III) E A Westphalen: el poeta ante la ciudad
3. Utilidad de la poesía: libertad y conocimiento
En las diversas polémicas que se van suscitando en los primeros años de la Posguerra y que giran en torno a la responsabilidad social del arte y de la poesía, Westphalen en ningún momento acepta concebir que la poesía sea inútil. Es más, en todos los ensayos de esa época el autor peruano insiste en demostrar que toda creación literaria y artística vehicula, presenta, muestra o proyecta un discurso útil a la sociedad. Lejos de pensar que la poesía o el arte sean ejercicios sin valor social e indiferente a la circunstancia histórico-social que lo rodea, insiste en que toda creación artística participa, favorece o posibilita la transformación de la realidad. Pero, para que la sociedad perciba el potencial transformador de la creación artística debe comprender que su utilidad no pasa por el compromiso ideológico sino por el compromiso con su obra y con el hombre.
En su argumentación contra las opiniones que defienden la necesidad de politizar el arte, la literatura o la poesía, Westphalen continuamente reitera que es consustancial al acto de creación la libertad: la creación es un acontecimiento descondicionado y, por tanto, es inútil pretender identificar una posible vinculación causal con respecto al autor, a la ideología o a la realidad. En tanto que gesto y manifestación de la libertad más radical, Westphalen considera que la poesía se significa como un modo de resistencia y oposición al control ejercido por el Poder; el poema, en tanto que discurso que excede los imperativos limitadores que genera aquél, deviene una manifestación de rebeldía e imagen viva de la posibilidad de liberación; y el poeta, en tanto que encarnación social de estos valores, pasa a ser persona non grata e incómoda para los intereses institucionales. Como dice Westphalen en “La teoría del arte moderno” (1948):
(...) cuando todos los poderes terrestres procuran encerrarnos en las más estrictas cárceles de limitaciones y compulsiones, el arte moderno es un manifiesto perenne de libertad, de expansión de todas las facultades, de generosidad y de entusiasmo. Parece que las cualidades humanas mejores no encuentran hoy día otro refugio sino en el arte. (Westphalen 1996: 238)
Westphalen concibe, pues, la creación artística como un modo de resistencia frente al poder y como espacio de conservación de la esencia verdaderamente humana, que en su manifestación hace visible la posibilidad de otro orden, mejor que el existente.
Si frente a las tendencias que defendían, primero, y exigían, después, a la literatura y al arte la adhesión política, Westphalen, en sus ensayos de la
segunda mitad de la década del cuarenta, insistía en desvincular la poesía de la política, poniendo el énfasis en el carácter independiente de toda creación artística; en 1960, en pleno auge de los regímenes dictatoriales, activa en su discurso estético la visión del fenómeno poético como señal de rebeldía y como forma de oposición a estas tendencias política —sin que, por ello, suponga una concesión a la politización de la obra literaria—, al reivindicar que la actividad artística y literaria, por su origen, naturaleza y comportamiento es una manifestación marcada por el signo de la libertad más absoluta y radical. Es ésta, a juicio del autor peruano, la causa por la que se reaccione negativamente contra la poesía desde el Poder:
En las sociedades totalitarias o de tendencias totalitarias que predominan actualmente (...) se mira con desconfianza y hostilidad una actividad que por su esencia misma se opone a la menor regimentación, a cualquier especie de control desde fuera de ella misma; se sospecha de un acto que brota de las zonas más oscuras del ser y que expone a todos los ojos una imagen inquietante de las posibilidades humanas, de sus potencias ocultas y de su destino incierto. (Westphalen 1996: 407)
Entiende que toda obra artística, en tanto que creación individual surgida de la confrontación en el seno del poeta entre lo real y lo imaginario, es un proceso descondicionado, autónomo e independiente del entorno inmediato en que se produce; de tal modo que escapa al control ideológico (y policial) y, por tanto, es un acto radical de libertad. En esta cualidad cifra Westphalen el gesto de rebeldía más efectivo contra el Poder; por eso, considera el autor peruano, que el poeta contribuye de modo efectivo a la resistencia, ante cualquier forma de autoritarismo (ideológico, social o político), defendiendo el carácter libre de su oficio y, en esa defensa de la libertad el poeta y su obra se convierten en instrumento de oposición al orden establecido. Así pues, considera Westphalen que el artista, siendo fiel a su deber artístico y defendiendo el carácter libre de su obra148, es útil a la
sociedad.
Westphalen, como también señalaba el Surrealismo, entiende que la poesía es, ante todo, una manifestación humana en la que, empujado por sus anhelos y gracias a su capacidad inventiva, puede concebir múltiples y variadas posibilidades de realidad distintas a las ya existentes. Al mostrar con su obra el camino para no aceptar como inmóvil el espacio de acción y pensamiento en que los sistemas totalitarios desean reducir al hombre y a la vida, el poeta es útil a su sociedad. Desde este punto de vista, la fuerza creativa de la poesía se vincula al anhelo de libertad de la sociedad y se convierte en una forma de resistencia que permita evitar que el hombre
148 «Su deber es defender la autonomía absoluta de su obra (...) Ha de oponerse a quienes quieran señalarle normas y trazarles caminos. A él corresponde encontrar la norma desconocida y abrir el camino inédito» (Westphalen 1996: 410).
devenga autómata. Por eso, afirma que para impedir que eso suceda «no habrá otro medio sino tratar de revivir en él sus potencias de creación, su sentido estético, o sea, la disponibilidad completa, el aura de libertad que el arte procura» (Westphalen 1996: 410).
