2 El brillo poético de lo cotidiano
3. La sutil autoronía
Lo cotidiano nos interesa pues como el espacio donde se juega la poética de Soares, quien, entre todos los otros en los cuales se multiplica Pessoa, es quien más se detiene en esa zona de lo indeterminado, en esa eternidad que le es dada al hombre en su nulidad. Soares extrae brillo poético del poder corrosivo que hay en lo anónimo, ínfimo, insignificante del día a día; poetiza ese ámbito claroscuro, ese no lugar, esa tonalidad media donde dan sus frutos la melancolía, el tedio, el gran ennui. En efecto, el entregarse calmo y sin prisas a la contemplación del detalle, la demora en éste, en la explanada de lo cotidiano, es incompatible con el sosiego, no coincide ni siquiera con el deseo de tener sosiego, sino más con la afección a la que en este caso se denomina tedio o desasosiego, afección de la que Soares nos da la imagen del estado fermentación como un símil afortunado, pues sugiere con él tanto la quietud inquieta como la transformación de la materia, la descomposición a partir de lo cual dicha materia tendrá otros modos de ser.
Enmarcado en estos términos, lo cotidiano no deja de tener un cierto hálito de ironía. Ya veíamos la autoironía de la que se recubre la fórmula de Bartleby en cuanto declina una exigencia como si se tratara de una invitación. Pero Soares tampoco es ajeno a la ironía, pues adoptar la renuncia por modo y la contemplación por destino, es decir, abdicar de la acción y consagrarse a la pura actividad de mirar, extraer de un detalle la vida entera, es algo que no puede ser posible sin el recurso de la ironía. Más aún, si lo cotidiano –paraje o escenario de estos dos antihéroes como lo hemos visto- tiene ese poder corrosivo que diluye tanto lo verdadero como lo falso, y si, además, el aburrimiento profundo (l’enuui) es eso cotidiano que se hace manifiesto, entonces, dicho aburrimiento
es la puesta en evidencia de dicha disolución, la puesta a cielo abierto o la constatación de dicha ausencia. Entonces, la ironía inherente a lo cotidiano y a
l’ennui reside tal vez a la paradójica potencia que hay en estos, una potencia desestructurante, que disuelve entidades tan fuertes como el Sentido o la Razón y la Verdad. Es decir, se entiende aquí la ironía como el mecanismo que sustrae peso, es decir, que introduce levedad, y esto no deja de ser paradójico, pues tanto lo cotidiano como el aburrimiento profundo fácilmente los pensamos como las experiencias más pesadas, y tal vez lo sean, pero es como si a la vez tuvieran ese efecto de liberación, de levedad, propio de la ironía.
Irónico es mirar con distancia el discurrir de la realidad, contemplar de lejos el frenético movimiento de los hombres que se agitan en vano y avanzan hacia ninguna parte; irónico es quien mira pasar la vida y permanece concentrado en los restos, en las ruinas, en lo más inerte, en cosas huérfanas de sentido como el muro ciego en el que clava su mirada Bartleby desde que canceló toda preferencia. Irónico es también Soares frente a la página en blanco, o mirando por la ventana el movimiento lejano de la calle, o en el tranvía, en la terraza del café… atento sólo a lo infinitamente pequeño, al detalle ínfimo, a la pura contradicción, como queriendo ver más allá de la apariencia, asaltando o destituyendo así la armónica realidad fundada en ordenamientos.
La ironía descompone, disgrega y desnuda justamente lo que el lenguaje convencional pretende jerarquizar, organizar, someter a procesos lógicos. Por eso, para Kiekegaard la ironía es una locura divina que brama como un Tamerlán, y que no deja piedra sobre piedra.La mirada irónica desnuda y despoja al hombre de sus inseguras vestiduras con las que intenta componerse y ocultarse. La ironía soariana hace que el tedio no sea aturdimiento y en cambio muestra con lucidez que dicho tedio se sostiene en saber que el hombre se debe al caos y la finitud, y que, por tanto, la vida acontece desde la multiplicidad, la variabilidad y la contradicción. De donde, como dice Pascal,
no hay hombre que difiera más de otro que de sí mismo en la sucesión del tiempo.
