1.3. Argumentos a favor y en contra de la ética de los negocios
1.3.1. Tres objeciones a llevar la ética a los negocios
En ocasiones la gente objeta el punto de vista de que los estándares éticos deberían ser aplicados al comportamiento de las personas que se encuentran en las organizaciones de negocios. Las personas involucradas en los negocios, argumentan, deberían dedicarse únicamente a perseguir los intereses financieros de su empresa y no distraer sus energías o los recursos de su empresa en “practicar el bien”. Se han expresado tres clases diferentes de argumentos para apoyar este punto de vista.
Primero, algunos han argumentado que, en los mercados libres perfectamente competitivos, la búsqueda de utilidades asegurará por sí sola que los miembros de la sociedad sean servidos de las maneras más socialmente benéficas38. Con el fin de ser rentable, cada empresa tiene que producir sólo lo que los miembros de la sociedad quieren, y tiene que hacer esto con los medios más eficientes disponibles. Los miembros de la sociedad obtendrán los mayores beneficios; por tanto, si los gerentes no imponen sus propios valores en un negocio, sino que se dedican al solo propósito del lucro, y por ello se dedican a producir eficientemente lo que los propios miembros de la sociedad valoran.
Argumentos de este tipo esconden un número de presunciones que requieren una más a fondo de la que podemos proporcionar aquí. Puesto que vamos a examinar la mayoría de estos reclamos con mayor detalle en los capítulos que siguen, solamente hacemos notar aquí algunas de las presunciones más cuestionables sobre las que se basan los argumentos39. Primero, la mayoría de los mercados industriales no son “perfectamente competitivos” como el argumento supone, y en la medida en que esas empresas no tienen que competir pueden maximizar las utilidades, a pesar de una producción no eficiente. Segundo, el argumento supone que cualesquiera pasos que se den para incrementar las utilidades serán necesariamente benéficos socialmente, cuando de hecho las distintas maneras de incrementar las utilidades en realidad lesionan a la sociedad: permitir que llegue a estar fuera de control la contaminación peligrosa, o permitir la publicidad engañosa, u ocultar los peligros y riesgos de los productos, o el fraude, el soborno, la evasión de impuestos, la fijación de precios, etc. Tercero, el argumento supone que produciendo lo que el público comprador quiere (o valora), las empresas están produciendo lo que todos los miembros de la sociedad quieren, cuando de hecho los deseos de grandes segmentos de la sociedad (los pobres y los desprotegidos) no son necesariamente alcanzados, porque ellos no participan totalmente en el mercado. Cuarto, el argumento está emitiendo en esencia un juicio normativo (“los gerentes deben dedicarse a un solo propósito, la búsqueda de utilidades”) sobre la base de algunos estándares morales supuestos pero no comprobados (“la gente debe hacer todo lo que beneficie a los que participan en los mercados”). Entonces, aunque el argumento intenta mostrar que la ética no importa aquí, puede hacer esto sólo por sí mismo, suponiendo un estándar moral no probado que al menos manifiesta estar equivocado.
38Véase, por ejemplo, la larga discusión de estos asuntos en LaRue Tone Hosmer, The Ethics of Management, 2a. ed.
(Homewood, IL: Richard D. Irwin, Inc., 1991), pp. 34-55.
39Para esta y otras críticas véase Alan H. Goldman, “Business Ethics: Profits, Utilities, and Moral Rights,” Philosophy
Una segunda clase de argumento que suele proponerse para demostrar que los gerentes de nego- cios deberían dedicarse al solo propósito de la búsqueda de los intereses de sus empresas e ignorar las consideraciones éticas, se halla incluido en lo que Alex C. Michales llama “el argumento del agente leal”40. Podemos parafrasearlo como sigue:
Como un agente leal de su empleador, el gerente tiene una obligación de servir a su empleador tal y como éste quisiera ser servido (si el empleador tuviera la experiencia del agente).
Un empleador quisiera ser servido de cualquier manera que favorezca a sus propios intereses.
