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Supervivencia y maltrato: una forma inhumana de existir.

In document La terrible condena de la mujer maltratada (página 182-199)

Luego de haber realizado el análisis al contenido de las mujeres, se percibe una sensación primitiva tal como la describe Turnbull en la comunidad Ik. Se observa cómo la familia no es una unidad fundamental para la vida social, es simplemente una herramienta para la supervivencia individual, bajo un ambiente de deshumanización donde prima la crueldad, la burla y el desinterés. Cuando Mariana nos habla sobre el maltrato en la primera

entrevista, dice “Yo le decía que nos respetara, que éramos una familia, pero él se tiraba a

pegarnos”, la mujer clama porque se le respete y no se le golpee, ya que este tipo de cosas “no” pasan en una familia. El ambiente familiar no está lleno de bondad, comprensión y

respeto, como idealmente lo esperaba la mujer sino lleno de amenazas de muerte, golpes, humillaciones y desprecio.

Muchas veces me preguntaba ¿Por qué si una mujer es maltratada, no sale de esa relación maltratante? ¿Qué la lleva a soportar los golpes? ¿Qué hace que esa mujer se quede al lado de un hombre que intenta matarla o matar a sus hijos? Durante la experiencia de trabajo de la terapeuta con las mujeres maltratadas que vivían transitoriamente en el refugio y a lo largo del análisis del material clínico, se observa que muchas de ellas se mantienen en la relación maltratante por cuanto ésta parece ser el único recurso para su supervivencia y la de sus hijos. Varias de ellas afirmaban que no contaban con los recursos económicos, ni con el apoyo familiar necesarios para hacer una vida independiente, lo que las dejaba atadas, como condena, a una vida de golpes y miseria.

“A él yo lo conozco desde hace 14 años pero estamos juntos desde hace 5, y a los

15 días quedé embarazada de Sara y tuve que irme a vivir con él. Pero es que también entre

3 Se decide mostrar unas imágenes en la discusión porque se considera que representan la imagen visual

más me pegaba yo también mas lo quería” (Mireya). “Él era el que traía la plata a la casa,

yo tenía que quedarme ahí haciendo los oficios (...) Yo me aguanté todo eso mientras estaba embarazada, pero apenas tuve a la niña me salí de ahí” (Yamile). “Él me dijo:

„véngase para mi casa, si mis papás le dicen algo se va, o si no pues ahí miramos‟. Me fui

para la casa de él, nosotros teníamos una relación, pero no, no era que tuviéramos una

relación sino que más bien teníamos relaciones y él tenía otra novia” (Gladys). En las

frases anteriores queda clara lo accidental y necesario de esas relaciones en el momento del embarazo.

Lorena nos muestra en sus comentarios sobre su infancia y su convivencia con Ricardo la relación entre la necesidad de permanencia y la supervivencia. “Y como a los 9 años la Sra. Bárbara me contrató y me puse a trabajar con ella a cambio de que nos dejara

quedar en su casa; yo le hacía el aseo y ella me paga de esa forma”. Esta niña fue forzada a

trabajar por su supervivencia y por la de su hermano a una edad muy temprana, y más tarde, siendo adolescente fue obligada por su madre a convivir con Ricardo para sobrevivir.

“¡Usted se queda con Ricardo!”, le dijo la madre y ella nos dice: “Y pues me fui a vivir con

él, imagínese yo toda chiquita. Yo creo que para mi mama sí que no hay perdón” Soraya,

con un estado mental diferente nos muestra el uso de la patraña y el engaño para lograr la

supervivencia incestuosa. “Con ese señor yo no tenía vida, yo con él tenía que pretender varias cosas, yo le decía „¿Qué quiere comer hoy mi amorcito?‟, mi amorcito para aquí y

para allá, pero en el fondo pensaba por qué este viejo hijueputa (...) me obliga a hacer

cosas, quiero largarme de acá”.

Se podría pensar, que esa modalidad de supervivencia es lo que subyace la dependencia que caracteriza estas relaciones, en donde no importa que tan fuerte sea el golpe sino la intensidad de la necesidad. Se puede observar que esa dependencia con el

compañero continúa incluso cuando las mujeres se encuentran en el refugio. “¡Todavía no

me ha consignado la plata! Se supone que la debía consignar el sábado y mire ya que día es

y ¡nada! No, es que es un incumplido, es un patán”. Dependencia que luego se traslada al refugio. “Mal que bien, acá le dan la comida a mi hija y tenemos un lugar donde quedarnos. A veces acá entre nosotras lo llamamos la cárcel o el internado porque le prohíben a uno

estas mujeres, las lleva a adoptar un funcionamiento de supervivencia tanto con la pareja como con la familia del hombre y hasta con la institución que las acoge.

