Oigo gritos. Me ensordecen y me aturden. Son estentóreos, apremiantes, ondulan la línea de mis pensamientos. Necesito recobrar la recta para no perderme en el estruendo. Que callen los rugidos, por favor, solo un instante... El tiempo se acaba, por eso es imprescindible que consiga evadirme de distorsiones externas. Y es importante que recuerde, debo llegar incólume al ojo del Huracán.
Pero antes hice escala. Para ser más exacta, fue mi vida la que hizo una escala sin saber que toda calma que precede a la tormenta también va cargada de humedad. La escala fue México, adonde llegué en tiempos de cólera y oscuridad. El México de 1991 será siempre recordado por esas dos marcas de agua grabadas sobre toda su población: la epidemia que maltrató durante los diez años siguientes a más de cuarenta y cinco mil personas, y el divorcio de una hierogamia primordial para la vida humana, cuando la luna mordió al sol y lo devoró por completo durante seis minutos y cincuenta y tres segundos en el eclipse solar total más largo del siglo XX. Sí, fueron tiempos de cólera y oscuridad, y esos sellos rubricaron el ciclo de mi vida que entonces comenzaba, marcada por ambos para siempre. Pero hubo un tercero, víctima inexorable de la teoría del caos, que solo incidió en el ramillete de seres que me rodeaba aunque, merced a esa misma teoría, aún hoy sigue ampliando en círculos concéntricos el radio de sus efectos.
Mi viaje fue un remedo del que realizó el héroe de las mil caras, tal y como lo contó Joseph Campbell. El mío tuvo poco de iniciático y sin embargo cumplió fielmente con el patrón del héroe. Digamos que voy por el tercero de los doce estadios. Ya le he hablado de los dos primeros, de cómo era mi vida hasta que me llegó la llamada de lo desconocido. Ahora sabrá usted cómo transcurrieron los siguientes hasta que en el quinto crucé el dintel de la puerta a otra dimensión.
La arteria ulnar es el conducto sanguíneo que une el corazón con el meñique. Ciertas culturas asiáticas creen que un anciano que vive en la luna sale cada noche y busca entre las almas de la tierra a aquellas que están predestinadas a unirse para toda la vida; cuando las encuentra, ata al meñique de cada una un larguísimo hilo rojo, una especie de extensión de la arteria ulnar, para que no se extravíen. Puede que el hilo rojo se tense o se afloje, que se enmarañe o se alise, pero jamás se romperá, anuda de por vida. Yo había empeñado todas mis fuerzas en tirar de mi hilo rojo, por largo que fuera y por muy lejos que llegara.
Para ello, primero me puse en contacto con un colega, Roberto Velarde, periodista español a quien conocí en Colombia mientras él era corresponsal de Efe y yo trataba de escribir un reportaje sobre los desplazados de la guerra. La agencia lo trasladó a México, país del que Velarde se enamoró y en el que decidió quedarse una vez concluyó su contrato laboral. Desde entonces nos mantuvimos en un limbo de relación profesional esporádica y cordial. Velarde llevaba ya muchos años en México y, a tenor de lo que recordaba de él, además de colaboraciones periodísticas solía realizar trabajos sociales en su país anfitrión. Le informé de mis intenciones y le pedí que me comunicara con las personas adecuadas, pero se entusiasmó desde el primer momento y me garantizó su implicación directa y personal.
Pronto recibiría una llamada, prometió.
—Vas a ser madre, Sofía.
Había triunfo en la voz de Roberto.
—Ya sé que quizá esperabas un bebé, pero eso es prácticamente imposible. Es una niña de seis años, a punto de los siete; se llama María Camila y tiene cara de ángel.
