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SECCIÓN V CONTINUACIÓN DEL MISMO TEMA

ABSTRACCIÓN, ETC.

1.2.05 SECCIÓN V CONTINUACIÓN DEL MISMO TEMA

[1.2.05.01]Si es verdadera la segunda parte de mi sistema: que la idea de espacio o extensión no es otra cosa que la idea de puntos visibles o tangibles dispuestos en cierto orden, se sigue entonces que no podemos formarnos idea alguna del vacío, esto es, de un espacio en el que no hay nada visible ni tangible. Esto da lugar a tres objeciones, que examinaré conjuntamente dado que la respuesta que daré a una de ellas es consecuencia de lo que aduciré para contestar a las otras.

[1.2.05.02]En primer lugar, puede decirse que los hombres han discutido durante siglos acerca de lo vacío y lo lleno, sin ser capaces de dar al tema una solucióndefinitiva; y aun los filósofos de nuestros días se creen en libertad para tomar partido por uno u otro bando, según les mueva su fantasía. Ahora bien, sea cual sea el fundamento que pueda haber para disputar con respecto a la cosa misma, puede sostenerse que esta disputa es decisiva por lo que respecta a la idea, y que es imposible que los hombres hayan podido razonar durante tanto tiempo sobre el vacío —refutándolo o defendiéndolo— sin tener una idea de lo que han refutado o defendido.

[1.2.05.03]En segundo lugar, y por si se dudara del argumento anterior, puede probarse la realidad o, al menos, la posibilidad de la idea del vacío mediante el siguiente razonamiento: toda idea es posible si es consecuencia necesaria e infalible de ideas que son posibles; ahora bien, aun cuando concedamos que el mundo esté realmente lleno, podemos concebirlo fácilmente como privado de movimiento: se concederá ciertamente que esta idea es posible. Debe concederse también que es posible concebir, en virtud de la omnipotencia de la divinidad, que una parte de la materia sea aniquilada mientras que las partes restantes siguen

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existiendo; en efecto, como toda idea que es distinguible es separable por la imaginación, y toda idea separable por la imaginación puede concebirse como existiendo por separado, es evidente que la existencia de una partícula de materia no implica la existencia de otra más de lo que la figura cuadrada de un cuerpo implica la figura cuadrada de otro. Aceptándose todo esto, pregunto ahora qué resulta de la concurrencia de estas dos ideas posibles de

permanencia y aniquilación, y qué debemos concebir que se siga de la aniquilación de todo el aire y la materia sutil de esta habitación, suponiendo que permanezcan las paredes, sin que haya movimiento o alteración alguna. Hay algunos metafísicos que replican que como materia y extensión son la misma cosa, la aniquilación de la una implica necesariamente la de la otra, y que en aquel caso no habría distancia alguna entre las paredes de la habitación, que se tocarían entre sí de la misma manera que mi mano toca el papel que está inmediatamente delante de mí. Pero aunque esta respuesta sea muy común, desafío a esos metafísicos a que conciban el asunto según su hipótesis, o imaginen el suelo y el techo, con todos los lados opuestos de la habitación, tocándose entre sí mientras que continúan en reposo y conservan la misma posición. ¿Cómo podrían tocarse mutuamente las dos paredes que van de sur a norte a la vez que tocan los límites opuestos de dos paredes que van de este a oeste? ¿Y cómo podrían encontrarse nunca el suelo y el techo a la vez que están separados por las cuatro paredes, dispuestas en una posición contraria? Si cambiáis su posición, suponéis un movimiento. Si concebís algo entre ellas, suponéis una nueva creación. Ahora bien, es evidente que, examinando con rigor las ideas de permanencia y aniquilación, la idea que de ellas resulta no es la de un contacto de partes, sino algo distinto, concluyendo que se trata de la idea del vacío.

[1.2.05.04]La tercera objeción va aún más lejos, y asegura que no sólo es real y posible la idea del vacío, sino que es también necesaria e inevitable. Esta afirmación se basa en el movimiento que observamos en los cuerpos, el cual —se sostiene— sería imposible e inconcebible sin un vacío en el que deba moverse un cuerpo para hacer sitio a otro. No me extenderé en esta objeción porque pertenece fundamentalmente a la filosofía natural, que está fuera del ámbito en que ahora nos movemos.

