Seminario Internacional
Economía política de la información y la construcción de la hegemonía Ciespal, Quito, Ecuador, 10 y 11 de diciembre de 2013.
Acerca de la construcción social del miedo El caso México
Carlos Fazio
Históricamente, los planes de Estados Unidos para México, América Latina y el Caribe han sido viabilizados a través de diversos instrumentos de la diplomacia de guerra de Washington. Ello abarca múltiples modalidades, desde procesos de desestabilización, guerra psicológica, golpes de Estado, acciones clandestinas y paramilitares, pasando por presiones políticas y bloqueos y sabotajes económicos, hasta la injerencia de manera directa o encubierta en los procesos electorales de los países de lo que tradicionalmente la clase política estadunidense ha considerado de manera peyorativa su patio trasero.
A partir del modelo ideológico de dominación neoliberal impuesto a sangre y fuego en el Cono Sur desde comienzos de los años 70, tras el regreso de los militares a los cuarteles tres lustros después, en los países de América Latina no hubo ruptura sino adaptaciones o modificaciones a nivel del Estado, la economía, los actores políticos y sujetos sociales, así como una reestructuración de los modelos de represión. La imposición de los modelos ideológico y represivo que conforman el nuevo Estado policial en ciernes −con epicentro en Colombia y México−, se apoyó en las nuevas tecnologías, la comunicación satelital y la monopolización de los medios de difusión masiva, públicos y privados, como vehículos de propaganda y del terrorismo mediático, donde se prioriza la mercadotecnia-imagen y/o la mentira organizada frente al discurso y los argumentos de la política y los políticos.
En países como Colombia y México, el actual Estado autoritario en formación guarda una línea de continuidad, en lo ideológico y militar, con el antiguo modelo de dominación imperial, clasista, de los años 60/70 del siglo pasado. Al triunfo de la Revolución Cubana en 1959, la administración de John F. Kennedy impulsó la Alianza para el Progreso (Alpro) y una nueva Doctrina de Seguridad Nacional a escala continental. Ambas políticas, combinadas con golpes de Estado cívico-militares en Brasil (1964), Bolivia (1971), Uruguay y Chile (1973), Perú (1975), Argentina (1976), Guatemala, El Salvador, Honduras y otros países del área, llevaron al terrorismo de Estado. Es decir, al reinado de las ejecuciones sumarias extrajudiciales, las desapariciones forzadas, la tortura sistemática, las cárceles clandestinas, los presos políticos y el destierro.
Remozada, echando mano de la “escuela francesa” −la doctrina de la guerra moderna o la guerra sucia antisubversiva puesta en práctica por el ejército colonial galo en las selvas de Indochina y en las calles escarpadas de Argel−,1 la contrainsurgencia clásica estadunidense definió como el “enemigo interno” al comunista, al tupamaro, al montonero, a los cívicos de Genaro Vázquez y Lucio Cabaña o a la Liga 23 en México. En ese período, los escuadrones de la muerte y el paramilitarismo en el campo hicieron su agosto. Después vinieron la guerra de baja intensidad contra Nicaragua sandinista y la participación militar encubierta de Estados Unidos en los conflictos internos de El Salvador y Guatemala. Luego llegaría la “guerra” contra el narcotráfico como sustituto del fantasma comunista.
Los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y Washington fueron la oportunidad para un golpe de Estado técnico contra la República en Estados Unidos. Mediante el uso de la mentira como arma de guerra y una recurrente campaña de miedo neo-macartista a base de Al Qaeda, ántrax y otros compuestos peligrosos, la administración de George W. Bush logró imponer la forma de un Estado policial-militar al interior de Estados Unidos, y neohitleriano en ultramar, con sus guerras relámpago “preventivas” en Medio Oriente y otras partes del mundo, y sus políticas de grandes áreas y “espacio vital” en el Hemisferio Occidental.
Asimismo, Washington logró fabricar a escala mundial la imagen del terrorismo como enemigo unificador, y en nuestras latitudes ha venido tratando de imponer matrices de opinión tales como “narcoterrorismo” y “narcoinsurgencia”, presentadas en los medios hegemónicos como amenazas asimétricas idóneas a exterminar. De allí la implementación del Plan Colombia para combatir a las FARC y el ELN. Pero también, con apoyo de gobiernos
locales, Estados Unidos y sus socios han manufacturado nuevos enemigos a modo, funcionales según las coyunturas, como el populismo radical, las maras salvatrucha y Los Zetas, La Familia Michoacana y Los Caballeros Templarios
para el caso de México, con sus antídotos: la Alianza para la Seguridad y la Prosperidad de América del Norte (ASPAN), la Iniciativa Mérida (o Plan México) y las “guerras” de Vicente Fox y Felipe Calderón contra el “crimen organizado”.