Eran las tres de la madrugada en España, hacía poco que había cerrado los ojos y estaba en plena fase delta del sueño. Creí que la llamada era una alucinación nocturna y tardé en contestar. —Espera, Roberto. —Respiré hondo.— Claro que había descartado un bebé, pero una niña de siete años lleva ya mucha vida a sus espaldas y puede que yo no esté preparada para ayudarla. Te recuerdo que estoy sola... Entiéndeme, lo que me asusta no es lo de no tener pareja. Lo que me da miedo es que, tratando de beneficiar a una niña, termine perjudicándola simplemente porque fue dada en adopción a la persona equivocada.
madrugada. No sé siquiera si hablé. Tan solo recuerdo las palabras de despedida de Roberto:
—Te aseguro que es una niña absolutamente sana mental y físicamente. Sus únicos problemas han sido la pobreza y mucha hambre. Ninguno más que no pueda solucionarse con cariño, y de eso a ti te sobra.
A Maipi y a Natalia no les gustó mi decisión, aun cuando entonces solo se atrevieron a insinuarlo sutilmente y sin insistir porque me conocían. Después de tantos años de camaradería, sabían que si yo tomaba una resolución, por muy errónea o estrambótica que fuera, solo les cabía hacer dos cosas: primero, entregarse de cuerpo entero a su amiga la obstinada, y después, cuando llegara la tempestad prevista, ofrecerme sus hombros para que los llenara de lágrimas.
Aunque me pareció mentira, el báculo más firme en el que me apoyé antes de decidirme a viajar a México fue Ángela. Cuando le informé de la propuesta de Roberto, me había vestido con yelmo y coraza, preparada para una ráfaga de remilgos, de subterfugios y de guijarros lanzados a la vereda para demostrar que era intransitable. Su ayuda me iba a resultar imprescindible si seguía adelante, y ella lo sabía; implícitamente le estaba pidiendo que fuera fuerte, que lo fuera al menos entonces, que lo fuera por el futuro miembro de la familia. Por eso me asombró tanto cuando, tras la llamada de Roberto, me escuchó serena y contestó:
—Yo voy a querer a esa criatura tanto como si la hubieras parido tú. Ve a México y trae contigo a mi nieta.
Así, sin aspavientos. Me dio su bendición a la primera petición, sin que debiéramos enzarzarnos en una de nuestras habituales porfías que terminaban en portazo. Sí, sin duda me asombró.
Solo hubo un pequeño amago de marcha atrás en vísperas de mi partida. La culpa fue de la agorera de mi tía Celsa, que es una lindísima persona pero anclada en el siglo XIX de su terruño profundo.
—¿Y no deberíamos reflexionar juntas un poco más antes de que te montes en ese avión...?
—¡Mamá!, salgo mañana hacia México. ¿Qué te ocurre ahora? —Nada, hija, es que Celsa...
—¡Ya salió mi tía, estaba tardando! Pero ¿cómo puedes creer en sus tonterías?
juntillas en lo que decía su cuñada, aun estando ambas física e intelectualmente en las antípodas.
—No digas eso, sabes que siempre acierta. De todas formas, no te preocupes, si tampoco me ha dicho nada la pobre mujer que sea así... demasiado de ponerse a temblar.
—Descuida, que no me preocupo en absoluto.
—Eres de piedra pedernal, Sofía, y, ahora que vas a ser madre, deberías ablandarte un poco. Es malo ir por la vida vestida de tubo de plomo. No todo es blanco o negro en esa atalaya tuya desde la que crees reinar.
Admito que su última frase consiguió callarme durante seis segundos. Se parecía mucho a lo que me dijo Teresa en Delhi. Pero me repuse:
—Me da igual. Cuando te pones esotérica no te entiendo. Tan descreída para casi todo y tan fetichista si Celsa quiere convencerte de que es plena noche al mediodía... Pero esta vez no te va a funcionar porque ya he vencido todas mis dudas. Voy a tomar ese avión, volveré con una niña y espero que para entonces hayas olvidado las supercherías. Si no, descuida: lo lamentaré por ti, pero nosotras saldremos adelante sin tu ayuda.
Ahora que, creo, la vida me ha amasado y soy más arcilla que pedernal, me arrepiento de muchas cosas. Y de las que más, aquella conversación y la dureza de mi tono al hablar con mi madre.