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sensaciones de la ansiedad

LABORATORIO DE PRÁCTICA

Experimento 6: sensaciones de la ansiedad

Ante una situación amenazante, nuestro cuerpo reacciona provo- cando una serie de cambios físicos, mentales y conductuales. Imagi- na que vas paseando por un jardín y de repente un perro de presa corre hacia ti. ¿Cómo reaccionarías y qué sensaciones tendrías?

Posiblemente notaras cómo tu corazón late más rápido, tu respi- ración se acelera, tus músculos se tensan, tu cuerpo se acalora, tus manos sudan, tienes muchas ganas de salir corriendo, tus pensa- mientos se suceden rápidamente y cada vez se vuelven más catas- tróficos. ¿Para qué? Pues para prepararte para escapar. Si escapas corriendo y la amenaza desaparece, tu cuerpo volverá a la normali- dad. Si no pudieras escapar, el exceso de oxígeno podría provocarte algunas sensaciones desagradables como presión en el pecho, un ligero mareo y sensación de falta de aire (aunque parezca contradic- torio, porque tienes exceso de oxígeno). ¿Para qué? Pues para que te quedes totalmente paralizado y pasar desapercibido. Si no te mue- ves mucho es más fácil que el perro no te muerda. Pues la mayoría de los grandes depredadores detectan fácilmente el movimiento.

sobrevivir en la selva. Y hoy en día siguen siendo útiles para defen- dernos si alguien nos ataca. El problema es que nuestro cuerpo no distingue bien entre las amenazas del exterior y las amenazas de nuestra mente. Si tus pensamientos intrusos son para ti una ame- naza, tu cuerpo reaccionará como en el caso anterior. Si además te asustas al notar estas sensaciones inofensivas, es posible que sientas pánico, pensando que la ansiedad te puede dañar o que vas a perder el control de tu cuerpo o de tu voluntad.

Hay personas que cuando experimentan las sensaciones de ansie- dad se asustan mucho, pensando que les va a dar un infarto, van a vol- verse locos o van a desmayarse. En nuestra experiencia, aún no hemos conocido a nadie que le haya pasado. Estas sensaciones corporales están diseñadas para defendernos de los peligros, no para dañarnos.

Tú mismo puedes hacer la prueba mediante un experimento. Durante un minuto, respira tan rápido y tan intenso como puedas utilizando sólo la boca. No hagas respiraciones profundas, sino rápidas. Hincha tu pecho de aire y sácalo pronto para volver a lle- narlo otra vez. Así durante un minuto sin parar. Si haces el ejercicio con intensidad, observarás cómo se producen los cambios corpora- les propios de la ansiedad que hemos comentado antes. En cambio, si empiezas a enlentecer la respiración, tomando el aire por la nariz, llevándolo al fondo del estómago y soltándolo suave y lentamente por la boca, disminuyendo la cantidad de aire, el cuerpo volverá a la normalidad, ya que no hay ninguna amenaza que justifique seguir con estos cambios corporales. Incluso si simplemente te quedas quieto sin hacer nada, el propio cuerpo regula los cambios y vuelve a la normalidad. No nos creas a nosotros, compruébalo tú mismo y haz el ejercicio.

Si a tu cuerpo le cuesta volver a la normalidad, puede que ten- gas un pensamiento catastrófico en tu mente (“Me va a pasar algo malo”, “Me muero”, “Me volveré loco”…) que te esté asustando. Si ese pensamiento te hace sentir amenazado, tu cuerpo no se relajará, pues seguirá activo para defenderse. Mientras sigas asustado, tu

cuerpo seguirá reaccionando. Cuando dejes de temer, tu cuerpo volverá a la normalidad.

Si tienes crisis de ansiedad frecuentes que interfieren en tu vida cotidiana, podría serte útil la lectura del libro Dominar las crisis de

ansiedad de Pedro Moreno y Julio C. Martín. En este libro encontrarás

información y ejercicios para controlar las crisis de ansiedad.

Análisis de varios casos

Veamos a continuación cómo llevaron a cabo el laboratorio de práctica algunos de nuestros pacientes. Recuerda que estos casos que desarrollamos se expusieron brevemente al final del primer capítu- lo.

