surge bajo un aspecto muy cercano a la ecología contem poránea—, y no es ningún azar si la imagen de Prometeo es omnipresente. Pues a los ojos de Zeus, la declaración de Prometeo suena como una confesión terrible y lo que el hijo del Titán Jápeto propone en su descarga es desde el punto de vista de los Olímpicos la carga más espantosa. Lo que la mitología griega pone aquí en escena con una clari videncia y una profundidad impresionantes es una defini ción muy moderna13 de una especie humana cuya libertad y creatividad son fundamentalmente antinaturales y anti cósmicas. El hombre prometeico es ya el hombre de la téc nica, el que puede crear, inventar sin parar y fabricar má quinas y artilugios capaces un día de librarse de todas las leyes del cosmos. Esto es exactamente lo que Prometeo le proporciona robando el «genio de las artes», es decir, la fa cultad de utilizar, incluso de inventar, toda clase de técni cas. Agricultura, aritmética, lenguaje, astronomía: todo le vendrá bien para salir de su condición, para elevarse con arrogancia por encima de los seres de la naturaleza y para perturbar de este modo el nuevo orden cósmico que Zeus ha logrado construir con tanto esfuerzo. En una palabra, a diferencia de las demás especies vivas —a las que Epimeteo ha organizado la vida de manera que forman un sistema equilibrado e inmutable, de todo punto opuesto al que for mará la humanidad en cuanto esté dotada de las artes y de las ciencias—, la especie humana es la única entre los mor tales que es capaz de hybris, la única que puede desafiar a los dioses y a la vez perturbar, incluso destruir la naturale za. Y está claro que esto no lo puede ver Zeus más que con malos ojos a juzgar por los castigos que inflige a Prometeo y asimismo a los hombres.
De ahí a pensar en destruir a la humanidad entera sólo hay un paso que algunos relatos mitológicos no han du dado en dar.
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El diluido y el arca de Deucalión según Ovidio: destrucción y renacimiento de la humanidad
A partir de ahora hay un hecho bien establecido: la tendencia a la hybris que caracteriza a la humanidad des de que ésta ha sido dotada de nuevos poderes de creativi dad vinculados a las técnicas que Prometeo ha robado a los dioses es innegable. Esta tendencia la amenaza cada vez más con caer en el vicio y cometer delitos contra el orden justo. Varios mitógrafos antiguos hacen que a la mención (más o menos deformada con respecto a Hesío- do) del mito de la edad de oro le siga la de otro episodio famoso: el diluvio por el que Zeus habría decidido des truir a la humanidad para hacerla renacer —lo mismo que en la Biblia— a partir de dos justos: un hombre, Deu calión, hijo de Prometeo, y una mujer, Pirra, hija de Epi- meteo y Pandora. Se describe a ambos como seres senci llos y rectos que viven según diké, la justicia, y alejados de la hybris que caracteriza al resto de la humanidad en deca dencia14. El primer poeta que hace un relato minucioso y completo del diluvio es Ovidio; antes de él no se encuen tran más que algunas alusiones aquí o allá, pero no lo bas tante completas para extraer de ellas una historia cohe rente. Al comienzo de las Metamorfosis nos da una versión verosímil del mito y une el episodio del diluvio a un acon tecimiento pardcular que podría haber tenido lugar en nuestra época, es decir, en la edad de hierro, y que sería el resultado directo del abandono al que habría llegado la humanidad en ese periodo: se trata del caso Licaón, un rey griego que ha tratado de engañar a Zeus de una ma nera abominable. Ovidio menciona la existencia de una raza que, después o durante la edad de hierro, no se sabe
I.A SABIDURÍA DF. IjOS m ito s
bien, Gea habría fabricado con la sangre de los Gigantes abatidos por Zeus con el fin de que la raza de sus hijos no se extinguiera. Habría dado a estos seres un «rostro hu mano». Sin embargo, llevarían la huella indeleble de sus orígenes y se caracterizarían ante todo por la violencia, el afán de matar y el desprecio por los dioses.
