Roberto dijo la verdad: Camila tenía cara de ángel.
Cuando la envolví en mis brazos aquel veintidós de junio en el aeropuerto Plan de Guadalupe de Saltillo, pensé que se me quebraba entre las manos. Pero no me importó, seguí apretándola contra mí y la noté entera: su cuerpo era un saco de piel áspera color del dátil maduro cubierta de fino vello; palpé sus huesos frágiles y le sentí el vientre, ligeramente protuberante. Su pelo, que a contraluz parecía una enorme semilla de cacao mexica, olía a madera, a hierba y a miel. Se levantaba a menos de un metro por encima del suelo sobre dos columnas delgadas y algo arqueadas, tan quebradizas que no me parecieron capaces de sacarla de aquella terminal por su propio pie.
Pero lo que me convirtió en su cautiva para siempre lo percibí cuando la separé de mi abrazo y contemplé su rostro: las dos almendras negras de sus ojos. Los primeros y tal vez los últimos ojos verdaderamente negros que jamás había visto o llegaría a ver. Brunos como la noche más oscura, dos espejos de azabache, dos escarabajos de cristal negro, toda la poesía de Juan Ramón hecha ojos para que pudiera mirarme en ellos y me devolvieran reflejado el resto de mi vida. Negros como la endrina. Negros como la obsidiana. Negros como crespones negros.
Había encontrado el otro extremo de mi hilo rojo. Así fue como me enamoré de ella.
Solo mucho después me di cuenta de que, aunque eran las seis de la mañana y yo aterrizaba en México tras un periplo disparatado desde España vía Nueva York, no estábamos las dos solas en aquella sala de llegadas vacía del aeropuerto de Saltillo. Además del oso polar de suave pelo blanco que compré en la escala del Kennedy, contemplaban la escena Roberto y la licenciada Juana Valenzuela, directora de Asistencia Social en Coahuila del Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia, el DIF con el que terminaría tan familiarizada al término de mi estancia en el país, y también responsable de la guardería estatal Las Mañanitas, el lugar donde Camila había vivido el último
mes de su vida.
Cuando la niña vio y después acarició el oso polar, se le iluminaron los crespones negros. Lo abrazó y no se desprendió de él hasta que el oso dejó de ser casi tan grande como ella.
Roberto, con ayuda de Juana y de una abogada amiga suya, Valeria González, había gestionado el alquiler de un apartamento espacioso y a estrenar en una colonia residencial a las afueras de Saltillo, tan nueva que ni siquiera tenía nombre. Fue el embrión de lo que más tarde llamaron fraccionamientos, una iniciativa del desarrollo urbano mexicano que ya entonces comenzaba a ofrecer seguridad y exclusividad a cambio de buen gusto. Allí vivimos los primeros días de nuestra vida juntas. Y allí nuestro viaje llegó al estadio de las pruebas, de las carreras de obstáculos, de la lucha contra el reloj antes de que expirara mi Documento Migratorio del No Inmigrante y contra la mordida generalizada, de los suplicatorios ante todas y cada una de las ventanillas imaginables, del vía crucis por Saltillo, Torreón, Viesca e incluso Monterrey, ya en otro estado, en busca de un juez que accediera a estampar su rúbrica y sello en un documento que aprobara la adopción definitiva y me permitiera tramitar el pasaporte de Camila...
Los proyectiles podían provenir de cualquier dirección. La madre biológica había declarado al DIF que Camila tenía padre, pero cuando las autoridades quisieron citar al hombre para que renunciase legalmente a su hija resultó imposible invocar un fantasma inexistente. Una vez resuelto el papeleo mediante el cual confesaba en dos docenas de impresos que nunca estuvo casada y que la niña no tenía padre reconocido, vino el siguiente parapeto que sortear: al parecer, el DIF no había actuado estrictamente conforme a la ley mexicana al internar a Camila en la guardería estatal y fue requerida la connivencia de varios altos cargos, algunos del estado de Nuevo León, que solventaran el error.
Algunas vallas más tuvimos que saltar antes de cruzar la línea de llegada, aunque de muchas ni siquiera me enteré. Roberto nos instó encarecidamente a que nos recluyéramos en aquel apartamento aislado en la nada que rodeaba Saltillo, carente de teléfono o medio de comunicación. Nuestra única conexión con el espacio exterior la conseguíamos caminando menos de un kilómetro hasta el hotel Los Pinos, en la carretera a Zacatecas, donde podíamos tomar un taxi al centro de Saltillo y, sobre todo, poner conferencias a España. Sin embargo, solo se nos permitía ausentarnos del apartamento durante una hora, nunca por un periodo más largo, porque en cualquier momento podían Roberto o Valeria pasar a recogernos para llevarnos al mostrador, despacho o
leguleyo que requiriera de mi firma, de mi declaración o con frecuencia de ambas a la vez.
