodita, 69-74.

l í ’ Plutarco, Quaest. Rom., 264B; Dio d o r o, V, 73, 2-3; Pausanias, II, 32, 7-9; Pólux, III, 38; Etymologicum Magnum, i.v. gamelia.

164 OVIDIO, Metam., X, 681-682.

Metam., X, 698-707. Cfr. Myth. Vat., I, 39; II, 47.

166 A p o lo d o r o , Bibl., HI, 9, 2; H ig in io , Fab. 185, 6. Bn la versión de N o n n o ,

Dionistacas, XII, 87-89, el aguijón, oistros (a la vez tábano y pasión furiosa), es en­

viado por Artemisa, tal y como G. Arrigoni me ha hecho observar. El «castigo» de Atalanta proviene esta vez del lado de la potencia divina que cultiva la virginidad y la caza; pero el juego de Artemisa es sutil: para retener a Atalanta en sus bosques y det lado de la castidad, recurre a las armas de Afrodita, a la pulsión erótica.

hallado en el esposo que le ha sido impuesto, un compañero de ca­ rreras a través de los bosques y las m ontañasI67. Los dos acaban de detenerse. Hipómenes siente de repente un irresistible deseo de ha­ cer el amor: un santuario muy cercano le parece acogedor. Para los recién casados no habrá unión en la cámara nupcial, sino un coito salvaje ante la «indignada mirada de las viejas estatuas de madera». Atalanta y su cómplice se conducen como animales. En este punto la opinión griega es unánimemente severa: está prohibido hacer el amor dentro de un santuario, e incluso entrar en lugares santos sin haberse lavado al salir del lecho de una mujer. Sólo los animales, dice H eródotol68, desde el ganado a los pájaros, se acoplan en sitios sagrados. Evidentemente, Afrodita quiere traer la desgracia a los amantes. Se alejan de la selva que podría esconderlos y se apartan de los claros abiertos a los amores de Adonis y su amante. La cólera de los dioses se abate sobre los sacrilegos: se metamorfosean en ani­

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