[1.2.05.05]A fin de contestar a estas objeciones, deberemos profundizar mucho en el asunto, y tener en cuenta la naturaleza y origen de las distintas ideas; de otra forma disputaríamos sin entender del todo el asunto en cuestión. Es evidente que la idea de oscuridad no es una idea positiva, sino simplemente la negación de la luz o, hablando con más propiedad, la negación de objetos visibles y coloreados. Un hombre que disfruta de vista no recibe, si mira a su alrededor cuando no tiene absolutamente ninguna luz, más percepción que la común a un ciego de nacimiento; y ciertamente este último no tiene idea alguna de luz ni obscuridad. La consecuencia de esto es, que no es por la supresión de objetos visibles por lo que recibimos la impresión de una extensión sin materia, y que la idea de oscuridad absoluta no puede ser nunca la misma que la del vacío.

[1.2.05.06]Supongamos de nuevo a un hombre suspendido en el aire, y suavemente movido a través de él por alguna fuerza invisible; es evidente que, en virtud de este movimiento invariable, no se da cuenta de nada ni recibe nunca la idea de extensión —ni tampoco ninguna

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otra—. Aun suponiendo que mueva sus miembros a un lado y a otro, eso no podrá proporcionarle aquella idea. En este caso, siente una cierta sensación o impresión cuyas partes se siguen unas a otras, y que puede darle idea del tiempo; pero, ciertamente, no están dispuestas del modo como es necesario para proporcionarle la idea de espacio o extensión.

[1.2.05.07]Si parece entonces que ni la oscuridad ni el movimiento, junto con la remoción absoluta de toda cosa visible o tangible, pueden darnos nunca la idea de una extensión sin materia, o vacío, la cuestión siguiente será la de si pueden darnos dicha idea cuando están combinados con algo visible y tangible.

[1.2.05.08]Los filósofos admiten comúnmente que todo cuerpo que se presenta a la vista aparece como si estuviera pintado sobreuna superficie plana, y que sus diferentes grados de lejanía con respecto a nosotros se descubren más por la razón que por los sentidos. Cuando levanto la mano ante mis ojos y abro los dedos, éstos se ven separados por el color azul del firmamento tan perfectamente como lo podrían set por cualquier objeto visible interpuesto entreellos. Por tanto, a fin de saber si la vista puede darnos la impresión y la idea del vacío, debemos suponer que en medio de una total oscuridad hay cuerpos presentes a nosotros que son luminosos, y cuya luz descubre únicamente a estos mismos cuerpos, sin darnos impresión alguna de los objetos circundantes.

[1.2.05.09]Una suposición parecida tenemos que hacernos por lo que respecta a los objetos del tacto. No es adecuado suponer una remoción perfecta de, todos los objetos tangibles; debemos conceder que algo sea percibido por el tacto, y que después de un intervalo y un movimiento de la mano —u otro órgano sensorial— se encontrará otro objeto al tacto, y que al abandonar éste se encontrará otro, y así sucesivamente, con tanta frecuencia como queramos. La cuestión es si son estos intervalos los que nos proporcionan la idea de una extensión sin cuerpos.

[1.2.05.10]Para empezar con el primer caso, es evidente que cuando aparecen a la vista solamente los objetos luminosos, podemos percibir si están unidos o separados, si están separados por una distancia grande o pequeña; y, si esta distancia varía, podemos percibir su aumento o disminución, junto con el movimiento de los cuerpos. Pero como la distancia no es en este caso una cosa coloreada o visible, puede pensarse que hay aquí un vacío o extensión pura no sólo inteligible a la mente, sino evidente para los mismos sentidos.

[1.2.05.11]Esta es nuestra natural y más familiar forma de pensar; pero tendremos que aprender a corregirla mediante una pequeña reflexión. Podemos observar que cuando dos cuerpos se presentan allí donde había antes una completa oscuridad, el único cambio apreciable está en la aparición de estos dos objetos, mientras que todo lo demás continúa como antes: una negación perfecta de luz y de todo objeto coloreado o visible. Esto es verdad no sólo de aquello que pueda considerarse como alejado de esos cuerpos, sino también de la distancia misma interpuesta entre ellos, la cual no es otra cosa que oscuridad o negación de luz: sin partes, sin composición, invariable e indivisible. Ahora bien, como esta distancia no causa una percepción distinta de la que un ciego recibiría en sus ojos o de la que nos es dada

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en la noche más oscura, deberá participar de las mismas propiedades. Y así como ni la ceguera ni la oscuridad nos proporcionan idea alguna de extensión, del mismo modo es imposible que la distancia oscura e indistinguible que media entre dos cuerpos pueda jamás producir tal idea.

[1.2.05.12]La única diferencia entre una oscuridad absoluta y la aparición de dos o más visibles objetos luminosos consiste, como he dicho ya, en los objetos mismos y en el modo como afectan a nuestros sentidos. Los ángulos que los rayos de luz surgidos de estos objetos forman entre sí, el movimiento que necesita el ojo para pasar del uno al otro, y las distintas partes del órgano visual que están afectadas por esos objetos: todo esto es lo que produce las únicas percepciones por las que podemos apreciar la distancia112. Pero como cada una de

estas percepciones es simple e indivisible, no podrán nunca darnos la idea de extensión.