Pero a mí no me importó. Me gustó disponer de tiempo y soledad para conocer a la que sería la compañera del resto de mi vida. Necesitaba saberla, aprenderla, vivirla como mía. Y, lo más importante, que ella también pudiera hacerlo conmigo.
Se me ocurrió que aquella situación de claustro forzoso evocaba relatos ya inventados que hace mucho recrearon unas condiciones idénticas a las que nosotras estábamos viviendo. Nuestro confinamiento empezó apenas diez días después de que en el pequeño pueblo de San Miguel Totolmaloya, en el centro de México, se hubiera detectado el primer caso de infección por la bacteria
Vibrio cholerae, y poco antes de que el cólera se extendiera ya a la mitad del
país. Así que, al igual que los personajes del Decamerón de Bocaccio, del
Banquete en tiempos de peste de Pushkin o de La máscara de la muerte roja de
Allan Poe, yo también usé nuestro encierro a salvo de la plaga para contar historias.
La primera la traía meditada y ensayada de España. Decidí que así sería como explicase a su espectadora lo que para mí significaba la odisea en la que las dos nos habíamos embarcado. La primera noche que pasamos solas, sacamos una butaca a la terraza para contemplar las estrellas, que parecían derramarse sobre la lejana Sierra Madre. Tomé a Camila en mi regazo y, acunándola como a un bebé, le conté el cuento que había creado solo para ella.
Érase una vez un Bello País del Sol al borde del mar en el que nunca hacía frío. Brillaba el astro rey cada día e inundaba de calidez la tierra. De ella brotaban todo tipo de frutos, flores y vegetales; los animales vivían en paz al aire libre y después, siguiendo el ciclo natural de la vida, servían de alimento a los humanos, que no conocían la necesidad ni el hambre. Estaba gobernado por Demetria, una reina justa y magnánima que trataba a sus súbditos con equidad, aunque amaba a una por encima de todos, incluso de sí misma: era su hija Marina, la hermosa princesa que un día heredaría el trono del Bello País del Sol.
Una mañana estaba Marina recogiendo flores con sus doncellas a las afueras del palacio, en un prado que extendía el verdor hasta el borde mismo de la playa, cuando de las aguas surgió súbitamente Plutonio, el monstruo negro del mar, que se enamoró al instante de Marina. Transportado en la cresta de una ola, llegó hasta el prado, tomó en sus brazos a la princesa y la arrastró
consigo al fondo del océano. Fue todo tan rápido e inesperado que las doncellas solo se dieron cuenta de lo sucedido cuando ya era demasiado tarde y Marina se había sumergido con el monstruo en las simas oscuras. Al conocer la noticia del secuestro, Demetria casi se muere de dolor. Aulló encogida varios días en cada una de las almenas del palacio, pidió al cielo y al mar que le devolvieran a su hija porque la vida era imposible sin su presencia, imploró a las aguas que se la llevaran a ella a cambio de Marina... pero ninguna de sus súplicas fue escuchada. El sol se alejó del bello país que llevaba su nombre, los días amanecían sombríos y tristes, con el cielo cubierto por una nube impenetrable que hizo que, poco a poco, las flores se marchitaran; la hierba se secó y dejó de alimentar a los animales, que con el tiempo murieron de hambre. Los seres humanos fueron los siguientes en sufrirla y tan feroz fue la hambruna que en el Bello País del Sol solo había amargura y disturbios por las calles: robos, pillajes y batallas sangrientas por apenas un mendrugo de pan con que alimentar a los niños.
Demetria ya no podía ejercer la autoridad porque había perdido la razón. Cada mañana salía desnuda del palacio y se dirigía con los pies descalzos hasta el punto exacto de la playa por donde se había ido su hija. Caminaba erguida y, sin titubear ni detenerse, continuaba andando hasta entrar en las aguas y sumergirse en ellas, buceaba por el fondo todo el día, llamando con voz ahogada a Marina. El agua amortiguaba su eco, pero nunca le devolvía una respuesta. Las reinas y reyes de países vecinos visitaban a Demetria para pedirle que se rehiciera y blandiera de nuevo el cetro, porque el hambre y la escasez ya estaban llegando a los dominios limítrofes y amenazaban con extenderse por toda la tierra. Pero era tan grande su desconsuelo, tan enorme su pena y tan triste su aflicción, que Demetria se negó: nunca más volvería el sol a brillar sobre los mortales hasta que ella recuperara a Marina. Fue entonces cuando el rey del Bello País de los Árboles, buen amigo de Plutonio en sus años mozos, decidió intentar una mediación. Habló con el monstruo negro del mar y le rogó que devolviera a Marina por el bien de la humanidad. Plutonio, que se había enamorado perdidamente de la princesa y no estaba dispuesto a renunciar a ella, dijo que accedería con una condición: la enviaría a su hogar, pero, si en el camino de vuelta comía algo, cualquier cosa, se anularía el acuerdo y estaría obligada a regresar inmediatamente al fondo del mar. El rey le estrechó la mano. Y Marina emergió de las aguas.
