Ahora he tratado de establecer dos consideraciones muy generales: 1ª.) que todas las situaciones-entrevistas caen bajo el teorema de la emoción recíproca, y 2ª.) que los procesos de las entrevistas siguen ese mismo tipo de todos los procesos interpersonales. De estas dos relativamente amplias consideraciones, se desprende que el entrevistador muestra su pericia en su elección de un papel pasivo o activo, en momentos particulares de la entrevista. Puede trabajar con éxito en una situación deteriorante, si no se permite que la misma se desintegre. En algunas ocasiones, trabajando en una situación deteriorante, eso es inevitable; algunas veces, es hasta deseable. En general, sin embargo, siendo iguales otros factores, se asegura los mejores resultados, de manera más económica, en una situación que está mejorando.
En momentos embarazosos, la indagación del entrevistador progresa desde la perplejidad expresada ante las preguntas directas y, si es necesario, finalmente ante el uso del “como si”. Por ejemplo, el psiquiatra puede decir al paciente que tiene la impresión de que el paciente está obrando “como si” el psiquiatra hubiese hecho tal o cual cosa, y luego observa lo que ocurre. En cualquier caso, atiende respetuosamente todo aquello que parece llevar una intención comunicativa en forma de contestaciones y comentarios. Si no le es posible sacar nada en limpio de una observación del paciente, o si la observación se le ocurre fuera de lugar, trata de recordar el anterior contexto de las entrevistas, que puede ser con lo que se relaciona la observación. No vacila en aumentar el tiempo de esa entrevista para dedicarlo a dicha revisión, y hasta puede quedarse en silencio durante un rato, antes de proseguir. Si de esa presurosa mirada retrospectiva no encuentra nada que le de a lo que ha dicho el paciente significado o pertinencia alguna, hace una pausa momentánea para decidir si eso es importante. Hay mucho de ese material que en realidad no merece que se prosiga la investigación particular sobre él. Pero si parece que el asunto puede tener importancia, entonces el entrevistador trata de descubrirla. Puede arriesgarse formulando alguna pregunta sobre él, y el resultado puede ser que el paciente pueda corregirlo de manera enfática. Como ya he dicho antes, a menudo se consigue una gran cantidad de material ilustrativo cuando el entrevistador expresa algo que está claramente equivocado, y el informante lo corrige, poniéndolo en la buena senda. Sin que se sepa por qué se produce una curiosa laxitud cuando el entrevistado tiene una oportunidad de corregir al entrevistador, y en ese momento, el entrevistado dice, por regla general, mucho más que lo que había tenido intención de decir. En efecto, mi propia experiencia en materia de psicoterapia ha sido que las ocasiones en que el paciente ha podido corregir mis errores —por ejemplo, sobre su historia o sobre lo que le impulsó a obrar en una situación determinada— han sido tan valiosas como cualquier otro espacio igual de tiempo que yo haya invertido haciendo cualquier cosa. Como es natural, algunas veces resulta útil para el terapeuta tratar una observación que no entiende, diciendo, por ejemplo: “No estoy seguro de entenderle. ¿Quiere tener la bondad de decírmelo de otra manera?” De este modo, el psiquiatra evita cometer errores en la formulación de su pregunta.
Cuando me referí a la irritación, sugerí que la misma no es una de las actitudes que se permiten experimentar al entrevistador hacia su entrevistado. Confío que ésta haya resultado una declaración absoluta, completa y explícitamente comprendida: la irritación, ya sea en sus grados suave o violento, es una de las operaciones de dkfraz ntds comunes de la ansiedad. El
entrevistador puede “utilizar” señales de suave irritación, e hasta expresiones de enojo pero si en verdad está irritado, eso significa por regla general que él mismo tiene necesidad de alguna ayuda psicoterapéutica, ya sea de sí mismo o de alguna otra persona. Es imposible que el entrevistador que pierde la paciencia de cuando en cuando con el paciente, haga frente a las muy técnicas necesidades de su labor de entrevistar, ni que obtenga conclusiones en las cuales puede confiar.