Si la Doctrina de Seguridad Nacional fue un instrumento ideológico-militar apto para contrarrestar a los movimientos de liberación nacional en los años 60/70 (la guerrilla y las organizaciones políticas y sindicales de la izquierda clasista como encarnación del enemigo “comunista”, la “antipatria”, la “subversión atea”), hoy, tras las derrotas militares de los grupos armados y la larga noche de la dominación castrense y la dictadura del pensamiento único neoliberal, dada la segmentación de los movimientos sociales y populares, el imperio, las oligarquías vernáculas y sus administradores cipayos han venido trabajando en la construcción social del miedo. Es decir, en la fabricación del nuevo enemigo interno.
Chomsky y los antecedentes de la propaganda moderna
Desde hace 3,000 años, el arte de la desinformación ha sido un elemento clave en los conflictos bélicos y la dominación político-económica. Los relatos acerca de guerras, desde las narraciones históricas de Herodoto y los poemas épicos de Homero han estado unidos al uso de la propaganda. No se trataba de escribir la historia objetiva sino de incitar o provocar emociones, positivas o negativas, para conformar la voluntad de la población, las más de las veces, tergiversando o manipulando los hechos a favor de la cultura dominante.
En la actualidad, para la mayoría de las personas, el término propaganda es una palabra sucia. Tiene un sentido de engaño, de falsedad y, en consecuencia, evoca emociones negativas. Las definiciones contemporáneas del vocablo señalan que “propaganda es una tentativa para ejercer influencia en la opinión y en la conducta de la sociedad, de manera que las personas adopten una opinión y una conducta determinadas”.2 Según otra definición, “la propaganda es el lenguaje destinado a la masa. Emplea palabras u otros símbolos a los cuales sirven como vehículos la radio, la televisión, la prensa escrita y la cinematografía. La finalidad del propagandista es ejercer influencia en la actitud de las masas en puntos que están sometidos a la propaganda y que son objeto de opinión”.3 Se trata, en definitiva, de modificar la conducta de las personas a través de la persuasión. Es decir, sin parecer forzarlas. Y uno de los principales medios para ejercer influencia en la gente y obtener ese fin, es la mentira. La mentira como arma.
La propaganda moderna es una hábil combinación de información, verdades a media, juicios de valor y una variedad de exageraciones y distorsiones de la realidad, que busca influir en las masas. En general, la propaganda tiende a confirmar ideas populares y agudizar los prejuicios; trata de movilizar a la población a través de sus emociones, en particular el miedo y el odio. Según el “doctor” Goebbels, propaganda es “el arte de escuchar el alma de la gente”. La propaganda trata de convencer y modificar opiniones y juicios de la población como un todo, y no de los individuos en particular.
A tales efectos, el propagandista se vale de todos los medios de difusión disponibles, sean oficiales o comerciales, y echa mano también de métodos inusuales, tales como el rumor y las teorías conspirativas, para lanzar una ofensiva multimediática, ya que cada una de esas vías tiene su propia capacidad y velocidad de penetración en el público.
El mismo principio básico guía a la comunidad empresarial. Cuando el Estado pierde la capacidad de controlar a la población por la fuerza, los sectores privilegiados deben hallar otros métodos para garantizar que “la plebe” sea eliminada de la escena pública. De allí que se pongan en práctica las técnicas de la fabricación del consentimiento y todo un sistema de adoctrinamiento. La función de orientar la obediencia y la formación de la gente sencilla −“la chusma”, ironiza Chomsky− corresponde a los medios de difusión y al sistema de educación pública.
2 Bartlett,
Political Propaganda
, citado por Jean-Marie Domenach en
La propaganda política
. Eudeba,
Buenos Aires, 2001.
