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Retengamos entonces que el aburrimiento profundo no elimina el mundo, ni nos conduce a otra región, sino que se limita a dejarnos a solas en cuanto ser-en-

78Es inevitable aquí, de nuevo, evocar a Freud cuando, en Lo ominoso, enuncia dos resultados de

su indagación sobre este sentimiento: “La primera: la teoría psicoanalítica acierta cuando asevera que todo afecto de una moción de sentimientos, de cualquier clase que sea, se trasmuda en angustia por obra de la represión, entre los casos de lo que provoca angustia existirá por fuerza un grupo en que pueda demostrarse que eso angustioso es algo reprimido que retorna. Esta variedad de lo que provoca angustia sería justamente lo ominoso, resultando indiferente que en su origen fuera a su vez algo angustioso o tuviese como portador algún otro afecto. La segunda: Si esta es de hecho la naturaleza secreta de lo ominoso, comprendemos que los usos de la lengua hagan pasar lo Heimliche –lo familiar- a su opuesto, lo Unheimliche, pues esto

ominoso no es efectivamente algo nuevo o ajeno, sino algo familiar de antiguo a la vida anímica, sólo

enajenado de ella por el proceso de la represión. Este nexo con la represión nos ilumina ahora también la definición de Shelling, según la cual lo ominoso es algo que, destinado a permanecer en lo

oculto, ha salido a la luz.” Vol. XVII, pp.248-9. e.s.n. Y no está de más referir aquí también otro texto de Freud donde se prosiguen importantísimos desarrollos sobre el vínculo represión y angustia, se trata de “Inhibición, síntoma y angustia” (1926), en: Obras completas, Buenos Aires, Amorrortu Editores, Vol. XX.

79De la angustia del temerario nos dice el autor que no admite contraposición con la alegría ni

con el agradable ir viviendo, pues se halla más acá de una oposición como esa, se halla en “secreto vínculo con serenidad y templanza del deseo creativo.” Y esto último no deja de parecernos como menos llamativo, pues pareciera confirmar aquello que ya Heidegger estableciera como primer carácter ontológico esencial de la disposición afectiva, a saber, que “la disposición afectiva abre al Dasein en su condición de arrojado, y lo hace inmediata y regularmente en la forma de la aversión esquivadora.” Es decir, que el estado de ánimo es un modo de ser originario del Dasein, donde éste queda “abierto para sí mismo antes de todo conocer y querer, y más allá del alcance de su capacidad de abertura. Y además, jamás seremos dueños de un estado de ánimo sin otro estado de ánimo, sino siempre desde un estado de ánimo contrario.”Martín Heidegger, Ser y tiempo, parágrafo 29: “El Da-sein como disposición afectiva”, p. 160 Este es un elemento de reflexión muy importante que nos permite captar también, por ejemplo, la copertenencia de la angustia y la hechizada calma, o del tedio profundo o desasosiego y la serenidad…

el-mundo. En el aburrimiento profundo el mundo se revela en su mundaneidad. Félix Duque dirá que, a diferencia de los humores –los flujos o fluidos que, según antigua teoría humoral, dan el ánimo y determinan tipos y caracteres- las

Stimmungen, en Heidegger, no son estados de ánimo, sino tonalidades conductoras (Leitstimmungen), “son respectos, modos de ser de la existencia que así, distinguidos y separados, luchan entre sí –al igual que los humores corporales- y arrastran al Dasein a fijarse efímera pero violentamente ora en una tonalidad, ora en otra. Tal es por lo demás, el estado normal del ser-humano: ‘estar cayendo’ en un ‘tono’ que necesariamente oculta, disimula, dispersa a los otros. El modo en que se presenta esa tonalidad es preponderantemente el

