Es verdad que el ascetismo no representa siquiera el significado más profundo y más característico de los tres consejos evangélicos61. Si
profundizamos en el sentido de esta forma de vida, descubrimos en ella un nuevo elemento de gran importancia: la “pertenencia” a Dios sin división. El que se ata a bienes terrenos, tiene el corazón ocupado por esos bienes, de suerte que no puede vivir completamente y sin reserva para lo que es de Dios. La parábola del festín ilustra esta verdad. “Un hombre dio un gran banquete y convidó a mucha gente. A la hora de la comida, envió a su criado a decir a los invitados: “Venid, que todo está dispuesto”. Y todos, unánimemente, se excusaron. El primero le dijo: “He comprado una tierra y tengo que ir a verla; te ruego me excuses”. Otro dijo: “He comprado cinco parejas de bueyes y voy a probarlas, te ruego que me excuses”. Otro dijo: “Acabo de casarme y por eso no puedo ir” (Luc., XIV, 16-21).
Cuanto más libre esté el corazón de afición a un bien terreno, con tantas menos reservas puede pertenecer a Dios. No se trata aquí de combatir algo malo en sí, un resto de orgullo y de concupiscencia, como en el aspecto ascético, sino de renunciar a altos bienes terrenos, a fin de excluir todo peligro de herir el orden de las justas relaciones de la criatura con el Creador, atando su corazón a un bien creado, más de lo que lo permite el orden establecido por Dios, y por consiguiente, de “dividir” el corazón entre Dios y las criaturas. Aquí el fin no es la purificación, sino en el sentido propio el “no estar dividido”, el vacío interior, condición indispensable para que Dios nos pueda llenar plenamente, para la perfecta
61 Que hay, además, fuera del ascetismo, otros puntos de vista para buscar el valor
de la virginidad, se desprende de estas sublimes palabras de SAN AMBROSIO: “El perfume de tus vestidos es semejante al olor del Líbano”. Ved la graduación. “Tu perfume —dice al principio—, supera al de las esencias que envuelven el cuerpo muerto del Salvador en la tumba. Manifiesta que los movimientos de tu cuerpo están mortificados, que la concupiscencia de la carne ha muerto. Tu segundo perfume es comparable al perfume del Líbano. Respira la pureza del cuerpo de Nuestro Señor, la
libertad interior. Desde el punto de vista ascético, el renunciamiento se impone tanto menos cuanto más elevado y más noble es el bien, pues es más pequeño el peligro de deslizarse, y cuanto menos debe considerarse ese bien como una simple “castigación”, menos también constituye el renunciamiento un mero medio educativo. No sin razón la ascesis específica se dirige más bien a bienes que, periféricos, carecen de profundidad, y consiste preferentemente en los ayunos, las vigilias, las disciplinas, la mortificación de la concupiscencia de los ojos, etc., y no, en primer lugar, en la renuncia al goce de las grandes obras de arte o de las nobles amistades. Pero, por el contrario, el peligro de una división del corazón es, desde ciertos puntos de vista, tanto mayor cuanto el bien es más elevado y más noble. Por otra parte, ya veremos que todo bien noble, justamente comprendido y utilizado, une al alma a Dios, y eso es la medida misma de su nobleza.
La virginidad implica la “ausencia de división” en el hombre, no porque es la renuncia absoluta al deleite carnal, sino porque es la renuncia a la comunidad de amor y de vida del matrimonio. Ese renunciamiento el más elevado de todos los bienes terrenos es, en efecto, el camino por excelencia que llega a la ausencia de división, por la sencilla razón de que aquí es donde el corazón humano corre mayor peligro de ser “dividido”. Esa división que resulta del matrimonio puede revestir diversas formas. Por la comunidad de vida y de amor con otra criatura, el corazón es absorbido fácilmente por la criatura amada. La mirada no continúa orientada exclusivamente hacia Dios: “se tiene cuidado de dar gusto al otro”. Pensamientos, deseos, intereses van a dividirse fácilmente, es decir, que no se referirán ya al otro solamente en Dios, según la jerarquía normal, sino que el interés por el “otro” comenzará por hacerse autónomo y seguidamente no respetará ya la jerarquía legítima de los bienes, para interponerse entre Dios y el hombre. Ese peligro puede manifestarse, al principio, en la forma de una desviación de los pensamientos y de las actividades más específicas que se alejan de Dios por estar el campo de nuestra atención psicológicamente más limitado; aun en el dominio emotivo, hay más peligro, si está casado, de que sus pensamientos, sus deseos, sus intereses, en una palabra, todo lo que ocupa su atención actual, su conciencia psicológica, sea tan intensamente preocupado por la criatura amada y por todos los asuntos de la vida común en el mundo, que ya no viva “para Dios”, sino que se contente a lo más con no transgredir los mandamientos. El matrimonio lleva consigo deberes, obliga a los que lo han contraído a vivir en el mundo como personas casadas, suscita
preocupaciones sobre muchas cosas terrenas inherentes a ese estado y principalmente a la constitución de una familia. Todo ello absorbe los pensamientos y los intereses, y entonces ya no hay más que un “servidor”, un “amigo” y no ya un “hijo”, y mucho menos una “esposa”.