Detengámonos un momento en este relato del diluvio y supongamos que estamos en compañía de la raza de hie rro o, aún peor si cabe, de la que resulta de la sangre de los Gigantes abatidos por Zeus, por consiguiente en ple na explosión de hybris. Zeus ha sido informado de que las costumbres de los humanos son calamitosas y viene a la tierra a hacer una ronda de inspección para ver hasta dónde ha caído la humanidad. ¿Qué observa entonces? Que la situación es peor todavía de lo que le han descrito. Por todas partes imperan los asesinos, los ladrones, hom bres que desprecian el orden del mundo instaurado por los dioses. Para hacer sus observaciones por sí mismo, con toda tranquilidad y sin peligro de falsear los resultados por el hecho de ser reconocido, Zeus toma apariencia hu mana y se pasea un poco por toda la tierra. Así llega a Ar cadia, donde reina un tirano de nombre Licaón (lo que en griego significa «el lobo»). Revela al pueblo de esta re gión que un dios ha bajado a la tierra y la gente, impresio nada, se pone a rezar. Pero Licaón estalla en carcajadas. Y según un esquema que encontraremos a menudo y que se asemeja al episodio de Tántalo, decide desafiar a Zeus para comprobar si es de verdad un dios, como pretende, o si, por el contrario, es un simple mortal.
Licaón ha decidido matar a Zeus durante su sueño, pero antes de llevar a cabo ese propósito funesto le corta el cuello a un prisionero que el rey de un pueblo, los mo- losos, le había dejado como rehén, lo hace pedazos, man da cocer unos y asar otros, y no encuentra nada mejor
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que hacer que ofrecérselos a Zeus para cenar. Craso error pues, como en el caso de Tántalo, Zeus se da cuenta de todo con antelación. Zeus lanza su rayo y el palacio de Li- caón se derrumba sobre su cabeza. No obstante, el tirano logra escapar, pero Zeus lo convierte en lobo, y se ve a Li- caón, siempre tan malvado, siempre impulsado por su pa sión sanguinaria, volver ahora su odio contra los demás animales y convertirse en su depredador más feroz... He aquí cómo narra Ovidio la escena al principio de sus Me
tamorfosis, que cito, siempre con el mismo espíritu, para
que veas con qué estilo y vivacidad se narraban los mitos en aquella época. Aquí es Zeus quien habla en primera persona. Está en el Olimpo y ha convocado a todos los demás dioses a un consejo extraordinario. A ellos se diri ge para hacerlos partícipes de su experiencia, anunciarles que se dispone a destruir la raza humana y a darles tam bién los motivos de su decisión. Como siempre, pongo mis propios comentarios entre paréntesis:
Durante la noche, mientras dormía sumido en un sueño profundo, Licaón se dispuso a sorprenderme y matarme: con esta prueba quería conocer la verdad (es decir, saber si
Zeus era de verdad o no un dios). Pero esto no era bastante para
él. Con su espada le corta el cuello a uno de los rehenes que le había enviado el pueblo de los molosos. Luego, hace co cer una parte de sus miembros todavía palpitantes en agua hirviendo para volverlos más tiernos y hace asar la otra parte al fuego. Apenas los había dispuesto sobre la mesa cuando con mi rayo vengador le he echado encima su palacio... So brecogido de pavor se salva, y después de llegar a la campiña silenciosa se pone a dar alaridos; todo esfuerzo por hablar es en vano; toda la rabia que anida en su corazón se concen tra en su boca: su sed habitual de matar se vuelve ahora contra los rebaños, de modo que sigue complaciéndose en la sangre...
Lasabiduríai>f. losmitos
Sus ropas se transforman en pelos, sus brazos se transfor man en patas, pero conserva todavía las huellas de su anti gua presencia. Sigue teniendo el cabello entrecano, el mis mo aspecto malvado, los mismos ojos enfebrecidos y no ha perdido un ápice de su pinta feroz. No he golpeado con mi rayo más que una sola casa, pero más de una merecería la misma suerte. Pues por toda la tierra reina la furiosa Erinia
(es decir, recuerda, una de las diosas de la venganza, lo que signifi ca que hay crímenes que castigar por todas partes). Se diría una
conjura para el crimen. No nos alarguemos. Que todos los hombres padezcan el castigo que se merecen: tal es mi deci sión y es irrevocable.