Por tanto, como un agente leal de su empleador, el gerente tiene la obligación de servir a éste de cualquier manera que favorezca a los intereses del empleador
El argumento puede ser, y a menudo ha sido, usado para justificar una conducta no ética o ilegal del gerente. El funcionario de una corporación, por ejemplo, puede alegar que, si bien se involucró en cierta conducta ilegal o no ética (por ejemplo, la fijación de precios), debe ser exonerado, debido a que no actuó en beneficio propio sino para proteger los mejores intereses de su empresa, de los accionistas o de sus trabajadores. El “argumento del agente leal” sirve de base a esta clase de excusa. Más generalmente, si sustituirnos “empleador” por “gobierno”, y “gerente” por “funcionario”, nos encontramos con la clase de argumento que los oficiales nazis utilizaron después de la Segunda Guerra Mundial para defender su compromiso con el gobierno moralmente corrupto de Hitler.
El argumento del agente leal se basa en varias suposiciones cuestionables. Primero, el argumento trata de demostrar de nuevo que la ética ni importa, adoptando un estándar moral no probado (“el gerente debe servir a su empleador tal y como éste quiere ser servido”). Pero aquí no hay razón para suponer que este estándar moral es aceptable tal y como se expone, y hay una cierta razón para pensar que sería aceptable sólo si resultara adecuadamente aceptado (por ejemplo, “el gerente debe servir a su empleador en cualquier modo moral en que éste quiera ser servido”). Segundo, el argumento del agente leal supone que no hay límites para las obligaciones del gerente para servir al empleador, cuando de hecho tales límites son una parte expresa de las instituciones legales y sociales de las que emanan esas obligaciones. Las obligaciones de un “agente” se definen por lo que se conoce como “la ley de la agencia”, esto es, la ley que especifica las obligaciones de personas (“agentes”) que están de acuerdo en actuar en nombre de otra parte y que están autorizadas por el acuerdo a actuar así. Abogados, gerentes, ingenieros, corredores de bolsa, etcétera, todos actúan como “agentes” para sus empleadores, en ese sentido. Cuando por libre albedrío alguien se compromete a actuar como agente de alguien, entonces, una persona acepta una obligación legal (y moral) para servir leal y obedientemente al cliente, y de una manera confidencial como se especifica en la ley de la agencia41. Pero la ley de la agencia establece que “al determinar si las órdenes del [cliente] al agente son razonables o no . . . hay que tener en cuenta la ética profesional o de negocios”, y “en ningún acontecimiento estaría implícito que un agente tenga la obligación de realizar actos que son ilegales o no éticos”42. Las obligaciones del gerente de servir a su empleador, por tanto, están limitadas por las
40 Alex C. Michales, A Pragmatic Approach to Business Ethics, (Thousand Oaks, CA, Sage Publications, 1995), pp.
44-53. Véase también Milton Friedman, “The Social Responsibility of Business Is to Increase Its Profits,” New York Times Magazine, 13 (septiembre de 1970).
41Véase Phillip I. Blumberg, “Corporate Responsibility and the Employee’s Duty of Loyalty and Obedience: A Prelim-
inary Inquiry,” en The Corporate Dilemma: Traditional Values Versus Contemporary Problems, Dow Votaw y S. Prakash Sethi, eds. (Englewood Cliffs, NJ: Prentice Hall, 1973), pp. 82-113.
restricciones de la moralidad, puesto que es con este entendimiento como se definen las obligaciones de un agente leal. Tercero, el argumento del agente leal supone que si un gerente está de acuerdo en servir a una empresa, entonces esa conformidad automáticamente justifica todo lo que el agente haga en favor de la empresa. Sin embargo, este supuesto es falso: los acuerdos para servir a otras personas no justifican automáticamente actuar de manera incorrecta en nombre de ellas. Por ejemplo, es claramente incorrecto para mí matar a una persona inocente para favorecer mis propios intereses. Suponga que un día yo me comprometo con usted a servir a sus intereses y que más tarde resulta que sus intereses requieren que por encargo de usted yo mate a una persona inocente. ¿Ese acuerdo justifica ahora que yo mate a la persona inocente? Obviamente no, porque los pactos no cambian el carácter moral de las acciones incorrectas. Si es moralmente incorrecto, entonces, que un gerente haga algo que no corresponda al propio interés, es también moralmente incorrecto para él hacerlo a favor de los intereses de su empresa, incluso aun cuando él haya pactado servir a la empresa. Los supuestos del argumento del agente leal, por tanto, son erróneos.
