El tiempo es otra de las categorías fundamentales que se ven alteradas dentro del
marco de la sociedad‐red. Bajo el nuevo paradigma se produce una transformación del tiempo
(concepto que históricamente siempre ha sido abordado con una gran complejidad) lo que
constituye una de las bases de la nueva situación cultural y social en conexión directa con la
aparición del espacio de los flujos. Se adopta una noción contextual del tiempo humano en
contraste con la visión lineal que se había mantenido hasta ese momento.
Se producen cambios significativos en las categorías temporales, desaparece el valor
universal y compartido del tiempo y aparece un tiempo atemporal, mediante la utilización de
la tecnología para escapar de los contextos específicos y apropiarse selectivamente de
cualquier valor aprovechable para la construcción de un presente eterno. Aparece una nueva
percepción de la espacialidad y la temporalidad lo que plantea una relación conflictiva entre
globalización y localización (lo glocal)72 a la que no puede ser ajena la arquitectura.
A lo largo de la historia la concepción acerca del tiempo y su percepción en la cultura
intelectual ha sufrido numerosas variaciones desde los horóscopos babilónicos hasta la
revolución newtoniana del tiempo absoluto como principio organizador de la naturaleza,
pasando por la noción amplia del tiempo propio de la época medieval en la que
acontecimientos importantes (ritos, ferias, estaciones) funcionaban como marcadores
temporales. La difusión de los relojes desde el siglo XIV en adelante dio paso al denominado
“tiempo del comerciante” en contraste con el tiempo eclesiástico medieval y a lo largo del
siglo XVII se extiende la imagen tecnológica del mecanismo de relojería que finalmente, con
71
La teoría del "fin de la historia" se debe a Francis Fukuyama que, tras la caída del muro de Berlín, considera la democracia liberal como el punto final de la evolución ideológica de la humanidad en virtud de sus criterios de racionalidad, universalidad y homogeneidad señalando como fuerzas motrices que propician el avance hacia el fin de la historia a la ciencia natural moderna y a la lucha del individuo por el reconocimiento personal. FUKUYAMA, Francis (1992) The End of History and the Last Man. Nueva York: Free Press. Versión en español: (1992) El fin de la historia y el último hombre. Barcelona: Editorial Planeta.
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Glocalización es un término que nace de la composición entre globalización y localización y que se desarrolló inicialmente en la década de 1980 dentro de las prácticas comerciales de Japón. El concepto procede del término japonés "dochakuka" (derivada de dochaku, “el que vive en su propia tierra”). Aunque numerosas referencias consideran a Ulrich Beck como el creador del término y su difusor, el primer autor que saca a la luz explícitamente esta idea es el sociólogo británico Roland Robertson que popularizó el término con el que describe un nuevo resultado de las condiciones locales en función de las presiones globales. Como término económico se refiere a la persona, grupo, división, unidad, organización o comunidad que está dispuesta y es capaz de "pensar globalmente y actuar localmente". El concepto implica que la empresa se adapte a las peculiaridades de cada entorno, diferenciando sus producciones en función de las demandas locales. Desde un punto de vista cultural supone la mezcla que se da entre los elementos locales y particulares con los globales.
Newton, absorberá el universo completo.73 Las sociedades contemporáneas están dominadas
por la noción del “tiempo de reloj” (en contraste con el “tiempo de la naturaleza” de épocas
anteriores), un descubrimiento mecánico/categórico que algunos autores como el historiador
británico Edward P. Thompson consideran crucial para la construcción del capitalismo
industrial hasta el punto de que la modernidad puede concebirse como el dominio del tiempo
de reloj sobre el espacio y la sociedad. Se trata de un tiempo lineal, irreversible, medible y
predecible, factores que se ven modificados a velocidad vertiginosa en la “sociedad‐red”. Se produce una transformación profunda consistente en la mezcla de tiempos y esto
da lugar al concepto de "tiempo atemporal" en el que la tecnología se utiliza para escapar de
los contextos y apropiarse selectivamente de sus valores en un proceso de aceleración
generalizada con la que se persigue comprimir el tiempo, acelerarlo, en todos los ámbitos de la
actividad humana. Por eso las nuevas tecnologías de la información resultan decisivas en este
proceso contribuyendo a la liberación del capital‐tiempo y a la huida de la cultura del reloj.
