¡No estamos solos compa!
Felipe Tobar, líder campesino Chalateco
Graciela Colunga
Sin dudar, considero que esta frase es la síntesis más exacta de lo que ha representado PTM (en adelante Mundubat) para este pue- blo salvadoreño asentado en las áreas rurales, excluido desde siem- pre de los bienes y servicios del Estado.
Fue en 1989, en Arcatao, departamento de Chalatenango, du- rante una asamblea general de Directivas Comunitarias, en plena guerra civil, que supimos de la existencia de Mundubat, de su misión y su decisión de acompañarnos. Felipe Tobar, que era el Coordinador General de las Comunidades Campesinas, al escu- char el informe del compañero Chamba Orellana de la existencia de Mundubat y su decisión de acompañarnos, exclamó: «¡No es- tamos solos compa!».
La dimensión de ese grito se mide al contrastarlo con el ataque indiscriminado y cotidiano que las fuerzas para-militares, milita- res y Gobierno (por cierto, salvadoreños), llevaban a cabo al gol- pear una y otra vez a la población sin discriminar edad y sexo; ya se contaban por miles los asesinados, asesinadas y desaparecidos en estas tierras mojadas de sangre.
Ante esta enorme desgracia, Mundubat nos dio la mano, el hombro, el calor humano y la voz que divulgó lo que nos estaba pasando. Nos impulsó a seguir luchando, a seguir construyendo el sueño de un mundo justo: se acrecentó nuestra dignidad.
Alrededor de un candil, había que hacer presupuestos colecti- vos, debatirlos. Mis compañeras mujeres le dieron prioridad a un Centro de Desarrollo Infantil que les permitiera la atención a las niñas y los niños mientras ellas se dedicaban a la una y mil tareas que exigía la comunidad, una panadería, la tienda comunal, un taller de sastrería, y una granja de gallinas ponedoras; los hom- bres vieron por la siembra para garantizar la comida, ganado para obtener leche y carne de vez en cuando, mulas para transportar insumos y graneros. ¡Cómo apoyó este proceso a la dignificación de la población! Era mucho más que un avance técnico.
Las calles olían a pan, las mujeres afanadas hacían «francés», salpores, semita alta mieluda. El traqueteo de las máquinas de coser que, para aprender a usarlas, de vestidos viejos hacían her- mosos vestidos infantiles, delantales y blusas. De los pantalones bien usados se hacían mochilas y cachuchas, después vinieron los «estrenos». Las hojalaterías fabricaban los graneros y de las tiras que sobraban de la lámina fabricaban cafeteras, candiles y les po- nían agarraderas a los botes que quedaban vacíos, nada se desper- diciaba, todo tenía utilidad, hasta los trapos viejos se convertían en mecheros, los cartones de los empaques eran el corazón de la visera de la cachucha. La esperanza reforzada, los colectivos pro- ductivos en auge.
Por ahí estaba la guardería, cinco compañeras la atendían mien- tras las mamás se ocupaban de las tareas colectivas, ¡pobres compas! Llenas de paciencia y amor hacia los niños de todas. Mientras los bebés dormían, los mayorcitos gritaban, jugaban e iban a rebotar en la hamaca de algún bebé durmiendo, llanto segu- ro, que en efecto de dominó ocurría con todos los bebés de la «sala cuna», convirtiéndola en sinfonía. Las mamás o los papás, muy aplicados, llegaban tempranito con sus «tiernos», y un leño de contribución por niño o niña que se llevaba a la guardería, para que las educadoras populares les cocinaran sus alimentos, éste era el acuerdo tomado en la organización de mujeres.
Qué sorprendente fue tener Tiendas Comunitarias; ahí se tenía lo básico y después creciendo; pero la demanda era que hubiera «cubitos», saborizante mágico para la guerrilla, quienes eran los principales compradores, y es que cuando los «muchachos» y «mu-
chachas» andaban con tarea en el monte, a un tazón de agua caliente le agregaban la magia de los «cubitos» y saboreaban la mejor sopa cuando no había tiempo de comer y se consumían de hambre.
Las maestras y maestros populares, hacían lo suyo con los es- tudiantes. En las escuelas ruinosas se daban clases todos los días, hasta sexto grado, era costumbre en todas las escuelas populares que muy temprano por la mañana, un niño o niña turnándose por grado, conducían la formación y cantaban un himno compuesto por ellos y ellas que decía más o menos así: «Nosotros somos igual, a todos los niños de El Salvador, el derecho de estudiar y como todos ser el mejor, las clases van a empezar…» Quedó pen- diente el duelo por los siete maestros populares que el ejército recientemente había asesinado a cuchillo marcándoles una cruz en el pecho, esto fue en pleno día, un día miércoles, en que el ejército entró a la comunidad de Arcatao en busca de guerrilleros y al no encontrarlos, seleccionó a siete maestros populares y los asesinó.
El campo despertó con la siembra, pronto hubo elotes y con ellos riguas y atol, también frijoles, ejotes y la riquísima sopa de frijoles nuevos. El ganado volvió a los campos, la leche para las niñas, niños, enfermos y embarazadas; pero si ajustaba, había para todas y todos. ¿Carne?, sólo en fiestas muy grandes de las comu- nidades, ni un día más, esto suponía matar una cría. Cada sábado era día comunitario, en asamblea comunitaria se decidía la tarea a realizar, todo el mundo contribuía, incluyendo a los niños grande- citos. Sólo un equipo se quedaba para hacer el refrigerio que to- dos y todas compartían al final de la jornada, con la satisfacción, del deber cumplido, a veces arroz en leche (con agua), por su- puesto, pastelitos o tamales, en fin se convertía en convivencia todo el día.
De las mulas, ni que hablar, las heroínas anónimas de este pro- ceso, que en sus lomos trajeron cuanta carga se demandaba, sin chistar, en caminos empinados y tortuosos, siempre nobles y dis- puestas, comían de todo hasta el jaraguá, zacate silvestre que se- gún leyenda nadie lo puede desaparecer, me consta que sí, las mulas con hambre, lograban desenterrar sus hondas raíces como el mejor banquete.