Spinoza, Bayle y la filosofía clandestina Materiales para una refacción de la historia
5. Spinoza y los sabios de la China
Los ecos de la Ética y, sobre todo, del Tratado teológico-político resue- nan también en el último capítulo del manuscrito, destinado largamente a probar mediante ejemplos históricos que las religiones han sido “un invento político para contener a los hombres en ciertos deberes y ciertas reglas antes que una verdad muy cierta”.30 Tal conclusión, al igual que en
Spinoza, no implica por sí mismo un menosprecio. Al contrario, en el origen de toda religión, sostiene el manuscrito, hay un filósofo-legislador que, por un lado, trataba de comprender “siguiendo el arreglo de las fibras de su cerebro” cuál era la naturaleza del primer ser increado y eterno,31 y, por el otro, buscaba una creencia madre a partir de la cual
organizar la vida social y asegurar la paz.32 La simulación, por lo tanto,
es resultado de una “política muy sensata”33 que necesitaba de esa legi-
timidad extraordinaria para garantizar en la mayor medida posible el cumplimiento de una ley que, en principio, contradice y reprime el placer, la fuerza y la astucia, es decir, las “simples leyes de la naturaleza”.34 Para
ello, dice el autor, se han inventado los cultos, para acostumbrar a los hombres a oír y obedecer la palabra del soberano, obediencia de la cual depende la supervivencia y la paz de los Estados.
Es por los actos de un culto religioso, acompañados comúnmente por discursos patéticos (los sermones), que se trata de imprimir en el espíritu de los pueblos el temor de penas futuras por el mal que podrían cometer y la esperanza de recompensas sin número si se abstienen de los placeres y de otras cosas que las leyes prohíbe aunque la naturaleza, por otro lado, nos lleva a gozar de ellas.35
Si los hombres buscaran su utilidad en virtud de la sola razón y no se dejaran arrastrar exclusivamente por el placer y las pasiones del alma,
30 Ibid., p. 23. 31 Ibid., pp. 53-54. 32 Cf. ibid., pp. 15 y 103 33 Ibid., p. 37. 34 Ibid., p. 101. También p. 104. 35 Ibid., pp. 103-104.
no habría necesidad de ley ni de cultos religiosos.36 Éstos, según el autor
del manuscrito y según Spinoza, nacen de la impotencia de la razón para orientar la vida de la mayoría de los seres humanos, quienes no reco- nocen la naturaleza sino en los impulsos desenfrenados y, por lo tanto, tienen necesidad de una instancia externa que les imponga los límites y regule su conducta. Así lo entendió, dice el autor anónimo, Moisés, “hombre sabio y gran filósofo” cuya intención era “abolir la idolatría y la superstición” y asegurar el cumplimiento de la ley mediante “la creencia en la unidad de un dios eterno, del cual todo depende”.37 Así lo entendió
Jesucristo, quien enseñó “una moral muy santa y muy perfecta (…) llena de una caridad muy útil a la sociedad” y declaró “que no venía a alterar o destruir la ley, sino a cumplirla”.38 Así lo entendieron Confucio en la
China y Mahoma al escribir el Corán.
Las religiones, por tanto, son buenas en su origen en la medida en que nacieron como auxilios y reaseguros del soberano, pero han sido corrompidas por la superstición popular y por la avidez de los sacerdo- tes. El autor del manuscrito no lo desarrolla de manera ordenada, pero está claro que esa corrupción tiene que ver no sólo con la extravagancia de ciertas creencias o ceremonias sino también con el hecho de que las religiones se han transformado en factor de conflicto social, sea porque se han independizado del poder político, transformándose en un “Estado dentro del Estado” para utilizar la expresión de Spinoza, sea porque se han aliado con un poder político violento para sojuzgar a los más débiles. En cualquier caso, de garantes del orden social han pasado a ser obstáculos para el establecimiento del mismo, lo cual lleva a reflexionar acerca de su sentido.
¿Es imprescindible la religión para la cohesión social? En tal caso, ¿cómo debería ser concebida? Esta parece ser la duda o cuestión que domina finalmente el tratado clandestino. La respuesta se encuentra en un escenario ya conocido: el de los magistrados del “vasto Imperio de la China”.