3
Para Chomsky, la tarea de los medios privados, que responden a los intereses de sus propietarios, “consiste en crear un público pasivo y obediente que sea un mero espectador de la política, un mero consumidor, no un participante en la toma de decisiones”. Se trata, agrega, “de crear una comunidad atomizada y aislada, de forma que no pueda organizarse y ejercer su fuerza para convertirse en una fuerza poderosa e independiente que pueda hacer saltar por los aires todo el tinglado de la concentración del poder. Eso es exactamente lo que pretende la comunidad empresarial”.4
La guerra psicológica
En 1949, al comienzo de la guerra fría, D. Lerner, funcionario del departamento de propaganda de Estados Unidos, escribió: “Entre los principales cambios a que conduce la transición de la paz a la guerra, figuran: las sanciones se convierten en guerra económica, la diplomacia se convierte en guerra política, la propaganda se convierte en guerra psicológica”.5 Un año después, el diccionario oficial de términos militares del Pentágono incorporó la siguiente definición: “La guerra psicológica es el uso planificado de medidas propagandísticas por la nación en tiempo de guerra o en estado de emergencia declarado, medidas destinadas para influir en las opiniones, emociones, actitudes y conducta de los grupos extranjeros, enemigos, neutrales o amigos a fin de apoyar la realización de la política y objetivos nacionales”.6
Como señaló Georgi Arbatov, una de las particularidades de la guerra psicológica como tipo o doctrina de la propaganda, consiste en que no sólo se plantea el objetivo de cambiar opiniones o influir en la conciencia de los objetos de la propaganda, sino también el de “crear situaciones políticas y psicológicas llamadas a provocar las formas deseables de conducta de la población, sus grupos concretos y hasta la de los gobernantes de otro país”.7 Así, los intentos de crear y utilizar un acontecimiento como “núcleo de la operación futura” conduce, de por sí, a que la propaganda se acerque no sólo a la política en conjunto, sino también, en particular, a actividades como el espionaje, el sabotaje y la labor de zapa.
A tales efectos, junto con los “trucos sucios” propios de las operaciones clandestinas de la propaganda de guerra necesarios para sembrar anarquía y confusión en el terreno adversario, se utilizaba el cliché como “estímulo” para provocar en el auditorio ciertas emociones e instintos (miedo, rechazo, abominación, etc.). Verbigracia, el “comunismo soviético” versus conceptos tales como “democracia”, “mundo libre” y otros símbolos “propios” del capitalismo, que eran manejados de tal forma que generaran reacciones favorables.
En los años ochenta, junto con las labores de inteligencia, la acción cívica y el control de poblaciones, la guerra psicológica formó parte de la guerra de baja intensidad, concebida por el Pentágono como una variable de la contrainsurgencia clásica. El conflicto de baja intensidad “es una lucha político-militar limitada para alcanzar objetivos políticos, sociales, económicos y psicológicos. Es con frecuencia prolongada y varía desde presiones diplomáticas, económicas y psicológicas hasta el terrorismo y la insurgencia”.8
En general, la GBI está confinada a un área geográfica y usualmente se caracteriza por restricciones en el armamento, tácticas y nivel de violencia. Esa doctrina cambia la naturaleza de la guerra, la hace irregular, la prolonga
4 Noam Chomsky,
Mantener a la chusma a raya
. Editorial Txalaparta, País Vasco, 1995.
5 Georgui Arbátov,
El aparato de propaganda político e ideológico del imperialismo
. AKAL Editor, Madrid,
1975.
6
Ibíd.
7 Ibíd.
y la convierte en un embate político-ideológico. Se trata de un conflicto prolongado de desgaste, no convencional. El centro de gravedad ya no es el campo de batalla per se, sino la arena político-social. Por eso la batalla es, sobre todo, política y psicológica. La propia naturaleza del conflicto exige un tipo de inteligencia especial: importan las estimaciones acerca del medio ambiente global (condiciones económicas, políticas y sociológicas), por lo que las tareas de análisis pasan a ser cruciales.9
En la nomenclatura militar, el concepto operaciones psicológicas está relacionado, generalmente, con objetivos y herramientas que buscan influir en la conducta de la población civil, del enemigo y de la propia fuerza. En situaciones bélicas, la guerra psicológica trata de explotar las “vulnerabilidades” del enemigo y su base de apoyo: miedos, necesidades, frustraciones. Y eso incluye a mujeres y niños, porque en esa guerra no declarada no hay leyes que protejan a los no combatientes; el terror se utiliza como instrumento político de control de las mayorías, que busca generar dependencia, intimidación e incapacitar cualquier respuesta autónoma de la población organizada. El manual de operaciones psicológica de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) en Nicaragua (Omang, 1985), define que la guerra psicológica es un tipo de operación militar que se ha delineado a partir de la Segunda Guerra Mundial en una modalidad escogida, de modo preferente, para controlar grandes masas y/o territorios, sin necesidad de recurrir a otras formas de guerra convencional. El ser humano es considerado el fin prioritario en una guerra política. Concebido como un objetivo militar, el punto más crítico del ser humano es su mente. Cuando su mente es alcanzada, el “animal político” ha sido derrotado sin que necesariamente haya recibido un proyectil. El objetivo es la mente de la población civil, toda la población: “nuestras tropas, las tropas del enemigo y la población civil”.
