Capítulo III MARCO TEÓRICO
MEMORIAS DE PROCEDIMIENTOS DEL NIVEL CONSCIENTE
3.4. Esquemas de acción humano/esquemas de aprendizaje
3.4.2. Teorías cognitivas del aprendizaje: los neopiagetianos y el procesamiento humano de la información.
3.4.2.2. Teoría evolutiva del procesamiento de la información: los operadores constructivos.
Otro estudioso de los esquemas es Pascual-Leone (1976; 1980; 1987), quien explica que el desarrollo de estas estructuras mentales está biunívocamente relacionado con dos factores que regulan su activación: la situación estimular de naturaleza externa y el propio organismo del sujeto. El primero activa un conjunto diverso de esquemas, cuyos parámetros de funcionamiento coinciden con las condiciones desencadenantes que conforman un campo estimular de activación. En este campo, no todos los esquemas tienen el mismo peso y rango, por lo que se activarán solo los que tengan mayor fuerza de asimilación. La potencia de asimilación está dada por el segundo factor, el cual tiene en su haber la base neurofisiológica, en la cual se anidan los correlatos funcionales de la mente: los esquemas, su campo de activación y sus correspondientes operadores constructivos. De ahí que, cada esquema requiera de uno o varios operadores constructivos –esquemas de mayor jerarquía y antigüedad– que los active y aumente su capacidad asimiladora.
Desde esta perspectiva neuropsicológica, pero también heredera de Piaget, los esquemas son colecciones de redes neuronales distribuidas, cofuncionales y generalmente coactivadas simultáneamente o en secuencia repetible. Esta correspondencia neuro-fisiológica entre neuronas y esquemas implica: la localización de los esquemas (regiones prefrontal, frontal, parietal, temporal, límbica, etc.) y su contenido (cognitivo, verbal, lógico-conceptual, espacial o afectivo). La activación de las neuronas se transfiere a los esquemas, que a su vez determinan el comportamiento; y ningún sistema es reductible al otro, sino que uno es correlato físico del otro y viceversa (Pascual-Leone, 1991).
Desde el punto de vista del funcionamiento (Chapman, 1981; Pascual-Leone, 1991; Pascual-Leone, Johnson, 2004), consideran que los esquemas se activan mediante dos microprocesos contenidos en ellos: uno desencadenante y otro efector. El primero comporta aquellas condiciones (externas o internas) activadoras de esquemas, que lo dejan listos para su aplicación. Es decir, cuando las condiciones mínimas de activación se cumplen, serán activados, salvo que otro esquema tenga un desencadenante con mayor fuerza de activación. El segundo microproceso está compuesto por los efectos psico- fisiológicos comportamentales –el comportamiento– que resultan como consecuencia de la aplicación del esquema.
Los dos microprocesos son componentes de los esquemas y les atribuyen autonomía de activación. Así, estos pueden activarse por efecto de otros esquemas, organizándose en estructuras jerárquicas responsables de las persistencias perceptuales de la experiencia de cada individuo o grupo de individuos, porque serializan o coordinan esquemas más simples.
Se puede deducir de lo antes dicho, que el comportamiento y las acciones del sujeto están determinados por distintos esquemas, no necesariamente incompatibles entre sí. Esto implica la existencia de esquemas incompatibles, que también pueden activarse. Cuando esto ocurre las redes de esquemas dominantes se aplican hasta que el comportamiento total es producido. A decir, la conducta cognitiva está mediada por varias fuentes de energía que se aplican
simultáneamente, y se encargan de hiperactivar o inhibir temporalmente grupos de esquemas a fin de producir conductas de éxito o de fracaso, a esto se le conoce como principio de sobredeterminación esquemática del comportamiento (Chapman, 1981; Pascual-Leone, 1991).
Ahora bien, unas redes de esquemas se activan más que otras por el tipo de situación de aprendizaje que las pone a funcionar. Baillargeon y Pascual-Leone (1994) expresan que dos tipos de situaciones activan los componentes desencadenantes de esquemas: las engañosas y las facilitantes. Las primeras activan esquemas incompatibles con la tarea, porque la situación no proveyó las pistas perceptuales necesarias, por tanto reducen la probabilidad de funcionamiento de esquemas relevantes (Pascual-Leone y Johnson, 2004). En contraste, las situaciones facilitantes proveen las pistas perceptuales necesarias, que activan esquemas relevantes para realizar la tarea y no requieren mayor esfuerzo mental.
El planteamiento de situaciones engañosas o facilitantes lleva a la interrogante: ¿por qué situaciones novedosas en la vida cotidiana resultan fáciles de resolver para un sujeto y difíciles (o imposibles) de resolver para otro, cuando ambos deberían poseer capacidades mentales similares? La respuesta puede incluir la presencia o ausencia de estrategias para resolver cierta clase de problemas o tareas, divergencias en el desarrollo emocional o interpersonal y diferencias de estilo cognitivo; además, diferencias en la estructuración, fallas en la activación y en la aplicación de los esquemas.
Las ideas planteadas en el párrafo anterior sugieren que los esquemas son potentes estructuras para el aprendizaje, pero contienen y pueden producir fallas de aprendizaje. Al diferenciarse por sus microprocesos desencadenantes y efectores, se puede decir que su contenido es un aprendizaje particular, (CLearning). Los esquemas también producen el aprendizaje lógico (LLearning), este ocurre cuando esquemas separados, se coactivan constantemente y se integran en un esquema-estructura, que se activa y aplica como una unidad. Este
aprendizaje es de dos clases: Sobreaprendizaje Estructural LC (dos o más esquemas se integran estructuralmente debido a su coactivación repetida) y Sobreaprendizaje Estructural LM (la coactivación repetida de estos esquemas se debe al esfuerzo mental), (Chapman, 1981).