Affekt, la emoción.” Así, arrastrado por la turbulencia de las emociones, de las tonalidades afectivas, el Dasein, va de un lado a otro, “como un ente más entre los entes: es el modo más cosificante, más impropio del ser-humano”. Pero este turbulencia se reduce finalmente a una dualidad: amor-odio, pasiones rectoras del hombre. “Y esta dualidad se enraíza al fin en la Grundstimmung en la que el hombre se desembaraza de lo ente y, en radical aislamiento, queda modulado

propiamente con el ser, respondiendo a su invitación, a su “envío”, entendido como un destino por el que se “hace posible” el Todo… por ahora.”. Esta tonalidad afectiva fundamental, es la “angustia” (Angst).81 Es preciso señalar

esta diferencia entre el aburrimiento profundo que “revela lo ente en su totalidad” y que “reúne a todas las cosas y a los hombres y, junto con ellos, a uno mismo en una común y extraña indiferencia”, como lo señaló Heidegger, y la angustia en cuanto que tonalidad afectiva fundamental en la cual “el hombre se desembaraza de lo ente” como lo aclara Félix Duque en su lectura de las tonalidades afectivas en Heidegger. Aquí, donde no parece existir cercanía posible entre la angustia y el aburrimiento profundo, ¿acaso no le asiste a éste bajo ninguna condición el carácter de tonalidad afectiva fundamental? ¿En qué sentido el reunirlo todo en una común indiferencia, propio del aburrimiento profundo, no es también un modo como el hombre se desembaraza de lo ente?

Estas cuestiones las dejamos planteadas porque asumirlas y avanzar en ellas supondría internarse ahora en textos de Heidegger que desbordarían ahora nuestros límites. De momento, el profesor Duque nos precisa que en la angustia en cuanto que tonalidad afectiva fundamental, Grundstimmung, “se disuelven los entes intramundanos, surgiendo entonces, radiante y hosco a la vez, el mundo en su pura mundaneidad, allí donde el Dasein es, a solas, insobornablemente fiel al “ahí” de su situación, de su herencia.”82 Esta

comprensión de la angustia en efecto es más próxima, en este sentido, a la serenidad, de hecho así lo anticipa este autor cuando dice: “La angustia es el bajo continuo de nuestra existencia: la más alta y a la vez más oculta de nuestras pasiones. La pasión de ser… en cuanto “dejar ser”. Es la Grundstimmung que años después, Heidegger llamará Gelassenheit, la serenidad, la dejadez de todo cuidado intramundano, para abrirse al hondón del ser, allá donde la muerte cabrillea como urgente exhorto al cuidado del instante, de la irrepetibilidad del tiempo de los hombres.”83

En el aburrimiento profundo el ser humano se encuentra a solas en cuanto que ser-en-el-mundo. Es decir, que mientras habitualmente estamos atrapados, perdidos y casi aturdidos por las cosas, en el aburrimiento profundo estamos de repente abandonados, arrojados en el mundo en su plena mundaneidad y entonces también en las proximidades de la nada. No porque las cosas desaparezcan sino porque aún estando allí no tienen nada que ofrecernos, nos dejan indiferentes sin poder liberarnos de ellas; de tal modo, se está como entregado a lo que nos aburre. Estar aburrido por algo es entonces estar retenido por ese algo, sujetado, vinculado a ello profundamente. Es en este sentido que el aburrimiento profundo, según la lectura que Giorgio Agamben hace de esta noción en Heidegger, “se revela como la Stimung fundamental y propiamente constitutiva del Dasein, respecto de la cual la angustia –tal como es

82Íbíd., p. 107. De la serenidad nos ocuparemos más adelante en este mismo capítulo. 83Íbíd., p. 118.