La guerra psicológica comienza por definir su campo de influencia más inmediato, directo y habitual: la propaganda. Luego especifica su objetivo: el principal procedimiento consiste en el empleo deliberado, planeado y sistemático de temas, sobre todo a través de su sugestión compulsiva y las técnicas psicológicas afines, con miras a alterar y controlar opiniones, ideas y valores y, en última instancia, a cambiar las actitudes según líneas predeterminadas.
Se trata de dominar la voluntad del otro, considerado enemigo. Para lograrlo se acude a medios habitualmente no calificados de guerreros. Entre ellos, la dominación del espíritu. Una de las características de la guerra psicológica es el ocultamiento sistemático de la realidad. Se busca imponer la verdad oficial, distorsionando o falseando datos, o bien inventando otros. Se recurre e insiste en temas deliberados, de manera principal a través de la sugestión apremiante, con miras a alterar y controlar opiniones, ideas y valores y, en última instancia, cambiar las actitudes sociales según propósitos predeterminados.
Se busca, en definitiva, obtener un consentimiento activo de la población civil; plasmar un alineamiento y, si es factible, una organización activa y favorable de los habitantes. O, de otro modo, en el ámbito de la “paz política” imponer un universo cultural que organice la totalidad de la realidad en función de los objetivos militares. Ese universo se vale de los campos de la información (televisión, radio, prensa escrita, cine), de la política, de la economía y hasta de la religión, para construir la “verdad” e imponerla de manera represiva.
Propaganda blanca, gris o negra
Para construir la “verdad oficial” se utilizan genéricamente tres tipos de propaganda: blanca, gris o negra.10 La propaganda blanca es aquella que se difunde y se reconoce por la fuente o sus representantes oficiales; es una actividad abierta, franca, en la que el emisor no oculta su identidad (habla en nombre de su gobierno y se centra en los aspectos favorables de su propio bando), y se disemina de manera amplia. Su debilidad intrínseca nace del hecho patente de ser propaganda enemiga. La propaganda gris es anónima. Es decir, no será identificada por su fuente (no lleva firma alguna) y queda librada a la imaginación del público. La propaganda negra −elaborada en base a “auténticas patrañas”, acompañadas de algunas verdades y verdades a medias−,11 es aquella que aduce otra fuente y
9 Ibíd.
no la verdadera; esconde su origen detrás de nombres ficticios o bien material falso se atribuye a fuentes reales. Para encubrir su origen y sus intenciones se la rodea de ambigüedades, secretos y misterios. Su éxito depende del total ocultamiento de su verdadero origen. Según los ex agentes de la CIA Víctor Marchetti y John D. Marks, en la práctica, es imposible distinguir la propaganda negra de la “intoxicación informativa”, ya que ambos procedimientos se basan en la difusión de información falsa con intención de influir sobre las opiniones y el comportamiento del público.12 La propaganda negra es la más utilizada en las operaciones clandestinas (o encubiertas) de los servicios de inteligencia y, por ello, es principalmente subversiva. Entre otros, ha recibido los nombres de “propaganda camuflada”, “clandestina” o “engañosa”, y su función principal es “desinformar” al enemigo.13 Por lo general se la canaliza a los medios a través de “filtraciones”. Una fuente “oficial” declara en forma “anónima”, o el medio señala que no puede divulgar el origen de la información. Es decir, afirma algo que no es posible corroborar con certeza y de esa manera la “información” (propaganda) queda plantada como si fuera una “noticia”. La propaganda gris o negra
puede llevarse a cabo mediante libros, diarios, revistas, radio, televisión, pintadas, octavillas, sermones religiosos, calcomanías y discursos políticos.14
En la práctica, más allá de su color −blanco, gris o negra−, el 95 por ciento del contenido de la propaganda eficaz es verídico. El propagandista espera que el resto, ese 5 por ciento vital, oculto por una espesa capa de verdades evidentes, se lo “trague” el destinatario. La credibilidad es la condición inexcusable para que se acepte la propaganda. Algunas veces −y en determinadas coyunturas−, ese 5 por ciento de propaganda negra viene encubierta en libros por encargo, firmados por algún laureado autor. Un ejemplo clásico contemporáneo es La hora final de Castro, de Andrés Oppenheimer, periodista de The Miami Herald y Premio Pulitzer 1987 en Estados Unidos, quien de manera anticipatoria narró, en 1992 (¡!), “la historia secreta detrás de la inminente caída del comunismo en Cuba”.15