El ironista cuenta siempre con lo imprevisto que resurge donde menos se lo espera, de allí le viene su carácter fragmentario, desligado, caprichoso. La suya es una reflexión que descompone el mundo, hasta verlo regulado finalmente o bien por lo infinitamente pequeño, o bien por lo fútil, lo simple, lo absurdo, dirá Soares. En este último la ironía se expresa como la distancia y la sonrisa en medio del desastre, como el sentido imaginario en medio del sin sentido absoluto y del naufragio. Es una disposición oblicua del pensamiento y la mirada que sustrae peso a la pesadez del mundo moderno que ha devenido representación y que permanece atado a un exceso de significación, a una búsqueda imparable de sentido. Pero esta oblicuidad de la ironía no promueve heroísmos que lleven a suplantar las portentosas verdades de la modernidad por otras; esta ironía se aproxima más a la acepción de sabio que tiene Ricardo Reis, para quien sabio es contentarse con el espectáculo del mundo, o con la imagen de los impasibles jugadores de ajedrez que no abandonan la partida aún en medio del desastre. Soares mira pues la vida pasar, mira la realidad a la que está, se sustrae de ella y la contempla en su cotidianidad trivial y gris, pero no la destruye sino que la deja en pie, como una ruina incólume; él solo es el copista de lo cotidiano, no su redentor, pues lo cotidiano tampoco demanda un redentor, así, se pertenecen, se reclaman, mutuamente. Por eso, la ironía “no se dirige a esta o aquella cosa en particular sino que se dirige a toda la realidad dada en un cierto tiempo y bajo ciertas circunstancias. (…) No es este o aquel fenómeno, sino el conjunto de la existencia lo que se considera bajo la categoría de la ironía.”33 Es contemplación impasible del absurdo y la banalidad propios
del mundo. Pero la mirada irónica no se confunde con la burla, la sátira o el ridículo, ni con la pretensión de corregir lo equivocado, o de aniquilar lo vano,
33Sören Kierkegaard, “Sobre el concepto de ironía”, Escritos I, Madrid, Editorial Trotta, 2000, p.
o reconciliar lo inconciliable, no, por el contrario, dicha mirada “confirma más bien lo vano en su vanidad, hace que lo erróneo resulte más erróneo. Esto es lo que podría llamarse el intento de la ironía por mediar los momentos discretos, no en una unidad superior, sino en una locura superior.”34
Ahora, puesto que bajo la ironía “todo se hace vano, la subjetividad se libera. Cuanto más vano se vuelve todo tanto más leve, tanto más despojada, tanto más fugaz se vuelve la subjetividad.” Y la nada irónica es para Kierkegaard “la quietud de muerte bajo la cual la ironía retorna como un travieso espectro (tomada este expresión en toda su ambigüedad: el bromear, pero sobre todo el aparecerse de los espíritus o fantasmas).”35 Es decir, que tanto en la mirada
irónica como en el ennui aparecen descubierto las estrategias que suelen estar al servicio de la vanitas, se muestran en su devaneo y evanescencia, de allí el efecto de liberación que produce la ironía, pues produce una especie de aflojamiento del apremio, de la urgencia con la que comúnmente se vive, la ironía y el ennui permiten otros modos de ser, donde, para decirlo con Ricardo Reis, ese espíritu cercano al de Soares, se puede oír:
Sigue tu destino riega tus plantas, ama tus rosas.
El resto es la sombra de árboles ajenos …
Mira de lejos la vida. Nunca la interrogues. Ella nada puede decirte. La respuesta está allende los dioses36
34Íbid.,p.283. 35Íbid.,pp. 284-85 36
Fernando Pessoa, Un corazón de nadie. Antología poética,Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2001, p. 277-9.
Decimos pues que la ironía produce un efecto de liberación, sustrae el peso del existir, introduce una distancia frente al absurdo y la realidad. Así pues, según la comprensión de Kierkegaard, resulta en extremo “refrescante y reconfortante, cuando el aire se torna demasiado opresivo, desvestirse y lanzarse al mar de la ironía, no para permanecer en él, naturalmente, sino para volver a vestirse indemne, ligero y satisfecho.”37 El mar de la ironía sustrae la pesadez, es decir,
recupera la levedad que también Italo Calvino38 recupera como una de las seis
propuestas para la literatura de este milenio recién comenzado. No hay que darle muchas vueltas al asunto, dice Pere Bellart, “para comprender que la ironía es una modalidad del pensamiento y del arte que emerge sobre todo en épocas de desazón espiritual en las que dar explicación a la realidad se convierte en un propósito abocado al fracaso.”39 Es un modo como el hombre
dispone su pensar y su decir acorde con la finitud, con la orfandad de sentido y la ausencia de dioses; es un disponerse –que no se confunde con al resignación pero que tampoco aspira a los heroísmos- en la condición de ser mortal. Nos interesa pues la ironía no como un medio persuasivo propio de la retórica, sino
37Kierkegaard op. cit., pp. 338-9
38 La melancolía, tristeza que se aligera, el humour, lo cómico que ha perdido la pesadez
