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No sé si le he dicho que soy tauro, así que no tiré la toalla... no entonces.

Creo que una sola cosa hice bien: el cuerpecillo de Marina dejó de tener aspecto raquítico y adoptó otro saludable y del color de la lozanía; su cartilla de vacunación quedó pronto al día, y con mis atenciones y las de mi madre venció sarampión, varicela y catarros variados sin incidentes físicos que resaltar. Reconozco que con sus cuidados corporales, al menos, acerté en mi función de madre. Dicen que, al fin y al cabo, hasta los relojes estropeados marcan la hora correcta dos veces al día. Pero la robustez de su cuerpo avanzaba pareja al fortalecimiento del Huracán porque los dos se alimentaban y necesitaban recíprocamente. Como le he explicado, el vórtice del tifón me mantuvo suspendida en el aire, a merced del remolino y sin que pudiera mover ni el índice para controlar las riendas de nuestras vidas, durante cinco años, cuatro meses y veintitrés días.

En ese tiempo, el Huracán se acrecentó y se hizo fuerte. Mejor dicho, poderoso.

Podía o no haber detonante. Cuando lo había, resultaba tan trivial que era imposible predecir el encendido de la mecha.

El más habitual era la palabra no. Esas dos letras se convirtieron entre nosotras en todo un grito de guerra. Si le negaba un capricho, o más tiempo frente al televisor, o más chapuzones en la piscina, o más juegos en horas de estudio... Cualquier postura opuesta a sus deseos desencadenaba el tornado. Y cada tornado ascendía un grado en la escala de los tornados.

Lo que había comenzado como violentas rabietas con puntapiés un día se convirtió en patadas letales que destrozaban literalmente muebles y aparatos costosos y difíciles de reemplazar. Otro día las pataletas se transformaron en lanzamiento por la ventana de diversos objetos, en ocasiones tan pesados que se volvían proyectiles. Y otro día el blanco de los lanzamientos dejó de ser la calle y yo tomé su lugar: hacia mi cabeza o mi estómago solían dirigirse los trastos que arrojaba, desencajada de furia.

A medida que se hizo mayor, los arrebatos venían seguidos de huidas. La primera vez que se fue de casa tras un ataque, creí volverme loca. La busqué

desesperada por aceras, portales y parques. Al final la encontré sentada en un columpio, con la mirada perdida y el tul plomizo en retirada. No parecía recordar nada ni yo tenía ganas de que lo hiciera, de forma que la conduje de nuevo a casa y ella me siguió dócilmente, sin signos de arrepentimiento pero tampoco de recaída. Siempre que se repetía la escena, terminaba sentada en el mismo columpio y con los ojos extraviados en un horizonte que solo ella veía. Los aullidos de felino encerrado también se sofisticaron y llegaron a traducirse en palabras. Audibles y nítidas como la mañana: bramaba que me odiaba como a nadie más odiaría en su vida, que yo no era su madre ni quería que lo fuera jamás, que nunca tuvo madre porque no la necesitaba, que deseaba verme muerta, que un día me partiría en dos porque ella sabía cómo hacerlo...

Quizá para demostrarlo, desplegaba más encantos de los que yo misma sabía que poseía con cuantos extraños se cruzaban en su vida, desde la peluquera hasta el dentista pasando por el portero, siempre que supiera que yo presenciaba el encuentro. Se sentaba con naturalidad en el regazo de cualquiera, del cuello de cualquiera se colgaba como si fuera la única fuente de cariño sobre el planeta, y a cualquiera podía decir te quiero con tanta ternura, tanta intensidad en la mirada y tanta calidez en la caricia, que el desconocido se iba de nuestras vidas convencido de que una niña acababa de entregarle sin condiciones su corazón.

Creo que lo hacía para explicarme con hechos la enorme diferencia entre sus sentimientos hacia mí y hacia la humanidad entera, que supiera bien que amaba a todos los seres vivos excepto a mí.

Pero conseguía, además, una segunda victoria de la que no era consciente: nadie en mi círculo cercano entendió jamás el porqué de la sombra que me fundía de tristeza los ojos cada vez que hablaba de Marina. «Si es una niña encantadora y cariñosa, no hace más que travesuras de críos. Para mí que te estás ahogando en un vaso de agua...».

Solo Ángela, Maipi y Natalia no se dejaron seducir por el canto de aquella sirena de crespones negros y creyeron en mí, porque ellas tres eran mi mundo real, una parte de mí misma, justo la parte a la que nunca nadie habría podido engañar.

Cinco años, cuatro meses y veintitrés días.

Fue tiempo suficiente para que los síntomas de aquella lepra extraña me consumieran casi por entero mientras yo los iba descubriendo en forma de piezas de un rompecabezas que no sabía resolver.

A veces, si el nublado llegaba en la mesa mientras comíamos, Marina formaba en la boca una bola con el alimento que estaba masticando y después la regurgitaba en el plato, como si fuera un enorme bebé de ocho años. Otras

muchas, gritaba en sueños con una extraña voz de adulta que parecía proceder de otro cuerpo, presa de algo mucho más pavoroso que los típicos terrores nocturnos infantiles. Y algunas, en plena histeria del Huracán, se golpeaba rítmicamente la cabeza contra la pared sin que yo pudiera acercarme siquiera para impedirlo.

Pronto convirtió en costumbre robarnos a Ángela y a mí aquello que ella sabía que necesitábamos, que era importante o que resultaba necesario: dinero en grandes cantidades, como la pensión completa de mi madre justo el mismo día del mes en que iba al banco para cobrarla, o las cajetillas de tabaco que ambas guardábamos en lugares estratégicos para ocultarlas a su vista pero que ella siempre acababa descubriendo, o todas las medicinas contra el dolor que el reumatólogo recetaba a Ángela periódicamente para tratar su artrosis.