Pero también aparecen nuevos peligros al generarse nuevos modos de sujeción y control del
individuo aunque de una forma mucho menos evidente. Surge así el concepto de “tiempo
atemporal” como la forma emergente dominante del tiempo social en la sociedad‐red. Esta
compresión del tiempo‐espacio posibilita la aparición de un mercado de capital unificado y
global que funciona en tiempo real y cuyas características más destacadas serían la
desregulación, la ausencia de intermediarios y la apertura constante de los mercados
financieros debido a la circularidad temporal del proceso en torno a las distintas zonas horarias
de los centros nodales que fijan los cambios de capital.
Esto lleva consigo una nueva forma de organización de la actividad económica
identificada con la "empresa‐red" basada en formas flexibles de gestión, utilización incesante
del capital fijo, empleo intensivo del trabajo, alianzas estratégicas y vínculos entre
organizaciones. La reducción del tiempo por operación y la aceleración de la rotación de
recursos mediante la adopción de procedimientos de gestión de stocks “just in time” (on demand) constituye su principal consecuencia. La competitividad de este nuevo tipo de
organizaciones vendría derivada del marco temporal de su adaptabilidad a las demandas del
mercado y los cambios tecnológicos. El tiempo se gestiona como un recurso, pero no de una
forma lineal y cronológica, sino como un factor diferencial con relación a la temporalidad de la
competencia. El sistema de gestión flexible se basa en una temporalidad adaptable que
permite acelerar o retrasar los ciclos del producto y en el control de las posibilidades de
anticiparse a la competencia en la disposición de las nuevas tecnologías innovadoras por lo
que se puede afirmar que el tiempo no sólo se comprime sino que se procesa.74
La sociedad‐red se caracteriza por la ruptura del modelo tradicional basado en los
ritmos (biológicos, sociales) asociados a la noción de ciclo vital y la aparición de una cronología
variable del tiempo laboral que es el que, en las sociedades modernas, estructura el tiempo
73
Véase el capítulo “Tiempo, disciplina de trabajo y capitalismo industrial”, en THOMPSON, Edward P. (1979) Tradición, revuelta y conciencia de clase. Estudios sobre la crisis de la sociedad preindustrial. Barcelona: Editorial Crítica, pp. 239‐293.
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social. El tiempo se ve transformado de dos formas diferentes: simultaneidad y atemporalidad.
La información instantánea permite asistir en “directo” a los acontecimientos históricos
siempre que sean elegidos por los editores que controlan la información lo que proporciona
una inmediatez temporal sin precedentes a los hechos sociales y culturales. La mezcla de
tiempos en los medios genera un collage temporal y la atemporalidad del hipertexto se
convierte en una característica decisiva del nuevo marco cultural en el que un tiempo
asecuencial (no lineal) es uno de los elementos determinantes de los productos culturales. El
acceso a la información se produce según los impulsos del consumidor o las decisiones del
creador perdiendo el ordenamiento de los eventos su ritmo cronológico interno y
organizándose en secuencias temporales dependientes del contexto de utilización.
Para Castells estamos ante una cultura de lo eterno (abarca toda la secuencia de
expresiones culturales) y lo efímero (cada secuenciación específica depende del contexto de la
construcción cultural) de forma simultánea dentro de una temporalidad indiferenciada.
Precisamente la denominada “condición postmoderna” habría estado determinada por la
compresión del espacio‐tiempo, la negación del significado en las expresiones culturales y la
afirmación de la ironía como valor. Este dualismo eterno/efímero se adecua a la lógica del
capitalismo flexible y al dinamismo de la sociedad‐red. La manipulación del tiempo se
convierte en un leit‐motiv de las expresiones culturales de vanguardia, obsesionadas por el par
instantaneidad/eternidad lo que dará como consecuencia que la atemporalidad será el tema
recurrente de los productos culturales de la nueva época.
Este tiempo atemporal se da cuando se perturba de forma sistémica el orden
secuencial de los fenómenos realizados en un contexto caracterizado por el paradigma
informacional y la sociedad‐red. Puede consistir en la condensación de la secuencia para lograr
la instantaneidad o en introducir una discontinuidad aleatoria en la misma. Al eliminar la
secuenciación lineal se genera un tiempo indiferenciado equiparable a la eternidad.75
Al desordenar la secuencia de los acontecimientos y hacerlos simultáneos, el espacio
de los flujos disuelve el tiempo. Aparece un espacio múltiple de lugares, diseminado,
fragmentado y desconectado que ofrece temporalidades diversas desde los ritmos naturales
hasta el control del tiempo de reloj propio del capitalismo industrial. Se establece una
diferenciación dialéctica del tiempo que establece un contraste entre la atemporalidad que
estructura el espacio de los flujos y las temporalidades múltiples y subordinadas que se
asocian con el espacio de los lugares en una dinámica contradictoria.