como son, proporciona lecciones de sabiduría que, al igual que las de la filosofía griega, nos hablan todavía a través de las representaciones del mundo y de nosotros mismos de las que son portadoras. Considerados desde este punto de vista, los mitos griegos más importantes vie nen alentados por cinco interrogantes fundamentales que será necesario tener presentes si se quiere compren der, más allá de su belleza o su singularidad, el significado de los relatos concretos que siguen a continuación. Me servirán de hilo conductor para organizarlos de manera que el lector no se pierda.
£1 primer interrogante atañe en buena lógica al origen del mundo (capítulo 1) y de los hombres (capítulo 2), al nacimiento de ese célebre cosmos con el cual los morta les, desde el momento de su creación, deberán encontrar cada uno su manera de ponerse de acuerdo. Toda la mito logía comienza así por una narración de los orígenes del cosmos y de los seres humanos, los cuales expone por pri mera vez Hesíodo, en el siglo vn a.C., en sus dos poemas matriciales: la Teogonia (término que en griego significa sencillamente el «nacimiento de los dioses») y Los trabajos
y los días. Se trata de la primera aparición del mundo, de
los dioses y de los hombres. Es un relato muy abstracto, a veces difícil de seguir, y en los dos primeros capítulos voy a tratar de aclararlo lo más posible pues realmente vale la pena: todo se fundamenta en él.
Tengo que hacer aquí una precisión a fin de descartar un malentendido que todavía es frecuente: contrariamen te a una idea admitida desde hace mucho tiempo, pero del todo errónea, esta reconstrucción de los orígenes, aunque abstracta y a menudo bastante teórica, no tiene ninguna pretensión científica. Numerosos sabios de la ac tualidad siguen pensando, sin embargo, que no tiene nada que ver con un «primer enfoque», todavía ingenuo
PRÓIXX.O
y «primitivo», por no decir «mágico», de las cuestiones científicas que el «progreso» de nuestros conocimientos «positivos» permitirían superar. La mitología no constitu ye la infancia de la humanidad: no dene nada que envi diar, en cuanto a profundidad e inteligencia, a la ciencia moderna de la que no es, ni de cerca ni de lejos, una anti- cipación siquiera aproximada. Sería completamente ab surdo, por ejemplo, querer compararla a lo que hoy día nos enseñan los resultados de la invesügación científica sobre el Big Bang y los primeros instantes del universo. Una vez más (nunca se insiste en ello lo bastante por lo afianzada que está la visión cientísta y «progresista»): el proyecto de la mitología es muy distinto del proyecto científico moderno. No es en modo alguno su intuición aproximada. No aspira a la objetividad, ni siquiera al co nocimiento de lo real como tal. Su verdadera esencia está en otra parte. Mediante un relato que se pierde en la no che de los tiempos y que, a decir verdad, no tiene nada de explicativo en el sentido que entienden los científicos ac tuales, trata de ofrecernos a los mortales los medios para dar un sentido al mundo que nos rodea. Dicho de otro modo, aquí el universo no se considera como un objeto por
conocer, sino como una realidad por vivir, como el terreno de
juego de una existencia humana que, por así decirlo, debe encontrar en él su lugar. Es decir, que el objetivo de estos relatos primordiales no es tanto alcanzar la verdad factual como dar posibles significados a la existencia hu mana interrogándose sobre lo que puede ser una vida lo grada en un universo ordenado, armonioso yjusto como ese en cuyo seno nos incitan a encontrar nuestra senda. ¿Qué es una vida buena para unos seres, los humanos, que saben que van a morir y que son capaces como nin gún otro de hacer daño y descarriarse de forma trágica? ¿Qué es una vida lograda para estos seres efímeros que
Lasabiduríadelosmitos
a diferencia de los árboles, las ostras y los conejos poseen una conciencia clara de lo que más adelante los filósofos denominarán su «finitud»? Esta es la única pregunta váli da, la única que en realidad guía los relatos de los oríge nes. He aquí también por qué se interesan, en primer lu gar y ante todo, por la construcción del «cosmos», por la victoria de las fuerzas del orden contra las del desorden, pues en este cosmos, en el seno de ese orden, es donde va a ser necesario que encontremos, cada uno a su manera, nuestro lugar para alcanzar la vida buena.
Este primer relato, tal como lo expone Hesíodo, posee desde entonces una característica del todo asombrosa: está escrito casi enteramente desde el punto de vista de los dioses o, lo que viene a ser lo mismo, de la naturaleza. Los protagonistas de esta historia tan extraña como mag nífica son, en primer lugar, fuerzas extrahumanas, entida des a la vez divinas y naturales: el caos, la tierra, el mar, el cielo, los bosques y el sol, e incluso cuando se trata de la aparición de la humanidad, se narra también desde el punto de vista global del nacimiento de los dioses y del universo.