La más preocupante de todas las señales que me enviaba tenía que ver con su cuerpo. Si alguien, cualquiera, quien fuera, el tendero de la esquina o un conocido por la calle, da igual, me saludaba y cortésmente me dedicaba galanterías inocentes como qué guapa estás hoy o cada día te veo más joven, yo ya sabía que al poco se iba a desatar la tormenta. Podía incluso suceder a la luz del día, con Marina tendida en una acera coceando al aire. Lo inquietante llegaba después: cuando pasaba el Huracán, buscaba a un hombre de mi entorno, no importaba quién, y le acariciaba zalamera, enroscándose en su cuerpo, con una sensualidad que solo yo sabía de dónde provenía; el hombre en cuestión primero se dejaba hacer, pero enseguida percibía algo anómalo y la apartaba de sí con una rara sensación, entre la culpa y la confusión, al tiempo que me miraba con urgencia y solicitando ser perdonado por algo que no había hecho. A cuántos amigos vi sufrir, y a cuántos permití que sufrieran para no tener que desvelarles la verdad inconfesable de aquella criatura herida...

Debo precisar que, si hubo algo parecido a un antídoto contra el veneno de su rabia, este se llamaba Ángela. Solo a ella respetaba a su manera. Solo de ella aceptaba un responso. Solo ella logró acallarla alguna vez. Y, contraviniendo la pedagogía más elemental, yo me resigné cada vez más a cederle la batuta de su educación. Que al menos alguien pudiera extraer algo provechoso de Marina, me dije.

Sé que Ángela estaba angustiada, que me veía claudicar y empequeñecer ante una chiquilla, y que esta le prodigaba a ella con frecuencia, que no siempre, la obediencia que a mí me negaba. Pero nada dependía de nosotras, éramos impotentes. No teníamos autoridad sobre el reparto de nuestros papeles en aquel escenario, ya no. Marina era la dramaturga y la directora de montaje,

ella escribía nuestros guiones. A nosotras solo nos quedaba asumirlos en la representación.

Así, cinco años, cuatro meses y veintitrés días.

En medio de ellos, llegó un momento en que yo, levitando sin control en el ojo del Huracán, me di cuenta de que ya no me quedaban fuerzas para continuar batallando por poner de nuevo los pies en suelo firme y, definitivamente, me dejé sacudir al antojo del ciclón como un muñeco de trapo.

Comencé por renunciar a educarla: dejé de intentar moldearla en un ser humano mejor y dejé de decir no. Se me habían agotado las fuerzas para exorcizar los demonios de su alma, ellos también se habían apoderado de la mía. Se me habían acabado las razones que cada mañana me daba a mí misma para que ese día, ese sí, fuera aquel en el que por fin las dos comenzáramos a hablar el mismo idioma.

No lo conseguimos. Al contrario: sus palabras, a medida que crecía, se hacían más y más afiladas. Hasta que una noche estuvo a punto de clavármelas.

El día en que cumplió diez años, lo recuerdo bien, preparé una fiesta a la que pocos niños vinieron porque pocos amigos tenía. Observé cómo se comportaba de forma autoritaria y despectiva con ellos, pero no me sentí capaz de corregirla ni de marcar las líneas rojas que aquella tarde no debía cruzar. Hasta que, en uno de mis descuidos, oí el grito y el llanto de una niña: Marina le había clavado los dientes en el brazo; sonreía con una puntita de sangre en el colmillo y su invitada lloraba más de miedo que de dolor. Sabía a lo que me arriesgaba, y aun así no pude evitarlo; la regañé con dureza y quise obligarla a pedir perdón a la agredida.

Su reacción dejó a todos, niños y adultos, con los pulmones rígidos: me propinó una sonora bofetada e inmediatamente después salió de la casa dejando tras de sí el eco de un portazo. Ángela y uno de los padres que venía a recoger a su hija fueron en su busca y volvieron con Marina al cabo de una hora. No sé dónde la encontraron, ni de qué hablaron con ella, ni cómo la convencieron. Solo sé que jamás volví a ver al padre ni a su hija, y que mi madre, al despedirse más tarde, me acarició la mejilla golpeada con la misma delicadeza con la que lo hacía cuando era pequeña, como con miedo de que me rompiera, y se le escapó una lágrima.

Aquella noche concilié un sueño inquieto y superficial. Notaba la saliva pastosa y una sed que apenas me permitía despegar los labios. Encendí la luz para levantarme a beber y la vi: Marina estaba allí, en mi cuarto. Nublada, silenciosa y a oscuras. Era una silueta espectral a los pies de mi cama con un

cuchillo de cocina en la mano. El tul plomizo le cubría los ojos y el cuerpo entero. No parecía una niña, sino un espíritu atormentado escapado del infierno, pero no sentí temor sino una pena inmensa.

Le quité el cuchillo suavemente, la atraje a la cama conmigo y la acuné en mis brazos, como aquella primera noche en Saltillo bajo las estrellas esparcidas sobre los picos de la Sierra Madre.

Lloré con ella en mi regazo mientras juntas luchábamos contra el vértigo, conscientes de que caminábamos irremediablemente hacia el vacío.

Entonces me dio el primer y último beso de su vida.

Desde esa noche, dormí todas las que se sucedieron con los cuchillos y demás objetos afilados de la casa encerrados bajo llave en mi mesita de noche. Fue la única iniciativa que tomé. Sí, porque aquella también fue la noche en que decidí que no iba a pelear más contra el Huracán. Que me columpiara a su antojo. Que me bandeara, que me revolviera y agitara hasta vapulearme y matarme. Ya no me importaba nada. Me desvanecí aletargada en la hélice de la tromba. Me rendí.