Todo es energía. No existe otra cosa que energía. También la materia es pura energía. También nosotros los seres humanos estamos formados exclusivamente de energía. Igualmente los pensamientos, los sentimientos, las emociones, sucesos y situaciones, son solamente diferentes manifestaciones de energía.
¿De qué consta entonces la materia? De partes diminutas que se llaman átomos. Los objetos se diferencian básicamente sólo por el tipo de átomos de que están compuestos y por la forma en que éstos están ordenados. Toda la materia de este mundo está compuesta solamente de esos átomos. Los átomos se unen con otros átomos, contraen cohesiones mayores o vuelven a separarse.
Los átomos se pueden dividir en partículas subatómicas todavía más pequeñas, básicamente en protones, neutrones y electrones. De un modo simplificado, podemos imaginarnos eso así: Entre los protones y neutrones que forman el núcleo del átomo, y los electrones que giran en órbitas alrededor de éstos, hay mucho espacio vacío. Inimaginable pero cierto: Si el núcleo de un átomo fuera del tamaño de una arveja, la cubierta de electrones estaría a 170 metros de distancia. Entonces la mayor parte de lo que “vemos” es sólo vacío. Sin embargo, lo percibimos como materia. Solamente lo percibimos así, en realidad no es así.
Nada es como lo vemos.
Nosotros solamente captamos las diferentes vibraciones y procesamos las informaciones en nuestro cerebro, formando la idea de algo concreto. Las “traducimos”. Después que casi todas las personas las traducen de un modo muy similar, por lo menos suponemos eso, también “vemos” y “sentimos” las cosas de un modo muy similar.
Los colores, por ejemplo, en realidad no existen en absoluto tal como los percibimos. Llegan vibraciones a nuestros ojos, ahí son transformadas en impulsos eléctricos y nuestro cerebro produce lo que “vemos”. Las diferentes frecuencias de colores producen incluso emociones en nosotros, hacen vibrar algo en nosotros. Por eso sentimos algunos colores como fríos o cálidos, aunque el material mismo siempre tiene igual temperatura.
Todo se compone entonces de átomos, éstos a su vez de partículas subatómicas y éstas son a su vez una enorme acumulación de energía.
Tan sólo una vez que comprendamos que cada objeto de esta Tierra, cada persona y cada situación solamente son energía en diferentes formas, podremos darnos cuenta de qué manera podemos influir sobre la materia.
En 1933 los físicos Marie y Pierre Curie observaron cómo se puede originar materia de la “nada”. Descubrieron científicamente que la energía se puede transformar en masa.
Aquí entra en juego ahora un elemento muy importante para nuestro
desear con éxito: la energía se puede dirigir, y justamente por medio de la
fuerza del pensamiento. Nuestros pensamientos son algo así como una pistola láser que puede dirigir la energía sobre un punto. La luz de una ampolleta y la de un láser se diferencian esencialmente en que una es difusa, los protones se mueven en todas direcciones, y la otra es dirigida. Exactamente así, nuestra fuerza de pensamiento dirige la energía que existe siempre y en todas partes, de manera que ésta se condensa en una forma determinada.
• Nada es como lo vemos.
• La materia es energía, se origina por medio de energía y es mantenida en su estado por medio de energía.
• Si no hay energía, no hay materia. • La energía se puede dirigir.
• Cada pensamiento es pura energía y actúa a su vez sobre la energía. Si la energía produce materia y los pensamientos son pura energía, permanentemente se originan, alrededor de nosotros, cosas que nosotros materializamos.
Porque al fin y al cabo nosotros pensamos permanentemente. Para dirigir concretamente nuestros deseos a nuestra vida, solamente tenemos que hacer las siguientes cosas:
• Utilizar la fuerza de los pensamientos.
• Desarrollar la capacidad de hacer repercutir lo que deseamos. Para eso hacemos uso de dos leyes.
1. La ley de la conservación de energía
Existe una ley física fundamental, según la cual se forma toda nuestra vida. Ésta dice, tal como ya hemos escuchado, que cada forma manifestada se compone de energía y se puede convertir en otra forma. Pero también dice que la energía jamás se pierde, sino solamente se puede transformar. Puede cambiar, se puede transformar, pero jamás desvanecerse en el aire.
El filósofo naturalista Demócrito (460-371 a.C.) descubrió que en realidad nada de este mundo puede desaparecer, sino siempre sólo transformarse. Sobre esa teoría se basa nuestra física actual.
¿Pero qué significa eso para nuestro desear con éxito?
Tal como la materia se puede convertir en otras formas o en energía invisible para nosotros, también una energía, que primero ha sido invisible, se puede convertir en materia. Y nosotros podemos influir sobre esa conversión de las formas.
Siempre es solamente la energía la que crea nuevas formas. La energía es dirigida y mantenida por medio de la consciencia.
Lo que pensamos se materializa.
Eso también puede ser lo aparentemente imposible. Como ganar dos autos dentro de un año, encontrar el gran amor de su vida, el trabajo adecuado, la casa ideal o también solamente una lavadora usada.
