ABSTRACCIÓN, ETC.
1.3.16 SECCIÓN XVI DE LA RAZÓN EN LOS ANIMALES
[1.3.16.01]Próximo al ridículo de negar una verdad evidente está el de tomarse mucho esfuerzo por defenderla; y ninguna verdad me parece tan evidente como la de que las bestias poseen pensamiento y razón, igual que los hombres. Los argumentos son en este caso tan obvios que no escaparán nunca ni al más estúpido e ignorante.
[1.3.16.02]Sabemos que al adaptar medios a fines somos guiados por nuestra razón e intención, y también que no es de una manera ignorante o casual como ejecutamos las acciones que tienden a la propia conservación, a obtener placer y evitar el dolor. Por consiguiente, cuando vemos en millones de casos que otras criaturas ejecutan acciones similares y las dirigen a fines similares, todos nuestros principios de razón y probabilidad nos llevan con fuerza invencible a creer en la existencia de una causa similar. En mi opinión, es innecesario ilustrar este argumento enumerando casos particulares. La más mínima atención nos dará más de los que pudieran ser necesarios. La semejanza entre las acciones de los animales y las de los hombres es tan perfecta a este respecto, que la primera acción del primer animal que queramos escoger nos proporcionará un argumento incontestable en favor de la presente doctrina.
[1.3.16.03]Esta doctrina es tan útil como obvia, y nos depara una especie de piedra de toque para juzgar toda teoría empleada en este género de filosofía. Es la semejanza entre las acciones externas de los animales y las realizadas por nosotros mismos la base por la que juzgamos que sus acciones internas se asemejan igualmente a las nuestras; y avanzando un
181Tanto en la razón como en las pasiones indirectas (orgullo y humildad: II, I, 12; amor y odio:
II, II, 12) Hume presentará como corolario de sus doctrinas, al final de cada parte, un breve estudio acerca de la aplicación de su sistema al reino animal. Sin embargo, debe advertirse que, como obligado correlato, el último capitulo (excluida la Conclusión) del libro I (I, IV, 7) trata de la identidad personal, mientras que el último del libro II se ocupa del amor a la verdad (II, III, 10): dos temas exclusivos, y distintivos, del hombre.
173
paso más, el mismo proceso de razonamiento nos llevará a concluir que, así como nuestras acciones internas se asemejan entre sí, también las causas de que se derivan tienen que ser semejantes. Por consiguiente, cuando se adelanta una hipótesis explicativa de una operación mental común al hombre y a las bestias, tendremos que aplicar la misma hipótesis a ambos; y así como toda hipótesis verdadera soportará esta prueba, del mismo modo puedo afirmar que ninguna falsa será capaz de resistirla. El defecto común de los sistemas empleados por los filósofos para explicar las acciones de la mente, estriba en que ellos suponen tal sutileza y refinamiento en el pensamiento que éste excede, no solamente a la capacidad de los simples animales, sino hasta a la de los niños y gente corriente de nuestra propia especie, que son a pesar de todo capaces de tener las mismas emociones y afecciones que las personas de genio y entendimiento más refinados. Tal género de sutileza prueba claramente la falsedad de cualquier sistema, mientras que la simplicidad prueba, por el contrario, su verdad.
[1.3.16.04]Llevemos, pues, a este decisivo tribunal nuestro sistema presente acerca de la naturaleza del entendimiento, y veamos si explica lo mismo los razonamientos de las bestias que los de la especie humana.
[1.3.16.05]En este punto tenemos que hacer una distinción entre las acciones animales de naturaleza vulgar, y que parecen estar al nivel de sus capacidades corrientes, y aquellos casos más extraordinarios de sagacidad que los animales muestran a veces en pro de su propia conservación y la propagación de su especie. Un perro, que evita el fuego y los precipicios, que huye de los extraños y acaricia a su amo, nos proporciona un ejemplo de la primera clase. Un pájaro, que escoge con tanto cuidado y delicadeza el lugar y los materiales de su nido, y que pone los huevos a su debido tiempo, en la estación apropiada, con toda la precaución que un químico pueda poner en sus proyectos más sutiles, nos suministra un ejemplo vivo de lo segundo.
