3.3 De la planificación estratégica a las estrategias de los
3.3.1 Tiempo y futuro: de determinismos e indeterminaciones
“No podemos tener la esperanza de predecir el futuro, pero podemos influir en él. En la medida en que las predicciones deterministas no son posibles, es probable que las visiones del futuro, y hasta las utopías, desempeñen un papel importante en esta construcción. Hay personas que le temen a las utopías; yo le temo más a la falta de utopías. ¿Estaremos asistiendo a un momento de transición de la humanidad hacia una nueva etapa en que un mayor número de personas participen en la cultura y puedan manifestar su creatividad?” (PRIGOGINE, 1994: 412)
Podemos comenzar dándole al tiempo dos sentidos, uno relacionado con la presencia, el estar, distinto del de devenir, pasar. La consideración del tiempo presente, del ahora, puede merecer una consideración en sí mismo, pero también puede tener que relacionarse con otros dos elementos temporales, el antes y el después, por lo que el concepto de tiempo y el de movimiento están íntimamente unidos. Para Aristóteles85 se ha de relacionar la medida del tiempo mediante el movimiento y la del movimiento por el tiempo; los filósofos estoicos incluyen además el intervalo y la velocidad, como elementos relacionados con cada una de las dimensiones. Aunque se puedan dar estos dos enfoques, la mayoría lo relaciona con otros elementos y no lo considera como realidad a explicarse por sí misma. El pensamiento cristiano sobre el tiempo parte de una consideración que S. Agustín expresa de manera paradójica: es un presente
84 Las definiciones son numerosas y dispares, por lo que hemos preferido tomar una como
referencia y argumentar acerca de los componentes que suelen aparecer en las mismas, con el propósito de reflexionar sobre éstos. Posteriormente entraremos en otras definiciones.
que “no es”, porque no se puede detener el tiempo, dado que dejaría entonces de ser tiempo, pero tampoco es un “será” porque todavía no ha llegado y debemos aún esperarlo; el tiempo parece no tener dimensión, porque al tratar de acotarlo se desvanece. Si nos fijamos en el enunciado agustiniano está manifestándose, a su manera, en los mismos términos que lo hace Werner Heisemberg cuando establece el principio de incertidumbre, sobre la imposibilidad de determinar, a la vez, la posición y velocidad de un electrón, dado que para fijar la posición se tendría que alterar la velocidad y viceversa. Si pensamos en el futuro podemos estar haciendo real (en nuestra mente) algunos de los posibles y tal vez deseables escenarios. Pensando de manera determinista podemos hacer que el escenario que aparece en nuestra mente sea el mismo que se haga realidad (conociendo el pasado, desde el presente, podemos determinar el futuro). Las salidas a la paradoja agustiniana se sitúan en el campo de la teología y, como es lógico, las soluciones suelen estar relacionadas con Dios y el alma, con sacerdotes y oráculos, si se trata de pre- decir, o de videntes y adivinadores, si se trata de pre-ver; poderes cuasi-divinos que se le adscriben al hombre y que no emanan de la naturaleza que investiga y de la que es parte. Cualquier salida a estas operaciones necesita de la intermediación acientífica para poder situarse en un espacio-tiempo que no es aprehensible realmente y con certeza, de manera determinista.
Pero desde la ciencia clásica también existe la misma preocupación y se llega a otro tipo de determinismo, aquél que permite adelantar el resultado de un fenómeno si se conocen los datos que lo describen y las leyes que lo rigen. Mediante la objetividad absoluta (la separación entre el observador y lo observado) se pude determinar el futuro por venir. La constatación (temporal) de la no invalidez de una ley es precisamente la manifestación de cómo, una vez tras otra, se comprueban los resultados que previenen el acontecer.
La precisión absoluta sobre cómo ha de acontecer el futuro es considerar que se puede marcar un objetivo en el tiempo – espacio y una trayectoria de acción que asegure que dicho objetivo, mediante las relaciones causales con que funcionan tanto la naturaleza como la sociedad, llega a su destino en el
porvenir; esto requiere del conocimiento de las leyes que rigen el acontecer y de los acontecimientos, lo que permiten controlar el proceso hasta su consecución. Es el modelo del conocido como demonio de Laplace, tan grato a la concepción mecanicista newtoniana (y a la concepción de Einstein de una ley universal que rige todo cambio) y que Heisemberg se encarga de invalidar: conocida la posición y movimiento de las partículas de un sistema se pude deducir el pasado y, por consiguiente, predecir el futuro. Esto llevado al extremo puede ampliarse al conocimiento del universo, tanto hacia atrás como hacia adelante; es lo que Prigogine denomina “tiempo reversible” y que demuestra que no es posible86: “la irreversibilidad es una propiedad común a todo el universo: todos envejecemos en la misma dirección” (PROGOGINE, 1998:45). La existencia de esta flecha del tiempo, anterior a la existencia del universo, irreversible, hace que no podamos plantearnos la toma de decisiones “hacia adelante” de manera determinista. El concepto de irreversibilidad (basado en la constatación de que las mismas causas no producen los mismos efectos, las estructuras disipativas, la comunicación entre partículas alejadas, etc.) no es una ley universal en todo tipo de sistemas, pero sí que está presente tanto en los sistemas físicos como en los biológicos y es lo que les permite “autoorganizarse, evolucionar, adaptarse a distintos medios, aprender y modificar su propio medio. Con frecuencia, ni las explicaciones causales ni las aproximaciones de carácter probabilístico son suficientemente válidas para conocer esos ‘sistemas alejados del equilibrio’” (MARTÍNEZ, 2007:41)
Pero, más allá de las leyes de la Física, el determinismo está también en la base de leyes de las ciencias sociales, consideradas como válidas ya sea en algún periodo temporal o para determinados enfoques. Si consideramos que las conductas individuales están determinadas por las instituciones sociales, que el pensamiento y la conducta lo está por las condiciones materiales, que los cambios tecno ecológicos son los que determinan el cambio social, o es por el contrario la geografía y el clima el que va a determinar dicho cambio social… nos encontramos con el mismo esquema, por el que podemos, no sólo explicar
86 Dice Jesús Ibáñez, citando a Serres, “un reloj mide dos tiempos, el tiempo reversible y
circular de desplazamiento de las agujas (en realidad, espacio) y el tiempo irreversible y lineal de su degradación. El reloj con el tiempo dejará de marcar el tiempo” (1990:10). El segundo principio de la termodinámica o de la entropía es inexorable.
