Una consecuencia de la caída original, aun después de la redención, se manifiesta en una tendencia del ser humano hacia lo que es bajo, en una inclinación hacia el orgullo y a la concupiscencia. Aun estando generalmente dominado por la voluntad de no ofender a Dios, el hombre no cesa de experimentar esa inclinación hacia las cosas inferiores, y su actitud lleva consigo muy fácilmente una mezcla de orgullo y de concupiscencia. No pensamos aquí en los actos particulares de orgullo y de concupiscencia, gravemente culpables porque implican una rebelión abierta contra Dios y que constituyen lo que se llama una “caída”. No pensamos tampoco en los “pecados veniales”, sino más bien en la debili- dad general de la persona humana hacia sí misma, en el “desorden” que la afecta y en las diversas actitudes en que se realiza esa “imperfección”. En la alegría que procura el éxito de un trabajo, en el interés y la benevolencia que vemos en otros respecto a nosotros, aun en el cumplimiento de nuestros deberes, y hasta en las gracias recibidas ¿no se mezcla siempre una brizna de complacencia en nosotros mismos, de orgullo y de vanidad? ¿Puede uno alegrarse de la posesión de una linda casa, o del esplendor de una vida de gran señor, sin que se deslice en ello un poco de amor propio? ¿Se puede gozar de bienes sensibles y terrenos, en sí legítimos, de las buenas comidas y las bebidas finas, de un buen lecho, etc., sin que se insinúe en todo eso alguna huella de gula, de pereza y de entregarse un tanto a la concupiscencia? La vida del cristiano ordinario, que evita los pe- cados graves y trata de huir de los veniales, en la medida en que los conoce como tales, pero que se acomoda sin escrúpulo a la tendencia natural de hacer concesiones al amor propio y no se arranca de lo corriente de la vida —de la vida que lisonjea a la pereza por su agradable calor—, la existencia de ese cristiano está todavía penetrada de orgullo y de concupiscencia, aun cuando esos dos vicios hayan perdido su imperio sobre su persona.
Esa “imperfección” del cristiano, esos restos de orgullo y de concupiscencia, cuya turbación impregna aún su vida, constituye un obstáculo infranqueable para la realización de la unión suprema con Jesús. Tales cristianos pueden ser “servidores” del Señor, acaso “amigos”, pero nunca serán “hijos” y mucho menos podría hablarse aquí de la esposa. La purificación de esos vestigios del espíritu del “mundo”, de esas huellas de la concupiscencia de los ojos, de la concupiscencia de la carne y de la soberbia de la vida, ha sido considerada desde siempre como una condición previa e indispensable para la unión suprema afectiva, propia de la esposa de Cristo. Esta es la labor de la ascesis, conseguir esa purificación. Exige de nosotros una renuncia al uso de los bienes legítimos, aun cuando no se incluya una manifestación de esos restos de orgullo y de concupiscencia; la exige porque esa renuncia ahoga ciertos instintos primitivos y asegura la soberanía del yo humilde y respetuosamente amante sobre el orgullo y la concupiscencia.
La ascesis exige también desde ese punto de vista, un corte, aun allí donde el peligro de deslizarse hacia el orgullo y la concupiscencia no es inmediato. Eso se confirma por el hecho de que no se contenta con prohibir o limitar el uso de ciertos bienes, sino que llega hasta exigir que se busquen voluntariamente ciertos sufrimientos. Las disciplinas, los cilicios, para no recordar más que esas formas de ascetismo, no re- presentan solamente una renuncia al uso de ciertos bienes, sino además la elección deliberada de ciertos sufrimientos. Su empleo puede tener la función de mero sacrificio58 o de medio ocasional para vencer las
tentaciones59. Pero normalmente son medios de mortificación en el sentido
de que constituyen un ejercicio apto para abrir el camino de la victoria del yo, lleno de amor humilde y respetuoso, sobre el orgullo y la concupiscencia. En esa busca de sufrimientos, es evidente que no se trata de comprimir en concreto un acceso de orgullo y de concupiscencia, sino que se tienda solamente a interrumpir el bienestar normal, en sí inofensivo, con el fin de liberar más generalmente a la persona espiritual de su debili- dad respecto al cuerpo y a la esfera de los instintos.
El sueño, por ejemplo, es un medio providencial de descansar el cuerpo. La ascesis no exige solamente que el sueño se restrinja a los límites razonables de lo necesario y no prohíbe solamente ceder a la
58 Es fácil ver que la función del sacrificio puro, en el que se ofrece algo a Dios,
queda fuera del cuadro de la ascesis.
pereza; exige, además, velar, mortificaciones en cama dura, etc. Renunciando incluso a lo que no es una concesión a la concupiscencia —al sueño normal, por ejemplo—, pero que toca, sin embargo, a la esfera en que impera la concupiscencia, y es algo así como una válvula en lo referente a la necesidad elemental de refección del cuerpo, el hombre debe librarse poco a poco de toda inclinación a la esfera de la concupiscencia. Así el inevitable contacto con las necesidades del sueño, del comer, del beber, etc., no estará expuesto a actualizar lo que subsiste en la concupiscencia. Se renuncia, pues, al uso, legítimo en sí, de ciertos bienes, con vistas a una purificación interior. Renunciar a dejar libre curso a ciertas necesidades naturales elementales como dormir, comer, beber, hablar, etc., representa una mortificación, un medio propio para procurar la distancia de la persona espiritual de la vida de puros instintos y el dominio sobre toda la esfera de la concupiscencia.