Lavado compulsivo: el caso de Susana

Susana temía contaminar con restos de sustancias químicas a sus seres queridos y provocarles un cáncer. Básicamente, su problema era una responsabilidad desproporcionada sobre las consecuencias posibles, que no probables, de sus actos. Le pedimos que buscase información sobre el origen del cáncer y encontró que esta enferme- dad se produce en algunas personas que se exponen a sustancias cancerígenas. Esto le permitió concluir que el cáncer requiere de dos elementos: una “vulnerabilidad biológica” (o predisposición) y el contacto, en cantidad y duración suficiente, con elementos químicos (o de otro tipo) que tengan el poder de provocar cáncer. Es decir, que no tiene cáncer “el que quiere”, sino el que está biológicamente pre- dispuesto a padecerlo y además entra en contacto con sustancias capaces

de producir agresiones cancerígenas en una cantidad suficiente y durante tiempo suficiente para que ocurra la acción cancerígena. Los subrayados

son necesarios, pues olvidamos que un contacto insuficiente, por definición, no puede provocar cáncer.

Un ejemplo claro y cotidiano es el tabaco. Aproximadamente, el 85% de las personas que padecen cáncer de pulmón son fumadores;

sin embargo, sólo un 10% de los fumadores habituales desarrollan cáncer de pulmón. ¿Qué significa esto? Que algunas personas desa- rrollan el cáncer de pulmón y otras no, bajo las mismas circunstan- cias cancerígenas.

Por tanto, no basta con tocar una sustancia química para “trans- mitir” un cáncer. Para desarrollar un cáncer es necesario que se cumplan unos requisitos:

1. Que la persona tenga un cuerpo predispuesto a padecer cán- cer.

2. Que la persona entre en contacto con una sustancia que pueda provocar el cáncer en cuestión (agente cancerígeno).

3. Que haya suficiente cantidad de agente cancerígeno con la que entramos en contacto.

4. Que la duración del contacto con el agente cancerígeno sea suficiente, y no algo ocasional o aislado.

Con la información elaborada por Susana sobre el origen del cán- cer tratamos de encajar qué parte de responsabilidad tenía ella en el supuesto de que sus hijos contrajesen cáncer. Para ello elaboramos la Tabla 6.4.

Tabla 6.4. Estableciendo responsabilidades realistas.

Factor Probabilidad Probabilidad

acumulada

Hijos con cuerpo vulnerable a 30% 30% padecer cáncer.

Trasportar ella una sustancia 40% 70% cancerígena a casa.

Que haya suficiente cantidad de 15% 85% agente cancerígeno.

cerígeno dure el suficiente tiempo.

En principio, parece que su responsabilidad se reducía a la mitad, pues atribuimos, ante el desconocimiento de otra información más precisa, que su única responsabilidad era la de trasportar el agente cancerígeno a casa. Esto es, salvando las distancias, como en los pro- blemas conyugales: cada uno aporta su parte al conflicto.

Respecto a la posibilidad de contagiarse ella de cáncer, Susana aclaró la cuestión de la cantidad de sustancia cancerígena y el tipo de manipulado adecuado para prevenir sus efectos documentándose con las fichas técnicas que suministraban los proveedores del labo- ratorio. De hecho, obtuvo también las fichas de seguridad química que proporciona la agencia de control de esas sustancias. Con esta información elaboramos la Tabla 6.5.

Tabla 6.5. Estableciendo responsabilidades realistas (revisada)

Factor Probabilidad Probabilidad

acumulada

Tener un cuerpo vulnerable a 50% 50%

padecer cáncer

Tocar una sustancia cancerígena, < 45% < 95% en cantidad y tiempo suficiente

Emplear una sustancia cancerígena < 5% ≈ 100% siguiendo la normativa de seguridad

El análisis de los datos oficiales de las fichas de seguridad nos permitía concluir que emplear las sustancias cancerígenas de acuerdo con el protocolo de seguridad era razonablemente seguro. No obstan- te, Susana le dio una probabilidad “inferior al 5%, por si acaso”.

Puesto que el cáncer puede evolucionar silenciosamente a lo lar- go de periodos prolongados (a veces, años), nos centramos en tener presente que había que confiar en los protocolos de seguridad y tratar el miedo al contagio como una respuesta emocional irracional que, más allá de cierto punto, tampoco cedería únicamente por la

razón de los hechos.

