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SECCIÓN XII DE LA PROBABILIDAD DE LAS CAUSAS

ABSTRACCIÓN, ETC.

1.3.12 SECCIÓN XII DE LA PROBABILIDAD DE LAS CAUSAS

[1.3.12.01]Lo que he dicho ya con respecto a la probabilidad de los casos de azar no puede servirnos sino de ayuda en la explicación de la probabilidad de las causas. En efecto, los filósofos admiten comúnmente que lo denominado azar por el vulgo no es sino una causa secreta y oculta. Es esa especie de probabilidad, pues, lo que debemos examinar principalmente.

[1.3.12.02]Las probabilidades de las causas son de varios tipos, pero todas se derivan del mismo origen: la asociación de ideas a una impresión presente. Dado que el hábito, que produce la asociación, surge de la conjunción frecuente de objetos, deberá ser de un modo gradual como llegue a ser perfecto, con lo que adquirirá nueva fuerza a cada caso que caiga bajo nuestra observación. El caso primero no tiene fuerza, o tiene bien poca; el segundo añade algo de fuerza; el tercero llega a ser más notable. Y así, lentamente y paso a paso llega nuestro juicio a alcanzar seguridad plena. Pero antes de alcanzar este grado de certeza, atraviesa por varios grados inferiores; y en todos ellos deberá ser estimado solamente como presunción y probabilidad. Por tanto, la gradación de probabilidades a pruebas es en muchos casos insensible, percibiéndose más claramente la diferencia entre estas clases de evidencia en los grados mutuamente distantes que en los cercanos y contiguos.

[1.3.12.03]Vale la pena notar, en esta ocasión, que aunque la especie de probabilidad aquí explicada sea primera en orden y tenga naturalmente lugar antes de que exista una prueba plena, nadie que haya llegado al uso de razón puede conocerla ya. Es verdad que nada hay más común en personas del más avanzado conocimiento que el haber alcanzado únicamente una imperfecta experiencia de muchos casos particulares, lo que produce naturalmente sólo un hábito y transición imperfectos. Pero en este caso hay que tener en cuenta que la mente, al haber realizado ya otra observación acerca de la conexión de causas y efectos, confiere nueva fuerza al razonamiento basado en esa observación, con lo que puede construir un argumento sobre un solo experimento,

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siempre que esté debidamente preparado y examinado. Una vez que hemos hallado que algo se sigue de un objeto, concluimos que siempre se seguirá de él; y si no siempre se tiene esta máxima por cierta, ello no se debe a que falte un número suficiente de experiencias, sino a que frecuentemente nos encontramos con ejemplos en contrario. Y esto nos lleva a la segunda especie de probabilidad, en la que existe contrariedad en nuestra experiencia y observación.

[1.3.12.04]Por lo que respecta a la regulación de la conducta y acciones, los hombres serían muy afortunados si los mismos objetos estuviesen siempre mutuamente unidos y no tuviéramos nada que temer sino los errores de nuestro propio juicio, sin tener nunca motivo alguno para recelar de la invariabilidad de la naturaleza. Pero como se ha encontrado con frecuencia que una observación contradice a otra, y que causas y efectos no se siguen en el mismo orden de que teníamos experiencia, nos vemos obligados a variar nuestro razonamiento en vista de tal incertidumbre, así como a tener en consideración la contrariedad de los sucesos. La primera cuestión que se presenta a este respecto es, pues, la relativa a la naturaleza y causas de la contrariedad.

[1.3.12.05]El vulgo, que toma las cosas según su primera apariencia, atribuye lo incierto de los fenómenos a una igual incertidumbre en las causas, incertidumbre por la que éstas no ejercerían muchas veces su influencia usual a pesar de no encontrar obstáculo ni impedimento en su operación. Sin embargo, habiendo observado los filósofos que casi en cada parte de la naturaleza se encuentra una gran variedad de orígenes y principios, ocultos en razón de su pequeñez o distancia, hallan al menos posible que la contrariedaden los fenómenos no proceda de una contingencia en la causa, sino de la operación secreta de causas contrarias. Esta posibilidad se convierte en certeza gracias a ulteriores observaciones, al darse cuenta mediante un exacto análisis que una contrariedad de efectos implica siempre una contrariedad de causas. y que la primera se debe al mutuo impedimento y oposición de la segunda. Un campesino no puede dar mejor razón de que un reloj se le pare que la de decir que normalmente no anda bien. El relojero, en cambio, se da cuenta fácilmente de que la misma fuerza en el muelle o en el péndulo ejerce siempre la misma influencia sobre las ruedas, y que si ahora no produce su efecto usual, ello se deberá posiblemente a un grano de polvo que detiene todo el movimiento. Y gracias a haber observado varios ejemplos parecidos, los filósofos establecen la máxima de que la conexión entre toda causa y efecto es siempre igualmente necesaria, y que la aparente incertidumbre de algunos casos se debe a la oposición oculta de causas contrarias.