[1.2.05.13]También podemos ilustrar esto considerando el sentido del tacto, y la imaginaria distancia o intervalo que media entre objetos tangibles o sólidos. He supuesto que se dan dos casos: el del hombre suspendido en el aire y moviendo sus miembros a un lado y a otro sin tropezar con nada tangible, y el del hombre que, después de tocar algo tangible, lo abandona, y luego de un movimiento —del que es consciente— percibe otro objeto tangible. Y ahora, pregunto: ¿cuál es la diferencia entre estos dos casos? Nadie sentirá escrúpulo alguno en afirmar que consiste simplemente en la percepción de esos objetos y que la sensación surgida del movimiento es en ambos casos la misma. Y como esta sensación es incapaz de proporcionarnos una idea de extensión si no va acompañada por alguna otra percepción, no podrá darnos ya esa idea cuando esté combinada con las impresiones de objetos tangibles, dado que tal combinación no produce alteración en ella.

[1.2.05.14]Pero aunque, por sí solos, o acompañados por objetos tangibles y visibles, el movimiento y la oscuridad no nos deparen idea alguna del vacío, o extensión sin materia, son sin embargo las causas por las que erróneamente imaginamos que podemos formarnos una idea tal. Existe, en efecto, una estrecha relación entre ese movimiento y oscuridad, y una extensión real o composición de objetos visibles y tangibles.

[1.2.05.15]En primer lugar, podemos observar que dos objetos visibles que se manifiesten en medio de una absoluta oscuridad afectarán a los sentidos, formarán ángulo con los rayos que fluyen de ellos y se encontrarán en el ojo del mismo modo que si la distancia entre ellos estuviera llena de objetos visibles que nos dieran una idea verdadera de extensión. La sensación de movimiento es la misma cuando no hay nada tangible interpuesto entre dos cuerpos y cuando tocamos un cuerpo compuesto cuyas diferentes partes están situadas una tras otra.

[1.2.05.16]En segundo lugar, vemos por experiencia que dos cuerpos situados de modo que afecten los sentidos de igual forma que otros dos, que tengan un cierto número de objetos

112Esto ha sido corregido en el Apéndice (pág. 832), probablemente por influencia de la lectura

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visibles interpuestos entre ellos, son susceptibles de recibir la interposición de ese mismo número de objetos sin ningún perceptible desplazamiento o penetración, y sin cambio en el ángulo visual en que aparecen a los sentidos. De igual modo, allí donde hay un objeto al que no podemos tocar después de otro sin que medie un intervalo y sin que percibamos en nuestra mano, o en otro órgano sensorial, esa sensación que llamamos movimiento, la experiencia nos enseña que es posible tocar el mismo objeto, con la misma sensación de movimiento, juntamente con la impresión interpuesta de objetos sólidos y tangibles que acompañen a la sensación. Esto es, y en otras palabras: una distancia invisible e intangible puede convertirse en visible y tangible sin cambio alguno en los objetos distantes.

[1.2.05.17]En tercer lugar, podemos observar, como otra relación entre esas dos clases de distancia, que éstas tienen casi los mismos efectos en todo fenómeno natural. En efecto, como todas las cualidades: calor, frío, luz, atracción, etc., disminuyen en razón a la distancia, apenas si se ha encontrado diferencia entre que esta distancia esté señalada por objetos compuestos y sensibles, o que sea conocida únicamente por el modo en que los objetos distantes afectan a los sentidos.

[1.2.05.18]Estas son, pues, las tres relaciones existentes entre la distancia que depara la idea de extensión y ese otro tipo de distancia que no está llena con ningún objeto coloreado o sólido. Los objetos distantes afectan a los sentidos de la misma manera si están separados por una distancia o por otra; se ha visto que la segunda especie de distancia es susceptible de recibir en sí a la primera, y ambas disminuyen en igual medida la fuerza de toda cualidad.

[1.2.05.19]Estas relaciones existentes entre las dos clases de distancia nos darán una fácil razón de que se haya tomado tantas veces la una por la otra, y de que imaginemos tener una idea de extensión sin la idea de un objeto, sea de la vista o del tacto. De este modo, podemos establecer como máxima general en esta ciencia de la naturaleza humana que, allí donde existe una relación estrecha entre dos ideas, la mente se ve fuertemente inclinada a confundirlas y a usar la una en lugar de la otra en todos sus discursos y razonamientos. Este fenómeno ocurre en tan gran número de ocasiones, y entraña tales consecuencias, que no puedo dejar de detenerme un momento a examinar sus causas. Sólo sentaré como premisa que debemos distinguir exactamente entre el fenómeno mismo y las causas que a este respecto señalaré, y que no debemos imaginarnos que, porque estas últimas admiten cierto grado de incertidumbre, también el primero es incierto. El fenómeno puede ser real, aunque mi explicación sea quimérica. La falsedad de la una no tiene por consecuencia la del otro113,

aunque al mismo tiempo podamos observar que somos muy propensos a inferir tal consecuencia —lo que proporciona un evidente ejemplo del principio mismo que intento explicar.