No obstante, para reforzar la necesidad de agotar su miedo mediante la exposición a la situación temida, le pedimos que anali- zase los restos de sustancias químicas que se quedan prendidos en sus manos o en su ropa cuando sigue la normativa de seguridad. Ella misma nos desalentó de explorar esa vía: no tenía equipo de análisis tan potente como para hallar restos tan pequeños.

Al menos, esto permitió a Susana, dada su formación científica, concluir con nosotros que, dado que la materia se compone de un número limitado de moléculas, su contacto ocasional con las sustan- cias químicas no puede tener un poder cancerígeno ilimitado. Es decir, si necesito 1 miligramo de sustancia para provocar un cáncer y mi dedo sólo puede arrastrar de forma accidental –por decir una cifra– 0,25 miligramos, es imposible transferir a otro el agente cancerígeno en cantidad suficiente. Y si lo transfiero, la mitad queda en cada uno: yo me quedo con la mitad de 0,25 y el otro con la otra mitad. Y si toco a alguien más, entonces me queda la mitad de la mitad.

El poder “diluyente” de la realidad nos permitió poner en prác- tica el experimento 4: “Saber cuándo terminar de lavarse”. Susana preguntó a varias personas de su entorno el número de veces que se lavaba las manos al cabo de un día y probó a dejarse llevar por su propio criterio los días pares y por el criterio de los otros los días impares. El resultado: los días que se dejó llevar por su criterio acabó más triste; los días que se dejó llevar por el criterio de la norma se sintió más nerviosa los primeros días. Después se sintió mucho más tranquila.

Susana no pudo verificar que las consecuencias temidas no se producen, entre otras cosas porque han de pasar años muchas veces para que un agente cancerígeno dé la cara como inductor de cáncer. Sin embargo, la práctica repetida de ajustar su conducta de lavado a la práctica habitual de los compañeros de trabajo y demás familia, aunque inicialmente produjo más ansiedad, finalmente fue más sencillo mantenerse en un número reducido de lavados.

La práctica repetida del contacto con las sustancias de su trabajo en condiciones “estándar” permitió, con el tiempo, que la ansiedad obsesiva se redujera razonablemente.

Comprobaciones obsesivas: el caso de Adela

Para poner a prueba sus creencias de responsabilidad, Adela escribió qué era necesario para que un ladrón o un violador actuaran en su vivienda. Luego indicó la probabilidad de que robaran por esa causa, de cero a cien (es decir, de 0 a 100 ¿qué probabilidad hay de que elija mi casa?). Como el total tendría que ser cien, en la columna de la derecha iba sumando la probabilidad acumulada hasta llegar a cien.

Tabla 6.6. Estableciendo responsabilidades realistas

Factor Probabilidad Probabilidad

acumulada

Que un ladrón o un violador decida 40% 40% actuar en tu barrio.

Que elija tu casa. 30% 70%

Que al intentar entrar, no sea visto 10% 80% por ningún vecino.

Que la puerta o las ventanas estén 20% 100%

abiertas. De todo lo necesario para evitar el ataque, poco dependía de ella,

ya que siempre se puede forzar una cerradura o romper cristales y persianas, aunque uno las haya dejado perfectamente cerradas. Muchos ladrones estudian la zona y entran en casas aprovechando ausencias prolongadas o vacaciones, lo que facilita su trabajo.

Para poner a prueba sus predicciones catastróficas si no com- probaba la llave del gas, el grifo, las ventanas y las puertas, hizo lo siguiente: primero escribir las predicciones en una hoja como la de

la Tabla 6.7.

Tabla 6.7. Predicciones de Adela

Predicción ¿Se cumple? Cuánto te crees

la creencia errónea 1?

0-10

Positiva: SI/NO Negativa:

Si no compruebo la llave del gas, habrá una No No No 9 7 3 explosión.

Si no compruebo las puertas y las ventanas No No No 10 8 5 entrará un ladrón o un violador.

Si no compruebo los grifos, se inundará la casa. No No No 8 5 1 Dejó de comprobar durante 3 días y comprobó qué sucedía. Des- pués anotaba cuánto creía que sus predicciones catastróficas podían convertirse en realidad sólo por el hecho de tenerlas en su mente (creencia errónea 1). Al principio la creencia de que eso iba a pasar era alta (al igual que su ansiedad). En sólo tres días, su creencia y su ansiedad se redujeron. Al cabo de un mes, la creencia llegaba a 0 y su ansiedad también.

