nuestras preocupaciones contemporáneas. Lo cual no quiere decir que uno siga suscribiendo las
posiciones que pusieron estas ideas en crisis, sino más bien reconociendo que la crisis fue saludable de algún m odo para recolocar nuestras proposiciones teóricas. Sin duda la crisis de la idea de sujeto fue fundamental, y sin esa especie de vanguardismo practicado por la crítica en los sesenta, cuando decíamos que los sujetos no existían, que los textos se escribían, se leían, se producían, se circulaban, se term inaban, se m orían, etc., con esta tercera persona im personal, sin duda, sin ese fanatism o estético casi vanguardista con el cual afirmábamos esto, logramos depurar o refinar las perspectivas literarias, y refinar las relaciones entre el discurso de lo biográfico y el discurso de lo literario o de lo cultural.
En este m arco yo avanzo con dificultad, con la dificultad que supone avanzar en un m om ento que se define com o de crisis de los estudios, y con la dificultad suplementaria que crea la pregunta: ¿cómo hacer que nuestros estudios culturales, literarios, históricos, sean significativos para la sociedad? Es decir, ¿cóm o hacer para restablecer el sistema de puentes que los intelectuales tenían en el siglo X I X y en las primeras décadas de este siglo, pero que progresivos cursos de autonom ización de la esfera intelectual, descritos por M ax Weber, y luego bien caracterizados por Bourdieu hicieron que esos lazos se perdieran y que esta significación del discurso histórico y del discurso crítico fuera prácticam ente inhallable, difícil de trazar hacia la sociedad? Yo me pregunté, y creo que m ucha gente se preguntó durante m ucho tiem po ¿cóm o hacem os para que nuestro discurso tenga una audiencia social que desborde los marcos de nuestros pares y colegas? O , por el contrario, si no hay solución, nuestro discurso será siempre, ineludiblem ente, un discurso pronunciado para ser escuchado en un juego de espejos que nos van a reflejar. ¿C óm o hacemos para escribir de un modo (yo diría que acá aparece el problema de la escritura) que com unique cieña zona de la investigación y de la reflexión histórico-crítica, con ciertas preocupaciones de la sociedad? N o sé. N o tengo ninguna solución a este problema com plicado. Pero sin duda, tener el problem a en la conciencia crítica, en el interés crítico, es importante.
Hay zonas de la crítica y de los estudiosos culturales que parecieron resolver m ejor este problema; yo creo que los Cultural Studies ingleses, Raym ond W illiam s y Terry Eagleton, y los grandes historiadores com o E. R Thom pson y H obsbawm parecen tener lazos más fluidos con la sociedad. Y uno podría rastrear cuáles son los espacios de publicación de sus textos. En el últim o libro ya póstum o de Raym ond W illiam s, los Acknowledgements m arcan un espacio de publicación muy variado de sus textos, esa primera página de Acknowledgements que uno en general se salta, es un texto muy significativo porque sus textos fueron abarcando una diversidad de públicos.