Una tercera clase de objeción se hace en ocasiones en contra de la inclusión de la ética en los negocios. Se trata de la objeción de que para ser ético es suficiente con que las personas que tienen que ver con los negocios se limiten a observar la ley: la ética de los negocios es en esencia obedecer la ley. Cuando a un contador, por ejemplo, se le pidió que preparara un informe de “ética de negocios” para la Junta Directiva de las tiendas 7-Eleven Stores, su informe excluyó los alegatos de que el gerente de una tienda había intentado sobornar a los funcionarios de impuestos de Nueva York. Cuando se le preguntó por qué había excluido del informe el pretendido intento de soborno, contestó que él no sentía que el incidente fuera “no ético” porque no era “ilegal”, dando a entender que “no ético” e “ilegal” eran lo mismo43.
Es incorrecto, sin embargo, considerar la ley y la ética como idénticos. Es cierto que algunas leyes requieren un comportamiento igual al dictado por nuestros estándares morales. Ejemplos de esas leyes son las que prohíben el asesinato, la violación, el robo, el fraude, etc. En tales casos, la ley y la moral coinciden y la obligación de obedecer tales leyes es la misma que la obligación de ser moral.
Pero la ley y la moral no siempre coinciden. Algunas leyes no tienen nada que ver con la moral, porque no involucran cuestiones graves. Entre ellas se incluyen las leyes de estacionamiento de au- tomóviles, las normas de vestir y otras referentes a asuntos similares. Incluso otras leyes pueden violar nuestros estándares morales, de tal modo que en realidad sean contrarias a la moral Nuestras propias leyes de esclavitud de antes de la Guerra Civil, por ejemplo, nos exigían tratar a los esclavos como una propiedad, y las leyes de la Alemania nazi exigían un comportamiento antisemítico. Las leyes de Arabia Saudita exigen hoy que en los negocios se discrimine a las mujeres y a los judíos, en modos que la mayoría de las personas diría que son claramente inmorales. En consecuencia, está claro que la ética no es seguir simplemente la ley.
Esto no quiere decir, naturalmente, que la ética no tenga nada que ver con seguir la ley44. Nuestros estándares morales algunas veces son incorporados a la ley cuando muchos de nosotros sentimos que una norma moral debería ser impuesta por las presiones de un sistema legal; y las leyes, por otro lado, algunas veces son criticadas y eliminadas cuando se hace evidente que violan flagrantemente nuestras normas morales. Nuestras normas morales contra el soborno en los negocios, por ejemplo, fueron incorporadas a la “Ley de Prácticas Extranjeras de Corrupción”, y sólo hace unas cuantas décadas se hizo evidente que las leyes que permitían la discriminación en los empleos -como las anteriores
43“The Complex Case of the U.S. vs. Southland,” Business Week, 21 de noviembre de 1983.
44Véase John Finnis, Natural Law and Natural Rights (Oxford: Clarendon Press, 1980), pp. 295-350; John Rawls, A
Theory of Justice(Cambridge, MA: Harvard University Press, 1971), pp. 108-14; Alan Donagan, The Theory of Morality (Chicago: University of Chicago Press, 1977), pp. 108-11.
que permitían la esclavitud- eran ignominiosamente injustas y tuvieron que ser eliminadas Por ello, la moral ha conformado muchas de las leyes que tenemos, al tiempo que ha influido en ellas.
Es más, la mayoría de los éticos están de acuerdo en que todos los ciudadanos tienen la obligación moral de obedecer la ley mientras que la ley no exija claramente un comportamiento injusto. Esto quiere decir, en la mayoría de los casos, que es inmoral quebrantar la ley. Trágicamente, la obligación de obedecer la ley puede originar conflictos horribles cuando exige algo que la persona de negocios cree que es inmoral. En tales casos, la persona se enfrentará a un conflicto entre la obligación de obedecer la ley y la obligación de obedecer a su conciencia.