Su madre, que la esperaba sentada en lo alto de la colina donde se levantaba el palacio porque la debilidad le impedía andar, apenas pudo contenerse de felicidad cuando al fin vio a su hija salir del mar y caminar hacia ella. Sin embargo, a medida que se acercaba a su madre, Marina comenzó a sentir un
hambre tan atroz que notó cómo las tripas se le enroscaban de dolor. Vio una granada medio escondida en la arena y claudicó: comió cuatro granos. Plutonio, que obviamente era quien había colocado aquella granada tentadora en el camino de Marina, apareció de inmediato detrás de la princesa y le exigió que volviera con él. Marina quedó como petrificada en medio de la playa. Por una parte, veía a su madre a pocos pasos, con los brazos abiertos, impaciente por tenerla de nuevo a su lado; por otra, debía cumplir con la palabra dada a su raptor porque había sucumbido a la debilidad y comido el fruto prohibido. ¿Qué hizo, pues? La joven, que poseía una inteligencia solo comparable a su bondad, habló con Plutonio:
—Sé que he obrado mal y faltado a mi promesa, te pido el más humilde perdón por ello. Pero no puedes castigar a toda la raza humana por mi error. Deja que regrese con mi madre ahora y te prometo que cada año de mi vida pasaré contigo cuatro meses, uno por cada grano de granada que he comido.
Plutonio dudó. Al fin, se sintió conmovido al mirar en el interior de los ojos de su amada y aceptó.
Así, año tras año, durante cuatro meses, Demetria se sume de nuevo en la agonía por la pérdida de su hija y por eso la tierra se vuelve estéril, deja de dar frutos, se llena de luto y tristeza, el mundo se contrae... el frío invierno se apodera de él. Y cada vez que Marina regresa de las profundidades del mar, la naturaleza brota, la vida renace y el sol vuelve a reinar: empieza la primavera.
Debí haber filmado la expresión en el rostro de Camila mientras escuchaba el cuento, quizá el primero de sus pocos años. Seguí, para desentrañar las enseñanzas de una narración que a simple vista no era más que La sirenita al revés:
—Yo soy Demetria y tú eres Marina. No estabas en el fondo del mar, sino aquí, muy lejos de mí, pero eras mi hija aunque no lo supiéramos. Y yo, como la reina, he recorrido medio mundo, he cruzado un océano y he volado muy lejos hasta encontrarte.
—¿Y va a salir el sol? —me preguntó.
Me detuve a pensar y después reí. Efectivamente, aquel había sido un día gris y denso, una nube cargada de arena del desierto había dejado Saltillo cubierto de suciedad.
—Sí, mi amor. Pero no el sol del cielo, sino el de la felicidad. El sol va a salir para las dos, ya lo verás.
Al día siguiente caminamos hasta el hotel Los Pinos para telefonear a Ángela. —Vamos, habla con tu abuela. Está deseando conocerte —le dije al pasarle el auricular. —¿Bueno...? Algo debió decirle mi madre, y la niña contestó: —Me llamo Marina, ¿y usted? Así fue como se convirtió en Marina, porque Marina quiso ser llamada desde entonces, tal vez en un intento instintivo de dejar atrás lo que quisiera que hubiera sido su mundo.
El primer día en que Marina se nubló fue el mismo en el que el sol cedió temporalmente la soberanía y terminó eclipsado por la luna, todo un símbolo de lo que se avecinaba. El once de julio vimos desde mediodía el seguimiento que en Televisa hacía Jacobo Zabludovsky del fenómeno, poco visible desde nuestra latitud, y cuando el espectáculo concluyó tomamos un taxi al hipermercado Gigante para hacer la compra semanal. Marina vio una muñeca pelirroja y creyó que la llamaba por su nombre desde lo alto de la estantería.