qué ha sucedido en el pasado, sino predecir qué sucederá en el tiempo venidero. Es el enfrentamiento entre necesidad y libertad, donde la primera subordina a la segunda; es el debate filosófico entre la libertad y los distintos determinismos que somos incapaces de desbordar. ¿Qué sentido tiene la libertad en un mundo necesariamente determinado? ¿Cómo podemos tener la certeza de que lo que hagamos tenga sentido, si todo es pura contingencia? La ciencia actual ha abandonado este determinismo como único principio, propio de un tiempo clásico en el que era posible medir todo y conocer todo y se podían hacer predicciones regidas por leyes generales en las que la probabilidad era un criterio de seguridad adicional (determinismo débil):
“En la concepción clásica el determinismo era fundamental, y la probabilidad era una aproximación a la descripción determinista, debida a nuestra información imperfecta. Hoy la situación es la inversa: las estructuras de la naturaleza nos constriñen a introducir la probabilidad ‘independientemente’ de la información que poseamos. La descripción determinista no se aplica de hecho más que a situaciones sencillas, idealizadas, que no son representativas de la realidad física que nos rodea” (PRIGOGINE, 1998:62)
Karl Popper distingue entre los sucesos predictibles y los impredictibles, distinguiendo, por ejemplo, entre el mecanismo de un reloj y la evolución de un ciclón. Pero no hay que confundir causalidad con determinación, dado que un suceso puede haber estado causado por una circunstancia, pero no hay que enlazar de manera indisociable dicha circunstancia con el suceso acontecido; de una misma causa no siempre se desprenden los mismos acontecimientos. Esto es de importancia suma cuando nos encontramos ante sucesos sociales, en los que, además de relaciones causales tenemos las relaciones de sentido, propias de la acción social y acerca de las que Weber ya advertía: “Por ‘acción’ debe entenderse una conducta humana siempre que el sujeto o los sujetos de la acción enlacen a ella un sentido subjetivo. La ‘acción social’, por tanto, es una acción en donde el sentido mentado por su sujeto o sujetos está referido a la conducta de otros, orientándose por ésta en su desarrollo” (WEBER, 1993:5). Lo precisa Weber con los términos conexión causal y conexión de sentido, para distinguir lo que se desprende de la observación sistemática que ha llegado a desarrollar reglas probabilísticas, de lo que se expresa “a tenor de los hábitos mentales y afectivos medios” (WEBER, 1993:11). La diferencia de sentido inferido a un hecho social por diferentes sujetos hace mucho más
borroso e impredecible aún el acontecer. Para Popper el futuro es abierto, en el sentido en que, si se pudiera predecir, siempre sería a partir de los elementos con los que se cuenta en el momento de la predicción, elementos iniciales que por un lado están sujetos a las múltiples apreciaciones subjetivas y por otro no serían los únicos en escena porque pueden aparecer innovaciones, esto es, aspectos contingentes que no entraban en el cálculo inicial.
El tiempo de carácter social, o mejor, los tiempos sociales, no se sincronizan con el tiempo astronómico y cronológico:
“…los sistemas temporales locales son cualitativos, llevan la impronta de significados locales diferenciados […] el tiempo astronómico unidimensional sustituyó en gran parte al tiempo social multidimensional […] La búsqueda de periodicidades sociales basadas en una aproblemática adopción de criterios temporales astronómicos puede haber resultado básicamente infructuosa precisamente porque los fenómenos sociales arrastran igualdades y desigualdades ‘simbólicas’ más que ‘empíricas’” (SOROKIN y MERTON, 1992:86)
Niklas Luhmann (1992) apuesta por diferenciar tiempo de cronología, considerando el futuro (y el pasado) como un horizonte temporal del presente: el horizonte –dice- no se puede, por definición, alcanzar, tocar o sobrepasar, por lo que “el futuro no puede empezar”, pero tampoco estamos obligados a esperar pacientemente como si sobre el futuro no se pudiera actuar o influir, como proponen, en general, las teologías y los inmovilismos. El autor distingue entre los futuros presentes (que viene a ser como los escenarios pensados o deseados desde el ahora) y los presentes futuros (aquello por acontecer, sobre lo que se pensó, pero que ya ha pasado a ser vivido en presente) y sobre los que propone:
“Podemos pensar en grados de apertura y llamar ‘futurización’ al incremento de la apertura de un futuro presente y ‘desfuturización’ a su decremento. La desfuturización puede llevar a la situación límite en la que el futuro presente linde con los presentes futuros y sólo sea posible un futuro. En realidad la estructura de nuestra sociedad impide que la desfuturización llegue hasta ese punto. Pero hay técnicas de desfuturización que justamente reaccionan contra esa condición” (LUHMANN, 1992:172)