corpórea, ambas experiencias ponen “en duda el yo y el mundo y toda la red de relaciones que los constituyen.” La melancolía es pensada aquí sin pesadez ni opacidad, es decir como “un velo de minúsculas partículas de humores y sensaciones, un polvillo de átomos, como todo lo que constituye la sustancia última de la multiplicidad de las cosas.” Llama la atención esta consideración sobre la levedad como sustracción de peso y que en ella la melancolía ilustre lo que se quiere decir. Sustraer peso a la materia, al lenguaje, a la escritura: ahí están las aventuras del barón de Munchausen, pero también Las mil y una noches, y por supuesto Leopardi, quien logra “quitar el peso al lenguaje hasta hacerlo parecido a la luz lunar.” Pero a Calvino lo que más le interesa entre todas la figuras de la levedad (Perseo con sus sandalias aladas, la luna de Leopardi, la gravitación y la levitación de Newton, el atomismo de Lucrecio, la magia del Renacimiento, la filosofia del amor de Calvancanti…) es, ante todo, “la literatura como función existencial, la búsqueda de la levedad como reacción al peso de vivir.” Que la pesadez, la inercia, la opacidad del mundo, no se adhieran a la escritura. Así, Kundera, en la Insoportable
levedad del ser,muestra cómo en la vida todo cuanto elegimos y apreciamos por su levedad no tarda en revelar su propio e insostenible peso, por lo cual, Kundera antepone y escapa a esta condena mediante la vivacidad y la movilidad. También en Kafka, en el relato del jinete que vuela en su cubo vacío, Calvino encuentra la metáfora que no es indica cómo hemos de asomarnos al próximo milenio: “sin esperar encontrar nada más que aquello que seamos capaces de
llevar.” Italo Calvino, “Levedad”, Seis propuestas para el próximo milenio, Madrid, Ediciones Siruela, 1998, pp. 34-5, 41. e.s.n.)
39 Pere Bellart, Eironeia. La figuración irónica en el discurso literario moderno, Barcelona, Cuadernos
como este modo particular de disponer la mirada y el pensar hacia un asumir la condición de mortal, la finitud.
Paul de Man, siguiendo a Kierkegaard, nos indica cómo, en sentido estricto, la ironía no es un concepto, pues hay en ella una dificultad inherente que impide que sea conceptualizable, se resiste al lenguaje definicional. Ella es negación y cambio radical, es el tropo de todos los tropos, la representante por excelencia del cambio, o, como dice Kierkegaard, “negatividad infinita absoluta”. La ironía reconoce la multivocidad del sentido, muestra la inexistencia de La Verdad y en su lugar la irrupción y proliferación de algo así como verdades parciales, relativas, transitorias; la ironía muestra la insubsistencia y el límite de la palabra, y la naturaleza caleidoscópica de lo que llamamos realidad. De donde el decir de la ironía socava los lenguajes sistemáticos y la armonía narrativa. Lo bufo es la interrupción de la narrativa, la ruptura de la ilusión, de la ficción. La dimensión irónica está también en su condición fragmentaria, en la interrupción permanente del discurso, en la trasgresión constante de la coherencia y la sistematicidad escritural, en la puesta en cuestión permanente de lo que se espera que sea la estructura de un libro, en el trastorno que introduce en la noción convencional del autor, o más exactamente en borramiento de éste; pero de esta condición de escritura fragmentaria nos ocuparemos en la segunda parte. Agreguemos por ahora que este Libro – ruptura del relato, negación de la literatura imperio de la ley del fragmento…-, junto con la mitología heteronímica pessoana –multiplicación/disolución del Yo, proliferación del juego y del fingimiento, despliegue del lenguaje allí donde otrora estuviera el sujeto…- constituyen una de las más extremas y elaboradas expresiones de la ironía en la literatura contemporánea. De este modo, más allá de negar lo que se afirma o decir algo no diciéndolo, la ironía está en que la palabra transporta un irreductible a la palabra misma, un murmullo que no
cesa. La ironía es también, en Pessoa, un modo como el lenguaje cuestiona y provoca al lenguaje mismo, un modo de ser del lenguaje.
Soares participa con distancia de una cultura decadente, heredera a su vez de la cultura griega, del orden romano, de la moral cristiana, y de una larga lista de ilusiones perdidas sobre las que se levantó la civilización en la que habita. ¿Dónde estarán los vivos?, se pregunta Soares. Él es un copista de la enfermedad incurable, y de la agonía que trae consigo la quiebra del catolicismo, del renacimiento, de la reforma… El desastre de lo que se había soñado, la vergüenza de todo cuanto se había conseguido, y la miseria de vivir sin una vida digna, todo eso envileció la sociedad e inundó los espíritus: “La actividad superior del alma se enfermó.” Y de esa enfermedad “nació la literatura y un arte hecho de elementos secundarios del pensamiento: el romanticismo; y una vida social hecha de elementos secundarios de la actividad: la democracia moderna. (…) Llamamos ‘románticos’, por igual, a los grandes que fracasaron y a los pequeños que se revelaron.” (fr. 427, p. 325) El romanticismo es para Pessoa/Soares una enfermedad de las almas, donde se concretiza el estrago y la ruina largamente alimentados por el cristianismo. Y en este desierto, en esta errancia, a veces, como lo dice Ricardo Reis,
Los dioses desterrados, Los hermanos de Saturno, a veces, en el crepúsculo vienen a espiar la vida.