—¡Regálame la mona! ¡Regálamela, regálamela! ¡Ándale, regálamela...! Durante los primeros días de nuestra luna de miel, cedí a muchos de sus caprichos, pensaba en su escasez pasada y me resistía a negarle lo que pidiera; pero en aquel momento consideré terminado el periodo de gracia y decidí que había llegado la hora de establecer las primeras normas que regirían su educación futura. De forma que traté de explicarle con la mejor de mis sonrisas que no podíamos llenar el apartamento de juguetes, que ya tenía suficientes, que no podríamos llevarlos todos a España y que en la vida es preciso renunciar a deseos banales a cambio de un bien mayor. O algo parecido, pero en su idioma de niña. Entonces se nubló. No encuentro otra palabra para explicarlo. Años después me sorprendió la coincidencia con uno de los protagonistas de Fragmentos de amor furtivo, que percibió en otro personaje lo mismo que yo ante aquel rostro aborrascado: «Una cara nublada, de tormenta, una cara difícil de entender, como si un velo le ocultara no solo las facciones sino también el corazón...». Eso, exactamente eso. Su primer nublado a mi lado sucedió en el pasillo de aquel hipermercado: un tul plomizo le cubrió la mirada y, durante unos cinco segundos, me contempló con más odio del que pueden expresar unos ojos adultos. Después, súbitamente, se lanzó al suelo mientras emitía un alarido, un bramido feroz como el de un animal hambriento, acompañado de un movimiento espasmódico de brazos y piernas para impedir que me acercara a ella y cuyas
aspas derribaron vitrinas, carritos y promociones. Lloraba sin lágrimas, chillaba y gemía con voz ronca... mientras yo me esforzaba, anquilosada, en tratar de calmarla a riesgo de recibir a cambio patadas y manotazos. Pronto tuvimos un corrillo alrededor. Más a mi alrededor que al de ella, esperando una reacción enérgica por mi parte, tal vez una bofetada que pusiera fin al espectáculo de quien parecía una niña consentida y malcriada desde la cuna. Pero cuando el grupo que nos rodeaba ya fue considerable y mi parálisis palmaria, de repente, con la misma celeridad con que había llegado, cesó el torbellino. La niña quedó sentada en el suelo, con las mejillas húmedas y los ojos secos, exánime, con el velo aún cubriendo una mirada que no me veía, como imagino debe sentirse un sonámbulo al despertar lejos de su cama.
Oí a un cliente que se alejaba indignado:
—Pinches mocosas incapaces y berrinchudas... y sus mamás que se creen buzos, me tienen hasta la chingada, ¡pues que salgan a la superficie y se den cuenta de la realidad!
Sin saber qué o por qué había ocurrido, la tomé en brazos y la senté en el carrito de la compra. Nunca fue tan largo, ni tan triste, ni tan silencioso el camino de vuelta a nuestro apartamento.
Ni tan lenta una de mis noches en vela: Marina se durmió de pura extenuación antes de que pudiera desvestirla. Y por pura extenuación yo vi anochecer y amanecer con ojos más abiertos que nunca desde aquella terraza en medio de la nada frente a la Sierra Madre.
El segundo nublado me preocupó más porque con él empecé a sospechar que el problema no era puntual sino que había hecho avispero en el corazón de Marina, y que iba a ser arduo y penoso sacarlo de tan hondo.
Sucedió en la soledad de nuestro hogar temporal. No hubo provocación, ni causa aparente, ni muñeca pelirroja inalcanzable, ni capricho denegado. Simplemente estábamos cenando. No recuerdo qué dije, ni siquiera si dije algo, cuando volvió a nublarse. Dejó de comer y, como aquella tarde en el Gigante, de nuevo fijó los ojos en mí sin verme. Los labios se volvieron más carnosos y su expresión, de una profunda tristeza trenzada con rabia. Después, de nuevo el grito, el berrido gutural. De nuevo el estallido, esta vez convertido en un plato de mole que salió volando por los aires en dirección al aparato de televisión apagado, afortunadamente sin acertar en el blanco. De nuevo los golpes y puntapiés: a la silla, a la mesa, al sofá, a sus juguetes, a todo lo que encontró durante el arrebato. De nuevo, con la misma rapidez de suspiro con que llegó, la calma por agotamiento.
—Necesito saberlo todo y necesito saberlo ahora.
Los raptos (qué palabra tan certera) se habían convertido en parte de nuestra vida diaria. El nublado siempre era presagio de tempestad, que después se tornaba depresión tropical y concluía en huracán. Ese era el bucle completo. A veces quedaba en la fase de tempestad y otras solo avanzaba a depresión. Pero las más desembocaba en huracán. Había comenzado mi Huracán. Por eso convoqué a Roberto en Las Mañanitas, de forma que Juana estuviera también presente en la conversación mientras Marina jugaba en el jardín.
—Tiene ataques de furia que no son los normales de un niño. Sin duda se deben a una causa y debo conocerla lo antes posible porque cuanto más tiempo