Pero el más profundo peligro de división no consiste en la distracción, en la dispersión de las fuerzas, ocasionada por el matrimonio con sus ciertos lazos inevitables con el mundo, sino en la división que afecta a la orientación de la vida, en razón del amor conyugal y de la comunidad de vida. Dado que nuestra naturaleza nos hace difícil la unión constante del corazón con Dios, desde el momento en que ese corazón se ve cogido por la instancia urgente de nobles bienes terrenos, la justa jerarquía entre Dios y la criatura amada se pierde fácilmente. El peligro no consiste tanto en amar demasiado a una criatura, pues no hay amor más grande de una criatura a otra que cuando es una participación en el amor de Jesús para esa otra cuando es, pues, un amor en Jesús. El verdadero peligro es el desorden en el amor que, sin ser más grande por ello —por el contrario— es necesariamente menos grande y menos perfecto como amor — proclama su autonomía ante Dios y absorbe al ser humano hasta el punto de arrancar su corazón a Dios. La voluntad puede pertenecer aún a Dios, pero el corazón no le pertenece ya completamente. Se puede entonces hablar de servidor, de amigo, o incluso de hijo de Dios, pero no de esposa de Dios, pues el corazón de la “esposa” ha de pertenecer a Jesús, el Hombre-Dios. Ese germen de peligro contenido en todo amor de criatura, crece incomparablemente en el matrimonio porque éste representa objetivamente, en su comunidad única, íntima, indisoluble, que abraza toda la vida, una “vida del uno para el otro”, tal como no existe en ninguna otra comunidad de criaturas.
Si es verdad que la virginidad, en cuanto que es celibato, representa un estado que evita una división del ser humano, si pues el que es virgen no está dividido, en el doble sentido que hemos considerado, sin embargo, aun desde ese punto de vista, la virginidad no posee ninguna prioridad de principio sobre la pobreza y la obediencia. La división es un peligro aun para el hombre rico o para el que, siguiendo sus inclinaciones, se entrega a una profesión de su elección. La inclinación al dinero y a los bienes puede conducir igualmente a una división en el doble sentido que hemos citado antes y más todavía la vida entera consagrada a la profesión; el peligro es tanto mayor cuando la profesión terrena pertenece a un orden más elevado. ¡Cuán fácilmente el arte en un gran artista, el trabajo científico en un gran investigador, la política en un hombre de Estado, absorben las fuerzas y los
pensamientos y encadenan el corazón! En tal caso el hombre está “dividido”, no puede ser más que un “servidor”, “amigo” o, lo más, “hijo”, pero jamás “esposa” —en la hipótesis, bien entendido— en que el trabajo no se realiza en Dios y por Dios, sino que se cultiva en sí mismo y tiene al hombre bajo su imperio.
La misma virginidad, en cuanto que sea estado de “orientación sin división hacia Dios”, tiene, a lo más, una superioridad gradual sobre la pobreza y la obediencia. La razón está en que el matrimonio, siendo el más elevado de los bienes terrenos, oculta en sí mismo el más profundo riesgo de división. Es preciso añadir que, como vamos a ver, ese hecho está compensado, por otra parte, por la facultad que posee el matrimonio, a título del más elevado bien terreno, de establecer entre Dios y el alma el lazo de unión más estrecho62.
Lo que nos interesa principalmente aquí es comprobar que el “estar dividido” que hemos definido antes, no podrá ser el punto de vista que da a la virginidad un sentido misterioso de fundamento para la relación propiamente nupcial con Cristo. En efecto, la pobreza y la obediencia son también condiciones previamente requeridas para evitar la división, aun- que quizá en menor medida; sin embargo, ese aspecto no da a la virginidad un carácter del todo diferente de la pobreza y de la obediencia, como debiera suceder si ese aspecto diese realmente a la virginidad la misteriosa significación de un matrimonio con Cristo, por el cual el hombre virgen, en un sentido místico muy especial, se desposa por medio de su virginidad con Cristo.
62 Baste observar que el matrimonio es un sacramento: por tanto no solamente algo