El sentido de todo ese proceso tiene que ver con la elaboración de la “verdad” colectiva. Su intento es lograr que aparezca como verdadero lo falso, intercalándose en toda la trama social para producir un efecto que impida la lectura adecuada de los índices de la realidad en los habitantes y los grupos tomados como “blanco” de la propaganda. Para ello, los “hechos” que contienen los mensajes, dirigidos a provocar inseguridad y confusión, deben disfrazarse en la realidad y darle la apariencia de ser “espontáneos” y “naturales”, como si surgieran desde dentro del fenómeno social. Se trata de un intento calculado y artificial para desvirtuarlo en su modo de aparecer: permitir sugestiones de espontaneidad, naturalidad, veracidad, que logren un impacto psicológico. Y culmina en la
propaganda negra, la más siniestra, introduciendo un efecto disociador, destruyendo las redes de coherencia y haciéndoles emitir desde la misma fuente, como si fuesen propios, mensajes contradictorios que constituyen un vínculo doble y antagónico.
La guerra psicológica utiliza una caracterización simplista y maniquea (bueno/malo, negro/blanco) para describir al enemigo. El propagandista debe utilizar las palabras clave capaces de estigmatizar al contrario y de activar reacciones populares. De lo que en realidad se trata, al utilizar el mito de la guerra o la violencia caótica, es de satanizar al adversario, arrancarle todo viso de humanidad y cosificarlo, de tal modo que eliminarlo no equivalga a cometer un asesinato. En ese sentido, uno de los objetivos de la propaganda de guerra es sustituir el razonamiento
Ver Víctor Marchetti & John D. Marks,
La CIA y el culto del espionaje
. Editorial Euros, Barcelona 1974.
12
Ibíd.
13 La “desinformación” (
desinformatsiya
en ruso), se convirtió en una especialidad de los servicios secretos
soviéticos.
14
Radio Europa Libre y Radio Libertad son las más famosas operaciones de
propaganda gris
organizada por
la CIA contra el ex bloque soviético. Ver Philip Agee,
Diario de la CIA
, Editorial Laia/Barcelona, 1978.
por las pasiones y convencer a la población de la necesidad de participar en una misión purificadora, reivindicadora o justiciera.
México y la dominación de espectro completo
Todo lo anterior tiene que ver con el larvado proceso de conformación de Norteamérica como nuevo espacio geopolítico bajo control del complejo militar, industrial, energético y mediático de Estados Unidos, con la consiguiente “integración silenciosa” de México. Con eje en políticas de seguridad y un uso intensivo de las nuevas tecnologías de la comunicación, a través de los medios de difusión masiva bajo control monopólico privado, que manipularon el fantasma del comunismo y las “guerras” contra el narcotráfico y el terrorismo, el Pentágono ha venido cristalizando una “dominación de espectro completo”, cuyo objetivo a mediano o largo plazo podría ser una balcanización o desmembramiento de algunas regiones del territorio mexicano ricas en recursos geoestratégicos, en particular los energéticos (petróleo, gas, agua).
Como resumió en 2007 el Observatorio Latinoamericano de Geopolítica, “se trata de transformar el territorio; adecuarlo a las nuevas mercancías, a las nuevas tecnologías y los nuevos negocios. Cuadricularlo, ordenarlo, hacerlo funcional y… productivo”.16 En el marco del renovado expansionismo imperial, México no sería la excepción. Al Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN, 1994), que vinculó al país de manera asimétrica y subordinada a Estados Unidos, siguieron el Plan Puebla Panamá (2001); la ASPAN (o TLCAN militarizado, 2005), que contiene una redefinición de facto de la frontera entre ambos países de acuerdo con los objetivos de seguridad de Washington y en detrimento de la soberanía mexicana; la Iniciativa Mérida (o Plan México, símil del Plan Colombia, 2007), que implicó una acelerada readecuación de las Fuerzas Armadas y las distintas fuerzas policiales mexicanas por asesores e instructores de operación e inteligencia estadunidenses, combinada con una reanudación de las actividades paramilitares y el aterrizaje en el territorio mexicano de compañías privadas de seguridad subcontratadas por el Pentágono y el Departamento de Estado; el Acuerdo Transpacífico (TPP, por sus siglas en inglés), diseñado para contener a China, y la Alianza del Pacífico, conformada por México, Colombia, Perú y Chile, instrumento político y económico mediante el cual Washington pretende modificar el mapa sociopolítico regional acabando con los gobiernos de los países del ALBA y socavar desde dentro proyectos que suscitan el visceral rechazo de la Casa Blanca como la UNASUR, la CELAC y, en menor medida, el Mercosur.