Como has adivinado, el castigo es el diluvio. Por un ins tante, Zeus piensa en destruir a la humanidad con su arma favorita, la que ya ha utilizado contra Licaón, el rayo, pero cambia de parecer: la amplitud de la destruc ción que se requiere es tan grande —hay que desalojar toda la tierra de género humano corrompido— que la hoguera necesaria correría el peligro de abarcar todo el universo y de quemar el mismísimo Olimpo. Así pues, Zeus recurre al agua y por ella perecerá la humanidad. Zeus se ocupa de encerrar a los vientos que disipan las nubes, los que, como el mistral mediterráneo, traen el buen tiempo seco y cálido. En cambio, como si de unajauría de perros malvados se tratara, suelta los aires húmedos, car gados de nubes tenebrosas rebosantes de un agua que empieza a caer en gotas gruesas y pesadas. Para colmo, pide a Poseidón (Neptuno) que golpee el suelo con su tridente para hacer que los ríos salgan de sus lechos y de satar también las olas de los océanos. Pronto, toda la tie rra está cubierta de agua. Ovidio señala que se ven focas de cuerpos deformes sustituir a los caballos en las prade ras, delfines correr en medio de los árboles, lobos nadar
DEL NACIMIENTO DE LOS DIOSES Al. DE LOS HOMBRES
entre ovejas, al lado de leones rojizos que sólo piensan en salvar su piel... Las hijas de Nereo, uno de los dioses mari nos, se quedan fascinadas al descubrir ciudades enteras todavía intactas bajo las aguas... En suma, hombres y ani males, todo ese pequeño mundo de mortales, acaba sien do sepultado. Hasta los pájaros mueren, pues cansados de volar por encima de un mar sin límites terminan por caer y ser engullidos. Y los que de un modo u otro se han salvado de las aguas, el hambre los vencerá un día, ya que es evidente que no queda ningún alimento que lle varse a la boca.
Todos han muerto... Salvo dos seres, dos humanos que Zeus se ha ocupado de proteger; y de nuevo nos acerca mos mucho al mito bíblico, ya que cuando anuncia su de cisión de destruir a todo el género humano, en realidad la asamblea de los dioses está dividida. Algunos van en la misma dirección e incluso cargan las tintas en su voluntad exterminadora; pero otros, al contrario, señalan que la derra sin los mortales corre el peligro de ser muy aburri da y vacía: ¿vamos a dejar en herencia este lugar maravi lloso sólo a las bestias salvajes? Y además, ¿quién se ocupa rá de los altares, de hacer los sacrificios, de rendir pleitesía a los dioses, si ya no hay hombres que se preocupen de ello? La verdad —pero soy yo quien lo añade aquí y sólo subyace en el texto de Ovidio— es que, sin los hombres, el cosmos entero está condenado a morir.
Y de nuevo se toca uno de los temas más profundos de la mitología: si el orden cósmico fuera perfecto, si se caracteriza
ra por un equilibrio inmutable y sin fallo, sencillamente el tiempo se detendría, es decir, la vida, el movimiento, la historia, y ni si quiera los dioses tendrían nada que ver ni que hacer. De ahí se deduce que el caos primigenio y las fuerzas que no deja de generar de vez en cuando no pueden ni deben desaparecer por completo. Y la humanidad, con todos sus vicios y, sobre todo, con la sucesión
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infinita degeneraciones que supone desde que Pandora le ha sido enviada y al final los hombres mueren «de verdad», es indispen sable para la vida. Magnífica paradoja que podría enunciarse de la siguiente manera: no hay vida sin muerte, ni historia sin sucesión degeneraciones, ni orden sin desorden, ni cosmos sin un mínimo de caos. Por eso, frente a las objeciones que le ha
cen ciertos dioses, Zeus ha optado por salvar a dos huma nos. ¿Por qué? Simplemente para que la humanidad pue da revivir. ¿Cuáles? Serán dos seres excepcionales, para que esta especie renazca sobre unas bases sólidas y sanas. Excepcionales no significa en modo alguno que sean «grandiosos». Al contrario, son seres sencillos pero, como suele decirse, «honrados». Son puros de corazón, viven alejados de la hybris, según los principios de diké, honran do a los dioses y respetando el orden mundial. ¿Quiénes son? Te he dado sus nombres: Deucalión y Pirra. Como te he dicho, el primero es hijo de Prometeo. Hesíodo nunca nos dice quién es su madre; tampoco Ovidio, pero cree mos saber por Esquilo que podría tratarse de una hija de Océano, una Oceánide de nombre Hesíone. En cuanto a Pirra, es hija de Epimeteo y de Pandora. En cierto senti do, es la continuación de la humanidad de la edad de hie rro. Pero vuelve a empezar desde cero a partir de un hom bre y de una mujer que, para el futuro que se abre, es decir, para nuestra humanidad actual, pueden considerarse
el primer hombre y la primera mujer.
