CONTEXTO Y LOCALIZACIÓN ACTUAL
7. Las huellas territoriales de los visigodos y de los árabes.
7.1. La situación de Cantabria en la baja Edad Media.
Los pueblos godos a su llegada a Hispania adoptaron el régimen de conquista romana de hospitalitas de acuerdo con la ley del año 398 de nuestra era decretada por los emperadores Arcadio y Honorio. Igualmente conservaron las estructuras y las divisiones territoriales dejadas por los romanos. En la España visigoda existían las siguientes figuras de gobierno: el comes civitatis, representante del poder civil y encargado de la recolección de impuestos en la ciudad y su territorio, el dux provinciae con idéntica función pero con extensión provincial y el judex territorii o judex loci como autoridad fiscal y también con jurisdicción provincial (Thompson 1971: 313).
Las estructuras territoriales visigodas del norte de España basadas en los conventus romanos, respetaron las unidades geográficas montañosas, no dividieron las sierras por su divisoria de aguas diferenciando entre norte y sur tal como ocurre hoy, incluso en los Pirineos orientales la frontera provincial aglutinaba ambas vertientes, la norte y la sur, sabemos que la división provincial en la Hispania visigótica provenía de la última división romana hecha por Constantino.
En el trabajo de Vallvé (1986: 210-223) podemos encontrar en detalle la división en época visigoda de Hispania en un total de seis provincias: Gallia con arzobispo en Narbona y 10 obispos, Gallecia con sede en Braga (correspondiente a la zona prerromana astur) con 9 obispos, Celtiberia con sede en Tarragona y 14 obispos (dentro de la cual estaba Cantabria referenciada ahora con el nombre de su obispado y capital, Amaia o Amaya),
Cartaginensis con sede en Toledo y 18 obispos, la Lusitania con sede en Emérita y con 12 diócesis y finalmente la Bética con sede en Ispalis (Sevilla) y
168
Existen diversos textos a través de los cuales se conoce esta división, no todos coinciden en el número de obispados de todas las provincias, pero sí en el número y nombre de las provincias.
Interesante para nuestro tema es averiguar que en todos los textos está presente Amaya, lo que nos asegura su estabilidad y continuidad. Los textos más importantes son el códice ovetense de El Escorial escrito en el año 780, el códice mozárabe del siglo IX, el códice conciliar de la Biblioteca de Madrid y la Crónica Pseudoisidoriana. Por estos códices conocemos los nombres que los romanos dieron a las ciudades y a las divisiones. La diócesis de Amaya toma su nombre de la capital, y aparece con los nombres de: Amena, Amaia y Amaya.
Códice mozárabe del siglo IX (tomado de Vallvé 1986: 217): “Tertia provincia est Terracona, et habet istas civitates: Caesaraugusta, Barcenona, Agro, Barbara, Anpurias, Assorpa, Azriel, Lerida, Tortosa, Osca, Binena, Auca, Calaforra, Amena et alibi invenitur.”
Crónica Pseudoisidoriana (tomado de Vallvé 1986: 217): “Tertia metropolis
terra Scamperie Terracona. Submetropoles eius, Barchinona, Exala, Ierunda, Abornis, Urgellus, Ylorda, Tortosa, Cesaraugusta, Oscha, Pampilona, Auca, Calahorra, Tirassona, Assauch, Amaya (destruye sunt)”.
El conventus de Amaya que pasó a ser diócesis, y más tarde obispado, fue llamado Ducado de Cantabria, no por su sede religiosa sino por tomar el nombre del dux provinciae”. En fechas del primer concilio de Toledo del que se tiene constancia escrita (397-400) no figura ningún representante de Amaya, puede ser como dice Sánchez Albornoz (1929: 29-83) que se perdiera o desapareciera por destrucción o abandono en algún momento previo, o quizás como yo creo, puede que la sede Amaya quedara englobada como una pequeña diócesis dentro de una sede episcopal mayor, después la ciudad al dejar de ser sede episcopal iría perdiendo importancia regional y población a lo largo de los siglos hasta su desaparición.
169
Con respecto al conventus romano con sede en Amaya y de su capitulación primero ante los primeros godos y su posterior incorporación al orden visigodo debemos saber que la conquista de Hispania por los suevos, vándalos y alanos a principios del siglo V parece que se llevó a cabo sin mucha resistencia, seguramente faltaba la fiereza de los pueblos norteños casi o totalmente extintos que tanto habían molestado a Roma. La posterior conquista del norte por Leovigildo entre el 573 – 578, (ocupación de Amaya en el 574) parece que también fue rápida y sin muchas complicaciones. La noticia de la conquista de Cantabria por Leovigildo ha quedado reflejada en la Chronica de Juan de
Biclaro, Anno IIX JUSTINI, qui est Leovigildi VI an., 2: “His diebus Leovigildus Rex Cantabriam ingressus, Provinciae pervasores interficit, Amaiam occupat, opes eorum pervadit, et Provinciam in suam revocat ditionem”, (en Flórez,
1751: 377).
También tenemos la noticia en dos fuentes bibliográficas más, en la Historia de
regibis Gothorum, Wandalorum et Suevorum, de San Isidoro de Sevilla,
capítulo 49: “cantabrum nanmque iste obtinuit” (en Rodríguez Alonso, 1975:
253).