Al cifrar el acto más efectivo de rebeldía y de resistencia en esa libertad creativa que Westphalen considera inherente a toda manifestación estética, identificado como tal por la circunstancia sociopolítica dominada por los discursos homogeneizadores y totalitarios, Westphalen infiere que en todo poema late un deseo de cambio de las condiciones generales de la existencia, aspiración considerada por el peruano como la esencia de la naturaleza humana:
Estimo la actividad poética al igual que toda otra actividad estética como una necesidad vital (...) Sería una expresión más de la condición humana, del impulso a no admitir lo real como definitivo e incambiable. (Westphalen 1996: 145)
La poesía, en tanto que acontecimiento descondicionado, manifestación plástica del espíritu libre del hombre y producto nacido de su capacidad imaginativa, en tanto que entendida, pues, como opuesta a la realidad, es considerada por Westphalen como «la actividad más alerta y la más adelantada del hombre». De este modo, el poeta interviene en la realidad abriendo horizontes posibles de experiencia, proyectados de modo hipotético en el futuro. Aquí radica, según Westphalen la utilidad del poeta:
¿Quién sabe (...) si la cualidad de todo arte no sea la de suscitar en el hombre el sentido de sus posibilidades, de erigir ante él una imagen de la vida otra, de la vida libre? (Westphalen 1996: 352)
Por eso, en “La teoría del arte moderno” Westphalen equipara la repercusión del arte contemporáneo con el efecto que los descubrimientos geográficos tuvieron para el hombre europeo del Renacimiento (Westphalen 1996: 352). El poeta, con su actividad creativa, interviene sobre la realidad cotidiana mostrando aquellos espacios existentes en potencia pero que, hasta que él no lo ve, son invisibles para el hombre y, por tanto, inexistentes: «todo presente pero nadie lo veía hasta que el poeta no dio en mostrarlo» (Westphalen 1996: 38)
De esta perspectiva de la actividad poética como revelación se deriva una implicación que lleva a la equiparación de la creación poética con un proceso de inmersión en lo desconocido y, en consecuencia, se significa en el pensamiento teórico de Westphalen la poesía como medio de conocimiento, que, una vez logrado, permitirá al hombre modificar las condiciones de funcionamiento de la realidad.
En “El centenario de Lautréamont” (1946) Westphalen sostiene que en la obra del autor francés:
(...) ha sido llevada a su más alta expresión el propósito que reconocemos común a toda obra de arte: la confrontación del hombre consigo mismo» (Westphalen 1996: 81);
y, ese mismo año, en “Jean-Paul Sartre y el problema del escritor” afirma: (...) el arte no es concebible sino porque es la revelación que el hombre hace al hombre de su naturaleza misma, y al hacerlo así señala el camino de su liberación (Westphalen 1996: 351-352).
No obstante, es en “Literatura y sociedad” donde de modo más claro expone su concepción del fenómeno artístico como instrumento de conocimiento. Así, dice de la literatura y del arte:
(...) creo que no son un reflejo de la realidad social y económica de una época, tampoco una imitación de la naturaleza ni — como algunos suponen — una secreción más del organismo humano. Considero la obra de arte más bien como un objeto ambiguo entre la realidad y lo imaginario, tan insatisfactorio y decepcionante como puede ser el hombre mismo, el único objeto, desde luego que expresa esa circunstancia humana de sentirse el hombre un ente prisionero, pequeño, nulo pero que en la exaltación, en el olvido de sí mismo, en el delirio, logra a veces sobrepasar esos límites. (Westphalen 1996: 408)
La revelación que adquiere el hombre en su contacto con la obra de arte no se realiza desde una exterioridad sino que es un procedimiento interno. No es cuestión de que el hombre se asome a la obra de arte para limitarse a recibir pasivamente, como mero espectador del proceso, un conocimiento que desde fuera se le entrega sin necesidad de su intervención; sino de que la contemplación devenga experiencia, esto es, interiorización. Para que de la obra de arte se derive un conocimiento el contacto físico debe producirse un acto de comunión espiritual. El conocimiento a través del arte no es conocimiento aprendido sino conocimiento aprehendido; nutre la experiencia íntima: la creación, así, se vuelve un mecanismo consciente de ampliación de la vida.
En el seno del hombre la obra de arte, el poema, interactúa con la experiencia vital de éste y le hace tomar conciencia tanto de su verdadera naturaleza como de su lugar en el mundo:
Por la obra de arte, (¿acaso exclusivamente por ella?) el hombre se conoce y reconoce, en ella adquiere conciencia de lo que lo ata o destruye y también vislumbra la vía de escape de la liberación. En la negrura de lo cotidiano, la canción, el poema, la danza, la obra plástica se abren con el fulgor de soles íntimos y en la sorpresa y el choque se rehace nuestro ser y adquirimos una conciencia más amplia de nosotros mismos. (Westphalen 1996: 408)
En esta concepción del arte, de la literatura, de la poesía como una suerte de nuevo Humanismo es donde cifra Westphalen la verdadera utilidad de la poesía. Por eso, afirma que el lugar que le corresponde al arte dentro de la sociedad es:
(...) no distracción de la vida, sino vida más plena; no embeleco para ocultar al hombre sino único instrumento para que el hombre llegue a serlo. (Westphalen 1996: 282)
Dada esta mediación que opera el arte sobre el hombre, entiende Westphalen que la poesía es un mecanismo necesario para evitar la inmovilidad a la que tiende la realidad y que implicaría la desvinculación del individuo con su verdadera naturaleza. La poesía como expresión extrema y consciente de las capacidades transformadoras que residen en la esencia del ser humano supone, así, una resistencia a concebir los condicionantes externos como valores inherentes y no circunstanciales. Es desde esta perspectiva desde la que la poesía deviene útil a su sociedad y es en este terreno donde el poeta asume su responsabilidad histórica con la misma.