Todas estas preocupaciones se unían con un m om ento en mi historia intelectual -y a casi debería, si ustedes me disculpan, hablar en primera persona sin gular-, donde me planteé este problema: ¿cómo hacer para trabajar con perspectivas similares y con el mismo nivel de rigor crítico c historiográfico productos, obras, textos, prácticas sim bólicas que pertenecen a diferentes lugares de la sociedad? Es decir, ¿cóm o hacer para organizar lo que W illiam s llamaría la densidad de redes de un periodo y los diversos lugares de esas redes -d esd e la literatura popular, hasta la literatura producida por intelectuales y artistas de e lite -, con la misma agudeza crítica, mejor, con la misma ética crítica? La pregunta tenía que ver con mi vocación por leer lo que los críticos llam amos mala literatura: folletines, novelas sentim entales, cuentos anarquistas, historietas, tangos. ¿C óm o hacer para trabajar esos textos sin condenarlos al infierno de la mala literatura? M i métiery propio de la academia, mi espontaneidad formada en las vanguardias del siglo veinte, por otra parte m e decían: “Están muy bien en el infierno de la mala literatura; allí es donde deben estar y quedarse”. Porque
ahí está el otro drama que nos sucede: nuestro gusto está formado en las grandes vanguardias de este siglo, en lo que hoy ya son las vanguardias clásicas, y al m ism o tiem po tenem os este otro gusto, perverso de algún m odo, por leer esta literatura de colportage, de cordel, de folletín, de rodapé, esta literatura que aparece cn los márgenes. ¿C óm o hacer para trabajar estos textos de una manera que no los arroje o al infierno de la mala literatura o al lugar de la sociología, de la sociología tout court et sanspltrase?Es decir, los textos de los sectores populares o consumidos por los sectores populares son capturados por los sociólogos que hacen su content analysis y liquidan su poca densidad estética. ¿Cóm o salvarlos de la sociología pura y com o salvarlos del infierno?
La tarea era demasiado grande, pero esta pregunta -q u e tampoco creo haber contestado nunca, aunque intenté hacerlo sobre los folletines sen tim en tales- me m arcó en los últim os diez años. ¿Podemos pasar de un día para el otro, de una sem ana para la otra, de un proyecto para el otro, de un curso al otro, podemos atravesar las barreras sociales, simbólicas, estéticas, ideológicas, que hay entre los diferentes niveles culturales? La pregunta más trivial: ¿pueden unirse en un curso estos mismos textos? Sí, mi apuesta es positiva, afirmativa, pero de todas maneras, aún con esta apuesta hecha, los problemas quedan en pie.
El otro problema que todavía informa muy fuertemente mi actividad es mi descontento con la crítica literaria, debo confesarlo, pero no con la crítica literaria de los demás, sino con la crítica literaria que yo hacía. Y sobre todo la idea de que la crítica había perdido, en este proceso comenzado en los años sesenta, su sentido histórico. Acá debo agradecer a los historiadores con los cuales trabajo perm anentemente, los historiadores sociales que integran el Pe h e s a(H . Sábato, L. Gutiérrez, L. A.
Rom ero y J . C . Korol); debo agradecerles las perspectivas que perm anentemente me brindan sobre preguntas que tienen que ver con la procesualidad, con el desarrollo de los fenómenos, considerado com o desarrollo en el m arco de discontinuidades, de conflictos. Son ellos los que señalaron insuficiencias en mi estudio sobre la literatura sentim ental porque lo consideraron poco histórico. Lo consideraron poco m etido en el curso de la procesualidad, poco sensible a los cam bios, y me ayudaron a mejorar en ese sentido. Y por otra pane, me proporcionaron otra biblioteca, com o diría U m berto E co: “dim e qué lees y te diré quién eres” -n u n c a más verdadero para no sotros-. Los historiadores proporcionan otra biblioteca que yo em pecé a encontrar extraordinariam ente afín con mi propia biblioteca.
Para poner un ejem plo, C arlo G inzburg, El queso y los gusanos; un trabajo de teoría de la recepción, pero hecho por un historiador que está estudiando el proceso por herejía a un molinero del siglo X V I. Éste es efectivam ente un trabajo de historia de la recepción en el sentido de que la pregunta de G inzburg es ¿qué hace este m olinero con los cuatro o cin co libros que tiene? ¿Cóm o modifica estos libros en su lectura y cuál es el delirio utópico que produce, que escribe, después de leer un poco el Florilegio de la Biblia, un poco de Los viajes de Mandeville, un poco de M arco Polo? Es decir, después de hacer con esto una especie de mezcla, ¿qué produce? Este tipo de incitaciones venían de la historia, por ejem plo la ¡dea de C arlo G inzburg de paradigma ituJicial, es decir que lo significativo en textos o prácticas históricas estaba precisam ente en aquellos detalles que en una