Dudas obsesivas: el caso de Enrique

Enrique vivía muy angustiado con las incesantes dudas acerca de su supuesta homosexualidad. Cuando se quedaba mirando a un hombre, le asaltaba la duda “¿Lo miro porque soy gay?”. Esto le hacía entrar en un debate interno de por qué le venía este pen- samiento a la cabeza cuando se quedaba mirando a un hombre. Un porqué llevaba a otro porqué, sin llegar a ninguna conclusión. Su ansiedad se disparaba y es entonces cuando le asaltaban imágenes mentales o impulsos “irrefrenables”. Se sentía invadido por imáge- nes pornográficas, que intentaba quitar rápidamente de su mente. Si esto le ocurría estando con algún compañero de trabajo o un amigo,

se ponía muy ansioso. Creía que la ansiedad le iba a hacer perder el control y que podría acabar besando o atacando sexualmente a cual- quiera de sus compañeros. En la mayoría de los casos, salía corrien- do de esa situación, con lo que se iba convenciendo a sí mismo de que no tenía control sobre su voluntad y sus actos.

Aunque sus primeras obsesiones sexuales sólo trataban de homo- sexualidad, su temor a perder el control sexual se había generalizado a otras situaciones. Así que empezó a creer que podría descontrolar- se y besar o tocar sexualmente a todo tipo de mujeres (incluida su madre) o a menores de edad.

Le propusimos realizar el experimento 1 del laboratorio de prác- tica (página 81). Así, cuando le asaltara una duda sobre su homo- sexualidad, una imagen pornográfica desagradable o un impulso sexual no deseado, actuaría de diferente manera según el día. Los días pares seguiría sus viejos hábitos lo más intensamente posible: intentar quitárselo de la cabeza o preguntarse por qué ha tenido esos pensamientos. Los días impares, en cambio, probaría algo nue- vo: contemplar esos pensamientos invasores sin dejarse afectar por ellos, hasta que desaparecieran por sí mismos. En la Tabla 6.8 apare- cen las anotaciones que realizó Enrique.

Tabla 6.8. El experimento de Enrique

DIAS IMPARES DIAS PARES

(SIN esfuerzo para evitar (CON esfuerzo para evitar o debatir internamente) o debatir internamente) Número de Grado de Número de Grado de Pensamientos Malestar Pensamientos Malestar

Intrusos 0-10 Intrusos 0-10

D-1: 10 D-1: 9 D-2: 23 D-2: 10 D-3: 7 D-3: 8 D-4: 20 D-4: 10

D-5: 7 D-5: 6 D-6: 17 D-6: 9 D-7: 6 D-7: 3 D-8: 18 D-8: 8 D-9: 3 D-9: 2 D-10: 16 D-10: 7 Total: 33 Total: 28 Total: 94 Total: 44

Concluyó que la mejor manera de afrontar esos pensamientos intrusos era dejándolos estar, sin intentar evitarlos y sin preguntarse porqués. Pues este comportamiento disminuía tales pensamientos y era cuando mejor se sentía.

Impulsos inapropiados: el caso de María

En la parte de laboratorio de práctica hay dos ejercicios muy útiles para comprender lo erróneo de la solución: “Controlar los pensamientos” y “Comprobar el poder de los pensamientos” (revisa el capítulo seis).

El objetivo del primer experimento es comprobar si puedes con- trolar los pensamientos intentando no pensar en ellos o buscando una explicación lógica que explique su aparición.

Para completar esto, María trató de no pensar en cuchillos durante cinco minutos. Era imposible. Otro ejercicio: pensar duran- te tres minutos en una playa, pero sin que en la imagen aparecieran cuchillos. Un tercer ejercicio era pensar sólo en un paseo por el campo sin pensar en ninguna otra cosa. En los tres ejercicios María fracasó.

Después se propuso sacar la ropa de un cajón sin usar la mano izquierda. Y lo hizo perfectamente. Segundo limpiar el fondo despa- cio y volver a meter la ropa deprisa. También lo hizo. ¿Qué diferen- cia hay entre controlar el pensamiento y la acción?