113En efecto, ello sería una falacia de negación del consecuente: si p entonces q; y no es el caso

que p; luego no es el caso que q. Con un ejemplo manido: Si llueve, la calle se moja. Pero de que no llueva no se sigue que la calle no esté mojada. Puede haberse roto una conducción de agua, por ejemplo.

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[1.2.05.20]Cuando yo admitía que las relaciones de semejanza, contigüidad y causalidad son los principios de unión de ideas, sin examinar sus causas, hacía esto más por seguir mi primera máxima: que debemos en última instancia conformarnos con la experiencia, que por falta de algo especioso y plausible que pudiera haber presentado al respecto. Habría resultado muy fácil hacer una imaginaria disección del cerebro, mostrando por qué cuando concebimos una idea los espíritus animales corren por todas las huellas contiguas, despertando a las otras ideas relacionadas con la primera114. Pero aunque he desdeñado toda ventaja que pudiera

haber sacado de ese recurso al explicar las relaciones, me temo que deba utilizarlo ahora, con el fin de explicar los errores surgidos de esas relaciones. Observaré, por tanto, que como la mente tiene la facultad de suscitar cualquier idea que le plazca siempre que envía a los espíritus a la región del cerebro en que está situada esa idea, dichos espíritus suscitan la idea cuando corren justamente por las huellas adecuadas, agitando la célula que corresponde a la idea. Pero como los espíritus animales siguen raramente un movimiento recto y se tuercen naturalmente en algún grado a uno y otro lado, presentan por ello, al tocar las huellas contiguas, otras ideas relacionadas, en lugar de la que la mente deseaba presentar en principio. Y no siempre nos damos cuenta de este cambio, sino que, siguiendo el mismo curso de pensamientos, hacemos uso de la idea relacionada que se nos presenta, y la empleamos en nuestros razonamientos como si fuese la misma que habíamos solicitado. Esta es la causa de muchos errores y sofismas en filosofía, como cabe naturalmente imaginar, y sería fácil probar si hubiera ocasión para ello.

[1.2.05.21]De las tres relaciones arriba mencionadas es la de semejanza la fuente que más errores produce; de hecho, pocas equivocaciones de razonamiento hay que no se deban en gran medida a ese origen. No sólo están relacionadas entre sí las ideas semejantes, sino que también las acciones mentales que realizamos al considerarlas son tan escasamente diferentes unas de otras que nos resulta imposible distinguirlas. Este último punto tiene importantes consecuencias: en general, podemos observar que, siempre que al formar dos ideas son las acciones de la mente iguales o semejantes, somos muy propensos a confundir esas ideas y a tomar la una por la otra. Veremos muchos ejemplos de ello en el curso de este tratado. Pero aunque sea la semejanza la relación que más fácilmente produce una equivocación en las ideas, también las relaciones de causalidad y contigüidad pueden tener esa misma influencia. Podríamos mostrar como suficiente prueba de ello figuras de poetas y oradores, si el extraer de ese ámbito nuestros argumentos fuera en problemas metafísicos tan usual como lo es razonable. Pero por miedo de que los metafísicos estimen que eso se encuentra por debajo de su dignidad, elegiré como prueba algo que puede observarse en la mayor parte de sus propios discursos: que a los hombres les es habitual usar en sus razonamientos palabras en vez de ideas, y hablar en lugar de pensar. Usamos palabras en vez de ideas porque ambas se encuentran por lo común tan estrechamente ligadas que la mente las confunde fácilmente. Y ésta es también la razón de que utilicemos la idea de una distancia

114Las numerosas alusiones de Hume a los «espíritus animales» encuentran su «locus» clásico

en la explicación psicofisiológica de DESCARTES en su De passionibusanimae(I, 16, y también I, 31-41: pasajes dedicados a la famosa glándula pineal).

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que no es estimada ni como visible ni como tangible en vez de la extensión, que no es sino una composición de puntos visibles o tangibles dispuestos en cierto orden. El origen de esta equivocación se encuentra en la concurrencia de las relaciones de causalidad y de semejanza.

Como se aprecia que la primera especie de distancia es convertible en la segunda, esta última

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