Porque cada deseo es energía. Éste es enviado y quiere concretarse, es decir, transformarse en materia. Mientras más intensos son los pensamientos que se envían, más poderosa es la energía. Mientras más fuertemente estén cargados emocionalmente, más fuerza de empuje adquieren.
Desgraciadamente en lo negativo también es así. También los pensamientos negativos quieren consolidarse. A la energía le da lo mismo lo que nosotros pensemos. No hace diferencia entre bueno y malo, no conoce moral y tampoco evalúa. A la energía le da lo mismo en lo que se transforme. Simplemente sólo cambia de forma. Al hacerlo, obedece a la ley fundamental:
La energía sigue siempre a la atención.
Si somos desdichados, enviamos muy a menudo pensamientos negativos al cosmos.
“Soy tan desdichado”. “Me va tan mal”. “Nadie me quiere”. “Soy para compadecerse”. “”Todo es irremediable”. – Todas esas son órdenes energéticas para el universo. Nuestra desgracia se reforzará.
Pero el mismo principio puede trabajar para nosotros. – La energía mental es enviada y se condensa. Se juntan diferentes energías, personas las cogen al vuelo, las consideran ideas propias, experimentan y trabajan en eso y de pronto está ante la puerta la pareja deseada, el suceso esperado o el objeto largamente anhelado. Todo es solamente una forma de energía.
En rigor existe en nuestro mundo un surtido increíble de todo. Es sólo cuestión de distribución. Hay de todo. Para todos. También para nosotros. Es sólo cuestión de oferta y demanda. Depende de lo que demandemos energéticamente, se distribuye o se construye de manera que entre en nuestra vida. Si vivimos en un mundo de carencia, nosotros hemos encargado justamente esa carencia. Lo que recibimos es la experiencia de carencia, mientras que nuestro vecino tal vez nada en riqueza, porque simplemente sólo ha pedido riqueza en su vida.
Una vez que hayamos comprendido que hay de todo y que nuestra realidad solamente se orienta por lo que pedimos, nuestra vida se desarrollará de un modo completamente diferente. Porque la energía puede adoptar cualquier forma.
Todo existe en abundancia,
pero sólo se distribuye según la demanda.
Desear no es otra cosa que una gigantesca bolsa energética de cambios. Buscado – encontrado. Entregamos energía, recibimos energía. Nosotros construimos nuestro mundo según nuestro mundo imaginario. Formamos, condensamos, impedimos o destruimos. La energía está siempre presente y podemos formarla a voluntad o atraerla de acuerdo con nuestros deseos.
Aquí entra ahora en juego la ley de resonancia. 2. La ley de resonancia
Ésta dice que lo igual siempre atrae a lo igual. Lo diferente, en cambio, se repele. Lo igual se refuerza incluso por medio de lo igual. Repercute.
Conocemos eso del piano. Si se toca una cuerda, las cuerdas afinadas iguales comienzan también a vibrar, mientras que las otras cuerdas, que están afinadas en otra frecuencia, permanecen completamente inalteradas.
Nuestros pensamientos también son energías que vibran en una frecuencia determinada. Por lo tanto, pensemos lo que pensemos, ponemos en movimiento lo que vibra en la misma frecuencia.
Eso naturalmente también funciona al revés. Todo lo que allá afuera en el mundo vibra igual que nuestros pensamientos, también nos pone a nosotros en movimiento. Nuestros pensamientos son como imanes invisibles, que atraen todo lo que se les parece. ¿Por qué reciben aún más justamente aquellos que más tienen? Porque ellos piensan así. Porque en su mundo imaginario no existe otra cosa. Porque viven en la vibración de la riqueza.
El éxito atrae al éxito,
la desgracia atrae cada vez más desgracia.
Cuando estamos enamorados, adicionalmente a nuestra felicidad amorosa, también funciona mejor todo lo demás. Naturalmente, porque observamos el mundo con ojos positivos. Pensamientos positivos crean un mundo positivo. Todo parece entonces resultarnos bien. Nuestras frases son entonces: “Soy tan feliz”. “El mundo entero está a mis pies”. “Todo va bien”.
Y efectivamente el mundo está realmente a nuestros pies, porque el cosmos también toma esas frases y las procesa.
Sin embargo, en el momento en que cambiamos nuestra opinión y ya no nos sentimos llevados por el amor, observamos el mundo de un modo más crítico y nuestras frases de deseos son entonces muy diferentes: “Él no me quiere”. “Ella con seguridad me engaña”. “A mí no se me puede amar en absoluto”. “No soy hermoso”. “Me siento chico y feo”. “Todo el mundo está en mi contra”.
Y de acuerdo con el cambio de nuestras frases de deseos, dentro de poco tiempo cambiará por completo la experiencia. Uno recibe la confirmación de sus pensamientos, sin saber que uno mismo es el verdadero causante. Si nos observamos una vez durante un día, podemos constatar cuántas de aquellas frases de mandato pronunciamos interiormente casi en forma permanente.
La vibración es vibración y repercute con nuestros pensamientos y opiniones. Eso rige naturalmente para todas las áreas. Sean positivas o negativas.
Si algo vibra completamente diferente a nosotros, no lo percibiremos en absoluto. Pero eso no significa que para otras personas tampoco exista o que en general no exista.