Pero una vez acabada esta construcción es necesario invertir del todo la perspectiva y dejarse llevar por un se
gundo interrogante que, en realidad, justifica desde el prin
cipio todo el edificio: ¿cómo van a entrar los hombres en ese universo de los dioses que no parece a priori hecho para ellos? Después de todo, hay que tener en cuenta que no son los dioses, sino los hombres, evidentemente, los que han inventado y narrado todas estas historias. Y lo han hecho, también evidentemente, para dar sentido a sus vidas, para situarse en el seno del universo que Ies ro dea. Lo que no siempre resulta fácil, como lo atestiguan las numerosas dificultades que jalonan el largo viaje de Ulises (capítulo 3), en que proporciona el arquetipo de la
Puritano
búsqueda, coronada finalmente con éxito, de una vida bue na entendida como la búsqueda, siempre singular para cada uno de nosotros, de su lugar en el seno del orden cósmico edificado por los dioses.
A decir verdad, como se verá desde el primer capítulo, son dos caminos que se cruzan. Hay una humanización progresiva de los dioses y una divinización progresiva de los hombres. Con esto quiero decir que los primeros dio ses son impersonales, no son, como Caos y Tártaro por ejemplo, más que entidades abstractas, sin rostro, sin ca rácter ni personalidad. Sólo representan fuerzas cósmicas que se organizan progresivamente fuera de cualquier proyecto consciente. Pero poco a poco, con la segunda generación de dioses, la de los Olímpicos, van aparecien do caracteres, personalidades, funciones distintas. En cierto modo, los dioses se humanizan, son cada vez más conscientes, más inteligentes y se alejan cada vez más de la naturaleza bruta: es que la organización del cosmos su pone mucha inteligencia y no solamente fuerza. Hera es celosa; Zeus, su marido, un mujeriego; Hermes, un bella co; Afrodita conoce todas las artimañas del amor; Artemis no tiene piedad; Atenea es tremendamente susceptible; Hefesto un poco necio cuando se trata de sentimientos, pero un genio en lo referente a los trabajos manuales, et cétera. A la lógica de la relación de fuerzas que domina a los primeros dioses le sustituye poco a poco una lógica más humana, menos natural y más cultural. Aun cuando la cosmología y el orden de la naturaleza ganan, la psico logía y el orden de la cultura empiezan a ocupar un lugar cada vez más importante en la conducta de los dioses. Pa ralelamente, el camino inverso se impone cada vez más a los humanos: cuanto más reflexionan sobre ello, más de ben comprender que lo que más les interesa es adaptarse a ese universo divino que es el orden cósmico. A la huma
Lasabiduríadf. losmitos
nización de lo divino responde un proceso de diviniza ción de lo humano, nunca acabado, claro está, puesto que somos y seguiremos siendo mortales, pero que indica un camino, una tarea: la reconciliación con el mundo así como con los dioses aparece en lo sucesivo como un ideal de vida. Todo el sentido del viaje de Ulises, que vamos a des cubrir o redescubrir en este capítulo, se aclara a partir de ahí: la vida buena es la vida reconciliada con lo que es, la vida en armonía con su lugar natural en el orden cósmi co, y es cosa de cada cual encontrar ese lugar y llevar a cabo ese trayecto si un día quiere alcanzar la sabiduría y la serenidad.
Nietzsche lo dirá de nuevo, a continuación de los gran des griegos, lo que demuestra de paso que su mensaje si gue siendo tan actual que puede encontrarse todavía en la filosofía contemporánea: el objetivo último de la vida humana es lo que él denomina amor fati = el amor de su
suerte, el amor de lo que es, de lo que nos es destinado, del
presente en suma. Esta es la sabiduría más elevada, la úni ca que nos permite liberarnos de lo que Spinoza, a quien Nietzsche consideraba como «un hermano», denominará las «pasiones tristes»: el miedo, el odio, la culpabilidad, el remordimiento, esos corruptores del alma que se arrai gan en las ilusiones del pasado o del futuro. Sólo esta re conciliación con el presente, con el instante —en griego: el kairos—, puede según él, como para lo esencial de la cultura griega, conducir a la verdadera serenidad, a la «ino cencia del devenir», es decir, a la salvación entendida no en su acepción religiosa, sino en el sentido de encontrar se al fin a salvo de los miedos que «arrinconan» la existen cia e impiden su desarrollo.
