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Sobre clases sociales en los cuentos populares

Los personajes de los cuentos populares pertenecen bien a la nobleza, bien a las clases más necesitadas. Faltan, pues, elementos de clases medias, como corresponde a la lejana época en que se desarrollaron estos textos. Tan sólo el caballero, como perteneciente al eslabón más inferior de la nobleza, podría dar una cierta explicación social del cuento popular en el movimiento por conquistar la mano de la princesa y asentarse así más holgadamente en el seno de la clase dominante. Es la misma explicación de este tipo que suele darse a las novelas de caballería. El caballero es, sin embargo, una figura muy rara en los cuentos españoles, al menos en la configuración arquetípica que tenemos de él. La condición social del héroe queda desdibujada, a excepción de La adivinanza del pastor, La serpiente de siete cabezas y Los animales agradecidos.

En el primero, se trata de un simple pastor que aspira a la mano de la princesa, y suele conseguirlo, remediando así sus carencias sociales, aun cuando esto no se especifica. Hay algunas versiones en que el pastor se muestra orgulloso de su origen social y renuncia al matrimonio regio cuando ya lo ha merecido. Con frecuencia se da en este cuento una clara intención de burla hacia la clase dominante, bajo la forma de burla escatológica, tan del agrado del público al que suele ir destinado -el pastor obliga al rey e incluso a la princesa a besarle el ano- y, en general, un desparpajo en el trato con los altos personajes que no se repite en otros cuentos.

En los otros dos cuentos, que como se recordará están emparentados y suelen aparecer mezclados, encontramos más definida la figura del caballero, ya sea haciéndose a sí mismo en el ejercicio de las pruebas, partiendo de una condición humilde (La serpiente...), ya luciendo esta condición desde el principio (Los

animales...). En ambos nos hallamos muy cerca de la explicación social de los libros de

caballería.

Los cambios radicales de clase social sólo aparecen, por consiguiente, en La adivinanza del pastor y en La serpiente de siete cabezas, si bien es algo en lo que el

cuento jamás se recrea. Pertenece, como otros tantos sentidos, a la estructura y hay que deducirlo de ella. Por eso mismo se hace más extraño encontrar casos donde se manifiesta el desprecio social, como en el 11, El pandero de piojo: «Hijo, quién sabe de

qué linaje será esta pobre». Espurio es también un caso similar de una versión poco relevante de La niña sin brazos (103, El cisquero y el demonio): «Y su padre le dijo que

no se casara con ella, que estaría llena de miseria y que el hijo de un rey no debía casarse con una joven pobre». Similar, pero más atenuado, en el 106, otra versión del mismo cuento. Al no haberlo hallado en ningún otro -y desde luego nunca en un auténtico cuento maravilloso- la rareza no tiene más explicación que la de una intrusión de la mentalidad reinante por la necesidad que siente el narrador poco escrupuloso de estas versiones de explicar el casamiento del príncipe con la heroína como un caso de enamoramiento por encima de los convencionalismos; esto nada tiene que ver con lo que ocurre en el arquetipo. Es sumamente significativo que en las dos versiones donde se manifiesta el escrúpulo social la heroína ha perdido su atributo fundamental «sin brazos». Con ello es posible trazar al menos la hipótesis de que la manifestación textual de la ideología aparece en versiones muy degradadas.

Por lo demás, la lucha de clases o el intentar remediar las diferencias de esta índole no aparece nunca. El único modo de escapar de la pobreza es el matrimonio, pero esto sólo es un valor implícito y en sólo dos cuentos básicos. En ellos la tesis psicoanalítica podría ensancharse a dar explicación de la lucha de clases sublimada en la aspiración popular al matrimonio regio. Y la tesis sociológica, a la fatalidad que ello implica, por cuanto dicha satisfacción no se da nunca en la realidad.

Una versión muy deteriorada también de La niña sin brazos perteneciente a la

colección «Jiménez» -muy reciente, por tanto-, titulada Los gañanes, presenta el caso

más notable y excepcional que conocemos de adaptación de este antiquísimo cuento a través de una mentalidad socializante. En ella, la hija de un terrateniente andaluz muestra curiosidad por saber qué clase de bichos son los «gañanes», a los que su padre menciona diariamente al decirle: «Hija, pon esto ahí para los cochinos, y esto más malo para los gañanes». Cuando la muchacha descubre que se trata de hombres (son los jornaleros) empieza a darles de comer espléndidamente, con lo cual está a punto de arruinar a su padre: éste, en castigo, manda a un criado que se la lleve al campo y allí le corte las manos y le saque los ojos. En este momento, la versión enlaza con la tradicional, pero sigue muy deteriorada. Podría pensarse que estamos ante la transformación de un cuento por razones de reivindicación social. La rareza y lo artificioso del caso obligan, sin embargo, a reconocer una simple ocurrencia, aunque ingeniosa, de algún narrador sensibilizado personalmente por los problemas de esta índole.