De donde se podría concluir con Bayle que, puesto que los magistrados y una gran parte del pueblo no creen en la inmortalidad del alma, que es la base de la religión, y que por otra parte este vasto país está bien gobernado
36 Cf. ibid., p. 101-102, y Spinoza, Tratado teológico-político, trad. A. Domínguez, Alianza, Madrid, 1986, pp. 158-159.
37 Doutes, p. 63. 38 Ibid., p. 73.
por las leyes morales como único medio (…). Se podría concluir, digo, que una república de ateos gobernados por buenas leyes subsistiría muy bien sin religión (…) Es verdad que los chinos no pueden ser considerados completamente ateos, puesto que siguen una doctrina bastante semejante a la de los egipcios en tanto admiten, como hemos visto, la eternidad de la materia del universo, la cual está animada por esta alma divina a la que reconocen propiamente por Dios.39
La religión de los magistrados chinos, para decirlo de otra manera, es “spinozista”. Reconoce un Dios que se revela a la razón como único principio eterno, pero lo reconoce como una divinidad impersonal e identificada con el orden de la naturaleza.40 Reconoce un culto: admirar
y humillarse ante la inmensidad de ese ser. Reconoce preceptos: “el resul- tado de toda su teología y de su física tiende a mostrar la necesidad de vivir según las leyes morales del Estado, sin las cuales ninguna sociedad puede subsistir”.41 Tal es para el autor lo que las religiones fueron en sus
orígenes y lo que serán en el futuro, una vez que la canalla sacerdotal sea despojada del poder: una filosofía o política. Spinoza, recordando la antigua concepción del filósofo-legislador es, otra vez, quien señala el camino.
6. Conclusiones
Theophrastus redivivus es el título de otro tratado clandestino com-
puesto en latín alrededor de 1659.42 En la portada del mismo se encuentra
un grabado que representa de manera circular la historia de la filosofía y donde cada autor importante, interconectado con todos los demás, también está representado por un círculo con su nombre en el interior. En la parte superior se encuentran, entre otros, Aristóteles, Platón, Epicuro, Protágoras y Sexto Empírico; en la inferior, Pomponazzi, Cardano, Jean Bodin y Vanini. Los nombres elegidos, sobre todo estos últimos, pueden
39 Ibid., pp. 89-90. 40 Ibid., pp. 107 y 109. 41 Ibid., p. 91.
42 Theophrastus redivivus sive historia de iis quae dicuntur de diis, de mundo, de religione,
de anima, inferís et daemonibus, de contemnenda morte, de vita secundum naturam. Opus ex philosophorum opinionibus constructum et doctissimis theologis ad diruen- dum propositum. La edición de este manuscrito ha estado a cargo de Guido Canziani
resultarnos curiosos, pero más curiosos aún son los círculos centrales adonde desembocan y a los que alimentan los filósofos mencionados: Teofrasto de Ereso para la mitad superior; “Teofrasto redivivo”, es decir, el título del manuscrito, para la inferior. Estos últimos serían los ejes de la historia filosófica; al menos de la historia filosófica que quiere contar el texto en cuestión.
A nuestro juicio, tanto Bayle como el anónimo autor de Doutes de
pyrrhoniens han intentado hacer algo similar al grabado del Theophras- tus, esto es, postular otros márgenes y otros centros, o, con una metáfora
acuática, otros ríos y otros mares, para la historia de la filosofía. En el caso del último Bayle, los centros resultan claros: Estratón de Lampsaco (curiosamente, el sucesor de Teofrasto de Ereso en la dirección del Liceo) para la historia antigua, y Spinoza para la historia moderna. En el caso del manuscrito clandestino, acaso Pirrón (en su particular interpreta- ción) para la historia antigua, y seguramente Spinoza para la historia moderna. Estos centros no representan necesariamente la verdad sino puntos esenciales de confluencia, encrucijadas del laberinto (recordando a Castoriadis), donde por un momento se muestra lo que se ha venido preparando y está en juego.
Spinoza, o, en todo caso, el spinozismo, parece haber sido principal- mente ese punto de confluencia para los autores de finales del siglo XVII y comienzos del XVIII. Un instante de esplendor (aunque sea demencial) que ilumina caminos que se ignoraban y muestra los caminos conocidos bajo un nuevo aspecto o desde otras consecuencias. No ya Aristóteles, sino Estratón; no ya Tomás de Aquino sino David de Dinant; no ya París o Atenas sino el Lejano Oriente. Contra la pia philosophia cuya construcción reclamó y emprendió Marsilio Ficino en el Renacimiento, la temprana Ilustración se propuso construir una historia impietatis y Spinoza fue la bandera enarbolada.