Pero la ascesis tiene también otro significado. Trata de alejarse de toda situación que lleve consigo un peligro de deslizarse hacia movimientos de orgullo o de concupiscencia. Por ello se negará a comer manjares sabrosos por temor de hacer, aunque no sea más que una vez, concesiones a la gula; se rechaza un lecho mullido por temor de dejarse llevar, aunque sea muy poco, de la pereza; igualmente las riquezas por miedo a tener un gozo desordenado en el poseer; ni honores exteriores, ni éxitos, porque se expondría a encontrar en ellos algún apetito orgulloso. En todos estos casos la renuncia no es un medio educativo de llegar a un progreso esencial, ni un medio de purificación, sino una vigilancia atenta que evita todas las situaciones peligrosas, y no en primer lugar los peligros de pecado grave, sino los riesgos de dejar desarrollarse alguna imperfección y, eventualmente, de cometer pecados veniales.
Los dos puntos de vista pueden calificarse de ascéticos. Sin embargo, el primero ofrece una expresión más típica de la ascesis. Por consiguiente, lo que caracteriza los motivos ascéticos en el desprendimiento de los bienes terrenos es que se oponen a algo completamente negativo, precisamente al orgullo y a la concupiscencia.
Pero ¿qué relación hay entre la ascesis y la virginidad? Para conocerla bien, necesitamos considerar con más detalle la intención específica que condiciona la actitud ascética respecto a ciertos bienes. Ya hemos dicho que el goce absolutamente legítimo e inocente de ciertos bienes hace, por una parte, el papel de válvula respecto a instintos humanos elementales y ofrece además una ocasión favorable para
desplegarse ciertos vestigios de orgullo y de concupiscencia en el alma, aun cuando la atención no se lleve de ningún modo a ello, y que pueden manifestarse en esto reacciones que tengan tal carácter.
La libertad exterior, el poder hacer y no hacer lo que le dé la gana a uno, se entiende dentro de los límites de lo permitido por Dios, la autonomía en lo exterior, apetecida tan impetuosamente por la juventud, todo eso es ciertamente un auténtico bien y es justo y legítimo gozar de él. Tan sólo es muy fácil que haya en él cierto deseo desordenado de libertad y cierto orgullo. Es la soberbia de la cual nos habla San Juan. La privación de este bien significa también aquí un medio directo para “libertarse a sí mismo”, mientras que la libertad normal y lícita, aunque no lleve a abusos pecaminosos, ciertamente no tiene ese carácter.
De una manera análoga, el matrimonio, que es un bien sublime y sagrado, lleva consigo, sin embargo, un contacto con la esfera del placer carnal, aunque no sea más que a título de epifenómeno absolutamente involuntario. Por eso mismo, hay siempre en él un riesgo de deslizarse, aun sin darse cuenta, hacia una cierta satisfacción de ese placer. Pero, además de eso, renunciar a relajar ese aguijón plantado en nuestra carne, como lo permite la vida del matrimonio, es un medio insigne de mortificar la carne. La vida en el matrimonio no ofrece semejante, aun cuando la esfera sensual esté contenida en él en el cuadro de su más alta misión, pues el acto de unión conyugal hace el papel de una válvula con relación a exigencias de la carne, aun independiente de toda voluntad.
Los “consejos” evangélicos de pobreza, obediencia y castidad 60
trazan objetivamente el camino para una vida que lleva consigo la renuncia heroica aun de los bienes cuyo uso no implica pecado e incluso cuyo uso es bueno. Tienen, en primer lugar, una significación ascética. En cuanto continencia absoluta, la virginidad consagrada a Dios por el voto es el fundamento de una unión con Dios en la medida en que es al mismo tiempo un renunciamiento total a los deleites carnales. Lo que es aquí más importante es el punto de vista en que se pretende purificarse por la renuncia. En efecto, la purificación es la condición previa de la última unión con Dios. La intención de mantenerse al margen, desde el principio, de toda situación que lleve consigo un peligro de caída, puede también tener su papel. Pero aquí, en este caso, la virginidad como tal no constituye una unión más estrecha con Dios. Aquí el lazo de unión con Dios es más
bien la voluntad heroica e inspirada en un amor especial de Dios de renunciar a todos estos bienes antes que exponerse al peligro de separarse de Dios por una posible caída.
Encontramos, pues, en la virginidad, considerada en su significación ascética, un elemento que crea un lazo más estrecho con Dios. Sin embargo, si la virginidad, en cuanto es continencia prometida bajo voto, constituye por ello una unión más estrecha con Dios, esa unión no es, sin embargo, específicamente nupcial. Puede tener una función útil en esa relación nupcial por cuanto es un medio eficaz de constituir esa unión con Dios, que implican los desposorios con Jesús en el sentido de la parábola antes citada. Pero desde ese punto de vista no trae nada fundamentalmente nuevo en relación con la pobreza y la obediencia. Esas virtudes son también un medio decisivo de purificación. Por tanto, el punto de vista ascético no da la respuesta a la cuestión planteada. No representa, en la virginidad, ese elemento que hace de ella, y solamente de ella, el fundamento de un “matrimonio” sui generis con Cristo.