[1.3.12.06]Ahora bien, por más que los filósofos y el vulgo puedan diferir en su explicación de la contrariedad entre fenómenos, las inferencias que sacan de esa contrariedad son siempre de la misma clase, y están fundadas en los mismos principios. La contrariedad de fenómenos en el pasado puede darnos una especie de creencia dubitativa en lo futuro, y puede hacerlo de dos formas diferentes. Primero:

produciendo un hábito y transición imperfecta de la impresión presente a la idea relacionada. Cuando la conjunción de dos objetos es frecuente pero no enteramente

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constante, la mente se ve determinada a pasar de un objeto a otro, pero no con un hábito tan perfecto como cuando la unión es ininterrumpida y todos los casos encontrados son uniformes y de la misma clase. Tanto en nuestras acciones como en nuestros razonamientos, vemos por común experiencia que una constante perseverancia en el curso de la vida produce una fuerte inclinación y tendencia a seguir así en el futuro, aunque haya hábitos con un grado menor de fuerza, en proporción con los grados inferiores de estabilidad y uniformidad en nuestra conducta.

[1.3.12.07]No cabe duda de que ese principio tiene lugar a veces, y de que produce esas inferencias que sacamos de fenómenos contrarios, aunque estoy convencido de que un examen adecuado nos mostrará que no es éste el principio que más influye por lo común sobre la mente en esta especie de razonamientos. Cuando nos limitamos a seguir la determinación habitual de la mente efectuamos la transición inconscientemente, sin interponer ni un instante entre la visión de un objeto y la creencia en su acompañante habitual. Como la costumbre no depende de deliberación alguna, actúa instantáneamente, sin dar tiempo a reflexión. Pero en nuestros razonamientos probables no tenemos sino unos pocos ejemplos de este modo de proceder, menos desde luego que en los razonamientos derivados de la conjunción invariable de objetos. En el primer tipo de razonamientos tomamos conscientemente en consideración, por lo común, la contrariedad de sucesos pasados: comparamos cuidadosamente los distintos aspectos de la contrariedad, sopesando las experiencias de cada lado. De aquí que podamos concluir que este tipo de razonamientos no surge

directamente del hábito, sino que lo hace de un modo indirecto, como vamos a intentar explicar a continuación.

[1.3.12.08]Es evidente que cuando un objeto viene acompañado de efectos contrarios nos hacemos un juicio de tales efectos únicamente en función de nuestra pas ada experiencia, considerando siempre posibles los efectos que hemos observado se siguen del objeto. Y del mismo modo que es la experiencia pasada quien regula nuestro juicio acerca de la posibilidad de esos efectos, igualmente hace esto por lo que respecta a su probabilidad, por lo que tenemos siempre más probable al efecto que más veces ha sucedido. En este caso hay que tener en cuenta, pues, dos puntos: las razones que nos llevan a hacer del pasado un criterio para el futuro, y el modo

en que extraemos un solo juicio de una contrariedad de sucesos pasados.

[1.3.12.09]En primer lugar, podemos observar que la suposición de que el futuro es semejante al pasado no está basada en argumentos de ningún tipo, sino que se deriva totalmente del hábito, por el cual nos vemos obligados a esperar para el futuro la misma serie de objetos a que estamos acostumbrados. Este hábito o determinación para transferir el pasado al futuro es pleno y perfecto; y, por consiguiente, el primer impulso de la imaginación en esta especie de razonamientos está dotado de las mismas cualidades.

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[1.3.12.10]En segundo lugar, sin embargo, cuando al considerar experiencias pasadas las encontramos de naturaleza contraria, esa determinación —aun plena y perfecta en sí misma— no nos presenta ya un objeto fijo, sino que nos ofrece unas cuantas imágenes discordantes, aunque en cierto orden y proporción. El primer impulso, pues, se rompe aquí en pedazos, difundiéndose por todas esas imágenes, con lo que cada una de ellas participa en igual grado de la fuerza y vivacidad derivada del impulso. Cualquiera de estos sucesos pasados puede volver a suceder; y juzgamos que cuando sucedan estarán combinados en la misma proporción que en el pasado.