pensada en Ser y tiempo- no parece ser más que una suerte de respuesta o recuperación reactiva. (…) El Dasein, en su aburrimiento, es entregado (ausgeliefert) a algo que se le niega, exactamente como el animal, en su aturdimiento,

es expulsado(hinausgesetz) en un no-revelado. ”84

Según esta comprensión existe pues una cercanía entre el hombre que se aburre y el aturdimiento del animal: ambos están “abiertos a un cierre”, librados por completo a algo que se cierra con obstinación. Agamben encuentra también en ese “estar entregado a algo que se niega”, algo así como la tonalidad afectiva inherente al pensamiento de Heidegger. Aquello que se niega con obstinación mantiene al ser en suspenso, y en esto consiste el segundo momento del aburrimiento profundo. En el hombre que se aburre, lo que se anuncia también es el orden de las posibilidades específicas del Dasein, su poder de hacer esto o lo otro, posibilidades que se mantienen inactivas, que yacen, que permanecen en reposo como la tierra cuando se la deja en barbecho, inactiva, no cultivada. Pero que las posibilidades estén desactivadas deja también al descubierto lo que en último término –según Heidegger- es la posibilidad pura, originaria.

“El ser-mantenido-en-suspenso como segundo carácter esencial del aburrimiento profundo no es pues otra cosa que esta experiencia del manifestarse de la posibilitación originaria (es decir, de la potencia pura) en la suspensión y en la sustracción de todas las posibilidades específicas concretas. (…) El origen mismo de la potencia, y con ello del Dasein, es decir del ente que existe en la forma de poder-ser.” Pero esta potencia tiene ante todo la “forma de una potencia-de-no”, la potencia de la inercia de Soares y de la preferencia negativa de Bartleby; potencia de no, o desactivación de las potencias efectivas. En el aburrimiento profundo se juega pues nada menos que el “devenir-Dasein del ser vivo hombre”, pero este paso, este devenir, este asumir el fardo que es para él el Dasein, no abre otro espacio más allá del espacio animal, sino que se

limita a una “suspensión y una desactivación de la relación animal con el desinhibidor”.85

El ser-ahí, en cuanto que sostenerse dentro de la nada, atravesado por ella, desde su origen, es el único modo de comportarse con respecto a lo ente. Así, mientras el viviente no conoce ni la nada ni el ser, en cambio el ser “aparece en la ‘clara noche de la nada’ sólo porque el hombre, en la experiencia del aburrimiento profundo, se ha arriesgado a suspender su relación de viviente con el medio. (…) El Dasein es sencillamente un animal que ha aprendido a aburrirse, se ha despertado del propio aturdimiento y al propio aturdimiento. Este despertarse del viviente al propio ser aturdido, este abrirse, angustioso y decidido, a un no-abierto, es lo humano. “86

Vladimir Jankélévitch, por su parte –en una perspectiva más cercana a Kierkegaard que a Heidegger- se aproxima al enuui o tedio profundo y a la angustia como “enfermedades del tiempo”, entre las cuales establece tanto diferencias como fuertes vínculos. Empieza por indicar la ausencia de causa o de objeto de ambas vivencias, ambas son inmotivadas, pero mientras que la

angustia aprehende el instante, el aburrimiento se sumerge en el intervalo. Y, aunque para el sentido común, la angustia es algo así como una “preocupación de lujo para uso de los que no tienen preocupaciones”, no obstante, preocupaciones y angustia no son equiparables: ésta es endógena, surge del “mismísimo centro del alma” (del orden del ser), mientras que aquellas que pueden ser infinitas son exógenas, alógenas (del orden del tener). A la angustia es inherente la incertidumbre por el porvenir por ejemplo. A la preocupación le compete en cambio un futuro espinoso que se sitúa en las “antípodas del presente laxo y desmayado donde el tedio se aburre.”87 Sin embargo, preocupación y angustia

85Íbid., p. 88-9. 86 Ibid.,p. 91

87Vladimir Jankélévitch, La aventura, el aburrimiento, lo serio (L’aventure, l’ennui, le sérieux, Paris,

convergen en cuanto tienen en el horizonte el dato de la muerte, de la precariedad básica. En tal sentido, ambas son pre-ocupación: ocupación anticipada del campo de la conciencia por un objeto ausente y virtual.” Es un todavía-no que nos ocupa de antemano.