Por otra parte, la ansiedad resulta casi imposible de cvi-lar para cualquier entrevistador, por lo menos durante el curso de algunas de las entrevistas que lleve a efecto y que constituyen su trabajo. Hasta un entrevistador con veinticinco o treinta años de experiencia se mostrara muy ansioso en su trabajo de cuando en cuando, en especial cuando entrevista a psicóticos incipientes. Y cuando el entrevistador no tiene mucha experiencia, suele ocurrir que no se sabe quién experimenta más ansiedad, si él o el paciente.
La habilidad en materia de entrevistar incluye, como una gran parte de su base, ciertos procesos para tratar de tal modo las ocasiones de ansiedad que la labor de la entrevista no sea seriamente perjudicada. Hay dos declaraciones que puedo hacer respecto a esos procesos que salvan la situación-entrevista de la ansiedad que el entrevistador tiene que experimentar de cuando en cuando en su trabajo. Primera, el entrevistador debe estar alerta a los movimientos menores de ansiedad “en sí mismo”, de modo que pueda ejercer la previsión con respecto a los procesos que siguen. En casi todas las personas se produce una gran ansiedad, de la cual la persona interesada no tiene clara conciencia. Algún proceso suplementario, como por ejemplo la irritación, entra apresuradamente en escena y solamente la más cuidadosa indagación retrospectiva podría brindar una indicación de que habría ansiedad. En la situación-entrevista, en lugar de desprenderse de la ansiedad lo más rápidamente posible, el entrevistador tiene que prestar gran atención a ese movimiento, si lo experimenta. Si lo evita, o si de alguna manera “ignora” esa ansiedad, no logrará saber nada por la misma. Por medio de la observación de esos hechos con los cuales está relacionada la ansiedad, el entrevistador puede enterarse, no sólo sobre sí mismo sino también sobre su relación con el paciente. La ansiedad es desagradable, pero puesto que es inevitable experimentarla, no debe ser jamás dejada de lado, como aliada.
Segunda, el entrevistador deberá tratar de identificar la causa aparente de su ansiedad. Al decir “aparente” quiero decir que tal causa puede ser completamente simple, sólo una incipiente racionalización, y no causará por cierto perjuicio alguno que el entrevistador reconozca esta posibilidad. Al dedicarse a buscar la causa, el entrevistador puede considerar primeramente al entrevistado, como fuente de estima reflejada. Si el terapeuta considera que su estimación está disminuyendo a los ojos del paciente, tendrá la tarea de explorar si ello ocurre en efecto, yen caso afirmativo, determinar las causas de ese intercambio de posición.
El paso siguiente es estudiar la posibilidad de que la ansiedad tenga su origen en relación con el supuesto fracaso del terapeuta en ponerse a tono con lo que imagina que es el ideal del paciente, aunque este ideal puede estar apenas comprendido en el conocimiento efectivo del paciente propiamente dicho. Así, el terapeuta podría “observarse así mismo como terapeuta’, en comparación con lo que él imagina que es el comportamiento del doctor A: un colega más o menos distinguido. En tal comparación, el terapeuta quizá se sienta “inferior”, y experimente ansiedad. Y aquí, puede formular una simple pregunta: ¿Qué hay en la relación entre el terapeuta y
el paciente, que en esa ocasión lleva al primero a soñar despierto sobre su supuesta comparación con un colega?
Finalmente, al buscar la aparente causa de la ansiedad, el entrevistador puede preguntarse si tiene alguna relación con un desarrollo previsto, algo que ocurrirá o puede ocurrir. Las posibilidades de este futuro sospechado pueden ser útilmente estudiadas, y la ansiedad ha servido aun propósito en cierto modo indirecto pero importante, al atraer la atención a los posibles hechos.
Sea cual fuere el caso, la ansiedad en el entrevistador no puede ser evitada por completo. Es una clara indicación, al menos, de que es completamente humano. Y toda vez que la ansiedad estará con él por momentos, vale la pena que trate de sacarle provecho. Y eso sólo puede hacerlo observándola y estudiándola lo mejor posible.
VII. LA HISTORIA DEL DESARROLLO- COMO MARCO DE REFERENCIA EN LA