Vienen entonces a tener con nosotros Remordimientos y saudades
Y falsos sentimientos …
Vienen para hacernos creer, Despechadas ruinas
De primitivas fuerzas,
Que el mundo es más extenso Que lo que se ve y se palpa,
Para que ofendamos a Júpiter y a Apolo.40
Pero Soares, este espectador irónico hasta de sí mismo, tiene además una moral sencilla: “no hacer a nadie ni mal ni bien.” Así, auxiliar o ilustrar a otros es algo que rechaza por cuanto, en cierto modo, es hacer el mal de intervenir en la vida ajena. De igual modo, asume que la bondad es un capricho temperamental, transitorio, y no se tiene derecho alguno a convertir a los demás en víctimas de nuestros caprichos, aunque sean de humanidad o de ternura. Soares es de aquellos que preferirían no hacer ni bien ni mal a los demás, y se considera “altamente sociable de un modo altamente negativo,” es “la inofensividad encarnada”. “Tengo para con todo cuanto existe una ternura visual, un cariño de la inteligencia: nada en el corazón.” No le concierne ni la fe, ni la esperanza, ni la caridad, ni la sinceridad de los sinceros, ni los misticismos de todos los místicos, sobre todo cuando estos son activos y pretenden promover la voluntad ajena, encontrar la verdad o reformar el mundo. Así, si todos tenemos una moral o una metafísica, la de Soares es ser “transeúnte de todo -hasta de mi propia alma-, no pertenezco a nada, no deseo nada, no soy nada: centro abstracto de sensaciones impersonales, espejo caído sintiente vuelto hacia la variedad del mundo. Con esto, no sé si soy feliz o desgraciado; ni me importa.” (fr. 228, pp. 192-93) Espectador-transeúnte a través de los fuegos fatuos de una civilización en declive, participa a su vez –como es de esperarse- del “horror a la acción”, pues de algún modo asume, al unísono con Ricardo Reis, que, en el mundo,
En vano nos agitamos y pasamos. No hacemos más ruido en lo que existe Que las hojas de los árboles
O los pasos del viento. …
Si aquí, a orillamar, mi huella
En la arena el mar con olas tres las borra, ¿qué hará en la negra playa
40
Fernando Pessoa, Un corazón de nadie. Antología poética,Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2001, p. 249-51.
donde el mar es el Tiempo41?
Todo esfuerzo está pues supeditado a los desvíos que la vida le impone, sin dificultad alguna se traduce en otro esfuerzo sirve a otros fines, a veces consuma exactamente lo contrario del propósito en el cual se había inscrito. Por eso, en Soares la “aversión hacia el esfuerzo se excita hasta el horror casi gesticulante ante todas las formas de esfuerzo violento. Y la guerra, el trabajo productivo y enérgico, la ayuda a los demás (…) todo esto me parece más el producto de un impudor (…) todo lo que es útil y exterior me sabe a frívolo y trivial ante la soberana y pura grandeza de mis más vivos y frecuentes sueños. Esos, para mí, son más reales.” (fr. 326, pp. 264-5) Más aún, los desastrosos efectos y la devastación que produce esa agitación por excelencia que es la guerra y la revolución, no producen en Soares horror sino tedio, pues lo que le resulta en extremo pesado –antes que la crueldad desatada- es la estupidez y el desvarío de los ideales que sacrifican vidas y haberes a algo inevitablemente inútil. “¿Qué imperio es útil o qué ideal proficuo? Todo es humanidad, y la humanidad es siempre la misma: variable pero imperfectible, oscilante pero improgresiva. Ante el decurso inimplorable de las cosas, la vida que hemos tenido sin saber cómo y perderemos sin saber cuándo, (…) qué puede hacer el sabio sino pedir el reposo, el no tener que pensar en vivir, pues basta con tener que vivir… “ (fr. 367, pp. 293-4)
Es la misma agitación –y la misma estupidez- la que asiste a los revolucionarios y a los reformadores, el error es el mismo, en uno y otro predomina la impotencia ”para dominar y reformar su propia actitud para con la vida”. Ambos son la expresión de cómo “el hombre huye hacia el querer modificar a los demás y al mundo exterior. Todo revolucionario, todo reformador es un evadido. Combatir es no ser capaz de combatirse. Reformar es no tener enmienda posible.” (fr. 437, pp.335-6) Soares es automarginado de la moral social que no le concierne y que se concretiza en palabras como deber,
41
humanitarismo y solidaridad, palabras que, junto con las de libertad,