En una segunda aproximación, el autor sitúa la angustia como “el vértigo del hombre ante el instante”, el instante, aquello que “muere al nacer”, el instante de la angustia “no es ni algo ni nada. No es la Cosa, puesto que es la nada del

intervalo, el cero de toda continuación, la negación de todo espesor concreto, animado, sucesivo y, en consecuencia, lo absolutamente indescriptible en el espacio o lo radicalmente inenarrable en la historia…”88

El instante es una nada, y sin embargo es “lo que mantiene el curso del devenir y hace posible la mutación”, pero la muda, el cambio, no se produce en el instante, pues nada se puede efectuar en lo que no dura, es decir que “el instante mismo es la mutación, la moción, la conversión”, es la “ocurrencia misma”, es el “advenimiento del acontecimiento, es el “adviento” de la aventura.” El instante es el ser mínimo, liminal, el no-ser del ser, el ser del no-ser, fuego fatuo,“el umbral más allá del cual no hay nada más que la nada” Por ello, la angustia no es miedo por algo ni a nada en absoluto, es angustia ante la nada. Entonces, si bien el instante no tiene consistencia, la angustia ante él sí, que tiene la consistencia de lo real, paradójicamente sí hay algo real es la angustia. No en vano el hombre se procura estrategias y dispositivos, asideros donde ponerse a salvo de la inenarrable nada del intervalo.

En una tercera consideración sobre la angustia, el autor señala que la mutación que se funde con el instante “es el advenimiento de un orden diferente, de lo

absolutamente otro”, eso hace del instante aquello intransferible y también

imposible de evadir, de lo cual nadie nos puede dispensar, lo que nadie puede hacer por otro: “es un paso solitario que cada uno realiza por su cuenta.”

Así pues, mientras la angustia es una experiencia del instante, el ennui, el aburrimiento profundo, es un coexistir con el intervalo, su tela de araña tapiza la continuación palmo a palmo y llena el espacio que media entre los instantes. El tedio es pues lo contrario de la preocupación, es la conciencia desocupada. El tedio ocupa el vacío, el intersticio, el intervalo entre las preocupaciones. Lo suyo son los “estados transitivos”. Pero debemos indicar que el tedio a su vez es una nada, no es algo que ocupe el vacío, sino un largo durar de lo igual, en el sentido que le da Heidegger al aburrimiento profundo. Herida ilusoria , “mal de la nada por definición”. Es la “indeterminación misma hecha sentimiento”, criatura proteiforme, con mil rostros y mil lenguas. “Es la posibilidad pura, la indiferencia hacia toda forma actual.” Su monotonía es tanto multiforme como

informe, deforme, poliforme: “Polimorfismo monótono y policromía

monocroma…”89

Las estepas del tedio están pobladas por el vacío, y al ser vacío, el aburrimiento profundo muta, se propaga, sufre metamorfosis: el mal du siècle adopta muchos rostros, a través del siglo, es espacio propicio para muchas variaciones, es objeto de múltiples sinfonías, así, también, la melancolía nórdica difiere de la rusa, y la francesa de la portuguesa, y la romántica difiere de la que conocerá el siglo XX en el periodo de entreguerras. De igual modo, existen diversas voces o palabras que buscan nombrar dicho mal, así, por ejemplo, señala el autor, en ruso, por ejemplo, skouka, es el aburrimiento, la “enfermedad de la duración demasiado larga y la existencia demasiado vacía”; mientras que toska, indica una forma del tedio más lánguida que el spleen y menos sutil90. Jankélévitch lleva lejos sus