Pero Ulises no es todo el mundo, y la tentación de sus traerse a la condición humana para escapar de la muerte es grande. Los hay, y sin duda más de uno, que habrían res
PR Ó lJU f-O
pondido favorablemente a Calipso... Ésta es la razón por la cual el tercer interrogante que traspasa los mitos griegos atañe a la hybris, la desmesura de vidas que se eligen y se desarro llan en la hostilidad al orden divino y cósmico a la vez, de cuyo difícil nacimiento nos habla la Teogonia. Una vez que los mortales están en el mundo e integrados en el cosmos, ¿qué les ocurre a los que, precisamente, a diferencia de Ulises, no se conforman, y que por orgullo, por arrogancia y desmesura, por hybris pues, se rebelan contra el orden cósmico resultante de la guerra de los dioses? Muchos pro blemas: las historias de Asclepio (Esculapio), Stsifo, Midas, Tántalo, ícaro y tantos otros dan testimonio de ello... Con taremos y analizaremos algunas al detalle (capítulo 4), eli giendo por supuesto aquellas que son a la vez las más pro fundas y más entretenidas. Pero el mensaje es, desde el principio, bastante claro: si la sabiduría consiste en retor nar a su lugar natural en el universo divino y eterno para vivir en él reconciliado al fin con el presente, la locura de la
hybris reside en la actitud inversa: la rebelión orgullosa y
«caótica» contra su condición de simple mortal. Una gran cantidad de relatos mitológicos giran alrededor de este tema crucial, y es importante no leerlos, como se hace hoy día sin motivo alguno, a la luz de nuestra moral moderna heredada del cristianismo.
Cuarto interrogante: entre esos dos caminos posibles, el
de la sabiduría de Ulises y el de la locura de los que ceden a la hybris, ¿cómo situar a esos seres fuera de lo común, héroes o semidioses, que pueblan casi todos los grandes mitos griegos? Ni sabios ni locos, vuelven de perseguir en esta tierra de mortales la tarea fundamental que fue al principio la de Zeus: luchar contra las fuerzas del caos que renacen sin cesar para que el orden prevalezca sobre el desorden, y el cosmos y la armonía sobre la discordia. Tendremos que narrar aquí la historia de esos hombres
Lasabiduríadelosmitos
verdaderamente extraordinarios, combatientes gloriosos de todas las reencarnaciones monstruosas de las fuerzas del desorden (capítulo 5). Así, Teseo, Jasón, Perseo y He racles seguirán, a imagen de Zeus luchando contra los Ti tanes, persiguiendo y fulminando la raza de los seres ma léficos y monstruosos que simbolizan el renacimiento, siempre posible, de las primeras fuerzas del caos o, lo que viene a ser lo mismo, la fragilidad del orden cósmico.
Queda, finalmente, un quinto interrogante: por un lado está el cosmos, por otro los que se sitúan en él, como Uli- ses, los que rechazan su ley y viven en la hybris, los que ayudan a los dioses a restablecer el orden y se convierten en héroes, pero hay también millones de otros seres, sim ples humanos como ustedes y yo, que no son ni sabios ni malvados ni héroes y que permanentemente ven abatirse sobre ellos catástrofes imprevisibles, algunos momentos de alegría y felicidad, sin duda, pero también males de todo tipo, enfermedades, accidentes, calamidades natu rales, sin comprender cómo ni por qué. ¿Cómo explicar que un mundo con fama de armonioso, un cosmos del que se afirma que es justo y bueno, instaurado y custodiado por unos Olímpicos bellísimos, permita que el mal gol pee a los buenos y a los malos sin distinción? A esta pre gunta fundamental, imposible de eludir en el contexto de una cosmología cuyos principios son los de la armonía y la justicia, responden sobre todo los mitos de Edipo y de Antígona (capítulo 6).
Por último, veremos, evocando brevemente la figura de Dioniso, cómo prevé la mitología la reconciliación ne cesaria de la discordia y el orden, de Caos y del cosmos, antes de interrogarnos, para concluir, sobre lo que aporta la filosofía en relación con el mito y sobre los motivos por los cuales se ha pasado de la religión griega a unas doctri nas de salvación más conceptuales. Como se verá, en este
Prólogo
punto es donde la prehistoria de la filosofía aclara espe cialmente toda su historia.