Y en el capítulo XXVI, 33 de la Vida S. Aemiliani de Braulio:
“Eodem igitur anno, Quadragesimae diebus revelatur ei excidium Cantabriae. Unde nuntio misso, iubet ad diem festum Paschae senatum eius praesto esse. Ad praestitum conveniunt tempus. Narrat ille quod viderat... Abundantius quidam nomine, prae senectute eum dixit desipere. At ille denuntiat ei rem per semetipsum experiri. Quod post probavit eventus: nam gladio vindive Leovigildi est interemptus. Caeteros quoque cum non resipiscerent ab antiquis operibus, ira pendente divinitus, pari modo periurio doloque adgrediens, sanguine est ipsorum grassatus”. (En Grosse, 1947: 156.)
Respecto al debate de si en verdad Leovigildo conquistó la totalidad de Cantabria o sólo la capital Amaya y la zona sur, existen numerosos hallazgos arqueológicos de origen visigodo de esa época en toda la provincia de Santander que corroboran la conquista total, además de refrendar la tesis de la
170
conquista total reputados historiadores como los conocidos Thompson (1990: 78) y Sánchez Albornoz (1972: 42), sumo los de González Echegaray (1966: 230-233) y Torres López (1980: 101).
Sólo parece cierto que antes de la llegada de Leovigildo, en el norte de España, desde Asturias a los Pirineos las comarcas herederas de los conventus vivían de manera más o menos independiente debido a la crisis del reino Visigodo de Toledo, y por estar fuera del control de los suevos al quedar en la periferia de éstos.
A pesar de las evidencias de los hallazgos arqueológicos de origen visigodo, los que defienden la pervivencia de los cántabros celtas toman como argumento la famosa nota destinada a San Isidoro que menciona a los “cantaber horrens” (Peralta Labrador, 2003: 100), y que está escrita por el rey Sisebuto con motivo de sus campañas de conquista. Pero la nota está fechada a comienzos del siglo VII, cuando Amaya ya había sido tomada por Leovigildo y hacía tiempo que los visigodos se habían establecido en toda la región. La nota debe tener un carácter épico legendario, ya que en verdad para los romanos sí fueron “cantaber horrens” y han pasado a la Historia por su fiereza, por lo que es de suponer que su leyenda asustaba o hacía precaver a los siguientes que pasaran por la zona, igualmente su fiereza sirve para denotar glorificación de los antepasados que dominaron a este pueblo.
En la toma de Amaya por Leovigildo, no hemos de tomar la conquista como una lucha contra el pueblo cántabro, donde aparentemente no hubo mucha lucha, sino en verdad solamente se referencia la toma de Amaia y del territorio de su provincia, conventus o ducado, a sabiendas que la ciudad de Amaia era de fundación romana y no cántabra. El pueblo cántabro deja de estar en los textos donde se narran revueltas o problemas con pueblos belicosos, pasando en los siglos siguientes los vascos a tomar el protagonismo o la atención de los cronistas.
171
En cuanto a las fronteras del norte peninsular, aunque hubiera fronteras definidas, tras la caída de Roma dejaron de ser fronteras cerradas por la falta un poder central fuerte y estable que las asegurara y controlara. Las fronteras delimitadas seguían englobando una unidad eclesiástica y comunal regida por un gobernador, pero eran fronteras permeables debido a continuos asaltos, batidas guerreras o invasiones. Una frontera se asegura bien por medio de un poder que las respalde o bien mediante tratados internacionales de paz o de mutuo acuerdo. Esto pone de manifiesto que las fronteras cerradas son un hecho consecuente de un poder político de gobierno central.
Las fronteras se hacen más resistentes cuantas más líneas divisorias de distintos poderes o factores coincidan en una misma línea. En tiempos visigodos en una línea divisoria coincidían la división de la diócesis o del obispado y una división civil menor. La época de los visigodos está caracterizada por su forma de gobierno, donde a pesar de existir una nobleza que protegía a sus allegados, no existía un rey central fuerte y estable, ya que éste se decidía en asamblea y el cargo de rey no era heredable. La falta de un rey central y fuerte derivó en continuas revueltas, intrigas y traiciones entre los nobles, lo que de hecho motivó al parecer la invasión de los musulmanes y su rápida y fácil extensión por la península. Faltaba una frontera exterior común a todos los nobles que fuera fuerte y estuviera vigilada y respaldada.
La división del territorio primero por los romanos y su aceptación por los visigodos, también fue retomada por los árabes. Esto se sabe porque conocemos mayormente las divisiones romanas en parte a través de las traducciones de los textos latinos al árabe y de éste de nuevo al latín durante el Medioevo.
Los musulmanes asentados en Hispania tomaron al igual que los visigodos las estructuras bizantinas y romanas y su método fiscal de administración, de hecho no sólo fue así en Hispania, sino que la adopción de las estructuras romanas se dio a partir de la expansión califal árabe fuera de la Península Arábiga, como muestran entre otros los textos recogidos por Al-Balādurī, y la comprobada supervivencia del sistema fiscal bizantino y romano en las
172
provincias árabes por los libros de impuesto territorial, (Vallvé 1986: 185–186). Los árabes adoptaron la división territorial de Constantino y así lo hicieron saber en sus documentos oficiales.