La actual fase de intervención estadunidense en México responde a la agenda militar global de la Casa Blanca definida en el documento del Pentágono de marzo de 2005. Como parte de una guerra imperial de conquista, el plan, que apoya los intereses de las corporaciones de Estados Unidos en el orbe, incluye operaciones militares ofensivas (directas, psicológicas o encubiertas) dirigidas contra países que no son hostiles a Washington, pero que son considerados estratégicos desde el punto de vista de los intereses del complejo militar, industrial, energético.17 La ocupación integral de México forma parte de la “dominación de espectro completo” (full espectrum), noción diseñada por el Pentágono antes del 11 de septiembre de 2001,18 que abarca una política combinada donde lo militar, lo económico, lo mediático y lo cultural tienen objetivos comunes. Dado que el espectro es geográfico, espacial, social y cultural, para imponer la dominación se necesita manufacturar el consentimiento. Esto es, colocar en la sociedad sentidos “comunes”, que de tanto repetirse se incorporan al imaginario colectivo e introducen, como única, la visión del mundo del poder hegemónico. Eso implica la fabricación y manipulación de una “opinión pública” legitimadora del modelo. Ergo, masas conformistas que acepten de manera acrítica y pasiva a la autoridad y la jerarquía social, para el mantenimiento y la reproducción del orden establecido.
16
Ana Esther Ceceña, Paula Aguilar y Carlos Motto, Territorialidad de la dominación. Integración de la Infraestructura Regional Sudamericana (IIRSA). Buenos Aires, 2007.17 Ver Greg Jaffe, “Rumsfeld detalla un gran cambio militar en un nuevo documento”, The Wall Street Journal, 11 de marzo de 2005, y Michel Chossudovsky, “Los planes de EE.UU. para la dominación militar global”, Globalresearch
(http://globalresearch.ca/articles/CHO503A.html), 29 de marzo de 2005.
Como plantea Noam Chomsky, para la fabricación del consenso resultan clave las imágenes y la narrativa de los medios de difusión masiva, con sus mitos, medias verdades, mentiras y falsedades.19 Apelando a la guerra psicológica y otras herramientas de la acción encubierta, a través de los medios se construye la imagen del poder (con su lógica de aplastamiento de las cosmovisiones, la memoria histórica y las utopías), y vía una sucesión de hechos signados por una violencia caótica y de apariencia demencial, se imponen a la sociedad las culturas del miedo y de la delación.
La fabricación de imaginarios colectivos busca, además, facilitar la intervención−ocupación de Washington con base en el socorrido discurso propagandístico de la “seguridad nacional” estadunidense y/o la “seguridad hemisférica”. Con tal fin se introducen e imponen conceptos como el llamado “perímetro de seguridad” en el espacio geográfico que contiene a Canadá, Estados Unidos y México, que como parte de un plan de reordenamiento territorial de facto fue introduciendo de manera furtiva a México en la Alianza para la Seguridad y Prosperidad de América del Norte.
La ASPAN, que como se dijo antes ha venido construyendo de manera larvada el concepto Norteamérica como una nueva estructura geopolítica/geoeconómica –que en la etapa ha logrado escindir a México de América Latina−, incluye una integración energética transfronteriza (hidrocarburos, electricidad) subordinada a Washington y megaproyectos del capital transnacional que subsumen los criterios económicos a los de seguridad, justificando así acciones que de otro modo no podrían ser admitidas por ser violatorias de la soberanía nacional, y una normativa supranacional que hace a un lado el control legislativo, mientras se imponen leyes contrainsurgentes que criminalizan la protesta y la pobreza y globalizan el disciplinamiento social.20
El manejo de una red de medios sistémicos bajo control monopólico privado permite, también, la construcción social del miedo,21 la fabricación del “enemigo interno” y el aterrizaje de doctrinas y matrices de opinión como “narcoinsurgencia” o “narcoterrorismo” y las referentes a los Estados fallidos y los Estados delincuentes, que por constituir un “riesgo” a la seguridad nacional de Estados Unidos deben quedar bajo su control y tutela. Ayer Colombia, la ex Yugoslavia, Afganistán, Irak. Hoy Libia, Paquistán, Siria, México.
