...ya ningún pájaro queda. Tampoco ninguna hoja...
Nunca consideré mis escasos encuentros con Reginald Bale como citas románticas sino medicinales, estrictamente curativas, tanto para mí como para él. En los seis años transcurridos desde mi regreso de la India, mientras el Huracán soplaba con fuerza y yo me mecía vapuleada en su ojo, nos habíamos visto cinco veces, separadas por largos paréntesis. Nos contábamos nuestros respectivos hastíos laborales y terremotos emocionales, y nos prestábamos los hombros cuando el llanto se escapaba. En una de ellas me anunció que iba a dejar la docencia para regresar al periodismo activo. Lo hizo por la puerta grande y también por la más amarga, porque en 1994, de nuevo en la agencia Reuters donde había comenzado su carrera, la primera cobertura internacional que se le encargó fue la del genocidio de Ruanda. Tres años después, para rentabilizar su conocimiento en primera persona de las rivalidades entre tutsis y hutus, fue enviado como corresponsal de guerra a la que llevó al derrocamiento de Mobutu en el antiguo Zaire. De vuelta en Londres, a finales de 1997, le escuché una noche al otro lado de la línea telefónica. Era mi turno: Reginald traía la vista empañada de sangre y terror, y yo le debía algunas noches de lágrimas; había llegado el momento de enjugar las suyas.
En la sala de espera del aeropuerto de Barajas, con el eco del Huracán aún palpitándome en las sienes y la fase de luna creciente en su apogeo, escrutaba yo la pantalla luminosa en busca de la hora de salida del BA4570 que me llevaría a Londres cuando sentí una punzada en la nuca. Era una mirada. Provenía de un hombre enjuto, apuesto y de pelo oscuro ensortijado, que me observaba fijamente sentado frente al mostrador del mismo vuelo que yo iba a tomar. Un despistado que cree haber descubierto algún tipo de atractivo oculto en mí y que ni siquiera imagina la deformidad de mi alma, pensé. Y enseguida me olvidé de él. Tomé un café, visité las tiendas, compré tabaco y, cuando regresé a la sala de embarque, mi admirador anónimo había desaparecido. Ya en el avión, busqué,
billete en mano, mi lugar en una de las filas de dos asientos del Boeing 767- 300 de British. Cuando lo encontré, él ya estaba sentado junto a la ventanilla. Cortésmente me ofreció su plaza, pero siempre he preferido la libertad al paisaje, de modo que rechacé su propuesta con idéntica amabilidad y ocupé la del pasillo. Sonrió levemente al mirarme y entonces los vi: los puñales que se me habían clavado en la nuca eran dos ojos grises, de un gris traslúcido y brillante, del color de una tarde de otoño, del cielo antes de la tormenta, de la niebla, del humo y de la plata.
Me tendió la mano. Matías, me dijo que se llamaba, Sofía, respondí yo, qué curioso, dos nombres que riman, apostilló sin sonreír, no es fácil encontrar algo que rime conmigo, se me escapó a mí, ¿viaje de negocios?, preguntó él, ni placer ni negocios sino todo lo contrario, necesidad, seguí yo filosofando, ¿y tú?, añadí, me ha gustado tu descripción, se evadió él...
Empleamos unos minutos más en el intercambio de frases. Llegó la cena, después el café y se apagaron las luces. Nos miramos de frente, y a pesar de la penumbra al fin pude verle con claridad y supe de qué color exacto eran sus ojos: del color de la tristeza.
Y aunque en aquel instante ocurrió lo inesperado, yo lo recibí sin asombro, como si nuestro vuelo tuviera en su hoja de ruta únicamente ese momento preciso y todo el pasaje fuera una comparsa de carnaval que se difuminó para cedernos el protagonismo: se inclinó hacia mí, me acarició la cara y me besó. Fue un beso largo, primero suave y seco, después ardiente y húmedo, y terminó con nuestras bocas enredadas en una sola, siguieron los ojos, la plata de los suyos y el nogal de los míos; después se ensortijaron nuestras manos y nuestros cuerpos, y por último nuestra pena, la de cada uno anudada a la del otro con la misma urgencia que labios, ojos, manos y cuerpos.