[1.3.12.11]Y si lo que deseamos es considerar la proporción de sucesos contrarios en gran número de casos, las imágenes presentadas por nuestra pasada experiencia deberán permanecer en su primera forma y conservar sus proporciones primeras. Supongamos que una larga experiencia me ha enseñado que, de veinte barcos que s e hacen a la mar, sólo regresan diecinueve. Y supongamos que en este momento veo abandonar el puerto a veinte barcos: la transferencia de mi experiencia pasada a la futura hace que me represente a diecinueve de estos barcos volviendo a salvo, y a uno destruido. En este punto no cabe dificultad alguna. Pero como frecuentemente repasamos estas ideas distintas de sucesos pasados, con el fin de juzgar un solo suceso que parece inseguro, esta consideración deberá cambiar la primera forma de nuestras ideas y reunir las imágenes separadas que nos presenta la experiencia, pues es a ella a quien referimos la determinación del suceso particular en cuestión. Se supone que muchas de estas imágenes coinciden, y que, de ellas, un número superior coincide en un extremo determinado. Estas imágenes concordantes se unen entre sí, haciendo la idea más fuerte y vivaz que una mera ficción de la imaginación, e incluso también más que cualquier otra idea apoyada por un número menor de experiencias. Cada nueva experiencia supone una nueva pincelada que presta más vivacidad a los colores, sin agrandar o multiplicar por ello la figura. Esta operación de la mente ha sido explicada ya tan plenamente al estudiar la probabilidad de los casos de azar que no necesito esforzarme por hacerla ahora más inteligible. Cada experiencia pasada puede ser considerada como una especie de caso de azar: es inseguro si el objeto existirá conforme a una experiencia u otra; y por esta razón, todo lo dicho sobre el azar es aplicable también aquí.

[1.3.12.12]En suma, las experiencias en contrario ocasionan una creencia imperfecta, ya por debilitar el hábito, ya por dividir y reunir después en diferentes partes ese hábito

completo que nos lleva a concluir en general que los casos de que no tenemos experiencia deben ser necesariamente semejantes a aquéllos otros en que sí la tenemos.

[1.3.12.13]Para confirmar aún más esta explicación de la segunda especie de probabilidad, en base a la cual razonamos consciente y reflexivamente según la contrariedad de experiencias pasadas, propondré ahora las consideraciones siguientes, esperando que no ofenda a nadie el aire de sutileza que las acompañará. Un razonamiento exacto debe seguir manteniendo quizá su fuerza probatoria, por muy

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sutil que sea, de igual modo que la materia conserva igual su solidez en el aire, el fuego o los espíritus animales, que en las figuras más grandes y perceptibles.

[1.3.12.14]En primer lugar, podemos observar que no hay probabilidad tan grande que no admita una posibilidad en contrario, pues de otro modo dejaría de ser probabilidad para convenirse en certeza. La probabilidad de las causas, que es la más amplia, y que ahora examinamos, se sigue de experiencias opuestas; y es evidente que una experiencia pasada prueba al menos una posible experiencia futura.

[1.3.12.15]En segundo lugar, los elementos componentes de esta posibilidad y probabilidad tienen la misma naturaleza, difiriendo solamente en número, no en especie. Se ha observado que todos los casos individuales son enteramente iguales, y que la única circunstancia que puede conceder a un suceso contingente ventaja sobre otro consiste en el número superior de casos en que se presente. De igual modo, como lo incierto de las causas se descubre por la experiencia, que nos presenta una serie de sucesos opuestos, es claro que al ir del pasado al futuro, de lo conocido a lo desconocido, toda experiencia pasada tiene el mismo peso, por lo que sólo un número mayor de casos puede inclinar la balanza a uno de los extremos. Por tanto, la posibilidad existente en cada razonamiento de esta clase se compone de partes de igual naturaleza, tanto entre sí como en relación con las componentes de la 'opuesta probabilidad.

[1.3.12.16]En tercer lugar, podemos establecer como máxima segura que, lo mismo en todo fenómeno moral que natural, cuando una causa consta de un número de partes y el efecto aumenta o disminuye según varía ese número, este efecto es, hablando propiamente, compuesto, y se deriva de la unión de los distintos efectos surgidos de cada parte de la causa. A esto se debe que, dado que la gravedad de un cuerpo aumenta o disminuye según el aumento o disminución de sus partes, concluyamos que cada parte contiene esta cualidad y contribuye a la gravedad del todo. La ausencia o presencia de una parte de la causa está acompañada por la de una parte proporcional del efecto. Esta conexión o conjunción constante prueba suficientemente que una parte es causa de la otra. Y como la creencia que damos a un suceso aumenta o disminuye según el número de casos o experiencias pasadas, tendrá que ser considerada como un efecto compuesto, cada una de cuyas partes se debe a un número proporcional de casos o experiencias.