[1.3.16.06]En cuanto a las acciones del primer tipo, afirmo que los animales proceden en base a un razonamiento que no es de suyo diferente, ni se basa en diferentes principios que el que aparece en la naturaleza humana. Es necesario, en primer lugar, que exista una impresión inmediatamente presente a su memoria o a sus sentidos, para que sirva de fundamentación de sus juicios. El perro deduce la ira de su amo a partir del tono de su voz, y prevé el castigo que va a sufrir. A partir de una cierta sensación que afecta a su olfato, juzga que la caza tiene que estar no lejos de él182.
182A pesar del posible antropomorfismo (y descuidada extrapolación) presente en ésta y las
demás secciones dedicadas a los animales, cabe señalar que es esta concepción unitaria en lo mental (correlato, una vez más, de la unidad «física» refrendada por Newton) la que ha permitido el nacimiento, y espectacular desarrollo posterior, de la psicología comparada y la psicología del aprendizaje. (Cf. el apartado dedicado a Hume en EDWIN G. BORING: A History of Experimental Psichology. Nueva York, 19572, cap. X, págs. 186-192.)
174
[1.3.16.07]En segundo lugar, la inferencia que hace a partir de la impresión presente se construye sobre la experiencia y sobre la observación de la conjunción de objetos en los casos pasados. Igual que modificáis vosotros esta experiencia, así modifica él también su razonamiento. Haced que un golpe siga durante algún tiempo a una 'señal o a un movimiento, y después que siga a otra, y él sacará sucesivamente diferentes conclusiones según su experiencia más reciente.
[1.3.16.08]Y ahora, que un filósofo haga un esfuerzo e intente explicar ese acto de la mente que llamamos creencia, y que dé razón de los principios de que se deriva, independientemente de la influencia de la costumbre sobre la imaginación, y veamos si sus hipótesis son aplicables lo mismo a las bestias que a la especie humana; después que haya hecho tal cosa, prometo que adoptaré su opinión. Pero al mismo tiempo pido, como justa contrapartida, que si es mi sistema el que resulta ser el único que puede responder a todos esos puntos, sea admitido como enteramente satisfactorio y convincente. Y que es el único que puede hacer esto resulta e vidente casi sin razonamiento ninguno. Las bestias no perciben nunca ciertamente una conexión real entre objetos. Por tanto, es por experiencia como infieren el uno del otro. Nunca pueden formarse una conclusión general argumentando que los objetos de que no han tenido experiencia se asemejan a aquéllos de que sí hantenido. Luego la experiencia actúa sobre los animales por medio de la sola costumbre. Todo esto era suficientemente evidente en el caso del hombre, pero con respecto a las bestias no puede haber la menor sospecha de error; y esto debe tenerse por rigurosa afirmación o, más bien, por prueba invencible de mi sistema.
[1.3.16.09]Nada muestra más la fuerza del hábito para reconciliarnos con un fenómeno cualquiera, que el hecho de que los hombres no se asombren de las operaciones de su propia razón y, en cambio, admiren el instinto de los animales y encuentren difícil explicarlo, simplemente porque no puede ser reducido a los mismos principios que guían la razón. Pero, considerando el asunto como es debido, la razón no es sino un maravilloso e ininteligible instinto de nuestras almas, que nos lleva a lo largo de un cierto curso de ideas y les confiere cualidades particulares, según sus particulares situaciones y relaciones183. Es verdad que este instinto surge de la observación y
experiencia pasada, pero ¿hay alguien que pueda dar razón última de por qué la experiencia y observación pasadas producen tal efecto, y, aún más, de por qué la naturaleza lo produce por sí sola? La naturaleza puede producir ciertamente todo lo que
183Esta frase relativa a la naturaleza de la razón corresponde exactamente a aquélla en que se
señala su función: «la razón es, y sólo debe ser, esclava de las pasiones» (II, III, 3, pág. 561). De este modo se relacionan armónicamente ambos libros, y se sientan las bases de lo que KEMP SMITH ha llamado «naturalismo» humeano(op. cit., pág. 155). Para una interpretación opuesta a las conclusiones de K. Smith, véase A. B. GLATHE: Hume's Theory of the Passions and of Morals. Berkeley, Cal., 1950 (Intr., págs. 1-26).
175
pueda resultar del hábito. Es más, el hábito no es otra cosa que uno de los principios de la naturaleza, y deriva toda su fuerza de ese origen.
176