Luego me fui. No esperé a que los demás pasajeros despertaran del letargo para darse cuenta de que habíamos aterrizado. Yo así en volandas mi equipaje de mano, recorrí como un relámpago el pasillo y me abalancé al finger como si la salvación de mi vida se encontrara esperándome al final del tubo. Sin despedidas y sin pausa para mirarme por última vez en sus ojos de plata.
Tiempo después me di cuenta de que de Matías solo supe el nombre. No me habló de su profesión ni de su edad, ni siquiera comprobé su estatura porque en ningún momento coincidimos ambos de pie. Como tampoco llegué a conocer su dolor, el que le daba color de amargura a los ojos.
Huí de él porque me pudo la vergüenza. Una vergüenza abisal e insondable, anclada en lo más profundo de mí, que un escarceo sin consecuencias en el cielo de la Normandía francesa hizo aflorar y me empapó por completo.
Llamé a Reginald desde el primer teléfono que encontré en el aeropuerto y musité alguna excusa tonta para explicarle que no me había sido posible viajar a Londres; dormí en el Gatwick Belmont y a la mañana siguiente me afané en encontrar una gruta en el inmenso mundo donde esconderme. ¿De mí misma? No. Era la única de quien no podía ni quería huir. Lo que necesitaba era soledad para poder mirarme de frente y a los ojos, cara a cara conmigo. Encontré un vuelo de Londres a Manaos, capital de la Amazonia de Brasil, y tuve la intuición de que la «orgullosa y miserable soledad» de las tierras sobre las que había escrito Vargas Llosa era lo que mi espíritu necesitaba. Puede que allí llegara a toparme con los exhortos de Antonio el Conselheiro y su guerra del fin del mundo, tal vez me esperase el desenlace de mi propia guerra. Recurrí a mi buen amigo Juan Arias, avezado periodista con quien años atrás había entablado una buena amistad. Juan se acababa de instalar en Río de Janeiro y, sin esperar a que terminara de pedirle consejo telefónico, todavía desde Londres, ya me estaba ofreciendo una habitación de su casa con vistas al Atlántico. Pero no, a pesar de lo atractivo de su oferta, eran otras mis necesidades. Juan las entendió. Por eso me ayudó a encontrar un pequeño albergue perdido en la selva, colgante sobre el río Tupana.
—¿Seguro que te atreves? ¿Tú sola en la Amazonia profunda? ¿No tendrás miedo...?
Juan no me vio, pero sonreí con ternura ante su preocupación. Era tanta y tan sofocante mi pena bañada de vergüenza, que ni un resquicio dejaba al miedo. No, no tenía miedo. Puede que aquel fuera el único sentimiento que entonces no me abrumaba. Tenía suficiente con todos los demás.
Apenas conservo memoria de aquel viaje, solo del mío propio e íntimo. Fue largo y penoso. Sin un triste zurrón. En la soledad de una cabaña de la selva y tras mi paso por la vergüenza, hice escala en la indignidad y así llegué a la meta, la estación final en la que mi vida había decidido quedarse: la culpa.
Había entrado sin remedio en estado de luna llena.
Una y otra vez me martilleé con persistencia hipnótica y preguntas que hasta entonces no me había atrevido a formular.
¿Quién abandonó realmente a quién? ¿Acaso una niña tiene el poder necesario para decidir su destino o fui yo quien la condujo subliminalmente al desenlace fatal de nuestra historia?
¿Hasta dónde debí haber seguido soportando? ¿Tal vez hasta el fin de mis días, aunque este hubiera llegado anticipadamente? ¿No habría sido eso lo correcto, lo que se espera de una madre, lo que mandan las leyes del instinto protector?
una criatura de su país, de su cultura, de su gente, y la trasplanté a otro país, cultura y gente que, por muy vejatoria que hubiera sido su primera vida y por próspera que pintara para ella la segunda, no eran los suyos, únicamente para dejarla después sola y desabrigada en medio de la niebla?
¿No merecía yo tanto vituperio y escarnio como estaba recibiendo, y de cualquiera de los dos toda dosis siempre resultaría inferior a la que de verdad me correspondía? Y la pregunta más acerada: ¿habría abandonado a Marina de igual modo si la hubiera parido, si la hubiera gestado en mi vientre, si el Huracán fuera sangre de mi sangre y su vendaval hubiera nacido de mis entrañas?