Las tareas engañosas solo pueden resolverse por medio del aprendizaje LM, es decir mediante mucha atención (Baillargeon y Pascual-Leone, 1994). Ahora, se puede convertir una situación excesivamente engañosa en una facilitante al producir sin esfuerzo mental (LM) un agrupamiento de los esquemas necesarios (LC) para resolver una situación o situaciones parecidas. (Pascual-Leone y Smith, 1969).
En situaciones en las que los esquemas relevantes para las tareas no son fuertes –situaciones engañosas– estos se activarían por su autonomía emergente. Es decir, se ponenen en funcionamiento esquemas erróneos, los cuales por un tiempo dominan e interfieren con los relevantes de manera inevitable. La existencia de esquemas Operadores Constructivos bloquea esta interrupción de los esquemas erróneos, potenciando esquemas relevantes siempre que estos fueran más débiles.
Como se ha expresado, los esquemas Operadores Constructivos son recursos funcionales, que aumentan o disminuyen la fuerza de activación de los esquemas activos, es decir, obran sobre los esquemas para producir o sintetizar acciones o esquemas, lo cual los convierte en estructuras mentales de ‘contenido libre’, pero coordinados como esquemas de mayor jerarquía y antigüedad. Por tanto, son funciones mentales ejecutivas de alto nivel, anidadas en el área prefrontal del cerebro y se involucran en estrategias cognitivas como la resolución de problemas, formación de conceptos, planeación y memoria de trabajo.
Dos tipos de esquema Operador Constructivo resaltan de lo que se ha expresado sobre la activación de esquemas erróneos (Baillageron y Pascual-Leone, 1994; Pascual-Leone y Johson, 2004):
El operador E: conformado por esquemas ejecutivos en la memoria a largo plazo de la persona para la tarea a mano, inicialmente se activan esquemas afectivos, que son las metas del sujeto. Lo configuran el conjunto de esquemas dominantes compatibles que dirigen el proceso mental en tiempo real. Monitorea, activa y distribuye otros recursos de atención del cerebro – esquemas operadores de Atención y mecanismo de Interrupción– para cambiar y adaptar el estado de la memoria de trabajo, con el fin de asegurar la implementación de su plan ejecutivo.
El operador M: es la capacidad mental atencional del individuo, pero limitada por un propósito general, que se incrementa con el desarrollo hasta la adolescencia. Se encarga de la fuerte activación endógena de los esquemas relevantes para una tarea. Así, a mayor capacidad atencional, mayor capacidad de integración estructural de esquemas (no salientes pero relevantes) durante la resolución de tareas.
De la función de ambos esquemas Operadores constructivos, se colige que si la demanda mental de una tarea es superior a la capacidad de atención del sujeto, este no podrá resolverla hasta que alcance la edad en que su capacidad mental y atencional iguale o rebase la demanda de la tarea, se reduzca la demanda mental de la tarea por medio de entrenamiento de aprendizaje o se refuerce motivacionalmente la atención.
La capacidad de atención, según Pascual-Leone, (1987); Pascual-Leone y Johnson, (1991) se mide por el número de esquemas que se pueden activar simultáneamente durante las situaciones de aprendizaje. Esto es posible gracias a que el número máximo de esquemas que puede activar un sujeto incrementa discretamente a razón de una unidad lógica cada dos años, iniciando en la primera infancia y concluyendo al final de la adolescencia. A decir, la capacidad
de atención y demanda de recursos de un individuo crece cuantitativamente en función de: la edad, independientemente del entrenamiento, la experiencia, y la cantidad de esquemas requeridos durante la realización de la tarea. Esto corrobora en cierta manera el hecho de que hay funciones (esquemas Operadores Constructivos) innatas con las cuales el organismo humano ya viene dotado en su memoria genética, pero requiere del ambiente para desarrollarlas.
Se puede hacer un balance de la teoría de los Operadores Constructivos de Pascual-Leone, y valorarla como efectiva, aunque con algunas críticas. Según Gutiérrez (2005) los aspectos centrales de esta evaluación se pueden centrar en:
Los análisis de los procesos y requerimientos atencionales para resolver las tareas pueden hacerse muy ad hoc.
Estos estudios no siguen la pauta regular y constante de otras investigaciones sobre el desarrollo de la memoria.
La teoría es precisa en la descripción y caracterización de la pauta madurativa de desarrollo de la capacidad atencional del individuo, la cual se alimenta por: la cantidad de esquemas prácticos que funcionan a partir del período senso-motor y un componente aditivo (variable evolutiva), que incrementa bianualmente como parámetro de desarrollo del espacio mental, que acrecienta la capacidad para utilizar esquemas de representación.
Los puntos anteriores no contradicen el valor de la teoría, porque no solo ha producido nuevos e interesantes datos, sino ha sugerido otras líneas de explicación, como el desarrollo interestadios.
Trata de dar cuenta de la evolución adulta. Los resultados apuntan a ciertos procesos de deterioro del S.N. entre los 35 y 40 años, con secuelas en distintos operadores y en el poder mental. Para superarlos propone un mecanismo compensador con operaciones desarrolladoras de un pensamiento post-formal y una ejecución práctica eficaz apoyada en la capacidad de coordinación entre los diferentes campos conceptuales y de conocimiento (Corral, 1997).
Finalmente, la teoría de los Operadores Constructivos de Pascual-Leone no hace referencia directa a subesquemas de acción, quizá se deba a que divide estas estructuras funcionales en esquemas de más reciente formación y esquemas de más alta jerarquía y mayor antigüedad de formación (Operadores).