Un viaje a lo que han sido, son y podrían ser
suicientes para que Luz Mery se abriera ante mí, me
contara sus miedos, sus anhelos, sus frustraciones, sus
triunfos en la educación y la escuela. A veces relexio- naba en voz alta, en otras ocasiones se desahogaba. En palabras de Joan-Carles Mèlich, citando a Aristó- teles, encontró en nuestros diálogos un efecto de
puriicación, es decir logró hacer Katharsis. Y nuestra
comunicación estuvo guiada por su acción, como tam-
bién deine Mèlich “En la Katharsis la comunicación
es fundamentalmente afectiva, pero capaz de dar luz a
la razón. La Katharsis no niega la racionalidad, simple- mente la vitaliza” (1994, pág. 166).
Nuestra complicidad llegó a tal punto que ese día en que el seño fruncido era la materialización de su desespero, no fue capaz de esperar a que llegáramos a nuestra guarida sino que tuvo que contarte en frases cortas, pero concisas qué era lo que la aturdía. Esteban (le pega a sus compañeros y es grosero y retador con ella) no tiene permiso para entrar a clase. Hijueputa, malparido y perra son palabras reconocidas como soeces, irrespetuosas y peyorativas. También, como expresiones mediante las cuales algunas perso- nas demuestras su falta de educación o sencillamente su ira.
Esteban las utiliza en todas las oraciones que cons-
truye. Algunas veces caliicar y otras para nombrar a quienes se reiere—Perra, no quiero. Este hijueputa sí es mucho malparido—.
Elizabeth, como Luz Mery, tenía su habitual preocupa- ción: Eider. En esta ocasión habían descubierto que iba al baño a espiar a las niñas. La mamá de Eider no había contestado a ninguna de las llamadas de Elizabeth. “no sólo descubrió el sexo a una mala hora, o bueno, más bien de la forma que no era, sino que la mamá tiene un horario complicado: sale a las 4:00 a.m. y vuelve tarde en la noche. Siempre que la llamo a la pensión en la que viven no está y al celular no me contesta. Es complicado”.
El salón de Nidia estaba en Silencio. Tenían evaluación. Al ver la bomba, les alumbraron los ojos. Parecían mo- tivados y felices cuando les conté de qué se trataba. Llego la hora de partir. En el bus completando mis no- tas sentí un susurro entre ronco y agudo: era Bryan, el alumno de Sonia. Iba corriendo del lado de mi ventana. “¡profeee!…(a la vez que sonreía y batía su mano)”. Sólo sabía su nombre porque desde hacía una semana se sentaba junto a mí por unos cuantos minutos en su hora de descanso o a la salida. Desde el primer día fue sincero y me confesó su falta de compromiso con el estudio y su indisciplina en clase, también que lo más seguro era que no ganara el año. A sus escasos 7 años, era consciente de su falta con total madurez y descaro.
¿Qué tenía el bus?, ¿por qué dos de las personas que me confesaron sentimientos, pensamientos, dudas, interrogantes…aparecían siempre en éste medio de transporte?
Un viaje a lo que han sido, son y podrían ser
Era miércoles, día de encuentro con los profesores a las 12 del medio día. Llegué media hora antes de él. Los niños del segundo de Teresita salieron al parque. Tres niños de quinto, del curso de Efrén, estaban jugando en la cancha: habían sido los primeros en terminar un ejercicio de matemáticas. Efrén les había pedido sumar 4 veces 11. Uno, sumó cuatro veces los 11; otro, 4 veces días y 4 veces 1 y sumó los resulta- dos; y el último optó por multiplicar 11 por 4. El celador Morris siempre es agradable. Busca un momento para acercarse y conversar. Es foráneo de la capital, como yo, y por eso (asumo) siente que tenemos algo en común. Siempre en algún momento me pregunta si extraño mi tierra, mi gente. Aunque
terminamos o inalizamos hablando de nuestro lugar
de procedencia, también en los pocos minutos que compartimos me cuenta qué es ser vigilante o de un colegio distrital, de ese sector de la ciudad. Qué es ser un costeño en Bogotá o mejor, en El Codito.
Ya son las 12. Extrañamente están todos muy puntua- les, jornada mañana y tarde. La razón: tenían reunión con Pacheco, el coordinador. Hablaron de formatos para los proyectos en las diferentes áreas, los reco- nocimientos del Foro Pedagógico y la participación de la institución con el proyecto comunicación 2007 – 2008. Algunos profesores expresan su preocupación por las posibles conductas suicidas que pueden llegar
a no identiicar en los estudiantes por desconocer los
síntomas. Proponen y Pacheco contempla la posibili- dad de aplicar un test.
Pacheco habla. Algunos prestan atención, otros me
miran o comentan entre ellos. Son como sus alumnos en clase. Marielita —quién siempre llega de afán a nuestro encuentro, con sólo 10 minutos disponible porque tiene una cita médica o porque sencillamente su cuerpo (a raíz de la extenuante jornada) le dicta que no “gaste” su tiempo—, interviene y aclara un dato que da Pacheco acerca de las Pruebas Saber. Seguidamente la mayoría va aportando lo que sabe del tema. Todos coinciden en que están mal en lectura (crítica, analítica y comprensión).
Otra preocupación común es que el general de los alumnos no quieren estudiar, y su prioridad o preocu- pación es ganar plata en el futuro.
“las pruebas que los niños contestan es una forma de evaluarlos indirectamente a ustedes, profes”, les dijo Pacheco.
Ese día la actividad estaba pensada en roles. Ellos iban a tener una situación con algunos datos y e informa- ción. Debían imaginar que eran reporteros, decir a quiénes entrevistarían y qué les preguntarían.
Un enfrentamiento entre las dos pandillas más fuertes del barrio ocurrió anoche. Cada una conformada por 20 personas. Dentro de ellas hay hermanos, primos, amigos de estudiantes del colegio y 2 estudiantes de 5 grado. La policía retuvo a alguno de sus integrantes, cinco. Uno de los alumnos de 5 está herido y llega así a la institución. El Barrio comenta lo ocurrido, pues fue muy similar a lo que se observa en las películas o series de televisión.
Luego de recoger sus respuestas, les presenté las hi-