La fabricación mediática de México como Estado fallido durante la transición Bush/Obama en la Casa Blanca (enero-febrero de 2009), incluía la previsión de un “colapso rápido y sorpresivo”, lo que según el Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos (USJFCOM, por sus siglas en inglés) no dejaría más opción que la intervención militar directa de Washington.22 Entonces, la posibilidad de un colapso fue atribuida al accionar de grupos de la economía criminal y llevó a una acelerada militarización del país, con la injerencia directa de elementos del Pentágono, la Agencia Central de Inteligencia (CIA), el Buró Federal de Investigación (FBI), la agencia antidrogas DEA y otras dependencias estadunidenses en el territorio nacional, bajo la mampara de la Iniciativa Mérida.23
19 Ver Carlos Fazio, “La mentira del Pentágono como arma de guerra”.
20
En marzo de 2005, en Waco, Texas, el presidente Vicente Fox adhirió a un acuerdo ejecutivo con el presidente de Estados Unidos, George W. Bush y el primer ministro de Canadá, Paul Martin, denominado Alianza para la Seguridad y la Prosperidad de América del Norte (ASPAN). Los puntos nodales de la ASPAN (o TLC militarizado), fueron seguridad y energía, y laconstrucción de Norteamérica como un nuevo espacio político y económico para la competencia interimperialista de Estados Unidos con la Europa comunitaria y la región Asia-Pacífico. Desde su concreción, la ASPAN ha venido funcionando con un “gobierno sombra” de las elites empresariales y militares de Estados Unidos y sus socios menores en Canadá y México. Además, dicho acuerdo −que en México elude el control del Senado de la República, encargado por la Constitución de vigilar los acuerdos internacionales suscritos por el Poder Ejecutivo−, tuvo como objetivo establecer un “perímetro de seguridad” en el espacio geográfico inmediato a los Estados Unidos, bajo el mando de un nuevo comando militar del Pentágono creado en 2002: el Comando Norte
.
21 Ver Carlos Fazio, “La construcción social del miedo”. Ponencia en el Foro Social Mundial México 2008,
Jornada de Acción Global del FSM, Zócalo de la Ciudad de México, 25 de enero de 2008.
La fabricación del enemigo interno
En su fase actual, a través de grandes campañas de intoxicación propagandística, el modelo de dominación en México ha estado avocado a la fabricación de nuevos enemigos internos. Es decir, a la construcción social del miedo. El miedo genera escenarios de riesgo en la subjetividad colectiva y altera la vida cotidiana mediante la angustia, el temor y una sensación de peligro latente. También provoca odio; porque el odio es el miedo cristalizado, objetivizado. Miedo/odio a los pobres, a los marginados, a los resentidos, a los diferentes, a los indígenas, a los negros, a los jóvenes, a los antiCristos. A los “enemigos de México”. Verbigracia: el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), Andrés Manuel López Obrador, los trabajadores del Sindicato Mexicano de Electricistas (SME), el movimiento estudiantil #YoSoy132, los maestros de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE). Así, todo lo que se opone a los intereses de los que mandan forma parte del mal, de lo diabólico. De un orden irracional y violento.