89Íbid.,62

90 En Memorias del subsuelo, F. M. Dostoievski nos ofrece esta estampa de un antihéroe, que

empieza por confesar que le duele el hígado, un hombre consagrado a la inercia, que en un momento dado, se obliga a enamorarse, “pero todo por puro aburrimiento. La inercia me

consideraciones sobre las metamorfosis y los modos de propagación del tedio, señalando que en ello también incide el rigor del clima, de las estaciones, en particular del largo invierno que implica “retraso del tiempo y de los ritmos vitales.” Llega a decir incluso que “el clima y la historia parecen coincidir con el quietismo natural de las almas eslavas.”91

A juicio de Jankélévitch, el aburrimiento siempre va en busca de causas que le justifiquen, eso explicaría por qué deriva tan fácil en desesperación, en filosofía suicida, en desesperanza, en conciencia desgraciada, y porqué es tal vez uno de los sentimientos más camaleónicos y extravagantes, multiformes, adepto a las máscaras. Entre sus causas más comunes estarían la soledad, la inacción, la monotonía, el cansancio (estados e ánimo que no responden a nada dado). El tedio es pues lo contrario de la preocupación, es la conciencia desocupada. El tedio ocupa el vacío, el intersticio, el intervalo entre las preocupaciones. En este punto hemos de decir que no suscribimos esta concepción particular del tedio siempre en búsqueda de justificación, pues al menos en la imagen del tedio que nos dan un Baudelaire o un Pessoa, cada uno a su modo, no hay nada más lejano en ambos que la búsqueda de justificaciones, y mucho menos diremos que se justifican en la soledad, la inacción, la monotonía, el cansancio, pues estos elementos hacen parte de su tedio pero no lo justifican ni lo definen.

aplastaba. ¿Y cuál puede ser el fruto natural, lógico, de la conciencia madura, sino la inercia? Y por inercia quiero decir estar concientemente sentado, cruzado de brazos. (…) la gente espontánea y los

hombres de acción pueden actuar porque son limitados y estúpidos (…) a causa de sus limitaciones, esas personas confunden las más cercanas causas secundarias con las causas principales. De ese modo se convencen, con más rapidez y facilidad que otros, de que han encontrado una razón

incontrovertible para actuar, y ya no tienen dudas en cuanto a la acción, y esta, por supuesto, es lo importante. Es evidente que para actuar hay que estar plenamente satisfecho y libre de todo recelo.”. Nunca puede hallar una causa que le justifique la acción, siempre que pareciera hallar una da con otra que parece igualmente primordial, y así en un largo etc se va hasta el infinito sin causa última: “es probable que el único motivo que tenga para considerarme un hombre inteligente sea el de que nunca en al vida logré empezar o terminar nada”, eso le hace ser un ‘charlatán inofensivo y aburrido’ y no puede ser otra cosa, pues el destino de todo hombre inteligente es charlar, algo así como “llenar un vaso vacío con una botella vacía.” (Memorias del Subsuelo, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1977, p. 23. e.s.n.)

Infiere pues Jankélévitch que el aburrimiento no es fría indiferencia a priori, no es tampoco infelicidad pura ni desgracia pura: es dolor feliz o felicidad doliente, su signo es la ambigüedad, la ambivalencia en la cual felicidad e infelicidad se mezclan, neutralizándose mutuamente, aunque prime por alguna razón la infelicidad, como la angustia de la felicidad de Kierkegaard, o como los condenados a las puertas del infierno en la Divina comedia. Tan pronto como aparece, el aburrimiento pone en tela de juicio las razones para vivir, las desnuda, o deja sobre ellas solo un tenue velo; pone en duda toda resolución , es un eterno bamboleo entre “el Caribdis de la impaciencia y la Escila de la indiferencia.” Optimista para la desdicha, pesimista para la dicha. Dorado infortunio, el aburrimiento puede nacer bajo cualquier circunstancia: “indigencia de la posesión, servidumbre de la libertad, desesperación de la felicidad excesiva, melancolía de los días festivos, fealdad de la belleza demasiado perfecta; desventuras paradójicas que constituyen una sola y única