[1.3.12.17]Unamos ahora estas tres observaciones y veamos qué conclusión podemos sacar de ellas. Cada probabilidad tiene una posibilidad en contrario. Esta posibilidad está compuesta de partes cuya naturaleza es idéntica a la de las partes componentes de la probabilidad; y, en consecuencia, tienen la misma influencia sobre la mente y el entendimiento. La creencia correspondiente a la probabilidad es un efecto compuesto formado por la concurrencia de varios efectos, derivados de cada parte de probabilidad. Por tanto, y dado que cada parte de probabilidad contribuye a ocasionar la creencia, cada parte de posibilidad deberá tener la misma influencia en el otro extremo, ya que la naturaleza de las partes es idéntica. La creencia contraria que

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acompaña a la posibilidad, implica que se trata en este caso de un modo de ver cierto objeto, del mismo modo que la probabilidad supone lo opuesto. En este punto, los dos grados de creencia son análogos. La única forma, pues, en que el número mayor de componentes similares en la una puede ejercer su influencia y prevalecer sobre el número menor en la otra, es produciendo una aparición más fuerte y vivaz de su objeto. Cada parte muestra un aspecto particular, y al unirse todos estos aspectos entre sí producen un aspecto general, que será más pleno y distinto en razón del mayor número de causas o principios de que se derive.

[1.3.12.18]Los elementos componentes de la probabilidad y de la posibilidad, siendo similares en su naturaleza, deberán producir efectos similares; y la similitud de sus efectos consiste en que cada uno de ellos muestra un aspecto de un objeto particular. Sin .embargo, aunque estas partes sean similares en su naturaleza son muy diferentes en cantidad y número; y esta diferencia tiene que hacerse notar en el efecto, igual que lo hacía la similitud. Ahora bien, como el aspecto presentado en ambos casos es pleno y completo, abarcando el objeto en todas suspartes, es imposible que en este respecto pueda haber otra diferencia ni cosa alguna que se pueda distinguir entre estos efectos sino una superior vivacidad en la probabilidad, debida a la concurrencia de un número superior de aspectos.

[1.3.12.19]Veamos ahora casi el mismo argumento, pero desde una diferente perspectiva. Todos nuestros razonamientos acerca de la probabilidad de causas están basados en la transferencia del pasado al futuro. Basta la transferencia de cualquier experiencia pasada a otra futura para proporcionarnos una visión del objeto, ya sea una experiencia singular o se encuentre combinada con otras de la misma clase, sea completa u opuesta a otras de tipo contrario. Supongamos ahora que adquiere a la vez estas cualidades de combinación y oposición: no perderá por ello su poder anterior de presentar un aspecto del objeto, sino que simplemente coincidirá con otras experiencias y se opondrá a otras que tienen una influencia análoga. Por tanto, puede aparecer un problema referente al modo de coincidencia y de oposición. En cuanto a la coincidencia, sólo cabe elegir entre estas dos hipótesis. Primera: que la visión del objeto, ocasionada por la transferencia de cada experiencia pasada, se conserve íntegra, multiplicada tan sólo por el número de veces en que se ve. Segunda: que se transfiera a experiencias similares y correspondientes, confiriendo a éstas un grado superior de fuerza y vivacidad. Ahora bien, la experiencia nos dice que la primera hipótesis es errónea, ya que la creencia que acompaña a un razonamiento consiste en una sola conclusión, y no en una multitud de conclusiones similares que sólo distraerían la mente, y que en muchos casos serían demasiado numerosas para ser comprendidas distintamente por una capacidad finita. Por consiguiente, la única opción razonable que resta es la de que estas apariencias similares se fusionen entre sí y unifiquen sus fuerzas, de modo que produzcan una apariencia más fuerte y clara de la que surgirla de una sola de ellas. Este es el modo en que coinciden las experiencias pasadas cuando se transfieren a un suceso futuro. En cuanto a su modo de

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imposible que el objeto pueda existir de acuerdo con ambos aspectos a la vez, su influencia será mutuamente destructiva, con lo que la mente será determinada por el superior con la sola fuerza que resta de eliminar el inferior.

[1.3.12.20]Me doy cuenta de lo abstruso que todo este razonamiento debe parecer a la mayoría de los lectores, que, como no están acostumbrados a tan profundas reflexiones sobre las facultades intelectuales de la mente, son propensos a rechazar como quimérico todo lo que choque con las nociones comúnmente aceptadas y con los principios más sencillos y obvios de la filosofía. Y no hay duda de que cuesta algún trabajo entender estos argumentos, aunque es posible que se necesite muy poco para notar la imperfección de cualquier hipótesis vulgar sobre el tema, así como la poca luz que la filosofía puede proporcionarnos en especulaciones tan sublimes y dignas de atención. Supongamos, por una vez, que los hombres estén plenamente convencidos de estos dos principios: que nada hay en un objeto, considerado en si mismo, que pueda proporcionarnos razón alguna para sacar una conclusión que vaya más allá de

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