Incluso, debido a que muchas de estas mujeres no lograban encontrar trabajo o no tenían un sustento económico suficiente cuando egresaban del refugio, optaban por volver con sus compañeros con el fin de sobrevivir, así fueran maltratadas nuevamente. Es como si intercambiaran un sustento y una supervivencia física por una muerte psíquica al decidir

retomar la relación maltratante: “Pues en últimas me toca devolverme con él porque ¿Qué más hago? Pues yo no sé, de pronto como ya nos tuvo lejos, él piense y ya trate mejor a

Luisito, y pues a mí también” (Yamile)

Cuando la mujer decide alejarse de la situación maltratante, miembros de la familia del maltratador, le muestran la necesidad que el compañero tiene de su presencia para sobrevivir. Para que Soraya vuelva a la familia a hacerse cargo del padre-compañero los

hermanos le dicen: “„Si ve, mi papá está allá triste por usted y por las niñas, casi ni come, ni duerme, eso es por su culpa‟ y yo les decía que no, que yo no iba a volver (…) Mi

hermana me decía, póngale cuidado que nosotros ahorita estamos llorando por usted, mi

papá está llorando y está sufriendo porque usted no está”. No solo es la mujer la que

depende del hombre para su supervivencia, sino que hay un funcionar dependiente de la pareja y de la familia más amplia. Otras veces, las mujeres nos muestran la importancia que tiene para ellas la supervivencia de sus hijos, así tengan que estar separadas de ellos,

mientras logran organizarse de manera diferente. “Yo sé que por un lado mi hija está bien allá y no le falta nada (…) ella vive allá bien con mi suegra, es que eso es lo que me pone a

pensar porque yo estoy segura que primero tengo que organizarme y tener algo acá antes de

traerla a ella” (Mireya).

Cuando las mujeres maltratadas inician una nueva relación, pareciera que van en

busca de una “supervivencia emocional”, al encuentro con un objeto que las pone de nuevo

en el camino de la ilusión, en medio de sentimientos amorosos-excitantes que parecen

volver a “humanizarlas” después del desierto ardiente del ambiente maltratante. Sin

embargo, poco tiempo después aparece nuevamente la supervivencia y la relación se establece definitivamente antes de tiempo. “A Miguel lo conozco desde pequeña, siempre

me ha apoyado y me ha dicho que me salga de ahí, que yo no me merezco eso. También me ha echado los perros siempre (se ríe) (...) Con Miguel, estoy feliz porque me llama, él me dice que me piensa, y cuando nos vemos él me gasta y también quiere mucho a las niñas.

(…) Además yo ya me merezco una oportunidad de ser feliz. Pero es que me siento tan bien, como cuando a uno le decían que tenían maripositas en el estómago.” (Soraya)

Gladys también nos muestra esa “supervivencia emocional” al hablarnos de una nueva

relación de una nueva razón para vivir: “Este fin de semana que estuve con Julián (…) él me acompaña a todas partes, me presta plata, me cuida a la niña (…) Yo a él lo quiero

mucho y ¡me muero si algo le pasa!”. Es como si con esa nueva relación, surgiera una luz

de esperanza de que no todas las relaciones con un hombre resultan ser maltratantes y deshumanizantes y aparece también la gran ilusión de una nueva vida.

Por otra parte, al igual que en la comunidad Ik descrita por Turnbull, en las relaciones maltratantes existe una gran desconfianza y temor en la familia. Se teme que el acto maltratante (el golpe, la humillación, la amenaza) vuelva a aparecer y que cada vez sea más fuerte, llevando a las mujeres más cerca de la muerte. El terror y la desconfianza se instauran en la mente de las mujeres. Hay que salir corriendo, huir y buscar un escondite,

un refugio para sobrevivir “Yo no quiero volver, porque sé que si vuelvo me va a matar, yo

por eso es que no vuelvo por allá” (Mireya). “Es que una vez estábamos con mis hermanos

en el cuarto y vimos que llegó ella borracha, y escondimos a mi hermana chiquita en el

closet. Sabíamos que ella venía a pegarnos” (Gladys). “Yo le dije que bueno, pero después

lo empezó a llamar la moza, destapó otra botella de aguardiente y se puso a tomar ahí en

frente de los niños y yo agarré a mis hijos y me salí de ahí” (Astrid).