Así pues, este libro empieza... por el principio, es decir, por el relato del nacimiento de los dioses, del mundo y de los hombres tal como se expone en el texto más antiguo, más completo y más significativo del que disponemos: el de Hesíodo. Cuando me parece clarificador añado el análi sis de algunos complementos y variantes, pero siempre preci
sando el origen y el significado de tales añadidos para que el lec
tor, aunque principiante, no se vea inducido a error y poco a poco perdido sino al contrario, aclarado y enriquecido por un saber que no aspira a la erudición sino al sentido. Claro está, en este trabajo, riguroso en lo que atañe al mé todo aunque decididamente pedagógico, me he guiado |x>r las obras de mis predecesores. Debo reconocer aquí mi deuda, sobre este punto y otros, hacia el llorado Jean-Pie- rre Vernant. El libro que escribió para su nieto —El Univer
so, los dioses, los hombres: el relato de los mitos griegos'— no sólo
me ha servido de inspiración, sino de modelo, como lo han sido también el resto de sus libros. Lo mismo en cuanto a los trabajos de Jacqueline de Romilly sobre la tragedia grie ga. No hace mucho había recibido en el Ministerio de Edu cación a estos dos eruditos inquietos por el declive de las «humanidades clásicas». Yo compartía su preocupación, en todo caso su amor por la Antigüedad, e intenté, me temo que sin éxito, tranquilizarlos, poner en practica «medidas» para poner freno a la caída, real o supuesta, que temían... pero sobre este punto como sobre otros, creo que a veces se es más útil por medio de los libros que por la acción polí tica: esta última choca con demasiadas presiones incontro lables, con obstáculos y trabas de orígenes tan diversos que sus efectos son siempre aleatorios.
También le debo mucho a otras obras, que citaré poco a poco, sobre todo ese clásico que es el Diccionario de la mitolo
t A SABIDURÍA delosmitos
gía griega y romana, editado por Pierre Grimal. Pero, aparte
de los textos originales que he tenido que leer o releer, la obra más valiosa entre todas fue para mí la de Timothy Gantz, Les Mythes de la Crece archaique (Los mitos de la Gre cia arcaica)10. Es el trabajo de toda una vida. Gon una pa ciencia y una erudición infinitas, Gantz ha sabido llevar con la humildad de un investigador—absteniéndose de in terpretar sin medida— los mitos a sus autores, clasificarlos históricamente y distinguir así, para cada relato mitológi co, su versión original (o lo que sabemos de ellos) y las va riantes que aparecen poco a poco para enriquecerlos, com pletarlos o, a veces, contradecirlos. Es esta riqueza, por no decir abundancia, la que Gantz nos ha restituido de una manera al fin ordenada, lo que permite orientarse con se guridad en las obras mitológicas antiguas.
Últimos comentarios sobre el estilo, la organización de este libro y sobre la participación que ofrece a los niños...
Como en Aprender a vivir 1, he decidido tutear a la per sona a la que me dirijo, y eso por dos razones que en mi opinión pueden más que las objeciones que me han he cho a este respecto. La primera es que, por así decirlo, he «sometido a prueba» los grandes relatos griegos en mis propios hijos y en algunos otros niños cercanos: es a ellos a quien me dirijo en primer lugar y, a fin de escribir bien para ellos, me es indispensable visualizar con la mente a aquella o aquel a quien me dirijo en cada momento en particular. La segunda razón es que este lector infantil, ideal y real al mismo tiempo, me obliga a abstenerme de toda alusión, a explicarlo todo, a no suponer que mi lector posee un trasfondo de erudición que le permitiría, por ejemplo, saber ya quiénes son Hesíodo, Apolodoro, Nono
Pr ó u x io
de Panópolis o Higinio, conocer a priori el significado de palabras tales como «teogonia», «cosmogonía», «mitógra- fo», «cosmos», etcétera, palabras que necesito constante mente pero que el tuteo me obliga de forma casi automáti ca, sin ni siquiera pararme a reflexionar, a definir y explicitar, lo que sin duda no haría de un modo natural si empleara el tratamiento de usted.
La convicción que comporta todo este trabajo que me ha tenido ocupado durante tantos años es que, en esta mezcla de consumo frenético y desencanto que caracteri za el universo en el que nos encontramos inmersos hoy día, resulta más indispensable que nunca ofrecer a nues tros hijos —como por lo demás a nosotros mismos: la mi tología se lee a todas las edades— la oportunidad de dar una vuelta por las grandes obras clásicas antes de entrar en el mundo de los adultos y en la vida de la ciudad. La referencia que aquí hago al consumo no tiene nada de soltura ni sudleza retórica. Como tuve la ocasión de expli car en mi libro sobre la familia11, la lógica del consumis- mo, a la cual ninguno de nosotros puede pretender en