María se dio cuenta de que el pensamiento va y viene. Tenemos multitud de pensamientos que no podemos controlar. No somos

capaces de “no pensar” en algo ni siquiera durante un minuto. En cambio, podemos hacer algo sin utilizar una mano. María compro- bó que podía controlar su mano, pero no sus pensamientos. ¿Son los pensamientos y las acciones de la misma naturaleza? ¿Qué pasa si tratas de controlar un pensamiento, es decir, de no pensar en algo?

En conclusión, los pensamientos intrusos no son ni buenos ni malos, no dependen de nuestra voluntad. No me convierte en mala madre tener un pensamiento absurdo sobre mi hijo, sino actuar deli- beradamente para hacerle daño. Algo que María no quería hacer.

Al final María llevó a cabo el Experimento 1: “Controlar los pen- samientos intrusos” (Tabla 6.9).

Tabla 6.9. Impulsos de María

DIAS IMPARES DIAS PARES

(SIN esfuerzo para evitar (CON esfuerzo para evitar o debatir internamente) o debatir internamente) Número de Grado de Número de Grado de Pensamientos Malestar Pensamientos Malestar

Intrusos 0-10 Intrusos 0-10 D-1: 24 D-1: 9 D-2: 30 D-2: 10 D-3: 22 D-3: 7 D-4: 25 D-4: 9 D-5: 17 D-5: 7 D-6: 27 D-6: 9 D-7: 11 D-7: 4 D-8: 22 D-8: 8 D-9: 4 D-9: 2 D-10: 24 D-10: 8 Total: 78 Total: 29 Total: 128 Total: 44

Al cabo de esos diez días María empezó a darse cuenta de que

cuanto más trataba de evitar los pensamientos o más se preguntaba

por qué los había tenido, con más frecuencia acudían a su cabeza.

Para indagar si realmente era una buena o una mala madre,

María elaboró una lista de las acciones que llevaría a cabo una buena

y una mala madre con un niño de la edad del suyo. Su lista la repro-

Tabla 6.10. Criterios “diagnósticos” de la buena madre

Buena madre Mala madre

Darle de comer a sus horas X Darle golosinas para que se calle Cambiarle los pañales X Dejarle sólo todo el tiempo Atenderle cuando llora X No atenderle cuando llora Sacarle a jugar al parque X No cambiarle cuando está sucio Ponerle a dormir a sus horas X Dejarle jugar con cosas peligrosas Jugar con él X No jugar nunca con él

Enseñarle a comer sólo, a vestirse sólo X Hacerlo todo por él, de forma que no en lo que pueda... aprenda a valerse por sí mismo Alimentarle bien (por ejemplo, seguir X Alimentarle mal, siempre lo mismo o los consejos del pediatra) cosas que no son buenas para su edad Bañarle todos los días y cuidar su higiene X No bañarle, tenerle sucio, dejar que se

lleve las manos sucias a la boca... Hablarle sin gritos, ni insultos X Gritarle, insultarle, pegarle... X

No hacerle daño X Hacerle daño ?

Después de elaborar la lista marcó con una cruz las cosas que hacía de la columna de la izquierda y de la derecha. Al rellenar la lista se dio cuenta de que hacía casi todo lo que hace una buena madre. Sólo encontraba de la lista “mala” gritar a su hijo (“Cuan- do estoy nerviosa, le grito”) y lo de hacerle daño se refería a sus pensamientos.

Le preguntamos si conocía a buenas madres en su entorno y le pedimos comprobara si alguna no gritaba nunca a sus hijos.

Rituales obsesivos: el caso de Roberto

Para eliminar sus obsesiones en la vida real, Roberto tenía que abandonar los rituales y experimentar lo que sucedía en la práctica. Al principio, admitía no tener ningún pensamiento catastrófico con- creto. Sólo hacía referencia a la sensación de que algo malo podría suceder o que la ansiedad podría ser peligrosa.

Para hacer frente a la creencia de que la ansiedad podía ser peligrosa y que podía dejarle incapaz de funcionar en el trabajo, le propusimos hacer el experimento 6 (página 91). Comenzó a hiperventilar durante un par de minutos. Tras empezar a respirar aceleradamente, su cuerpo se fue activando y sentía una inquietud similar a cuando no llevaba a cabo sus rituales. Sus pensamientos se