En el material clínico también se puede observar la desconfianza por parte del compañero hacia la mujer maltratada. Desconfianza sobre la paternidad, desconfianza sobre lo que hacen y dicen cuando no pueden vigilar de cerca su comportamiento. Desconfianza

que se va convirtiendo en un estado mental paranoide. “Cuando yo le conté que estaba

embarazada al papá de mi hija, él me dijo que no me creía que fuera de él, pues como yo tenía hartos novios y andaba por ahí (...) Yo sólo hacia el oficio, pero estaba pendiente de

También aparece la desconfianza y el terror hacia otros miembros de la familia, que

pueden convertirse en enemigos que las devuelven al lugar aterrador de donde salieron: “El

jueves cuando fuí a la clínica a pedirles las citas médicas a las niñas, yo tenía mucho miedo de ir porque de pronto me iba a encontrar con alguien y preciso, ahí estaba mi mamá y mi

tía”. Situación que ya se había presentado en otra oportunidad en que había tratado de alejarse de la situación maltratante. “Yo vi un camión de la policía y les dije que por favor me protegieran, que no dejaran que ellos me llevaran, pero mi mama empezó a decirles que

yo tenía problemas de la cabeza” (Soraya).

La desconfianza y el temor, como estados mentales, vuelven a aparecer en el

refugio. “Hay algo que me está molestando mucho de la casa y es que... yo no sé... hay un

ambiente muy tenso. Mire todas las señoras estamos aburridas (…) ocurrió una cosa y es que el hijo de Tatiana tenía el babero muy apretado y nadie se dio cuenta y María le estuvo dando de comer y ya la estaban culpando a ella de que le había puesto el babero mal y que lo estaba ahorcando. También el hijo de Jenny, que me tiene mucho aprecio porque yo me la paso con él y el viernes por la tarde estábamos arriba viendo televisión y el niño me levantó los brazos, como para que lo alzara y la coordinadora de hogar me gritó: „¡Ni se le ocurra alzarlo! ¡Ese niño está malcriado!‟ y pues ahí yo quedé. Si a uno lo van a regañar

por cuidar a otro niño, o lo van a culpar si algo malo le pasa, mejor ni preocuparse por

ellos; si lloran pues tocará no ponerles cuidado” (Gladys). Allí se percibe el miedo y la

desconfianza en torno al cuidado de los hijos de las demás señoras y el miedo a ser culpada y señalada. El estado persecutorio está en el refugio.

Turnbull menciona que en la comunidad de los Ik, las relaciones entre abuelo-nieto eran mejores que entre el resto de los miembros, lo que también puede observarse en el caso de las mujeres maltratadas. “No podía ser yo misma, cuando yo quedé embarazada de mi primera niña, yo no me aguanté mas todo y me fuí a vivir donde mi abuela (materna)

(…) pero me tocó salir corriendo otra vez y meterme a la casa de mi abuelita porque sabía

que ahí no me podía hacer nada. Cuando pasó eso mi abuelita le dejó de hablar a mi mamá como por 3 meses”. Soraya nos habla de un vínculo cercano con su abuela, quien era su

Turnbull también expone el abandono y el desentendimiento de los Ik hacia sus hijos desde que ellos tienen tres años de edad, ya que las madres consideran que a esta edad ya pueden defenderse por sí solos y además dejan de representar una carga para ellas, quienes al parecer, son las únicas responsables del cuidado de los hijos. En el material clínico, también se observó que las mujeres maltratadas eran abandonadas a una edad muy temprana por sus padres, razón por la cual debían conseguir, a como diera lugar, los medios para sobrevivir en un ambiente terrorífico de adultos-gigantes. “A los 4 años me tocó irme

con mi hermano como hasta que tuve 8 y vivimos en la calle, durmiendo en una caja de cartón y en ese tiempo metí mucha marihuana. Pero yo siempre estuve buscando el amor de

mi mamá” (Lorena). “Yo no crecí con mis papás, mis papás me regalaron a mi tía porque

no tenían la suficiente plata para mantenerme” (Mariana).

Llama la atención del material clínico, que ninguna de las mujeres maltratadas menciona una relación cercana con su padre, por el contrario, muchas de ellas reportan que no lo conocieron o que murió cuando ellas aun eran unas niñas. En términos generales, se

observó, que la mayoría de estas mujeres tuvieron un padre ausente. “A mi papá lo mataron de un tiro cuando yo era pequeña” (Lorena). “A mi papá nunca lo conocí” (Mireya). “Pues

a mi papá nunca lo conocí, el nunca respondió por mí ni por mis hermanos” (Astrid). “Mi papá si murió de un infarto cuando yo estaba muy pequeña” (Yamile). Mariana ni siquiera

menciona a su padre, quien al parecer se encuentra completamente ausente en su vida y en su mente. Gladys nos habla de un padre, con quien no ha establecido una relación de confianza debido a que sufre de un desorden mental, y quien de alguna manera también ha

estado ausente para ella: “Mi papá está muy enfermo, él sufre de un trastorno. A él no se le puede contar nada porque cualquier cosa que se le cuente lo acelera y le da mucha

ansiedad. Entonces cuando yo hablo con él, me toca decirle que todo está perfecto”.