Sembradas en el subconsciente colectivo las imágenes del enemigo; identificados y socializados intencionalmente los culpables; impregnado el virus del terrorismo mítico; fabricado el miedo ante enemigos imaginarios e invisibles presentados como violentos y potenciales agresores, ante el temor de la sociedad, el sistema invade y controla la vida privada, genera imaginarios de exclusión: guetos, comunidades, urbanas cerradas, barrios amurallados en fraccionamientos con seguridad privatizada. Una forma de crear fragmentación social; de promover el individualismo; de erosionar la vida comunitaria y la solidaridad entre hombres y mujeres, mientras el miedo, la (in)seguridad estatal y el mercado se dan la mano.24
Los tres ejes clave en esa construcción del miedo, como caballos de Troya para militarizar al nuevo Estado autoritario e imponer la tolerancia cero de la Doctrina Giuliani, son el terrorismo (y el “eje del mal”, Cuba y Venezuela incluidas); el populismo radical (Hugo Chávez, Evo Morales, Andrés Manuel López Obrador) y el crimen organizado. Ante esos enemigos míticos, imaginarios, impredecibles, utilizados como distractores (que en algunos casos existen, pero son potenciados por los medios de difusión masiva como propagandistas de “la razón de Estado” para imponer leyes más duras y recortar las garantías constitucionales e individuales), el modelo que busca imponer el sistema de dominación al interior de nuestros países es la “mano dura”: la militarización de las policías y la policialización de las Fuerzas Armadas (Ejército y Marina).25
En ese escenario manufacturado, el nuevo Estado policial se presenta ante la sociedad como “el salvador”. No como parte del conflicto sino como su solución. Así, la respuesta es la violencia institucionalizada. Por ello busca legitimar el uso de la fuerza y genera de facto un Estado de excepción. Con el juego de la “lucha contra el terrorismo” y el “crimen organizado”, encarcela a la sociedad. La vigila. Limita los espacios públicos. Invade la privacidad de las personas. Impone nuevas leyes represivas como la Ley Antiterrorista −a imagen y semejanza de la Ley Patriota en
Símil del Plan Colombia, la Iniciativa Mérida, anunciada por George W. Bush en Washington el 22 de octubre de 2007, fue diseñada como un paquete de asistencia militar (en especie) a México, por un monto de 1,400 millones de dólares para el trienio 2008-2010. Según el documento inaugural, el “nuevo paradigma de cooperación” entre Estados Unidos y México en materia de seguridad estuvo dirigido a hacer frente a “amenazas comunes” asimétricas, mismas que fueron identificadas como organizaciones transnacionales del crimen organizado, en particular las dedicadas al narcotráfico, el tráfico de armas, las actividades financieras ilícitas, el tráfico de divisas y la trata de personas. Con un dato adicional: la virtual equiparación (desde la óptica punitiva estadunidense) de tres términos y sus manifestaciones concretas: terroristas, narcotraficantes y migrantes sin documentación válida (indocumentados). En su parte sustantiva, el millonario paquete de asistencia militar incluyó aviones y helicópteros de combate; barcos, lanchas; armamento y equipo bélico, radares y sofisticados instrumentos para monitoreo aéreo e intervención de comunicaciones; software para análisis de datos asociados a inteligencia financiera, y recursos para sufragar cursos de
entrenamiento y asesorías del Pentágono, la CIA, el FBI, la DEA y otros organismos de seguridad estadunidenses a sus contrapartes mexicanas. También incluyó recursos para la instrumentación de reformas judiciales, penales y de procuración de justicia, áreas que de manera paulatina serían homologadas a las de Estados Unidos.
24 Sobre el tema, ver Robinson Salazar, “Visibilizando al enemigo. EE.UU. versus América Latina” y
“América Latina: securitización de la política y guerra contra la ciudadanía y los movimientos populares
centroamericanos”, en
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Estados Unidos−, que permite la intervención de las comunicaciones privadas (telefónicas, Internet o grabaciones ilegales). Inventa guerras para que las veamos en vivo y en directo por la televisión. Discrimina. Fomenta la delación. El no te metas. Mata en los retenes. Viola mujeres. Y deja expedito el camino para que “agentes privados, corporaciones del mercado, mercenarios, paramilitares y sicarios detecten la oportunidad de lucrar con el crimen”.26 Porque de lo que se trata, en definitiva, es “hacer gritar a la inseguridad”,27 para abrir las puertas al control y la represión. Un proyecto relativamente fácil para los diseñadores de la guerra de baja intensidad, toda vez que para ello se necesita de sectores ilegales y corruptos dentro de las instituciones policiales, militares y de seguridad del Estado, como ocurrió en el Cono Sur, por ejemplo, con las operaciones de contrainsurgencia de la Operación Cóndor. Sólo que entre la represión al delito y la represión al conflicto social hay un hilo muy delgado. Ese es un tema clave de la GBI. La construcción del miedo y la fabricación de enemigos míticos, elusivos, como el terrorismo y el crimen organizado, obedece a la necesidad de aterrizar las armas, el entrenamiento y las asesorías para la represión. Para la guerra contra el pueblo. Eso han sido el Plan Colombia y la Iniciativa Mérida, proyectos diseñados, en realidad, para imponer la “geopolítica del desalojo y el despojo”. Es porque los pueblos de Colombia y México se vienen organizando desde abajo de múltiples maneras, sistémicas y antisistémicas, acumulando fuerza, elaborando proyectos alternativos, avanzando en grados de conciencia y organización, que los que mandan y sus administradores necesitan militarizar, paramilitarizar y mercenarizar al Estado.