¿Cómo van a poblar la tierra? De una forma muy curio sa que recuerda a los primeros tiempos y que no debe nada a Pandora —es preferible, si se quiere, empezar con buen pie—. Después de nueve días de diluvio ininterrum pido, solos, asustados y perdidos en el universo gigantes co y desierto, Deucalión y Pirra, que habían construido un arca muy sólida, como Noé, alcanzan las cumbres del monte Parnaso, preservadas de las aguas por la voluntad
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de Zeus. Allí encuentran a unas ninfas encantadoras de nominadas ninfas coricianas (porque viven en una gruta, el Corición, situada en el (lanco del monte Parnaso, justo encima de Delfos). Entonces se dirigen al santuario de Temis, la otra diosa de la justicia, y le rezan: ¿cómo sobre vivir después de la catástrofe y, sobre todo, cómo van a restaurar la humanidad perdida ellos solos? Temis se apia da de ellos y he aquí su respuesta, a primera vista muy enigmática como ocurre siempre con los oráculos:
Alejaos del templo, cubrios la cabeza, desatad el cintu rón de vuestros ropajes y arrojad detrás de vuestra espalda los huesos de vuestra abuela.
Hay que reconocerlo, estas recomendaciones parecen muy extrañas y nuestros dos desdichados humanos están desconcertados. ¿Qué ha querido decir exactamente la diosa? Entonces reflexionan y acaban por comprender: cubrirse la cabeza y desatar el cinturón de sus ropajes es adoptar la vestimenta ritual de los sacerdotes que hacen un sacrificio a los dioses. Se trata, pues, de un signo de humildad, de respeto, lo contrario de la hybris que ha lle vado a la humanidad a su perdición. En cuanto a los hue sos de la abuela, es evidente que no significa que sea nece sario, como Deucalión y Pirra se imaginaron al principio, ir a profanar un cementerio. Sin duda, la abuela a la que se refiere es Gea; a decir verdad, y para ser exactos, Gea es la bisabuela de Deucalión y de Pirra, la madre de Jápeto, padre a su vez de Prometeo y Epimeteo, los padres de nuestros dos supervivientes. Y los huesos de Gea, claro está, son las piedras. Bastaba con pensar. Emocionados, y temiendo haber comprendido mal, Deucalión y Pirra re cogen piedras de todos modos y las arrojan a su espalda, por encima de sus hombros. ¡Milagro! He aquí que las
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piedras se ablandan. Al mezclarse con la tierra se vuelven carne y aparecen venas en su superficie que se hinchan de sangre. Las que ha tirado Pirra se convierten en muje res y las de Deucalión en hombres que llevan el sello de su origen: la nueva humanidad será una raza dura para el trabajo, como la piedra que la origina, a prueba de fatiga y sólida como una roca.
Quedan los animales, pues también todos ellos han pe recido en el diluvio. Por fortuna, la tierra empapada de agua se calienta bajo los rayos del sol y en ese barro tibio, «como en el seno de una madre» dice Ovidio, unos ani males comienzan a nacer lentamente, luego salen a la luz y se desarrollan, innumerables, especies antiguas ya cono cidas o, al contrario, completamente nuevas.
El mundo está de nuevo en marcha. La vida retoma su curso y desde ahora el orden cósmico se libra tle los dos males que lo amenazaban: por un lado, el caos, que podía resurgir a cada instante a causa de una humanidad inmer sa en la hybris; por otro, el aburrimiento y la vacuidad si las especies mortales hubieran desaparecido por completo. Como ves, es sólo ahora cuando la cosmogonía, la cons trucción del cosmos, ha llegado verdaderamente a su fin.
También en este punto es donde por fin se podrá ha cer la pregunta fundamental en toda su amplitud, aquella en la cual la mitología contacta con la filosofía: ¿qué es una vida buena para los mortales? Vamos a empezar a res ponder en profundidad con Ulises. Pues no basta con si tuarse en el punto de vista de los dioses, como lo hemos hecho hasta ahora adhiriéndonos a la lógica de la teogo nia. En definitiva, lo que nos interesa a los humanos es saber cómo vamos a situarnos con respecto a toda esta edificación grandiosa. Admitamos el supuesto de que acep tamos la visión griega del mundo, que pensamos que el universo es armonioso y ordenado y que nosotros, seres
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acabados, estamos condenados sin remedio a morir: ¿cuá les son, en estas condiciones, los principios de una vida buena? Por lo demás, estos dos datos de partida son tanto menos absurdos para nosotros, hoy día, cuanto que po seen incluso una gran actualidad: bien considerado, es muy posible que el universo esté en efecto ordenado como pensaban los griegos. En este sentido, la ciencia contem poránea habla a favor de numerosos aspectos. Cada día más, los descubrimientos de la biología y de la física mo dernas nos hacen pensar que de verdad existen ecosiste