Por el contrario, en la mayoría de las sesiones que se llevaron a cabo con Soraya, ella nos hablaba de su padre. Un padre-compañero con quien mantuvo una relación incestuosa durante años, un padre tiránico y perverso en quien no se perciben las funciones

paternas. “Lo que pasa es que mi compañero es mi papá”. En este punto, es importante

castigaban el incesto quemando el cuerpo del abusador. En cambio, en nuestra sociedad

“civilizada” y “avanzada”, pareciera que el incesto no genera mayor reacción en la comunidad, ya que Soraya es uno de los miles de casos de incesto que se pasan por alto.

Pareciera ser que Jennifer, es la única mujer que rescata un aspecto bueno del padre,

quien satisfacía sus necesidades básicas permitiendo su supervivencia: “cuando mi papá

estaba vivo, a mis hermanos y a mí nos daban muchas cosas: cuadernos, comida”. En

términos generales, podría afirmarse que las mujeres maltratadas cuentan con un padre ausente a quien muchas veces no es posible evocar, ni siquiera en el recuerdo.

Por otra parte, se percibe una mayor presencia de las madres en la mente de estas mujeres. Sin embargo, muchas de ellas estuvieron ausentes en su función continente y protectora y por el contrario eran muy agresivas y tiránicas con sus hijas. Al igual que los Ik, solamente ejercían un rol biológico de supervivencia con sus hijas para luego

abandonarlas a una muy temprana edad. “Pues mi mamá me abandonó cuando yo tenía 4 años (…) Yo nunca tuve una palabra de cariño o de afecto por parte de ella ¿Sabe qué me

decía mi mama? „Mejor haber parido 3 serpientes que parirla a usted‟” (Lorena). “Me

acuerdo que cuando yo tenía la edad de Ingrid, mi mamá me mandaba a hacerle cosas a mi

papá (refiriéndose al aspecto sexual)” (Soraya). Mariana no menciona a su madre, ni reporta algún tipo de vínculo con ella.

Mireya nos habla de una madre ambivalente de quien rescata aspectos protectores a

pesar de los golpes: “pero ella ya se murió de cáncer en los pulmones. Eso fue cuando ella

tenía como 38 años, o sea eso fue como hace 3 (…) ella era muy agresiva, ella también me pegaba pero me protegía cuando otros querían atacarme, tuve una buena mamá”.

En nuestra sociedad, se considera que cuando una madre no es lo suficientemente protectora en términos de que no suple las necesidades básicas de sus hijos, estos deben pasar a ser cuidados por el Estado. Llevan a los niños a instituciones, las cuales supuestamente se encargarían de suplir las necesidades que sus madres no pudieron cumplir. Vale la pena preguntarse si la mejor manera en que el Estado puede intervenir en estos casos, es separando a la madre de su hijo, o si el niño va a estar en mejores condiciones en la institución que alejado de su madre. Mireya nos habla en calidad de

madre que perdió una de sus hijas en manos de una institución. “Cuando la niña tenía 10

meses a mí me la quitaron, que porque yo no tenía los recursos para mantenerla y yo no he

podido afrontar eso (…) Mucha gente me juzgaba por todo lo que yo hice en ese momento.

Me siento muy mal por eso. A mí la gente me dice: „¡Usted se dejo quitar a su hija!‟ y no,

no es que yo me dejara quitar a mi hija sino que yo no sabía que más hacer. Pues uno no

dice: „voy a regalar a mi hija, voy a dejármela quitar‟”. Podría pensarse en estas

instituciones como un paralelo a los grupos de ritos de paso descritos por Turnbull, en donde el niño (luego de ser abandonado por sus padres) debe ajustarse a un grupo de niños

de edades similares con el fin de sobrevivir. “Pues yo tenía 2 años cuando se murió mi

mamá y a Sandra y a mí nos mandaron a un internado” (Teresa).

Turnbull menciona que en la comunidad de los Ik, las niñas hacen uso de su cuerpo de una manera sexual para lograr aceptación en un grupo. Tal vez, lo mismo ocurre con las mujeres maltratadas, quienes después de varios intentos de alejar al hombre, de alguna

manera terminan “permitiendo” ser abusadas sexualmente por él. Es como si cedieran a los

deseos del hombre, como una manera de permanecer en el grupo familiar buscando la supervivencia, ya que si no lo hacen serán golpeadas brutalmente y su vida correría peligro,

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